Si el placer es Pecado, yo vivo en la Gloria del Infierno.

Pecado es todo aquello prohibidamente placentero:

El Tacto del Pecado

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Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.

viernes, 11 de enero de 2013

En tu despacho...

Seis y media de la tarde. Tus compañeros se habían ido ya hacía un rato. Tal vez por eso me citaste a esa hora, aún así tuve que esperar a que se fuera aquella visita que te había hecho trastocar los planes. Me sentía extraña. ¿Qué hacía una mujer a esas horas ahí esperando? Tal vez dedujo algo inequívoco o pecó de ingenuidad. Al pasar me sonrió, bajó la cabeza ligeramente y su "buenas tardes" sonó más ronca que decisiva.
Saliste tras él, dándole unos segundos de margen. Me sonreíste. Sí, con esa sonrisa tuya que anuncia grandes acontecimientos. Por algo estaba yo allí. Me cogiste de la mano y pasamos a tu despacho. Suelo fijarme en las cosas pero en aquella ocasión no me diste tiempo a nada. Solo noté que me abrazaste y, sin saber cómo, me vendaste los ojos. Parecía estar pactado pero me sobresaltó. Privarme de un sentido como la vista me ponía en un estado de tensa calma. Intuía, sabías, que en los próximos minutos, en las próximas horas, iba a ser tuya; que me desnudarías y que me poseerías sin miramientos... El cuánto, el cómo y el cuándo... Ninguno de los dos lo sabíamos.
Me diste la vuelta. Podía sentirte a unos centímetros de mi. Podía percibir tu perfume, sentir tu respiración... Me besaste... Te besé... Te apartaste. Ni una palabra. Ni un sonido... Mi corazón latiendo de forma extraordinaria. Intuí que te estabas desnudando. Pude percibir el sonido de la ropa. Tú ya estabas desnudo y yo... En breve.
Me cogiste de las manos y me atrajiste hacia ti. Empecé a sentir tus manos rozándome la piel, desde la cara, recorriendo mi rostro, deteniéndose en mi boca, descender por mi cuello; abrirse hacia los hombros y llegar a mis muñecas... Tu boca cubriendo la mía... Sentí tus manos soltar las mías y apoyarse sobre mis caderas. Permaneciste unos breves instantes inmóvil pero pude percibir el sonido agitado de tu respiración.
Y tu boca de pronto sobre uno de mis pezones, directamente, succionando, chupando como si esperas sacar algo de él. Intenté decir algo pero me hiciste callar: Tu mano sobre mi boca pero me dejaste abrazarte. Sabías que la situación podía superarme, que pese a mi entrega y a dejarme hacer, necesitaba más confianza... Y me la diste... Porque me conoces... 



Noté tu pene en mi ingle y percibiste mi excitación. Casi temblaba. Sentí tu polla dura, muy dura... Y yo ya estaba mojada... Y no habíamos empezado. No me hacía mucha gracia la idea de imaginarme atada o algo así... Ni abierta de piernas a tu entera disposición sin poder ofrecer cierta resistencia... Ni el hecho de no verte... De no oírte... Por que no decías palabra alguna.
Me tumbaste en el suelo... Un respingo me sobrecogió. Si, estaba la alfombra o la moqueta... Pero estaba fría y mi cuerpo ardía.
Me cogiste los brazos, a la altura de las muñecas, y los elevaste por encima de mi cabeza, sujetándome con una de tus manos. Era suficiente. Sabes que no iba a ofrecer mucha batalla de entrada. Te tumbaste a mi lado y el roce de tu boca sobre la mía, haciendo paso a tu lengua, me hizo reaccionar. Te comí la boca, tragué tu saliva... Un escalofrío me recorrió entera. Tus labios dejaron paso a tus dedos. Introdujiste uno en mi boca, luego dos... Suave, despacio, sin profundizar demasiado... Chupé como si me fuera la vida en ello, imaginando que era la punta de tu polla, blandita, sonrosada, suave... Y tus besos en mi cuello, mordiéndome...
Noté tu mano, la derecha, porque la izquierda seguía sujetándome las manos sobre mi cabeza, bajando hacia mi pecho  y me pellizcaste el pezón. Me invadieron un montón de sensaciones: Ganas de gritar, ganas de zafarme de ti, placer, dolor, ansiedad, impotencia... Te hubiera insultado, te hubiera mordido... Pero todo se volvió placer que me impedía moverme. Seguiste martirizándome. Por que te gustaba... Y porque me gustaba... Tu boca en mi otro pezón, lamiéndolo... Y me perdí... Se perdió mi autocontrol. Y me pregunté, me pregunto, como se puede sentir tanto con un hombre al que no conoces y, sin embargo, parece todo lo contrario... Tengo la sensación de conocerte bastante bien.


