Si el placer es Pecado, yo vivo en la Gloria del Infierno.

Pecado es todo aquello prohibidamente placentero:

El Tacto del Pecado

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Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.

martes, 11 de marzo de 2014

Cita explosiva...

No me apetecía pasar sola aquellos días pero mis amigas se habían rajado al final. Nacho no podía acompañarme. Ir con Lucas era imposible y con cualquier otro, más. Así que decidí ir sola. Ya tenia planificada la idea desde hace tiempo. Había reservado una habitación en un hotel pequeño cerca de la playa. No me gusta en demasía la playa pero me había informado de que era un lugar tranquilo aquél, además, todavía era temporada baja y no había tanta clientela. Así que hice mi maleta. Nacho me llevó hasta la estación de tren. Un largo viaje de varias horas y llegaría a mi destino.

- Disfruta y aprovecha estos días para olvidarte de todo -me dijo antes de besarme , casi a punto de subirme al tren.

En mi destino me esperaba el coche de alquiler con el que acudiría hasta el pueblecito elegido: Un lugar de pescadores, de pocos habitantes por esa época, de pequeñísimas calas enrocadas y entre pinares. Una combinación perfecta de montaña y mar. Mi hotelito era un encanto: Paredes encaladas en blanco, ventanas azules, balcones al vacío de un acantilado rocoso... mar turquesa, barquitos pesqueros...

Me sentí diferente desde el mismo momento en el que puse pie en tierra. 
Mi habitación no quedaba a la zaga: Una amplia cama, como había solicitado, un baño estupendo, un balcón en el que poder comer, prendido en la altura que ganaba la roca...El rugido del mar lo inundaba todo. No era demasiado grande pero no necesitaba más.

Tenía cierto aire rústico pero no le faltaba detalle alguno. Me gustó, sobre todo la lámpara de cristal que colgaba del techo, y aquel tono azul de la pared frontal le daba un aire muy fresco. Deshice mi maleta y dispuse toda mi ropa en el armario. Una ducha (la necesitaba), un cambio de ropa y una vuelta por el lugar.



Caminando llegué hasta aquella especie de mirador. Se respiraba tanta paz... El sonido de las olas chocando contra las rocas parecía un canto de sirena que me atrapaba. Aquéllo era el paraíso. Respiré profundamente hasta que una rotunda voz masculina me sobresaltó. Ni siquiera había oído los pasos.

- Impresionante paisaje, ¿no crees?
- Sí... Impresionante -respondí, mirándole por un momento sin evitar mostrarle una sonrisa a la que él correspondió. Tengo suerte con los tíos o es que me gustan todos. Me pareció, por no mirarlo descaradamente, un tipo muy atractivo o, al menos, con aquellas gafas tipo piloto. Su camisa blanca remangada y por fuera del pantalón claro, el jersey por encima de los hombros anudado sobre el pecho... Hacía sol y, pese a no ser todavía verano, la primavera estaba resultando espectacular. 
¡Dios! Mi calenturienta mente me estaba perjudicando.
- Vengo todos los días -me confesó-. Y no te he visto hasta hoy.
- He llegado hace un rato.
- ¿Sola?
- ¿Solo? -le pregunté y se carcajeó. Me pareció una carcajada preciosa, de esas que enamoran.
- Sí. Busco un poco de paz. ¿Tú?
- Simplemente he venido porque nadie ha querido acompañarme.
- ¡Que lástima!

Cuando me alejé, dejándolo atrás, estuve a un tris de invitarle a que me acompañara pero no iba a ser tan impaciente. Volví a encontrármelo varias veces por el pueblo. En todo momento fue atento y amable conmigo, todo un encanto. No se alojaba en mi hotel. Ya hubiera sido demasiada casualidad. No sé si lo fue que nos encontrásemos, a media tarde, en aquella tiendecita que vendía cerámica. Reconocí la sensualidad de su voz desde el otro lado de la estantería que me impedía verlo. Me pudo más la curiosidad que la precaución. No quería comprar aquel objeto pero me pareció la única forma de hacerme la encontradiza. Observé su culo mientras me acercaba. ¡Qué culo! Por un momento, me imaginé dándole una palmada en él.

- Volvemos a vernos... ¿Será el destino?
- O que somos nuevos y no queda otra -me apresuré a decir sin parecer pedante.

