Si el placer es Pecado, yo vivo en la Gloria del Infierno.

Pecado es todo aquello prohibidamente placentero:

El Tacto del Pecado

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Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.

domingo, 10 de noviembre de 2013

El vecino del cuarto...

Hacía un par de días que parecía que estaba sola en el edificio. No somos muchos vecinos pero debieron de salir todos este fin de semana. Tenía la puerta cerrada con llave y la sola compañía de la televisión. Mala, por cierto. Si no fuera por ello, no  hubiera habido más sonido que mi respiración, mis pasos y las conversaciones a media voz conmigo misma. Aunque a media mañana me había parecido oír al vecino de arriba caminando por el pasillo. No oí más ruido que el procedente de la calle.
Me asomé a la ventana. El cielo tenía un profundo tono plomizo. Unas nubes entre blancas y grises se desdibujan al fondo, sobre la sierra, y unos tremendos relámpagos cruzaban el gris panorama, pero los truenos se oían muy, muy lejanos. La tormenta estaba todavía lejos. Me gustan los días de lluvia. Me parecen íntimos… Y no tenía nada que hacer.
Sobre la mesa baja observé mi dildo. Lo guardo a buen recaudo pero ahora nadie lo descubriría. Es mi mejor amigo en las ausencias de mi marido o en mi amplitud de ansias a pesar de que él me satisfaga con creces. El tema de los juguetitos lo descubrí a raíz de mi relación con el Macho Alfa pero, después, me deshice de todo: de mi vibrador, que no había utilizado, y de mis bolas chinas que tanto juego me habían dado. Tendré que pensar en ir reponiéndolas. No sabe que los uso y mucho menos que se me ocurrió comprarlos a través de internet. Conocí un día, por casualidad, a un chico. Hablando de sexo, surgió el tema y juntos buscamos una página. En aquella vimos aquellos de cristal, pero me recomendó algo que él conocía. Me dejé aconsejar, aún con la duda consciente de un futuro uso del objeto. En apenas dos semanas tenía en mi casa dos consoladores: uno en cristal transparente formado por una sucesión de bolas  y otro malva en forma de peón de ajedrez. En realidad parecen unos preciosos objetos de decoración carentes de lujuria. Siempre he pensado que si dijera que son un par de piezas de cristal lo creería cualquiera. Podría tener media docena y serían el juego perfecto.

