Si el placer es Pecado, yo vivo en la Gloria del Infierno.

Pecado es todo aquello prohibidamente placentero:

El Tacto del Pecado

.

.

Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.

lunes, 2 de diciembre de 2013

Un pelín más zorra...

Lucas me ha llamado esta mañana. Marina está fuera visitando a su madre debido a una ligera enfermedad. Él tenía trabajo y una excusa perfecta para quedarse solo. Sabía que Nacho también estaba fuera, aunque volvería aquella misma noche. Su llamada me sorprendió y cuando me llamó mi marido para saber cómo iba, se lo comenté. Me dijo que le parecía bien que quedásemos a comer.
- ¿En serio?
- ¿Qué hay de malo?
- No, nada...
- ¿Hay algo que te preocupa?
- No, pero en todos estos años miles de veces se ha quedado solo y nunca me ha llamado... Ni para tomar un café.
- Estará con ganas de hablar con alguien. Igual ha tenido una pelotera con Marina y necesita desahogarse. ¿Quieres que lo llame?
- Tengo que llamarle yo para decirle si me viene a buscar o no porque no he quedado en claro con él.
- Yo no voy a llegar hasta tarde. Hemos entrado tarde a la reunión y esto no sabemos cuánto tiempo se va a alargar... Igual llego a media noche.
- Bueno. Avísame cuando salgas.
- Sí. Y tú llama a Lucas y dile que te pase a recoger por casa.
- Bueno.
- ¡Pásalo bien! Voy a colgar y no olvides que te quiero.
- Y yo a ti -dije para esperar a que él colgara. No sé si es que soy muy mal pensada pero todo me parecía extraño: la llamada de Lucas, que Nacho me animara a salir con él, aunque tampoco había motivos para no hacerlo.
Lucas apareció por mi casa sobre la una. Ese día hacia un frío espantoso. Desde la tarde anterior estaba la niebla. No me planteé nada. No quería nada. Me puse guapa y esperé a que llegara. Estuve un rato andando por mi casa. Me había puesto mis bolas chinas. Sabía que no iba a tener ningún tipo de lío con él pero, luego, en casa, quién me negaba una fiesta particular. Nadie.
Ni siquiera subió a casa. Fui a su encuentro pero, al salir de casa, me encontré con Sergio. Subía la escalera, como de costumbre, y, evidentemente, nos saludamos. Venía del trabajo para comer en casa y descansar antes de regresar. Intenté ser fría y también indiferente, como si nada pasase. En realidad nada tenía que ser diferente. Habíamos follado un par o tres de veces. ¿Qué derecho o qué obligación teníamos el uno para con el otro?

 - Debo irme. Me están esperando.
- Ya. He visto un coche abajo que esperaba. ¿Vas a comer fuera?
- Sí, con un amigo nuestro.
- Disfruta de la comida... Un día tenemos que quedar.
- Cuando quieras -dije bajando los escalones-. Ya sabes donde vivo pero parece que no tienes demasiado tiempo.
- No quiero engancharme... Ya sabes...

En el primer rellano, miré hacia arriba. Sergio estaba de pie, observándome. No dije ni hice nada. Seguí mis pasos hasta encontrarme con Lucas. Estaba imponente, para no variar. Me abrió la puerta desde dentro, alargando el brazo y echando un poco el cuerpo, y me acomodé en el asiento después de darnos un par de besos. No había que dejarse llevar por sus halagos. Es un gran embaucador. Siempre tiene la palabra adecuada y sabe como halagar a cualquiera, sobre todo a un mujer. A mí, como a cualquiera, también me gusta que me regalen galanterías, halagos, piropos y todas esas otras artimañas que, en cualquier momento, te pueden llevar a perder el temple.
Charlamos intrascendentemente mientras se dirigía al restaurante. Tomamos un pequeño vermut antes.

- ¿No tienes que regresar luego al trabajo?
- Creo que puedo engañar al jefe y decirle que me ha surgido algo y que, por tanto, me retrasaré un poco.  -Sí, era fácil que se convenciera a sí mismo.
- He de confesarte que me ha sorprendido tu llamada.
- Supongo.
- ¿Cuánto hace que nos conocemos?
- Los mismos que llevas con Nacho.
- Y en todo este tiempo...
- No sabría decirte -me dijo, mientras alzaba su vaso con cerveza para chocarlo con el mío-. Creo que me apetecía y si no lo he hecho antes... No sé... No hay que darle demasiadas vueltas.