¿Cómo? ¿Por qué? No sé... Acabamos media hora después sentados a aquella mesa orientada al mar, pausado y azul en aquellas horas vespertinas. Supe su nombre: Jose, sin tilde; que tenía 43 años, que llevaba unos meses separado, que no tenía hijos y que era ingeniero de telecomunicaciones; que estaba ahí porque se sentía agobiado y necesitaba un lugar en el que perderse, que tenía una casita reservada para cuatro días más... Creo que no necesitaba tanta información pero no me pareció mal. Él supo mi nombre, mi edad, mi estado civil, que vivo la vida lo mejor que podía y que me gusta disfrutar de mi mundo.
Su móvil sobre la mesa no dejaba de dar mensajes de alerta y terminó por desconectarlo.

- ... O será la banda sonora de nuestro encuentro- sonreí. Pude observarlo detenidamente. Sí, efectivamente, me parecía atractivo. Cierto era que las gafas enfatizaban su atractivo y yo estaba loca por enseñarle el mio o, mejor dicho, que lo descubriera si no lo había hecho ya porque en varias ocasiones le vi echando sus ojos sobre mi escote, y no es que fuera pronunciado pero no hay que olvidar que mis tetas tienen lo suyo.
- Tienes unos ojos preciosos... y tu mirada me encanta -me halagó. Bien, supongo que no se refería a mis pechos sino, efectivamente, a mis ojos.

Me invitó a cenar. Llevaba un par de días ahí así que conocía el terreno mejor que yo. El comedor estaba dispuesto solo para nosotros, tal vez por eso nos prepararon aquella mesa en el porche, sobre la arena. Incluso nos dispusieron una estufa de esas para exterior. Todo un detalle. De entrada me sentí un poco incómoda pero luego no me importó. Cuando supe de la familiaridad con la que le trataban y la complicidad con el dueño, me sentí más cómoda. El mar estaba ahí mismo, con un tono que se tornaba anaranjado, y la brisa no era demasiado templada pero la noche era agradable. Estaba tan bien que me había olvidado de llamar a Nacho como le había prometido. Por eso me llamó él. Respondí con naturalidad. Nada malo estaba haciendo. Creo que Jose pudo escuchar la conversación. Es lo que tienen a veces los móviles, que se escucha toda la conversación quieras o no. Al colgar, me sonrió. Tomó su copa y me invitó a brindar.

- ¿Por qué te apetece que brindemos?
- Por lo bien que lo estamos pasando.
- Perfecto -aceptó alcanzando la copa para chocarla con la mía. 

Conversamos de todo. Es agradable mantener conversaciones así: de esas que pasas desde lo más tonto a lo más trascendente; reír, ponerse serios... Todo valía. El tiempo pasaba demasiado rápido. Tenía ganas de que se decidiera a algo pero no estaba segura de que lo fuera a hacer. Tal vez no se imaginara que yo estaba dispuesta a darle el postre y comerme lo que hiciera falta. Aquella mirada pícara, insolente y, al tiempo, tímida, me estaba volviendo loca. Y el solo hecho de pensar que aquella barba podría discurrir entre mis piernas y proporcionarme el más sutil y provocador masaje hacía que mi coño se humedeciera con anhelante angustia. Yo no sé si le había dejado su mujer o él a ella pero, desde luego, yo sabía de dónde agarrarlo y cómo.


Tampoco me apetecía ponerme en demasiada evidencia pero si había que lanzarle mensajes más directos que subliminales, estaba dispuesta a hacerlo. Si todo me iba bien, serían cuatro días perfectos. Supongo que aquel silencio fue un toque de atención. Su mirada se clavó en la mía. Luego bajó hacia mis labios, se perdió en mi escote y se recreó en mis tetas. Subió de nuevo a mis labios y sentí su mano sobre la mía. No rechacé su contacto. Sonreí y fui yo quien me acerqué a él. Sus labios tenían el sabor del último sorbo de cava y su lengua se introdujo sin discreción entre mis labios, buscando la mía que se enroscó a la suya como la serpiente que reconoce zigzagueante.
Sabía qué iba a suceder poco después. Se había roto el hielo... O tal vez, ya hacía tiempo que se había roto. La primera de mis noches y no la iba a pasar sola... Seguramente...