Desde que lo dejamos el Macho Alfa, no he estado con nadie que no sea mi marido  y echo de menos a la perra que hay dentro de mí porque la faceta que conoce mi marido no es de tan puta. Me conoce un poco salvaje pero más tradicional, menos dada a experimentos y nada dada a la sumisión. Pero follamos bien, envuelve toda su ternura en pasión y eso, creo, que a cualquier mujer le gusta. El vibrador no deja de ser un estupendo complemento a mis satisfacciones personales pero necesito una buena polla en mi coño y, como loba convertida, necesito salir de caza.
A media tarde, ya caída la noche, necesitaba un poco de aire. Antes me miré al espejo del baño y la verdad, creo que doy algo de pena. Mis gafas de pasta, mi pelo recogido a lo alto con una pinza, mi pijama de rayas de corte masculino y unos calcetines de lana con suela antideslizante. Todo un monumento al deseo… Al deseo de darse la vuelta y no mirar atrás…
Miré a través de la gran cristalera que hay en el comedor. Al otro lado no tengo vecinos. Sólo un parquecito de árboles bajos, césped y bancos de madera. Las luces de las farolas de globo le dan un aspecto totalmente desangelado. Un relámpago iluminó el cielo por completo y en apenas un par de segundos, un estruendoso trueno rompería el espacio. Me sobrecogí, soltando un “joder” entre dientes. Al mirar hacia mi derecha, por la acera, vi andar una silueta. No veo muy bien pero enseguida me dí cuenta de que era Sergio, mi vecino de arriba.  Su paso se aceleraba pero no llegó a ser lo suficientemente rápido como para no empaparse con el aguacero que nació en un momento. Aquellas gotas gordas caían al triple de la velocidad que sus pies alcanzaban. Cuando quisiera llegar al portal, al otro lado del edificio, estaría calado hasta los huesos.
Bajé la persiana y eché las cortinas. Me extrañó no oír la puerta de la calle. Si no se acompaña suele hacer un impactante ruido con el golpe. Pensé que Sergio la había acompañado, pero tampoco oír el sonido del ascensor ni pasos subiendo la escalera. Vivimos en un edificio bajo y no son muchos los escalones a subir. Él suele utilizar la escalera. Me picó la curiosidad. Supongo que consecuencia del mismo aburrimiento solitario que llevaba acumulado en las últimas horas. Llegué al otro lado de la casa, la que da a la fachada principal. Escuché a alguien hablar pero no entendí lo que decía. Abrir la ventana era demasiado arriesgado. Llovía con tanta intensidad que el agua se había convertido en una espesa cortina. Me sobresaltó el sonido del portero automático. Respondí y escuché la voz de Sergio. Abrí pero de nuevo ni el ascensor ni sus pasos en la escalera. Me extrañé así que salí a la escalera. Escuché un rato y no sé por qué, el corazón me latía muy fuerte. La luz se encendió y pensé que luego sucedería algo, pero no sucedió nada. Cerré la puerta y regresé al salón. Me senté en el sofá y cambié de canal hasta que el timbre me hizo incorporar. Observé a través de la mirilla.
- Soy Sergio –oí al otro lado. Él vio la luz a través de la mirilla. No pensé en mi aspecto. Simplemente abrí. Allí estaba él, de pie, como un gato que no había escapado de la lluvia. La camiseta se le pegaba al cuerpo y dejaba marcar su musculatura. Tiene un buen cuerpo, trabajado en justa medida en el gimnasio. Para mí tiene un cuerpo que corta la respiración… Y esa mirada, no puedo decir nada más que es puro deseo cristalino. No han sido pocas las veces que me lo he imaginado en mi cama, follándome, dándome placer con esos dedos largos y seguramente sabios, comiéndome la boca y saciando mi sed de sexo con su lengua y su polla-. Hola- me saludó con una sonrisa. Me encanta su sonrisa. Creo que me encanta todo de él. Hasta su voz produce en mí una sensación especial. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, desde los pies hasta la cabeza, casi dejándome sin sonido para pronunciar unas precipitadas palabras.
- ¿Qué…?
- Me he dejado las llaves en casa y estoy empapado. ¿Te doy pena? –volvió a sonreír. Estaba completamente mojado, sobre todo la parte de delante ya que era la dirección que había tomado la lluvia con el viento.
- Pasa –le dije haciéndome a un lado.
- Te voy a poner el piso perdido.
- No te preocupes. Pasa. _Cerré la puerta tras de mí y me dirigí directamente hacia el baño, indicándole que me siguiera. Le alcancé unas toallas.
- Si llega tu marido…
- No llega hasta el lunes. _No sé si fue buena idea darle esa información en aquel momento.
- Llueve a mares. Me ha cogido por sorpresa. _No sé por qué me quedé ahí mirando, viendo como se quitaba la camiseta y dejaba su torso al desnudo. Me estremeció verlo semidesnudo, con poco bello sobre su pecho y aquellos músculos bien marcados. Me sentí algo nerviosa. Creo que se me notaba pero no dijo nada. Se limitó a sonreír y a no echarme de ahí. Su mirada estaba llena de intensidad. No sé si alguna vez me había mirado de esa forma pero yo quería que así fuera. Su presencia era imponente. El baño es amplio y muy luminoso y el gran espejo de la pared aumentaba la sensación de que todo su cuerpo ocupaba el espacio. No entiendo por qué me quedé ahí. Pude haberle dejado a solas, que se secara un poco o acercarle una camiseta de mi marido… No se me ocurrió nada de eso. Me limité a mirarlo de arriba abajo, notando la tensión en mi cuerpo y el deseo amaneciendo con cada una de las pasadas que la toalla hacia sobre su cuerpo. Mis pezones se pusieron erectos, inevitablemente, y mi sexo se convirtió en una confluencia de mil sensaciones nerviosas. Por un momento, creí que las piernas me fallarían. Reaccioné cuando empezó a desabrocharse el vaquero y me sentí azorada con su mirada clavada en mí. Mi mente y mi cuerpo iban a ritmos diferentes y con una procesión de datos que no asimilaban de la misma forma.
- Te traeré una camiseta seca y nos pantalones… aunque te vendrán cortos…
