Si el placer es Pecado, yo vivo en la Gloria del Infierno.

Pecado es todo aquello prohibidamente placentero:

El Tacto del Pecado

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Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Una buena comida...

Llevo ya cuatro días si nada de sexo. Lo echo de menos, la verdad. Mi mente necesita de esa estupenda droga para retroalimentarse. Mi marido lleva casi toda la semana fuera. Hablamos todas las noches y no niego que el sexo virtual con él no deja de ser estupendo pero, seamos realistas, no hay nada como un buen polvo cara a cara o cara a culo... o como sea. Sergio parece desinteresado en mí o, al menos, no da muestras de existir. Parece que no tenga tiempo para mí o para echar un polvo conmigo: entre su trabajo, sus clases, sus horas de gimnasio y sus ratos de pádel y sus "rollitos de primavera", refiriéndome a ellos como  sus ligues. No tiene una fija o, al menos, no me he enterado. En la variedad está el gusto. El suyo  es de lo más variado.
Decidí bajar a la calle y acercarme hasta un garito de esos que regentar los paquistaníes para buscarme algo de comer. Me apetecía un rulo de esos rellenos a saber de qué clase de carne pero estas guarrerías, de vez en cuando, apetecen y hasta están buenas. Esperé en la cola. No pensé que hubiera tanta gente con la misma idea que yo un domingo al mediodía. Hacía tiempo que no iba por ahí, más bien porque es Nacho el que se encarga de estas labores. Eché un vistazo en general. La verdad, no suelo descuidar mi imagen, pero tampoco me había puesto en plan demasiado atractivo. No digo que fuera en chándal pero vamos... Supongo que no llamaría demasiado la atención de nadie y menos cuando hay hambre, que parece que los sentidos se desbaratan. Bueno, yo cuando tengo hambre ni siquiera estoy de buen humor.
Mientras esperaba me fijé en quien entraba. Durante un rato no apareció nada y, de pronto, se hizo la luz. No era el tío más maravilloso que había visto en mi vida. Para maravilloso estaba mi marido, para imponente estaba Lucas, para morirte de gusto, Sergio y para un revolcón de aquí te pillo, aquí te follo, a lo mejor estaba cualquiera. Era un tipo alto, vestido con un vaquero y un jersey de lana bicolor, muy moderno. El pelo muy cortito, muy al estilo romano que digo yo... Bueno, perderme en recrearme como iba por fuera no me interesaba demasiado. El caso es que le vi algo que me atrajo. No sé si fue que me dio la sensación de que era algo corto de vista, porque fruncía el ceño al mirar, o bien que tenía esa manía. El caso es que le hacía interesante. Estaba entretenido con su móvil. Hacía bien porque la verdad es que la cosa iba algo lenta. Me reí sin poderlo evitar cuando le sonó el móvil a todo volumen y se sobresaltó. Creo que era mi propio aburrimiento. Nuestras miradas coincidieron y me sonrió mientras salía al exterior para hablar. Le estuve observando. No sé de qué iba la conversación pero su principal palabra de respuesta era "no".
Con el rato que hacía que estaba ahí, dentro del local, seguro que mi ropa tendría que ir toda directamente a la lavadora. Odió el olor a comida y más las de esos sitios...
Cuando entró, metiendo el móvil en el bolsillo del pantalón, se quedó a mi altura con la excusa de coger unas servilletas de papel. No me había fijado que el servilletero estaba justo a mi lado.
- Perdona... -le dije, apartándome un poco, pero tampoco demasiado. El perfume que llevaba se coló por mis fosas nasales tan fuerte que me hizo estornudar unas cuantas veces. No es que fuera un aroma fuertes es que yo soy muy fina, y alguno de los ingredientes que llevaba su perfume había producido en mí aquella respuesta.
- Salud -sonrió.
- Gracias.
- ¿Te has costipado?
- No. Creo que ha sido tu colonia.
- ¡Vaya! -me dijo con cierta sorpresa, alzando las cejas y poniendo una expresión divertida-. Tendré que alejarme...
- ... O yo acostumbrarme.