- Deberíamos retirarnos. Tampoco hay que abusar y estar aquí hasta que se haga de día -mencionó-. ¿Una copa?
- Perfecto.
- Espérame aquí un momento. No tardo -dijo al tiempo que se ponía en pie. Antes de empezar a caminar se inclinó. Pasó su dedo desde el centro de mi escote, subiendo por el cuello, obligándome instintivamente a levantar mi rostro; sujetó mi barbilla y estampó un beso en mis labios. Mi piel se erizó. Se transformó en un instante 

La casa era preciosa: Azul y madera. Estaba a un extremo del pueblo, a dos pasos de la orilla del mar. Se había levantado un poco más la brisa y la noche se había enfriado, pero mi cuerpo compensaba el intenso calor interior con el frío exterior. Habíamos estado tonteando como dos chiquillos durante todo el trayecto. Me gustó esa sensación. Me hacía volver a ser adolescente... Y a él, creo que también le gustaba.
Sus manos no se habían apropiado de ningún rincón "indecoroso" o "prohibido" de mi cuerpo. Sus caricias habían sido inocentes pero pícaras y habían logrado despertar en mí no solo la curiosidad, sino, también, el deseo.
Dentro, el azul añil, el azul mar, el blanco espuma...
Fuera, el viento y el mar.
Me puse a su lado, apoyada en la encimera de la cocina desde la que se abría el salón, mientras él abría la botilla de mojito que había sacado de la nevera.

- Voy a lo fácil -reconoció mientras me servía un poco en aquel vaso con hielo.
- Es bueno igual -aseguré.

Salvó los tres pasos que le separaban de mí. Frente a frente me entregó el vaso. Le sonreí. Mi sonrisa era de complacencia, de agradecimiento pero, al mismo tiempo, nerviosa y deseosa. Su cuerpo me transmitía tantas sensaciones que me costaba mantenerme estática. Bebimos el primer sorbo. Jose se pegó a mí, como vencido, apoyando sus caderas sobre las mías, su pecho sobre el mío... Su boca tan cerca de la mía que no podía centrarme ni en sus ojos ni en nada más... Sus labios permanecieron cerrados pero se pegaron sobre los míos. Abrí la boca despacio y el sorbo de mojito, todavía fresco, pasó de su boca a la mía en un gesto tan evidente como la erección que atravesaba su ropa y chocaba contra la mía: Buchito de deseo.






Sentí sus manos descender sobre mis pechos, presionarlos y seguir camino hacia mis caderas. Por inercia las separé, a pesar de que Jose no había hecho mención alguna en llegar al centro de mis muslos. No, al menos de momento. Nuestras bocas se devoraban incontenibles e insaciables, abiertas, húmedas y, al tiempo, sedientas. Sedientas de un deseo acumulado desde horas antes. Deslice mis manos sobre su camisa y cuando llegué a su pantalón y me topé con todas las barreras, desabroché el cinturón, se me resistió el botón y bajé la cremallera casi tirando. Colé mis manos y encontré un miembro duro, tieso, buscando camino hacia arriba, como la raíz en busca de la luz... Mi luz... Mi lubricada luz. Mis manos, cuasi nerviosas, tomaron a pares aquel magnifico falo que tanteaba pero que imaginaba perfecto y empecé a masajearlo, prensando primero su glande, blando y autolubricado. Me deshice mientras seguía comiéndome la boca de aquella manera que ya me tenía cogida. Oí el aleteo de su respiración profunda y eso acompasó los movimientos de mis manos hasta que, de un solo movimiento, me cogió en brazos  y me alzó sobre la encimera. Con atropello, abrió mi camisa, dejando al descubierto las bolas de las tetas que no tardó en descubrir. Ni siquiera abrió el sujetador. Se limitó a pasar las manos y sacarlas de su copa. Las tomó de los laterales y las levantó. Los pezones apuntaban directamente hacía él y los apresó con sus labios, los chupeteó con su lengua y succionó con avidez. Eché la cabeza hacia atrás sin controlar la distancia que la separaba de la puerta del armario. Sonó tan seco el golpe que nos detuvimos.