- No te apures. He llamado a mi hermana para que me traiga un juego de llaves –pero no me dijo cuánto iba a tardar. No atendí a más razones. Cogí del ropero de mi marido una camiseta y un pantalón de deporte. Pensé que quedaría más curioso que con un pantalón largo que le serviría de bermudas con toda seguridad. Es más de dos palmos de alto que mi marido, y su cuerpo, un armario ropero en comparación al de mi pareja. Mientras, mi mente se convierte en una cascada de pensamientos lujuriosos imaginando que es capaz de cogerme, apretarme contra la pared, besarme, morderme…, enredar su lengua con la mía mientras sus manos se hacen dueñas de mis tetas… Pero, al mismo tiempo, no estaba segura de que ninguno de los dos fuéramos capaces de hacer algo así. Bueno, creo que yo sí. Cuando me giré para abandonar la habitación, vi a Sergio de pie bajo el umbral de la puerta, apoyado en la jamba, con una toalla alrededor de la cintura y con los brazos cruzados sobre el pecho.toalla-el.jpg Inevitablemente, noté cierta humedad brotar de mi sexo. Me miró directamente a los ojos y avanzó los escasos dos pasos que nos separaban. Sentí que me faltaba el aire y permanecí inmóvil. Cogió la ropa de mi mano y la apoyó sobre la cama, despacio, sin dejar de fijarse en mí. Su gesto fue lento. Observé su pelo mojado y sin pensarlo, lo acaricié. Sus manos empezaron a acariciarme las piernas desde las rodillas, subiendo por encima del pantalón y sin llegar a mi sexo, donde un grito ahogado en flujos le llamaba a gritos. Una intensa energía provocó en mí una oleada de calor, un sofocó horrible que me animaba a desnudarme, a desprenderme de mi pijama y quedarme desnuda ante él. Tan grande Sergio, tan imponente, y lo tenía a mis pies. No me miró pero hundió su nariz en mi sexo y sentí su presión quemándome. Aquello provocó que un gemido se escapara de mi boca. Alargué su gesto. Hundí mis manos en su pelo oscuro y le retuve contra mí. Él aún aumentó más la presión. Me cogió de las caderas e intensificó aquella presión ardiente. La cabeza me daba vueltas y el sentido se me iba en aquellas ideas lujuriosas de poseerlo y ser poseída. Un punzante dolor sobre mi pubis provocó, en cierto modo, más humedad en mi coño. Cerré los ojos, arqueé mi cuerpo hacia atrás y con las manos me apoyé en las puertas del armario. Aquella sensación estaba a punto de desequilibrarme. Y cuando sus dientes se hincaron suavemente en mi sexo noté una corriente húmeda en él, como una especie de pequeño orgasmo. Subió las manos por mis costados, por debajo de la chaqueta del pijama, y al llegar a la altura de mis pechos, los tomó por delante, los magreó; buscó mis pezones, erectos, los masajeó entre las yemas de sus dedos y para entonces a mí ya no me importaba nada. Estaba dispuesta a que hiciera de mi todo cuanto estuviera en sus manos para hacerme sentir salvaje. Yo misma me abrí el pijama y él se encargó de bajarme el pantalón. Me volvía loca la idea de que aquel hombre, más joven que yo, llegara a follarme.
Percibí cuando su mano se deslizó hacia mi coño, mojado, fluido, suave y dulce…, y como un dedo…, y dos…, se metieron en mi interior, mientras con la otra mano sujetaba mi culo, manteniéndome arqueada. Mi clítoris crecía bajo el tacto y presión de un dedo y los otros, entraban y salían de mi caliente coño. No hacía falta que me recordase lo mojada que estaba pero su voz pronunciando aquellas palabras enfatizaron todavía más mi deseo, tensando mi cuerpo, dejando que mi mente se bloquease en una sola idea: la de correrme para él, la de empaparlo con mis flujos, con mi corrida... Mis manos se clavaron en sus hombros cuando noté aquella serie de espasmos que acabaron en una tremenda corrida. Le miré. Vi su mano empapada de mí y como se la llevaba a la boca, chupando cada uno de los dedos impregnados de mí. Sonrió y pude ver entonces lo que ya sabía: Una enorme y erecta polla reclamándome, mirándome… Intenté recobrar la serenidad pero no me dejo hacerlo. Se puso en pie y me sentí casi indefensa. Me perdí en el sabor de su boca, que no era otro que mi propio sabor. Mi lengua se convirtió en una víbora comiéndose la suya mientras me sentía pequeña entre sus brazos. Pasé mis manos por su espalda, clavando mis yemas, arrastrando mis uñas. Se estremeció. Puede notarlo. Tal vez por ello empujó más su polla contra mi vientre y me mordió en el cuello. Hundió sus dedos en mi pelo, enredándolos, obligándome a echar la cabeza hacia atrás, lamiendo mi cuello, besándolo hasta alcanzar mi boca de nuevo.
Deseaba su polla y me faltaba el aire en cada pensamiento que me nacía. Estaba ahí, para mí, entero y solamente para mí. Estaba dispuesta a caer a sus pies pero no para suplicarle, sino para hacerme dueña de esa polla que me estaba presionando el coño. Cuando empecé con la intención, hizo un gesto brusco que casi me sobresaltó. Por un momento pensé que se perdía aquella lujuriosa magia pero no. No sé cómo lo hizo pero mi chaqueta de pijama se convirtió en una camisa de fuerza que me inmovilizó en parte, dejando mis tetas prestas a sus gestos. Tomó mis pezones y comenzó a pellizcarlos. El dolor se intensificó en placer. Mi espalda contra el armario y mis pechos bajo su poder, una y otra vez, hasta lograr en mí un grito de puro placer. Me dejó libre muy poco espacio, el suficiente para dejarme descender y que mi cara quedara a la altura de sus caderas. Busqué su polla con mi boca pero se siguió retirando para que no la alcanzara lo que provoco un aumento de excitación y desesperación. Logré alcanzarla con la lengua. Su glande se amoldó a la presión, y por fin dejó que jugara con su sexo erecto. Lo lamí en toda su longitud, lo tragué en todo su grosor, y empujó hasta provocar en mí una pequeña arcada que me hizo retirar ligeramente la cabeza pero él me sujetaba por el pelo y controlaba la penetración. Le oía jadear y acompasaba mis embestidas. Quería ser muy guarra, muy perra y él lo sabía. Dirigía mi cabeza y mi boca se llenaba de saliva. No sé si su polla podía estar más dura y más grande de lo que estaba pero se me hacía inmensa por segundos. Aquella especie de angustia, de su polla golpeando casi mi garganta, se acrecentaba con la sensación de no poder zafarme de las esposas en las que la chaqueta de mi pijama se había convertido. Me retorcía intentándolo pero todo era en vano. Noté un sabor diferente en mi boca, el sabor de su excitación, unas pocas gotas que antecederían a su corrida… Pero no era todavía el momento. Y así me lo hizo saber.
Me levantó y dejó libres mis brazos.