- Siempre hay doy opciones seguras para cada cosa -aseguró. No llegó a sonarse la nariz pero sí se llevó la servilleta a ella. Se retiró y se aproximó a la pared de enfrente, sin llegar a apoyarse en ella, mirando a las personas que iban tras de mí y que a él le antecedían. No tenía intención de colarse y parecía avisarlo así. No volvimos a hablar, aunque nos mirábamos de vez en cuando. Sus ojos tenían una mirada llena de vicio, o eso quería ver yo. Yo no soy tímida pero me di cuenta de lo complicado que me estaba resultando entablar una conversación con él. Me quedaban dos personas por delante mía cuando el desconocido se acercó a mí. Era mucho más alto que yo así que se tuvo que inclinar lo suficiente como para susurrarme algo al oído-. Sí me pides un kebab, te invito al tuyo... y a lo que quieras... Estoy harto de esperar.
¿Por qué me sonaría a mí aquello como una invitación no tan decorosa como aparentaba? Yo creo que era mi subconsciente el que me estaba avisando. Oír eso de "a lo que quieras", abrió mi pensamiento y sobrecogió mi cuerpo, sobre todo la zona de mi coño. Sí es que no se puede estar tanto tiempo sin follar porque al final, todo sale a la luz. Le pregunté como lo quería. No se volvió loco: como el mío. Y se puso a mi lado, como si fuera mi acompañante, pegándose a mi espalda.
- Pídeme lo que quieras... de la invitación... Pero no me pidas que te limpie la casa -ironizó.
- La tengo muy limpia -. Y fue cierto que él pago. Ya tenía el billete en la mano cuando él mismo cogió la bolsa en la que nos daba el chico los dos rulos de pollo y un par de bebidas que él había pedido. Me cedió paso, muy amablemente, apoyando la mano al final de mi espalda, muy discretamente; y salimos fuera-. Gracias por invitarme.
- Bueno, me has evitado un buen rato de cola.
- Pero no puedo admitir que lo pagues tú.
- Ya lo has hecho. ¿Te espera alguien en casa?
- ¿Por qué lo dices?
- Por nada en especial. Veo que estás casada pero sólo has pedido uno...-sonrió.
- Supongo que a ti, tampoco.  -Negó.
- Pero conozco un sitio al aire libre estupendo, donde da el sol y hoy apetece... Si quieres... Puedes fiarte de mí...
¿Por qué no iba a fiarme de él? Me estaba invitando a comer. Nos dirigimos hacia su coche. Estaba recién lavado. Todavía no se había secado. Subimos a él y no pregunté dónde íbamos. Reconocí el camino. Condujo hacia las afueras, hacia una ermita a unos seis o siete kilómetros del centro de la ciudad. No es la más bonita de las que hay entorno a la capital, pero sí la menos visitada. Sonaba música de alguien que yo ni conocía ni había escuchado antes, al menos me gustaba. Había que dejar el coche a este lado del pequeño pinar, cruzar éste andando, y así se llegaba a una explanada donde había mesas y bancos de madera al sol que antecedían a la fachada principal de la ermita. Era un lugar bastante bonito. Ya ni lo recordaba. Y se lo dije.
No habría mejor mantel que una bolsa de plástico barata ni mejor plato que un puñado de servilletas blancas, ni mejor copa que dos latas de refresco y un botellín de agua. Nos sentamos uno al lado del otro, de cara hacia el coche y de lateral hacia la ermita.
Lo cierto que comer aquel rulo estaba resultando un tanto incómodo. Mi mente siempre imagina cosas que no son... Tenía que abrir bien la boca, degustar la carne e ir echando salsa blanca de vez en cuando para amenizar cada bocado. A veces resultaba algo pringoso y, en cualquier otra situación, hubiera sido algo cómico. Él reía y sabía por qué lo hacía. Además, yo le incitaba a hacerlo. Me limpió las comisuras de la boca con la servilleta...
- Es material desperdiciado, la verdad... ¡Con la de gente que pasa hambre! - Sí, pero yo me lo tomé por otro lado, porque lo que realmente me estaba limpiando era sobrante de la salsa. Comí despacio. No quería demostrar el apetito que tenía. Levantó mi barbilla en un momento dado-. No sé qué haces, pero se te va la salsa... -No dije nada porque sabía qué iba a hacer. Se acercó sin dilación, con decisión, y pasó despacio la lengua por los extremos de mi boca, relamiendo la poquita salsa que se sobrepasaba. Supongo que me apetecía que hiciera algo más pero tenía la boca llena de comida. No era plato de buen gusto. Desvié mi mirada hacia su entrepierna. El vaquero en aquella zona estaba tirante y se dibujaba bajo él, la silueta de un pene erecto en busca de salida. Mi coño se humedeció y noté un ligero dolor en mis pezones que, erectos, se veían presos bajo la tela del sujetador.


