Si el placer es Pecado, yo vivo en la Gloria del Infierno.

Pecado es todo aquello prohibidamente placentero:

El Tacto del Pecado

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Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Esclava de mi deseo...

Estaba sola en casa. Mi marido había salido. Tenía que pasar por el despacho para hacer unas gestiones. Luego regresaría e iríamos a comer fuera, a algún lugar bonito... A pasar una tarde fantástica en alguna parte... Pero mientras tanto, Sergio hacia ruidos en el piso de arriba. Pensé en llamarlo, en pasarme por su casa, pero no me arriesgaría a ser pillada. No tenía seguridad acerca del tiempo que pudiera ausentarse, aunque tenía cierto morbo correr por las prisas.

Aún tenía en mi piel el aroma de la piel de Nacho y en mi boca el sabor de su polla. Mi cuerpo seguía desnudo.  Me imaginé a Sergio sentado en el sillón orejero de la esquina. Volví a acariciar el contorno de mis tetas con las palmas de las manos, por encima y por debajo de mis pezones que se erguían bien erectos. Me los pellizqué suave y tiré de ellos antes de moverlos entre las yemas de mis dedos... a la derecha... a la izquierda... Junté mis pechos, los levanté y los observé. Mis pezones sonrosados eran la culminación y mis pensamientos, junto a mis caricias, provocaron que mi coño se mojara... Mas aún cuando me imaginé a Sergio aparecer entre mis piernas, lamiendo desde mis tobillos hasta mi clítoris, sin dejarse un trozo de piel: rodillas, muslos... y cada uno de los dedos de uno de mis pies...
Le llamé por teléfono. Oí sonar el aparato desde mi cama, donde yo seguía acostada. Escuché su voz responderme. Intenté decir algo pero de mi garganta sólo salió un sonido gutural, un gemido largo...
- ¿Estás caliente, guapa?
- Sí... -susurré mientras con dos dedos me penetraba  la suavidad de mi sexo.
- ¿Está tu marido?
- No, pero no está fuera... No sé cuándo puede venir.  -Mi voz era entrecortada, evidenciando los hechos de mis manos y lo cachonda que estaba a base de las embestidas de mis pensamientos.
- Oírte me la pone dura... ¿Estás mojada?
- Mucho... ¿quieres jugar conmigo?
- ¿Dónde estás?
- En la cama...
- Sabes que me pones a tono enseguida.  -Sonreí mientras acariciaba mi vulva, pasando la palma de la mano sobre ella, rozando mi clítoris y mojándola en el flujo que continuamente salía de mi coño-. ¿Por qué no subes? Te follaría en un momento...
- Por qué no sé cuándo va a llegar mi marido...
- Seguro que tienes una excusa perfecta si te ve bajar la escalera... -ironizó-. Vístete y sube. Te espero en mi cama. 

Y colgó. Me dejó caliente como una perra, llena de rabia, llena de deseo y llena, también por qué no decirlo, de salvar aquellos veinte escalones que nos distanciaban. Vi mi camisón negro hecho un ovillo sobre el sillón... Una idea se me cruzó por la cabeza. Supuestamente, Nacho aún tardaría. Acababa de marcharse, y a riesgo de haberse olvidado algo, no volvería ya. Me levanté de la cama, sintiendo flaquear mis piernas. Me pasé el camisón. Mis pezones se marcaban sobre el satén, enmarcados bajo algo de encaje. Noté cierta humedad descender por el interior de mis muslos y una corriente de aire fresca rozar mi coño. Al lado del sofá seguían los zapatos que había llevado la noche anterior a aquella cena con Lucas y Marina que, por cierto, no entendí muy bien lo que Lucas me propuso en un momento dado, cuando, casualmente, nos quedamos solos en la mesa. Me abrigué con la bata a juego. Apenas la llevaba pero había que volver a sacarla del armario. Me calcé aquellos zapatos de tacón y antes de salir de casa, me miré al espejo y me cepillé los dientes. Me aseguré de llevar el móvil y las llaves. Subí rápido aquellos escalones. No quería encontrarme con algún inoportuno vecino. Notaba la tela rozarme la piel y la puerta del piso de Sergio apenas cuatro dedos abierta. Mi corazón iba a mil.
Entré. Había silencio y todo estaba como en una media penumbra. El día fuera estaba nublado y aquellas amenazantes nubes grises tapaban el sol. Me dirigí hacia la habitación con cierta decisión. Mis tacones golpeaba en suelo de tarima y llegué a su dormitorio. La cama estaba deshecha todavía pero él no estaba. Miré rápidamente hacia atrás. No pude girar mi cuerpo y apenas me dio tiempo de verle. Sus brazos me hicieron su presa  y su boca me devoró el cuello. Pude notar su erección por encima de mi ropa, chocando contra mis glúteos.
Creo que para ellos no debe haber mucho más erótico que las piernas de una mujer erigidas sobre unos buenos tacones. Deben ser un mensaje digno de no ser ignorado. No me dejó girar la cabeza. Me agarró fuerte con la mano, por la barbilla y me impidió movimiento alguno. Me empujó hacia delante, sin soltarme, lo justo para entrar en la habitación.


