Si el placer es Pecado, yo vivo en la Gloria del Infierno.

Pecado es todo aquello prohibidamente placentero:

El Tacto del Pecado

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Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.

lunes, 23 de diciembre de 2013

Que caiga la lluvia...

Estuve un rato hablándole de lo que había hecho durante todo el día. No era mucho. Había sido un día de esos que pasan con más pena que gloria, mientras mantenía la flacidez de su miembro en mi mano, moviéndola de arriba abajo, desde la base hasta la punta. Poco a poco lo fui sintiendo crecer a lo ancho y a lo largo... Y con ello, también iba creciendo mi excitación hasta que llegó el momento en que sus palabras me sonaron lejanas, tanto, que dejé de oírlas y más, de escucharlas.

Podía notar su mano acariciar mi muslo y mi glúteo. Luego buscar el cruce de mis piernas. Me acomodé, separándolas lo suficiente como para que toda la palma de su mano me palpara entera, apretara mi vulva y perdiera las yemas de sus dedos sobre mi vello.
Pasé suavemente mis dedos por su glande. Se iba adaptando a la presión que ejercía sobre él. Me gusta ese tacto y me gusta rozarle con el pulgar, dibujando círculos, ese pliegue que une la cara inferior con la superficie interior del prepucio. Sé que eso le gusta, le encanta y le causa mucho placer. Estaba dispuesta a dárselo para obtener mi premio más tarde. El masaje hacía que se lubricara con su propio fluido. Lo aproveché para untar mis dedos y extenderlo a lo largo del tronco y detenerme en la base, mientras con mi lengua me aplicaba en al glande, apretándolo con los labios, acariciándolo con los dientes, succionando y disfrutarlo como si de un caramelo se tratase. Sus gemidos y las ligeras convulsiones que le hacían brincar me indicaban el nivel de excitación que tenía. Había dejado incluso de hablar. Estaba tan entregado a mis caricias que, inclusive, había disminuido la intensidad de las suyas en mí. 
Levanté su pene y sus testículos, después de lamer éstos y de haberlos empapado con mi saliva. Disfrutó de esas caricias y, como una gata, arañe con suavidad la piel que los cubría. Aproveché para mirarle. Tenía lso ojos cerrados, se acariciaba el pecho con la mano y apretaba mi pubis con presiones arrítmicas, lo que me daba sabida cuenta de que mi trabajo estaba causando el efecto que buscaba.
Me separé de él. Me miró perplejo y me pidió que no parara, que estaba a punto de correrse pero no le hice caso. Separé sus piernas y me arrodillé en el hueco que dejaban. Con mis dedos humedecidos por la mezcla de mi saliva y de su líquido preseminal, acaricié mis pezones, erectos por la excitación, delineando su base sobre la aureola  y, lentamente, bajé hasta mi sexo, bien lubricado, como si estuviera preparado los jugos previos a una buena comida. Separé mis labios y le dejé ver el resto. Empezamos a acariciarnos uno frente al otro, acomodada yo en en sus muslos, dejando cerca nuestros sexos.
Intenté que no se incorporara pero no lo pude evitar. Quería continuar pero él estaba loco por poseerme. Me tumbó sobre mi espalda y acudió, como vampiro a la sangre, a mi coño. ¿Por qué iba a oponerme si me encanta como me lo hace? No podía menos que retorcerme ante cada acometida de su lengua. Recorría todo mi sexo: mordisqueaba mis labios mayores, succionaba los menores, extendía su saliva sobre mi flujo, tropezando con firmeza de mi clítoris, sonrosado, henchido y preñado de deseo.
Y como una serpiente enfurecida, me revolví de tal modo que dejé mi sexo bajo su boca y el suyo al alcance de la mía. Un perfecto sesenta y nueve que nos hizo gemir y gritar. A veces la excitación es lo que tiene, que no controlamos la fuerza con la que nos aplicamos y dedicamos. Su pene entraba en mi boca provocandome a veces cierta agonía. No sé cómo podía respirar. El exceso de salivación y la autoridad de su sexo me hacían perder la noción de lo que estaba haciendo. Aquellos golpecitos en mi coño y el delicado maltrato de su lengua me llevaban a lo máximo por lo que con unos golpes en el brazo pude avisarle de lo inevitable. Apartó la cara y dejó salir todo mi líquido, como una manantial entre la roca.
Él, sintiendo que llegaba su orgasmo, se levantó lo suficiente como para que mi cabeza quedara cerca de su pene y pudiera ver su espasmo. Con su mano lo meneó hasta que soltó toda esencia sobre mi pecho. Respiré profundamente y lo vi recuperarse. Espetar cuatro o cinco palabras y echarse a reír. Me reí con él. Nos acabábamos de dar un buen homenaje y estábamos exhaustos. Cuando me dí cuenta, fuera, en la calle, había empezado a llover con cierta virulencia.
Afuera llueve... dentro nos mojamos.

1 comentario:

  1. Afuera llueve... dentro están empapados...
    Perfecto resumen de otro de sus lujuriosos relatos.
    Tiene el don de concentrarse en esos pequeños detalles que le dan vida a la historia.
    Una vez más, sublime.
    Buena noche, lady PI y gracias por este delicioso instante de placer y abandono literario.

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Ver y sentir siempre es pecar... Y me encanta que lo hagas.

Bajo esta serpiente que abraza hallarás todas las PECAMINOSAS IMÁGENES que nos concede el Pecado.

Bajo esta serpiente que abraza hallarás todas las PECAMINOSAS IMÁGENES que nos concede el Pecado.
Deja que su Tacto encarne las pupilas de tus ojos.

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Te acercarás despacio a mi espalda para hallarme bajo la sábana...

Te acercarás despacio a mi espalda para hallarme bajo la sábana...

En nombre de ti, de mí y del polvo que somos y en el polvo que echaremos. Amén.

En nombre de ti, de mí y del polvo que somos y en el polvo que echaremos. Amén.

Traza sobre mí arabescos con tus manos y tu lengua...

Traza sobre mí arabescos con tus manos y tu lengua...

Y marcaré sobre tu piel la señal de la putísima mujer.

Y marcaré sobre tu piel la señal de la putísima mujer.

La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.

La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.