Realmente hacía un buen día. Mucho sol. No había viento que incordiara... Ni gente que molestara. Era un domingo y la hora de la comida... ¡Comida! Qué término más prolífico. Abrí un poco chaqueta y dejé a la vista mi camiseta. Se parece a una de esas interiores pero con más escote. El canalillo de mis pechos apuntaba por el centro y mis pezones se remarcaban bajo la tela... Tenía calor... y mi coño ardía ante la tentación, ante el evidente hecho de llegar a follar con aquel tipo que tan fácil me lo estaba poniendo.
Mi nuevo amigo, el desconocido del que tan sólo sabía que se llama Pablo y que tiene un coche pequeño de color azul celeste, cogió la botella de agua. Se aclaró la boca y fue a escupir unos pasos más allá, con mucha discreción. Cuando regresó, yo aún no había terminado mi rulo, pero ya me sentía llena. No quería apurar y que luego me doliera el estómago como en otras ocasiones. Sentí sus manos sobre mis hombros. Masajeó suave, avisándome de que estaba detrás, y las fue bajando por mi escote hacia mis pechos, mientras sentí su calor en mi cuello. Eché la cabeza hacia un lado y su boca y su lengua empezaron a recorrer mi cuello con húmedas caricias que hicieron saltar las chispas... Sus manos, grandes y nada novatas, reptaron por mi cuerpo hasta llegar a mi entrepierna. Para entonces mi coño estaba muy mojado y él pudo averiguarlo, pasando su mano por debajo de mi pantalón y de mi braga, apretando los dedos contra él, sin obstáculo alguno.
Lo cierto es que ponerse a follar ahí era un riesgo. Era un lugar público, ciertamente bucólico, al que la gente acudía a pasar el rato o se acercaba andando para hacer piernas... Pero mis ganas me ganaban y las suyas no se quedaban a la zaga. Notaba su erección a mi espalda y sus manos seguían manoseando mis tetas como el mejor de los panaderos ante una buena masa. Las sacó de las copas y  quedaron al aire, con los pezones apuntando al frente. Se encargó de castigarlos, de tirar de ellos con las yemas de los dedos, mientras sus dientes perfilaban mi cuello en un ascenso hasta el lóbulo de mi oreja. Eso me ponía a cien. Lograba sacarme unos tímidos gemidos al principio...

- No puedo más... -susurró a mi oído-. Tengo que follarte...