La comida transcurrió con total normalidad. Reconozco que al principio me sentía algo nerviosa, diría que muy inquieta pero, poco a poco, me fui relajando. Reía con sus gracias y él, con el poco acierto de las mías. No cabe duda de que sentí que en algún momento de la comida, saltaron chispas, roces tímidos de principiantes adolescentes. Me sentía cómoda pero, al mismo tiempo, demasiado prudente lo que hacía que me echara para atrás y dejara de lado lo que de verdad me apetecía. Mientras me iba hablando me daba cuenta del poco caso que le estaba haciendo, aunque sé fingir muy bien, pero es que mi cabeza tenía una terrible lucha dicotómica. Aunque ser casi los únicos comensales a esas horas en aquel comedor no ayudaba demasiado para grandes disimulos.
Su rodilla rozaba mi pierna. Mi primera intención era sentarme frente a él, al otro lado del tablero de la mesa, pero el maître, muy sabio él, nos había llevado hasta aquella mesa pegada a la cristalera desde la que se observaba un bonito paisaje de la ciudad, abocado a una de sus vías principales. Los coches se veían pequeños y la perspectiva era inmejorable. No era la primera vez que ambos estábamos ahí. Algún aniversario, alguna cena especial... Era un buen lugar para cualquier encuentro.

Cuando nos íbamos, él mismo me ayudó a pasarme el abrigo. Fueron sus manos las que apartaron el pelo y lo dejaron caer sobre mi espalda. Se me erizó la piel sabiendo que lo tenía detrás mía, con su aliento acariciando mi nuca, con su sexo pegado a un par de palmos de mi culo. Me imaginé empujándome contra la pared, quedando sin salida entre ésta y él, sus manos alzando las mías y sujetándomelas, su boca devorándome el cuello con húmedas y excitantes caricias y el roce de su barba rala casi arañando mi piel; su sexo pegado a mis nalgas e, inevitablemente, deseando que su cuerpo fuera tan mío como suyo el mío.
Sólo fue un espejismo.

- ¿Quieres que nos tomemos algo por ahí? ¿En "La Cafetería del Centro"?
- Podemos hacer algo de sobremesa hasta que te marches -le dije inocentemente porque tomar algo no me apetecía. Todavía tenía en mi boca el sabor del último trago de té.

Aquel local se había convertido en el centro de todos los encuentros, incluso a esa hora estaba casi hasta la bandera y no había ni una sola mesa libre en su terraza interior: una especie de patio árabe completamente acristalado. Una ilusión para la vista. Un viaje a un maravilloso lugar con una compañía ideal, tan prohibida como deseada. Volví a pedirme un té. Me encanta porque lo sirven en esas teteras orientales, con esos vasitos de cristal tallado. Lucas decidió tomarse otro café. Durante unos segundos nos mantuvimos casi en silencio, encantados con las sensaciones de aquel momento hasta que su mano llamó mi atención. La sentí en mi barbilla y al reaccionar, sentí que tenía que mirarle. Sonreí. Lo primero que vi fueron sus ojos. Son muy oscuros y yo los vi morunos, embriagada por el aroma a té y un perfume de ambiente evocador.