- No me mires -me ordenó. Empezó a descender sus manos por mi cuerpo, hacia mis piernas, permaneciendo detrás de mí. Noté su boca desde la nuca hasta mi culo. Allí mordió mientras me levantaba el camisón. Y sin demasiados preámbulos me lo quitó. Ya iba preparado porque casi sin soltar la prenda, me echó las manos hacia atrás y pasó una cinta en torno a mis muñecas. Intenté zafarme. Fue un movimiento instintivo, como el de girar la cara para mirarle. Me tapó la boca con la palma de la mano y me obligó a seguir mirando hacia el frente-. He dicho que no me mires. Hoy vas a ser mi puta de verdad y estarás a mi merced. No te haré daño pero te vas a correr como una perra-. Aquellas palabras golpearon mi mente como espinas de una cruz en pleno día de penitencia. Le conocía desde hacía tiempo. Es verdad, pero tampoco lo conocía tan íntimamente como para adaptarme de repente a semejante práctica. Debía confiar en él o no disfrutaría como estaba deseando hacerlo. Me cubrió los ojos con otra cinta o con un pañuelo. Olía a su perfume pero me atrevería a decir que también se entremezclaba con otro que no reconocía. Así que lo único que cubría mi cuerpo eran dos cintas y unos zapatos... Supongo que debió de sentirme más que nerviosa y con un tono más calmado, casi tierno me dijo que confiase en él. Hacía tiempo que no experimentaba esa sensación. Con el Macho Alfa siempre corría algún riesgo de éstos, pero Sergio me estaba sorprendiendo.

Busqué su boca pero sólo encontré su aliento. Busqué el tacto de su cuerpo pero sólo noté el vacío y el calor de su cuerpo distanciándose. Me sentí confundida. Mi poder de indefensión aumentó conforme aumentaba el suyo de posesión. Él iba a ser mi Amo y yo... su sumisa... su zorra... su puta... su esclava...
Obedecer, no cuestionar, prestar atención y ser paciente... Superaré este magnifico sufrimiento... Pero a mi manera ya no podía ser... Tenía que ser a la suya. Él manda..., sólo porque me tiene atada y ciega. Me animó a arrodillarme. Me resultó complejo pero al final mis rodillas tocaron el suelo, y mis manos rozaron su polla erecta. Me tiró del pelo, obligándome a echar la cabeza hacia atrás. Mi boca se abrió al sentir el roce de la suya y me estremecí cuando su mano libre atrapaba mi teta.