- No sabes el tiempo que hace que deseo esto… -estuvo a punto de pronunciar mi nombre pero a cambio su boca se unió a la mía. Después yo me convertí en el lienzo en el que iba a plasmar cada pincelada de deseo. Bajó la cabeza y buscó mis tetas. Estoy segura de que había visto cerca unas como las mías. No tenían nada de especial pero eran grandes. Mordisqueó mis pezones. Primero uno, mientras al otro le hacía los preámbulos con los dedos. Mis piernas formaban dos columnas a ambos lados de su cuerpo, un triángulo perfecto que se apoyaba en los pies al borde de la cama. Mi coño estaba muy, muy mojado y muy, muy caliente. Tiró ligeramente de mí, colocando mis piernas por encima de sus hombros. Mi coño y mi culo postrados ante él. Estaba tan cachonda que cuando introdujo sus dedos en mi sexo, éstos se deslizaron con suma facilidad. Gemí. Grité. Y sus dedos empezaron a entrar y salir de mi mojado coño cada vez más rápidamente. Mi cuerpo se arqueaba en espasmos y no estaba segura de que pudiera aguantar mucho más sin correrme. Empezó a formar círculos con sus dedos, buscando lo más profundo de mi interior. Estaba tan mojada que ambos podíamos oír el chapoteo de los dedos en aquel juego. Mis gemidos se mezclaban con algún que otro grito que mi garganta intentaba ahogar, pero su respiración agitada parecía ser el compás a ellos. Separó mis piernas y perdió la cabeza entre ellas.