- ¿Qué piensas? -me preguntó.
- Nada. Tenía la mente en blanco. ¿Tú?
- ¿Yo? -rió pero no llegó a hacerlo abiertamente-. Estoy pensando en que sería muy capaz de hacerte reina de mis mil noches... -No supe qué decir. En ese momento me hubiera vuelto Sherezade pero en términos contrarios y menos aniquiladores. Me limité a sonreír. Supongo que no era el lugar ni la hora más adecuados para incitar a nada. Pero empezó a insinuar cosas que yo intenté evadir, dando esas clases de respuestas que parecen decir algo y en realidad no dicen nada. ¿Qué podía decir si a esas alturas y con aquellas palabras mi coño estaba ya caliente?
No sé, pensé que Nacho tenía razón y que hubiera tenido alguna discusión fuerte con Marina o que su idílico matrimonio no lo fuera tanto en realidad.
- ¿Serías capaz de traicionar a  Nacho? Es tu mejor amigo... Y yo soy su mujer.
- La infidelidad es algo muy relativo y tú lo sabes... -Al decirme aquello, el corazón me dio un vuelco. Nadie sabía de mis andares, de mis aventuras, porque por la parte contraria tampoco estaba interesaba en que las sombras tuvieran luces.
- Pero no somos extraños... Nos  conocemos desde hace mucho tiempo... Algo así podría estropearlo todo.
- Precisamente por ello... Déjalo... es una tontería... Pero sí, hace tiempo que no te veo como antes... Cuando Nacho me habla de ti...
- ¿Nacho te habla de mí?
- Nacho y yo compartimos muchas cosas y nos callamos otras tantas.
- ¿Y qué te dice de mí?
- Nada que tú no sepas pero te puedo asegurar que muchas son las ocasiones en las que mis fantasías tengo que cumplirlas en soledad...

¿Qué me estaba contando? Ese hombre con mayúsculas, un tipo interesante, decidido, tierno... con un montón de calificativos y actitudes en mayúscula, me estaba diciendo que me deseaba... Y yo, ahí, quieta, parada, como si aquello no fuera conmigo, mientras mi sexo se humedecía, mi piel se estremecía e iban creciendo unas tremendas ganas por cumplir alguna de sus fantasías. Fue entonces cuando pensé en lo ocurrido aquellas semanas antes de Navidad, en su casa de la playa. No podía ser que yo no recordase nada, que fuera todo una ensoñación, algo fruto de unas copas de más, de un deseo encendido, de un lapsus incomprensiblemente inenarrable. Que me follaran los dos no había sido más que una de esas cosas que se callan los dos. ¡Qué cabrones! ¡Qué hijos de su santa madre!

El coche se detuvo delante de mi portal. No quería alargar la despedida aunque intuía que él estaba dispuesto a mucho más, con el beneplácito o no de mi marido. Cuando me giré hacia él para la despedida con la sana y pura intención de darle un par de besos en las mejillas, él, intencionadamente, provocó el roce de nuestros labios. No dije nada. Le resté importancia aunque la tenía. Bajé del coche. Caminé unos pasos y desde el portal, sonreí. Oí el sonido del motor y el coche desapareció.
Subí a casa nerviosa... y excitadísima, con unas impulsivas ganas de satisfacer mis puras necesidades. Entré en el dormitorio y me desnudé. No iba a salir de casa. Quería ponerme cómoda y usar mis juguetitos. Ahí estaba yo, solamente en bragas, con sendos consoladores en cada mano, dispuesta a hacer uso de ellos. El sonido del portero me sobresaltó. La voz de Lucas me encendió. Regresé rápida a mi dormitorio. Me calcé mis tacones y me pasé aquella bata de seda, anudando el cinturón y dejando a la vista mis piernas de rodilla para abajo. Ponerme unas pantuflas no era nada sugerente. Esperé a que llamara a la puerta. Abrí y me hice a un lado. No tuve tiempo a reaccionar. Entró. Cerró la puerta con prisa y me retuvo entre sus brazos, contra la pared. ¿Me revelé? No.
Me abracé a él, alrededor del cuello, reaccioné a su boca abierta, al juego de su lengua. Me entregué. Nos entregamos. No pensé en Nacho. Tampoco es Marina. Sentí una de sus manos en una de mis piernas, subiendo hasta la cadera y retirándose hacía mi culo. Apretó con fuerza, pegándome más a él. Sus dedos se deslizaron bajo mi braga, alcanzando con las yemas mi clítoris. Dejé de abrazarle. Retuvo mis brazos, cogidos por las muñecas, con ellas por encima de mi cabeza. 