Oí el sonido que la cama hace al sentarse alguien. Sergio me cogió de un antebrazo, y me acercó a él. Caminé de rodillas por el suelo y me pregunto todavía ahora por qué no me atrevía a protestar (algo que se me suele dar muy bien). Posó dos de sus dedos sobre mi boca, la abrí y dejé que los metiera en ella. Levantó mi mentón, lamió mi boca e introdujo su lengua lo más que pudo, buscando la mía. Sentí como en mi coño se acumulaban intensas oleadas de corriente que no hacían otra cosa que ponerme poco a poco al límite. Dejó la lengua quieta y empecé a follársela mientras sus manos jugueteaban con mis pechos, preparándolos, estimulándolos... volviéndome loca con cada uno de sus gestos. No eran violentos pero se alejaban de todo encanto tierno. Me apretó más contra él. Noté el roce de sus piernas, sentí como cogía mis tetas, como las levantaba y como su polla dura y gruesa se colaba entre ellos. Sentí enloquecer. No podía ver. Sólo imaginar y sentir.  Estaba indefensa, inmersa en mi nuevo papel.
Volví a sentir los pellizcos en mis pezones y después de aquel presionar de mis tetas a su polla, me inclinó la cabeza. Pasó todo su nabo por mi boca, golpeando en ella y cuanto más la abría, más me golpeaba los labios hasta que me lo metió casi de golpe. Lo sentí en lo más profundo, tanto que predije una pequeña arcada pero no por eso dejé de tenerlo dentro. Me sujetó la cabeza y empezó a guiarme para envestir. Su polla entraba y salía de mi boca, ésta se la comía por entero, en toda su largura y en todo su grosor. El ritmo era lento, dejándome sentir el glande en mis labios... Y así iba aumentando de tamaño. Podía percibir los latidos de su polla y me apuré en seguir tragándomela, sacando la lengua, jugando, lamiendo... Podía sentir las venas hinchadas de placer al paso que se perdía en mi garganta. La lamí..., como lamí sus testículos, esos mismos que apenas unos minutos antes habían tocado en mi barbilla. No era mi opción. Era la suya.
- Lámeme -me pidió, apartándose un poco de mí. Lo cierto es que no sabía bien por dónde empezar. Me guié desde su sexo y descendí por una de sus piernas-. Sigue... Hasta los pies...
- ¿Hasta los pies? -pregunté. Nunca había lamido tanto y menos hasta los pies.
- Quieres ser una perra, ¿no? Pues, lámeme.

Obediente, sumisa, obedecí. Recorrí su piernas a lametones hasta llegar a los pies y me hizo continuar con los dedos. Luego proseguí con la otra pierna. Cuando llegué de nuevo a sus caderas me dí cuenta de que estaba recostado. Mi cara rozó de nuevo su polla y volví a mamársela hasta que decidió que debía de dejar de estar de rodillas. Me ayudó a levantarme. Me masajeó las rodillas un segundo (qué gesto más amable) y volvió a dejarme de rodillas. Ahora sobre la cama, en pompa, con mi culo dispuesto para él. Me palmoteó suave los dos glúteos, con cierta fuerza. Me molestó y protesté pero sólo me sirvió para que la fuerza se acentuara. Me sentí una yegua a la que azotaban con la mano para que acelerara el ritmo. Tal vez no debiera decir más y dejarme hacer. No sé por qué me estaba comportando así. No sé por qué acepté aquellas palmadas en mi trasero y por qué acepté en realidad subir a su casa. En el fondo no sé si esa sumisión no es más que algo de masoquismo.

Aquella postura no me resultaba demasiado cómoda pero me adapté a ella. Noté su mano frotar mi coño, desde el ano hasta el clítoris. Lo hacía despacio para estimularme. Por un momento me sequé y que él pudiera descubrirlo no me gustaba. Cuando me sintió mojada, no dudó en introducir directamente tres dedos, que metía y no llegaba a sacar dibujando una especie de espiral en una fricción que me hacía gemir. No decía nada. Sólo mis gemidos y sus sonidos roncos. Pasó la mano libre por la espalda y se detuvo a la altura de mi ano. Hacía tiempo que nadie jugaba con él y Sergio decidió hacerlo. Acarició mis nalgas y con un dedo empezó a masajear aquella zona: movimientos circulares que me pusieron en alerta. Lentamente aquello se fue dilatando. No sólo notaba sus movimientos en el agujero, también alrededor, relajando los músculos. Creí morirme en esa mezcla de dolor y placer, cuando sus dedos tanteaban tanto mi coño como mi ano...click

