Si el placer es Pecado, yo vivo en la Gloria del Infierno.

Pecado es todo aquello prohibidamente placentero:

El Tacto del Pecado

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Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.

domingo, 19 de enero de 2014

Polvo al atardecer...

"Fue ella quien, sobre la piel blanca de Yvonne, encima del triángulo del vientre, tatuó en letras azules, rameadas como las de los bordados, las iniciales del dueño de Yvonne.
— O no será tatuada -respondió Anne-Marie. O la miró. Colette e Yvonne callaban, desconcertadas. Anne-Marie titubeaba.
 —Vamos, dígalo —la animó O.
—Pobrecita, no me atrevía a hablarte de ello: tú serás marcada con hierros. Sir Stephen me los mandó hace dos días.
 ¿Hierros? —preguntó Yvonne.
— Hierros candentes."                                                             Historia de O. 

- ¿No decías que ibas a dejar de leer ese libro? -me preguntó Nacho dejando su americana colgada en el respaldo de la silla.
- Debí dejarlo en la página veinte pero a estas alturas... de no haberlo hecho, creo que llegaré hasta el final -sonrió justo antes de besarme-. ¡Total son cuatro páginas! Ahora ha pasado de ser el capricho de ellos a ser el capricho de ellas que, alguien así como una madame, la va a marcar como quien marca a una res... a fuego... ¡Ufff! Por que lo ha dicho su Amo, amén de las dos anillas a modo de piercing que le van a poner el coño... -Por la cara que puse él quedo callado mientras sacaba su impecable camisa de dentro del pantalón, y esbozó una ligera sonrisa que dibujó su rostro antes de abandonar el salón.
- ¿Qué tal tu tarde? -preguntó como si no le interesaran mis apuntes.
- Relajada. ¿La tuya?
- No sé si ha terminado -pareció dudar-. Necesito una ducha y un poco de relax -me comunicó desde la habitación.

Yo me notaba el corazón encogido por lo que llevaba leyendo en el último rato. Aquello era un continuo desatino y desasosiego de dominación y sumisión que llegaba más allá de lo que yo podía alcanzar a entender. Escenas que se han visto, escenas que he imaginado mientras leía... y escenas que por mucho de ignore no pude dejar de ver. Es como ver una película de terror: Si no dejas de verla en la primera escena, te tragas toda la película pero que no te pregunten por el argumento porque no sabes por dónde empezar.
Y, en ese momento, ya no sabía si estaba excitada o alterada. El caso es que me apetecía mucho mi marido y verlo desprenderse de su ropa enervaba más mis ganas. Al girarse y verme allí, sonrió.

- ¿Qué haces? ¿Por qué me miras así?

No respondí con palabras. Me acerqué a él y me detuve apenas unos centímetros antes de que su cuerpo tocara el mío, pero pude percibir su calor y la energía que transmitía. Mi mirada se clavó en la suya. Mi boca se entreabrió. Miré la suya a continuación.
Él me cogió por la cintura, con fuerza, con decisión. Mi pecho quedó pegado al suyo. Nacho fundió su boca con la mía y su lengua penetró como el aguijón que se clava inesperada y profundamente, envolviendo en saliva el enloquecimiento de la mía notando, al mismo tiempo, como mis pezones emergían de su descanso y se disparaban erectos contra mi ropa, provocando un roce tan estimulante como cuasi doloroso. Su aliento ahogaba al mío y nos estremecimos mutuamente, mientras sus manos recorrían con cierta avidez mi espalda, por encima de mi camisola. La presión de aquella mano bajó hasta mi trasero. Primero fue aquella caricia suave, como de dejándose caer y, luego, apretó con fuerza, levantando mi nalga y obligándome a ponerme de puntillas, mientras sus dientes mordían mi labio inferior. Apenas tuve tiempo de reaccionar... Más bien no lo tuve, y mi cuerpo quedó pegado contra la hoja del armario que un espejo cubría por su pare interior. Vi mi rostro reflejado en él antes de que mi mejilla tocara la frialdad del material. Nacho se apoyó en mí: su pecho pegado a mi espalda, su hombría erecta apurando la tela de su pantalón, empujando contra mi trasero; la humedad de su lengua y de sus labios en mi nuca, sujetando mi cabeza con una mano mientras la otra, astuta y delicada, acompañada de mi excitada y entrecortada respiración, se dirigía hacia mi cadera, bordeando la costura de mi braga para colarse bajo ella. Ahogué un gemido cuando sus dedos hallaron la cúspide de mis muslos, los primeros vellos de mi monte y tantearon, con curiosidad e interés, los labios que se escondían bajo ellos. Los separó. Me mordí los de mi boca, presa de una sensación que todavía no había llegado. Cuando tocó mi clítoris, creí hundirme en el espejo y tensé todo mi cuerpo. Su lengua saboreaba el lóbulo de mi oreja y yo, yo tenía suficiente con mantenerme erguida y sujetarme contra el espejo al que ya había atemperado.