Oír y escuchar aquellas palabras provocaron un ligero estallido en mi interior. Me giré, le cogí el rostro entre ambas manos y me comí su boca. Ambos sabíamos a los mismo: a pollo y salsa. Se apartó y recogió todo al interior de la bolsa que nos había servido de mantel. Me tomó de la mano y caminamos hacia el coche, dejando la basura en un contenedor al pasar.
En cuanto entramos en el coche y él lo ponía en marcha en busca de un lugar más resguardado, me tiré directamente hacia su entrepierna. Desabroché el pantalón, le bajé la bragueta e introduje la mano: Su polla estaba tremenda: dura, caliente y esperándome a mí. No dejo de conducir y me incliné sobre ella como una puta perra ante la polla de un tío al que acababa de conocer. Aún así, él conducía con una mano y con la otra se encargaba de hundir sus dedos en mi pelo , empujando mi cabeza, con cierta delicadeza, profundizando mi mamada. Introducía su polla en mi boca con la mismísima intención de devorarla. Mis flujos estaban empapando mi braga y temía que pasaran al pantalón y le dejara perdido el asiento del coche.
Estaba loca porque encontrase un sitio en el que parar el coche y que empezara a hacer algo más con aquellas manos que dedicarse a conducir.
El coche frenó en seco, a pocos centímetros de una carrasca y rodeado por otras que hacían como una especie de tienda de campaña a pleno sol. Acelerado, echó su asiento hacia atrás. Yo me incorporé un poco. Lo suficiente para dejarle espacio y que se bajara los pantalones. Lo que vieron mis ojos fue una auténtica visión y no tardé dos segundos en correrme. Me sorprendí pero estaba muy caliente y aquella tentación era inevitable. Empecé a comerle la polla como si hubiera un premio después, como si todavía me quedara hambre... Y hambre la tenía toda. Tenía hambre de comerme una buena polla, una como aquella, con un glande libre, circuncidado... Nunca había estado con un chico que tuviera la polla circuncidada y me pareció perfecto. Mi boca estaba descubriendo algo intenso y no parecía saciarse de ello. La tragué tanto que el glande llegó a tocarme la campanilla. Tuve que retirarla rápidamente de mi boca para evitar algo más que una arcada. Lo mío era auténtica gula.
- Sshhhh.... calma, loba -ironizó, pero no me detuve. Logré de él una corrida impresionante mas eso no era suficiente para mí. Quería que me lo comiera. Mi coño estaba a la temperatura adecuada: Muy caliente, lubricado en exceso, palpitante, ansioso y sediento... Su mano me lo frotó. Se relamió de gusto y más lo hice yo cuando sus dedos abrieron mis labios, acariciaron los pliegues e introdujo sus dedos hasta los nudillos. Grité de placer y volví a correrme. Tuve la sensación de que no había estado nunca con una mujer que se corriera más de una vez tan seguidamente. Eso me hizo sentir especial y estaba disfrutando muchísimo de aquel encuentro, aún a sabiendas de que sabía que podía ser el primero tanto como el último. Me besó profundamente, tanto que nuestros dientes se rozaron y su lengua recorrió toda mi cavidad bucal.

No sé cómo pudimos movernos tan rápidamente dentro de aquel coche. Cuando quise darme cuenta estaba tumbada sobre el mismo asiento que él había estado antes, con la espalda casi fuera de su respaldo y con las piernas abiertas, con uno de los pies apoyado sobre el salpicadero y con la cabeza de aquel desconocido entre mis piernas. Aquella combinación de dedos y lengua sobre mi coño era una perfecta bisectriz de deseo entre mis piernas. Mis manos se volvían locas sobre mis pechos a los que no podían albergar.

Notó mis espasmos, el movimiento de mis caderas y la tensión de mis piernas. Se apoyó con las rodillas en el borde del asiento y, cogiéndome fuertemente de los muslos me tiró hacia él, dejando mi coño a la altura de su polla. Noté el tacto de su glande abriéndose camino y jugando en la entrada. Sé que estaba loco por metérmela, puede que tanto o más que yo por sentirla ya de una vez dentro, pero no quería suplicarlo aunque era evidente por mis gemidos y mis expresiones... Me agarré fuerte a sus hombros y aproveché la fuerza de su embestida para que entrara por completo en mí. Su ritmo se aceleró hasta que sus espasmos se sumaron a los míos. Intenté controlar mi corrida, algo que no me fue nada fácil...

No era la primera vez que follaba en un coche pero sí fue increíble. Cuando me dejó al lado de mi coche y antes de bajarme, me besó. Fue tierno al hacerlo. Me encantó. Luego sacó de la guantera un bolígrafo y recortó un trozo de un sobre en el que apuntó su número de móvil...

- Si otro día no te apetece comer sola... Puedes llamarme...

No se lo dije, pero lo haré... Con total seguridad.

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Ver y sentir siempre es pecar... Y me encanta que lo hagas.

Bajo esta serpiente que abraza hallarás todas las PECAMINOSAS IMÁGENES que nos concede el Pecado.

Bajo esta serpiente que abraza hallarás todas las PECAMINOSAS IMÁGENES que nos concede el Pecado.
Deja que su Tacto encarne las pupilas de tus ojos.

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Te acercarás despacio a mi espalda para hallarme bajo la sábana...

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En nombre de ti, de mí y del polvo que somos y en el polvo que echaremos. Amén.

En nombre de ti, de mí y del polvo que somos y en el polvo que echaremos. Amén.

Traza sobre mí arabescos con tus manos y tu lengua...

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Y marcaré sobre tu piel la señal de la putísima mujer.

Y marcaré sobre tu piel la señal de la putísima mujer.

La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.

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