- ¡Sé que me esperabas...! Tú y tu coño.... ¡Me gusta! -murmuró sin apenas despegar su boca de la mía. Moví mi mano hasta su entrepierna. Bajo ella, su erección. Rotunda. Mi mano se venció ante la evidencia y la recorrió en su henchida excitación, hasta la punta, hasta su glande... Desabroché su pantalón y lo dejó caer por su piernas. Él mismo se bajó el bóxer. Me tomó en brazos y me alzó a la altura de sus caderas, sujetándome por las piernas contra la pared que me mantenía la espalda.  Noté su sexo pegado al mío, separada su polla de mi coño tan solo por mi mojada braga.
Me llevó en brazos hasta el dormitorio. Mi ropa estaba sobre la cama. Caímos sobre ella. Mi cuerpo se convirtió en un lienzo nada virgen sobre el que convertirse en maestro. Estábamos sentados, yo a horcajadas sobre él, con nuestros pechos pegados, con sus brazos cruzándome la espalda, con su boca hurgando en mi cuello, su lengua lamiéndome... Yo creía volverme loca. Apenas me estaba tocando pero no veía el momento en que decidiera hacer algo más. mordisqueó el lóbulo de mi oreja derecha y yo clavaba mis dedos en su espalda... Luego le arañaría para dejarle mi marca.- Quiero que me digas qué te gusta.... susúrramelo al oído -dijo.
- Gritaré lo que quiero -respondí y aproveché para marcarle la espalda.
- Todo será para ti... Dímelo... Quiero que goces...  -Giramos sobre nosotros mismos y mi cuerpo quedó bajo el suyo. Besó mi cuello de nuevo, bajó hasta mis tetas, deteniéndose en ambas, primero en una, luego en la otra, poniendo al límite la dureza de mis pezones que sucumbieron ante la tortura de sus labios, de sus dientes y de su lengua. Estuve a punto de echarme a reír aunque no era momento de gracias. Simplemente era una risa tonta, fruto de los nervios, fruto de saber que íbamos a estar uno a merced del otro. Mis manos eran un desatino. No sabía donde colocarlas. Su espalda, sus hombros... Mis piernas... En su cabeza para indicarle que bajara... pero quería que lo hiciera despacio, muy despacio, para desesperación mía y disfrute suyo. Agarré con fuerza el edredón mientras encogía las piernas que él separaba. Su cabeza empezó a moverse. Su lengua parecía la cola de una lagartija, inquieta y húmeda, bajando por mi vientre hasta posarse sobre mi pubis-. Me encanta tu coño -indicó, besándomelo, presionando los labios con los suyos para luego ir separando los pliegues con cuidado, como si hubiera dentro un duende que pudiera asustarse ante un dragón, terminando por descubrir mi clítoris: una perla sonrosada, brillante, tensa, inquieta que crecía por la excitación. Apenas la tocó con la lengua todas las sensaciones que se habían ido acumulando, explotaron en un gemido que acabo por ser el preludio de los siguientes.


Su lengua recorrió entera mi raja. Mi cabeza parecía estallar, mi pecho apenas podía controlar los latidos de mi corazón... Me dejé ir. Era lo único que podía hacer entonces. Sus dedos entraron en mi coño, sin desconsiderar a mi torturado clítoris. Supongo que Lucas me miró porque a pesar de toda mi excitación, me di cuenta de la ausencia de su lengua. Su otra mano seguía en mi pecho, jugueteando con mi pezón. Lo estiró con más fuerza, arrancando de mí un grito, mezcla de pasión y dolor, animándole a que sus dedos se movieran con más rapidez, con más fricción. Yo intenté atraparlos, forzando los músculos de mi vagina pero el movimiento era más rápido que mi reacción.

- Dime qué quieres...
- Todo... lo quiero todo... -supliqué controlando mi respiración.
- Pide por esa boquita... Quiero que seas muy puta... la más puta...

Aquellas palabras trajeron cosas a mi cabeza a pesar del momento. Me excité tanto, tanto, tanto, que con sus dedos en mi coño, apenas tuve tiempo para poder avisarle de mi corrida. Creo que llegué a mojarle un poco , al menos su mano quedo completamente mojada. Mis músculos se relajaron pero no por eso él dejo de follarme con los dedos. Volvió a besármelo y luego me miró. Sonrió con picardía. Le acaricié el pecho pero aquello no había terminado. Acababa de empezar. Su cuerpo se pegó al mío. Nuestras bocas se unieron una y otra vez. Primero fue despacio, como besos tiernos; luego se intensificó el gesto y volvió a nacer el deseo, la lujuria y las ganas de seguir follando.