El agua de la lluvia que había mojado su pelo se confundía con el sudor que producía su excitación. El calor de su aliento alertó a mi clítoris y su lengua se fijó en él: Lamió, succionó, mordisqueó y mi cuerpo no podía dejar de estremecerse. No era ajeno a mi situación. Quería gritarle que me follara ya, que lo hiciera de una maldita vez pero no me salía ni una sola palabra. Tenía la boca seca y sobrealiento. El corazón parecía que se me fuera a salir del pecho o detenerse en cualquier momento de un exceso de excitación. Sabía cómo ponerme al límite. Parecía saber cómo me gustaba que me lo hicieran y se estaba recreando en mi desesperación. Mi cercano límite era su principio. Notaba como temblaba y decidió darme la vuelta. No sé cómo entendí lo que no decía, pero me encantaba aquella postura y sabía que estaba dispuesto a follarme como un loco.

Estaba colocándome a cuatro patas pero antes de tomar la posición, él pareció diseñarla. Con una pierna separó las mías, mordisqueó mi trasero, pasó la mano por mi raja y cuando quise suplicarle que me follase, lo noté dentro de mí. Noté su polla dura haciéndose espacio fácilmente dentro de mi coño, embistiendo y jadeando, palmoteando mis glúteos con más fuerza de la que estoy acostumbrada últimamente. Mi cuerpo era un muelle, un resorte que respondía cada una de sus embestidas, de sus empujones… Sus manos me sujetaban por las caderas. Me hervía la piel, por dentro y por fuera. Sentía que mis piernas flaquean y dobló los brazos para poder resistir cada una de aquellas arrematadas. Sus embistes se intensificaban, se hacían más rápidos y más profundos, y yo empujaba hacia él para aumentar aquella sensación que me quemaba por dentro. Temía desfallecer en cualquier momento de excitación. Notaba el sonido de su cuerpo chocando contra el mío. Golpes secos que se mezclaban con los sonidos húmedos de su polla entrando y saliendo de mi coño. Le miré. Le vi apretar los dientes y cerrar los ojos, sacar la lengua y empujar con fuerza mientras yo le apretaba su pene con los músculos de mi vagina. Sus jadeos se convirtieron en una especie de suave gruñido y eso me hizo sentirme más perra. Mi corrida fue inmensa. Una manantial se deslizó desde mi interior hacia los muslos, mojando su polla y su pubis… Volvió a palmotear mis glúteos, ahora más suavemente, mientras a duras penas podía percibir los espasmos que en su cuerpo se producían. Su polla entraba mejor que nunca y su semen se extendió en mi interior mezclándose con mis flujos… Detuvo el ritmo y permaneció dentro de mí unos segundos. Yo no me moví. Quería sentirlo dentro hasta que su polla perdiera toda erección.


Me dejé caer sobre la cama y él se venció sobre mí. Noté el peso de su cuerpo, su respiración entrecortada a la altura de mi oído…
 - Tendría que llover más a menudo –me susurró antes de apartarse y quedar tumbado boca arriba a mi lado.
Dos horas antes me había lamentado de no haber acompañado a mi marido en su último viaje. Ahora me alegro.

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Ver y sentir siempre es pecar... Y me encanta que lo hagas.

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El Beso del Pecado

El Beso del Pecado
La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.