Siento como bajas por mis muslos y como, con cierta fuerza, los separas para meter la cabeza entre ellos, abriéndote paso hasta llegar a mi coñito... Mojado. Sé que te invade mi perfume, que te vuelve loco, más salvaje... Tu lengua, húmeda, caliente, maestra, me penetra sin miramiento alguno, rebuscando entre mis paredes internas... Abro la boca para gritar... Y solo consigo ahogar mis gemidos. Apenas me da tiempo para pensar. Me falta el aire y mis jadeos aumentan... No puedo más... Exploto... Un orgasmo que inunda todos mis sentidos de manera imprevisible, sin avisar, a traición... No puedo más que arquear mi espalda y mis gemidos se convierten en grito. Noto la garganta seca y la inmovilidad de mis piernas pese a su temblor... Pero tú no me dejas moverlas. Tu lengua se mueve rápida, entre la entrada y mi clítoris. No me das tiempo a recuperarme. No existe pausa. Sigues acariciándome sin pasar y mi placer se acentúa... No suplico pero deseo que pares...Necesito coger aire, fuerza... Me falta el aliento pero sabes ser malo... Muy malo... No haces caso a mi callada súplica y sigues con tu apasionada tortura. No hay contemplación y metes un dedo en mi vagina y llevándolo a lo más profundo, tocándome por dentro y sacándolo con rapidez... Una  otra vez. Me contraigo de placer y me pregunto cuánto tiempo aguantaré así y cuánto tiempo aguantarás tú... Necesito librarme de ti... Y sin oír ni una sola palabra saliendo de tu boca.


Mi cuerpo se mueve descontrolado, irremediablemente entregado y me jode... Me jode porque me gusta participar de nuestros juegos... Pero esta vez tú eres más macho dominante que nunca. Necesitaba acariciarte, comerme tu polla, hacer lo que fuera pero no podía hacer más que esperar que te compadecieras de mi, que me penetraras en ese momento o me dejaras descansar... Pero aquella maravillosa tortura seguía siendo tu punto fuerte... Es tanto el placer que siento que tengo la sensación de que no voy a poder correrme...

Creo que al final fue tu propia excitación la que me dio un pequeño margen de maniobra. Me soltaste las manos e intenté quitarme la venta que cubría mis ojos... Pero me lo impediste... Me besaste. Lo hiciste con ternura y creo que percibí tu sonrisa sobre mis labios.
Acercaste tu cabeza a mi sexo y lo besaste. Sé que en otro momento hubiera cogido tu cabeza y la hubiera apretado contra mi coño pero no podía:

- ¡Cómemelo, cabrón, cómetelo!



Estaba muerta y todavía te pedía más. Me recorriste con la lengua, despacio, de abajo a arriba, separando mis labios con las manos... Y te aplicaste. Me retorcía de placer. Parecías un gato lamiéndome, jugando con mi clítoris...Comenzaste a chuparlo suave y poco a poco mi intensidad aumentó y sentí... mi orgasmo...
Tus manos sobre mi pecho, sin dejar de comerme el coño. Agarraste fuerte mis pezones entre tus dedos. Estaban duros y los pellizcaste, tiraste de ellos y apreté los dientes...
 

Mi cuerpo tenso, sudado... A punto de sucumbir.
Subiste por mi cuerpo para comer mis sensibles tetas. Te metías todo lo que podías de ellas en la boca y lamías con fuerza. Tu polla me rozaba el coño y deseaba que me la metieses...
Me descubriste los ojos... Vi tu mirada. Estaba encendida...

- Princesa...  -pronunciaste... me besaste... me abrazaste... y me penetraste despacio... Ya no podía estar más entregada... Y tú te vaciaste en mi... Sin dejar de abrazarme. Toda tu fuerza se había convertido en ternura pero sin perder la pasión que a los dos nos une.

1 comentario:

  1. Uff. Un duelo interesante, aunque en el fondo no hay duelo cuando uno de los dos no busca combatir sino que se deja arrasar de forma voluntaria. Y es que hay fuegos donde vale la pena quemarse.

    Besitos :)

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Ver y sentir siempre es pecar... Y me encanta que lo hagas.

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El Beso del Pecado

El Beso del Pecado
La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.