- Eres más puta de lo que crees... -me dijo jadeando y empujando más los dedos hacia mi interior, momento en el que sonó el móvil. ¡Por Dios! ¡Qué oportuno! Estuvo sonando un buen rato. Me puse nerviosa. No quería pensar que fuera Nacho y me reclamara por algo. Sergio apuró los gestos. Los intensificó y yo me creí morir hasta que retiró los dedos y, separándome las nalgas con ambas manos, no dudó en penetrarme. Parecía que iba a hacerlo despacio pero fue un único y firme empujón que me hizo gritar y morder las sábanas de dolor y sin querer, me corrí. Sus huevos se mojaron con mi corrida pero él no dejó de embestirme. Estaba claro que no iba a parar hasta que yo volviera a correrme o que le suplicara que parara. No recordaba muy bien aquella sensación pero cuando mi ano cedió por completo, el dolor, intenso de entrada, se convirtió en un ligero placer que Sergio se encargaba de complacer acariciándome también mi coño.
El teléfono volvió a sonar. Me puse más nerviosa todavía y sé que Sergio no se iba a apartar de mí. Seguía bombeándome. Me apretaba las caderas, me pegaba a él en aquel vaivén, palmoteaba mis nalgas y pellizcaba mis pezones. Mis gemidos se convirtieron en gritos de auténtico placer-. ¡¡¡No querías polla... pues toma polla, puta!!!... Y así aprenderás que conmigo no se puede ir de lista...  -El teléfono insistía y creo que eso le puso nervioso porque me soltó de golpe y fue a cogerlo-. Es tu marido -me informó-. ¡Contesta!
Mi respiración era jadeante. Todavía sentía como si la polla de Sergio estuviera dentro de mi culo y mi corrida seguía empapando mis muslos. Intenté controlarme pero me resultaba complicado.
- ¡Hola!
- ¿Dónde estabas? Llevo un rato llamándote.
- Sí... -y la polla de Sergio entró en mi coño sin contemplación alguna.
- ¿Estás bien?
- Sí. He ido a tirar la basura y al oír el móvil he subido corriendo.
- Bien... -Su "bien" me sonó extraño, como que no se lo creía. Creí que oiría mis movimientos sobre la cama del vecino.- Me retrasaré un poco. Me ha llamado Lucas pero pasaré a recogerte para comer.
- Bien... Sí...
- Pero, ¿estás bien? Te noto como sin aire...
- La falta de costumbre. He subido por la escalera.
- Te quiero. Luego nos vemos.
- Yo a ti. -Creo que colgué demasiado rápido pero las sensaciones me estaban embriagando. Los envites de Sergio eran cada vez más fuertes. Creo que hablar con mi marido lo excitó más, tanto que me zumbó con tanta fuerza que mi pecho se chafaba contra el colchón. Ya apenas sentía los brazos y decidió soltarme. Aquella sensación de libertad era incomparable. Me agarré fuerte a la sábana y aguanté sus empujones hasta que mi corrida hizo que su polla saliera de mí. Abofeteó mi glúteo derecho y volvió a clavármela. No dejó de hacerlo hasta que se corrió. Cuando terminó, se tumbó a mi lado y re retiró la tela que cubría mis ojos. No me atreví a mirarle. Cuando lo hice unos segundos después vi su sonrisa. Parecía un chico bueno. El beso que me dio fue intenso, profundo-. ¡Eres un cabrón! -le dije con cierto enfado. Él se carcajeó, me abrazó, me subió a su cuerpo, pasando su brazo entre mis piernas y apoyando la mano en mi glúteo.
- Sí, encanto, pero te encanta mi polla... Y me ha encantado darte por el culo.
- ¡Hijo de puta! -y volvió a besarme, incluso con más pasión que antes.

5 comentarios:

  1. Como siempre, desde que te leo, haciendo de las escenas verdaderas secuencias de un film digno de ser admirado y seguido.,, ¿Eres guionista? jejejeje Buen día Pura.

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    1. Ja... Ja... No, no lo soy pero me recreo mucho en los detalles. Para mí, sentir y vivir es la mejor manera de transmitir. Sentirse protagonista de la verdad o la fantasía, ayuda. Muchas gracias por tus apreciaciones.

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  2. Una verdadera corriente de calores y pasiones me has transmitido Pura.

    Besos
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    1. Me alegra y satisface haberte hecho sentir por medio de mis palabras. Lo importante es que cuando me leas, te creas que eres tú y seas capaz de ver todo cuanto yo puedo sentir y ver.
      Besos de Pecado.

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    2. Eso transmites Pura, todo lo que leo, lo veo en imágenes y lo siento... y me hace desear, se activan mis estrógenos ;) ... Es un placer leerte.

      Besos
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Ver y sentir siempre es pecar... Y me encanta que lo hagas.

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El Beso del Pecado

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La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.