Si el placer es Pecado, yo vivo en la Gloria del Infierno.

Pecado es todo aquello prohibidamente placentero:

El Tacto del Pecado

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Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Buen despertar...

Me desperté sola en mi cama. Estaba desnuda y aún tenía en mi boca el sabor a hombre, el sabor a Nacho. Podía sentir al recordar sus caricias sobre mi piel, el tacto de su miembro creciendo en mi boca, endureciéndose… Estuve pendiente de algún ruido pero no oí nada. Nacho es muy sigiloso. Inspiré con fuerza antes de decidirme a salir de la cama. Luego me pasé el camisón de tirantes, ese que me había quitado en plena madrugada. Salí del dormitorio y me asomé al salón. Vi a mi marido. Estaba desnudo, de espalda a la puerta y de cara al gran ventanal. Sus brazos, cruzados sobre el pecho. Estaba absorto en sus pensamientos mientras caía la lluvia con fuerza sin llegar a mojar los cristales pero salpicaba el suelo de la pequeña terraza.
Me gusta su cuerpo. Nacho no es excesivamente alto pero se cuida mucho. Tiene un culo duro, una espalda, hombros y brazos marcados por la natación, y un tono dorado de piel manifiesto de nacimiento… Y folla… Me folla de esa manera…
Me acerqué despacio, notando el calor en el suelo. No dije nada. Simplemente apoyé mis manos en sus hombros y besé su espalda despacio, sensualmente, dejándome sentir.  Esbozó un placentero “mmmm…”. Llevé mis manos hasta su cintura y luego a su pecho, y él las tomó, acariciándome lánguidamente antes de moverse para que me quedara ante él, con mi espalda pegada a sus pectorales… percibiendo el calor de su aliento en mi nuca y la suavidad provocadora de sus besos.  
Giré como una bailarina en su caja de música. Ya, cara a cara, no dejó de abrazarme y quedé presa entre sus quedos brazos. No se movió y yo, simplemente, me dejé llevar por ese momento tan tierno. Apoyé mi cara en su pecho y escuché los latidos de su corazón. Percibí aquel pequeño cúmulo de besos en mi sien, en mi mejilla y, finalmente, en mis labios.
Pronunció un te quiero. Levantó mi barbilla y el beso se profundizó, se apasionó…

- ¿Eres feliz? –me preguntó. Le miré. Sonreí.
- Mucho.
- ¿Tienes todo lo que quieres?
- Tengo todo cuanto necesito –reconocí.
- Me gustas mucho… Me gustas tú… Me gusta tu cuerpo… -balbució, bajando lentamente sus manos hacia mis muslos, sobre los que el camisón caía. Arrugó la prenda hasta llegar a las caderas y coló las manos. Percibió la tibieza de mi piel desnuda, mis glúteos, sin soltar la tela. Su camino de descenso fue lento, acariciándome con las puntas de los dedos hasta que levanté las manos y me quitó el camisón. Mi cuerpo quedo tan libre como el suyo. Ahí estábamos los dos: de pie, cara a cara, con mi pecho pegado al suyo, con mi vientre frente al suyo, con su miembro erecto frente a mi coño mojado, con sus manos agarrando fuerte mi culo… y ambos, frente a una cristalera abierta al campo… - Y me gusta lo viciosilla que eres…
 
 Me giró y me di de bruces contra el paisaje. Mis manos se apoyaron en el cristal. Me levantó los brazos y mis pechos se pegaron al frío elemento, produciéndome un escalofrío que erizó toda mi piel. Apoyó su cuerpo al mío y me sentí rehén entre dos muros: uno tremendamente frío…, helador… El otro, tibio…, caliente… Besó mi espalda sin dejar de presionar mis pechos con sus manos que, a  pesar de su tamaño, no lograban abarcar todo el volumen de mis tetas. Sí, tengo unas buenas tetas.  Por qué no decirlo, por qué no reconocerlo si estoy orgullosa de ellas.
Su boca llegó a mis glúteos.  Apretó con las manos primero y luego los besó. Primero uno, luego el otro, antes de que una de sus manos se colara entre mis piernas y palpase mi sexo humedecido… Gemí al tiempo que su respiración se hacía más ronca y áspera… Llevó aquella mano, y metió un dedo en mi boca. Lo lamí, lo saboreé, como saboreo siempre su polla. Empezó a moverlo dentro de mi boca, como él lo hacía en mi coño… Tiró de mis caderas hacia él y quedé inclinada sobre el cristal, con el culo en semi pompa, con las piernas bien abiertas y con él, detrás, dispuesto a hacerme suya, a embestirme…, arremeter…, lanzarse…, empujar…  contra mi cuerpo, sintiendo sus manos manteniéndome quieta y la punta de su polla apuntando directamente hacia el interior de mis piernas.
Tocó mi coño y supo que podía empezar a follarme. Sentí su miembro entrando despacio. Apreté los labios y gemí… Mi coño llevaba una semana muy contento y muy bien servido, sobre todo, bien servido…
Puedo asegurar que me encantan estos preámbulos antes del desayuno. Deja un buen sabor de boca.

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Ver y sentir siempre es pecar... Y me encanta que lo hagas.

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El Beso del Pecado

El Beso del Pecado
La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.