- ¿Qué tenemos aquí? -ironizó pues bien sabía lo que tenía entre manos-. Estás empapada... y apenas te he tocado -pronunció mientras un par de dedos de su mano libre, aquella que había estado sujetando mi cabeza, se introdujeron en mi boca en tanto aquellos otros que curioseaban mi sexo, se adentraban su  oscuro, caliente y mojado hueco. Por un momento me imaginé, no en el lugar de O, pero sí atrapada por aquella violenta acumulación de sensaciones y pensamientos que iban más allá de lo que estaba viviendo. Un par de cachetes en mi nalga derecha me hicieron volver a la realidad y a sentirme envuelta en aquella hornada de gemidos y jadeos-. Sé que quieres jugar...
-Sí -respondí aún sin saber bien el significado de aquella cuestión. Nacho no era para nada violento. Era enérgico y muy racional, pero también muy, muy pasional. A veces, nuestros polvos eran rápidos, una especie de aquí te pillo aquí te mato, que duraban poco. Otras, en cambio, eran sesiones tan tremendamente largas que acabábamos más que extenuados, con su polla saturada y mi coño congestionado. Ésta tenía todas las pintas de ser como las segundas.

Me vi reflejada en el espejo, de rodillas sobre la cama, con mi marido detrás mía, terminando de desnudarse. Luego, arrodillado a mi espalda y acariciándome, me llenó de palabras excitantes que me provocaron cierto relax y, al mismo tiempo, una excitación que quería ahogar. Parecía contradictorio pero era así como lo estaba sintiendo.
Mi cuerpo quedó de bruces sobre la cama, presionado contra el colchón y bajo el peso de mi marido. Me mordió la boca, el lóbulo de mi oreja, lamió mis hombros, resbaló por la espalda, honró mis nalgas con suaves caricias de sus dientes y tibios y húmedos besos, sin que yo protestara, glorificada. Tomó fuerte mis caderas, mis piernas se replegaron y mi trasero quedó en pompa, presto y entregado. Apoyó su mano sobre el centro de mis hombros, presionó mi sexo, empapándose de mí y restregando la mano de delante atrás, deteniéndose en la entrada tímida, sonrosada y fruncida de mi ano. Sentí su miembro, erecto, firme, grueso, perderse de arriba a abajo, sobre mi raja y sobre la pequeña apertura que encauzaba la tirantez de aquellos pliegues.
Mis gemidos, mis palabras... se canalizaron en un solo propósito... Cuando su pene penetró entre mis carnes alcancé, casi de inmediato, la gloria de mi penitencia... Un arrebato de sensaciones, de fluidos, de gemidos convertidos en gritos de verdadero placer y entrega que me iban deshaciendo y consumiendo, mientras sus fuertes embestidas aún se me hacían débiles, tanto que yo las remataba empujando hacia él cuando venía contra mí...

Aquéllo se había convertido en la paz que necesitaba, en el sosiego que mi cuerpo pedía y replicaba.
No hay nada mejor que sentir la entrega y recibirla.
Mi ser intentaba recuperarse, que la respiración volviera a su normalidad, que los fluidos de mi cuerpo se retuvieran, que la sensibilidad de mis piernas reposara sobre el colchón, que mis ojos, al abrirse, vieran el cuerpo desnudo y rendido de aquel hombre que me miraba con media sonrisa, mientras  una mano descansaba sobre su pecho agitado y la otra, todavía buscaba el calor de mi piel, ahora mucho más comedidamente, más pausada...


- ¿Mi día? Ha terminado mejor de lo que esperaba -sonrió justo antes de besarme-. ¿Y el tuyo?
- Polvo que no se echa, polvo que se pierde... -¡Vaya ocurrencia la mía! Pero una carcajada brotó de él y eso hizo que yo riera con él.

4 comentarios:

  1. ESO SI QUE ES UNA BUENA MANERA DE ACABAR EL DÍA.
    EXCITANTE RELATO.
    UN BESAZO PURAMENTEINFIEL!!!

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  2. Wawwwwwww que maravilla y esa historia de O uffff

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  3. Me tiene muerta esa historia a mí. Sorprendida entre otras cosas por estar escrita en el tiempo en el que lo fue y por la autora.
    Besos de Pecado.

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  4. Y por el motivo no?.
    Como supongo ya sabrá, no fue escrita para ser publicada, sino para conquistar y excitar a su amante, el escritor Jean Paulhan.
    Supongo que Anne Desclos sabía muy bien lo que escribía... como vos...
    Una vez más, el poder de las palabras para despertar sensaciones, sentimientos, filias y fobias...
    Historia de O no es, ni de lejos, uno de mis libros favoritos..., pero no dejo de reconocer su mérito.

    Besos desde la mansión, lady PI.

    Sea siempre feliz

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Ver y sentir siempre es pecar... Y me encanta que lo hagas.

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El Beso del Pecado

El Beso del Pecado
La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.