Terminó de desnudarse y aproveché para incorporarme un poco, acercándome a él. Coloqué una de mis mano sobre sus pectorales y con la otra, me apropié de su polla. Él gimió. Me cogió la cabeza, hundió sus dedos en mi pelo y se inclinó para volver a besarme. Ningún amante mío me había besado tanto como lo estaba haciendo él. Y me gustó. Me gustó mucho. Me sentí deseada pero también, en cierto modo, algo querida, algo amada. No era un desconocido que me ligaba en un momento o que se dejaba ligar para echar un polvo, ni un amante con demasiadas exigencias, ni uno que de esos de si te he visto no me acuerdo o de esos otros que se sentían pavos cuando les vas detrás. Lucas era diferente. Lucas tenía otros sentimientos.
Me encanta su polla y me encanta él. No dejé de acariciarla, tomándola por entero con una mano, moviéndola de arriba abajo, desde la base hasta el glande... Y su reacción... me gustó todavía más cuando la besé, cuando mis labios se entreabrieron sobre su glande y mi otra mano sujetó sus huevos, apretándolos con suavidad, moviéndolos como dos grandes canicas sobre la base de mi mano...




Ahí, rendida a sus pies, entre sus piernas, se agarró la polla y me ofreció sus huevos. ¡Dios, qué gustazo! No podía comérmelos. No me cabían en la boca pero disfruté y goce como una perra encelada. Le aparté la mano y empecé a lamer su falo desde los mismísimos huevos hasta su glande y viceversa... Una y otra vez... Me encantaba escuchar su respiración, cada vez más fuerte, marcando más su excitación. Quería comérmela entera pero no estaba segura de que me cupiese entera. La fui introduciendo despacio. Mi saliva lubricaba y su polla, inmensa y dura, se iba escondiendo dentro de mi boca. No paré hasta sentir sus espasmos, el temblor de su piernas. No quería correrse en mi boca y me apartó cuando ya no pudo aguantar más. Su lechada cayó entera sobre mis tetas. Me gustó ver la expresión de su rostro. No podía mirarme y no lo hizo hasta que se vació entero.

Me ayudó a ponerme en pie. No hacía falta palabras. Me indicó que me pusiera sobre la cama, a cuatro patas, cerca del borde. Metió los dedos en mi coño. Estaba lista. Otras veces me seco pero esta vez seguía mojada, chorreando... Extendió la humedad hasta la entrada del ano, lo rozó apenas y no siguió. Sentí sus labios sobre mis glúteos... Luego sus dientes... Después un suave azote... Y, por último, su polla entrando en mí. Directamente. Nada de hacerlo suave aunque tampoco lo hizo con rudeza. Me la metió de golpe y yo grité.

Sus movimientos eran secos, chocando piel con piel, con el excitante sonido de nuestros cuerpos, de mi fluido con su polla, con gemidos por parte de ambos. Le apreté la polla con mis espasmos, voluntarios e involuntarios.

- Me voy a correr....
- Hazlo, Lucas.... Hazlo... Quiero toda tu leche dentro de mí....

No noté su corrida en sí, pero si el aumento de fluidos y el fácil recorrido de su polla dentro de mi coño. No dejó de moverse a pesar de haberse corrido. Sus embestidas eran más pausadas pero ambos seguíamos con ese placer, con esa sensación hasta el final, hasta que su polla se relajó y terminó por salir. Me dejé vencer hacia delante, rendida, extenuada, llena de él... Lucas se tumbó sobre mí. Me susurró algo al oído pero no logré entender lo que me dijo... Puede que dijera algo de reina...Se apartó. Me abrazó y me besó. Un beso denso y largo, profundo que no quería que se terminase.

- No pienses que te he follado... Te he hecho el amor... Y quiero seguir haciéndotelo -pronunció antes de un nuevo beso.
- ¿Y también me follarás? - le pregunté. Se limitó a sonreír. Cómo me gusta su boca y su sonrisa.

¡Claro que quieres!
¡Claro que quiero!

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Ver y sentir siempre es pecar... Y me encanta que lo hagas.

.

.

El Beso del Pecado

El Beso del Pecado
La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.