- ¿Estás bien?
- Sí -respondí entre ganas de echarme a reír y deseos de que continuara. No perdí más tiempo. Desabotoné su camisa y descubrí su pecho. Su piel estaba extremadamente caliente (como mi coño). Acaricié aquel poco vello que lo cubría y entorné las yemas de mis dedos alrededor de su pezones. Apreté y gimió. Retorcí y se mordió los labios. Tiré de ellos y dio un respingo... Lié mis piernas en torno a sus caderas, atrayéndolo más hacia mí, sintiendo entre mis muslos la tensión de su miembro. Envuelta en un abrazo, con mis piernas todavía enredadas a sus caderas, con mis dedos estrujando su pelo y  mis uñas arañando su piel (la marca de la casa), con mi boca insaciable de la suya, con nuestras salivas mezclándose, creando húmedas y empapadas caricias que mojaban nuestros rostros; con sus manos asiéndome del culo me llevó al sofá. Yo me hubiera dejado follar ahí mismo, sobre la encimera, entre los vasos con mojito, como en "el cartero siempre llama dos veces"...

El tanga se clavó entre mis glúteos y su mano presionó una de mis nalgas. Su lengua entró inmensa, taladradora, perversa, insaciable, curiosa y perdida en el interior de mi boca hasta que él me dejó sobre el sofá y se olvidó de mi boca para recobrar mi cuerpo. Me gustaba aquella prontitud, aquella especie de atropello, aquella invasión de mi piel... Levanté las caderas apoyándome en los pies y él arrastró mi tanga hasta que quedé desnuda de cintura para abajo.
Yo misma me quité lo que me quedaba de ropa, momento que Jose aprovechó para desnudarse. Tenía unas piernas fuertes, acostumbradas al ejercicio físico, como sus brazos... Bicicleta de carretera... algo de tenis... y carreras por parques y calles. Tengo una suerte increíble con los hombres. Ni elegidos de un catálogo hubiera acertado tanto. Soy como Alicia en el País de Las Maravillas con un pequeño cambio en el título y con el conejo a cuestas.
Me gustaba la sensación en la que me hacía viajar. Sí, es cierto, me gusta que me den caña pero no menosprecio, en absoluto, el toque avainillado y pasional de un buen polvo: las caricias que se pierden a lo largo y ancho de la piel como sutil mariposa que abre sus alas, los toques húmedos de unos labios que se abren como la boca de un pez para tomar alimento, o la fuerza de unos gestos que salpican las entrañas como el elegante salto de un delfín atravesando las aguas marinas, salpicándose de sal y espuma, de luz y vida...

Daba igual dónde me rozase, con qué me rozase... Mi piel recibía sacudidas como las que produce una descarga eléctrica. Eran tantas las sensaciones que se iban acumulando que cuando explotaran sería como un volcán dormido durante siglos que acaba de despertar. Sí, he sentido sensaciones parecidas pero cada una de ellas es diferente a cualquier otra. Supongo que fue cada uno de los pasos ocurridos desde la mañana hasta ese mismo instante. Fue como una historia de amor predestinada. Una de esas historias dulces e ingenuas que empiezan con una mirada y acaban con un polvo. Sí, polvo.

Me apoyé en las plantas de los pies y separé mis piernas para parir todas aquellas sensaciones que descontrolaban mis sentidos, todas aquellas que sus dedos, su boca y su lengua cosquilleaban, mordían y rastreaban dentro, fuera y alrededor... Hasta que el deleite me consumió y vivo manantial afloró sobre su mano, impregnando y mojando no sólo a ella si no, también, la tela peluda que cubría el sofá del sofá...
El sonrió y se inclinó para empezar a beber del fruto de sus actos, volviéndome a encender con aquellos gestos.
 
Se acomodó. Sujetó y tomó una de mis piernas, elevándola y abriéndome, al tiempo que me hacía presa entre su brazo y su abrazo y del peso de su cuerpo, ejerciendo toda la fuera de su rostro contra mi boca mientras con movimientos enérgicos, entraba y salía de mí, haciendo chocar sus huevos en la abertura de mis piernas. Mis fluidos hacían su papel y la penetración era tan fácil como ágil hasta que me corrí de nuevo. Fue tan abundante que temí que su polla saliera de mí con la misma embestida... pero no: acentuó sus envites, presionó su boca contra la mía hasta casi dolerme y percibí aquellos espasmos que me aseguraban su corrida.

Exhaustos, dejó bajar mi pierna. Estaba tan entumecida como extremadamente excitada. Hubiera querido que me follara de nuevo y, de hecho, alcancé a coger su todavía erecto miembro y sacudirlo en mi mano. Estaba recubierto de la textura de nuestras corridas. Desde la base hasta la punta, no dejé de mover mi mano...

- Baja -me dijo. No tenía que esperar demasiado. A pesar del entumecimiento provocado por tanta presión sobre el cuerpo, me acomodé y comencé a devorarla con tanta ansía que tuvo que frenarme-... Calma... Despacio...

Me empapé de él, absorbí hasta la última gota y me comporté como la más puta de todas sin importarme más que el gozo de sentirme viva. Las gotas se resbalaban entre las comisuras de mis labios y me deleite de uno de los sabores que menos gracia me hace, verdaderamente. No deje de mirarle a los ojos y podía ver la expresión de disfrute en ellos y el desencaje de su rostro cuando se desbocó en mi boca, cuando me salpicó de su blanca esencia y cuando, en aquel beso, la compartimos.

Cuando la ola sabe que es mar no necesita crecerse por encima de él,
ni necesita mover toda la arena de la playa. Le basta con batir en el instante
y retirarse después de formar parte del todo al que pertenece.
Cuando la luciérnaga sabe que es luz no necesita crecer por encima del sol, 
ni necesita alumbrar toda la oscuridad.
Se instala en mitad de un todo que no alcanza a ver y alumbra mientras dura la noche.
Ambas, la ola y la luciérnaga, viven el gozo y la plenitud como si fueran eternas... Porque lo son.
Begoña Abad.

Yo me sentí mar y él, la luz que lo alcanzó todo.

10 comentarios:

  1. Como siempre explendido,¿quién iba a decir que unas pequeñas vacaciones iban a acabar entre las sábanas con un atractivo amante ;3
    Un beso

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  2. Plas, plas, plas, plas..... mi aplauso guapa!!!!
    Ha sido un relato estupendo, excitante y morboso.... Cuando te leo me dan ganas de volver a escribir cosas como estas... jejeje... Es impresionante como nos llevas a casa lugar de la historia y que decir de las fotografías... son la leche!!!
    Sin duda unas vacaciones maravillosas!!!

    Montones de besinos!!!

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  3. Que decir...esta erección que tengo me está molestando tremendo relato cada detalle es una suma de cosas que va creciendo como río en invierno, cada gota de placer en tus palabras son de lujo...

    Cariños...

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  4. SI QUE FUE UN ENCUENTRO EXPLOSIVO,,, MUY EXCITANTE HISTORIA,,, Y MUY BIEN ACOMPAÑADA CON ESAS IMÁGENES Y EL TEXTO FINAL.
    UN BESAZO PURAMENTEINFIEL!!!

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  5. Nada como la brisa del mar y el olor a salitre para despertar los sentidos.
    Nada como el sabor de la boca anhelada, el placer de la caricia robada o el calor de la piel excitada.
    Nada como la orgía de las sensaciones compartidas o el gozo de la comunión de las almas.
    Nada como una aventura no programada…
    Nada como dejarse llevar por el destino….
    En fin, y resumiendo…
    Nada como el increíble polvo, y no me refiero a la harina, de “El cartero siempre llama dos veces”…
    Felices vacaciones a la orilla de la mar, lady PI
    Besos salados desde la mansión.

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  6. Chicos, chicas... Que me pongo "colora" y me pongo pava...

    Mil gracias de nuevo por todas vuestras palabras.
    Sandryska, la liebre salta cuando menos te lo esperas.Y, sobre todo, si estás en el monte.
    Haydeé, ponte en faena cuando quieras. Seguro que nos dejas con la boca abierta, por lo que dices y por lo que callas.
    Fénix :-) no hace falta que seas tan claro... Hay evidencias que se constatan con solo pensarlas.
    Vlador, gracias por tus comentarios tan positivos. Eres un encanto.
    D. Sayiid... La nada puede serlo todo.
    Besos de Pecado.

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  7. Yo quiero unas vacaciones asi jajaj, aisss que bien lo relatas, cada detalle, que manitas tienes hija, escribes tan bien, me encanto, haces que casi logremos ver cada instante, logras meternos en la historia

    besotes y buen finde

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  8. Buen fin de semana también para ti, guapa. Si soy capaz de hacerte llegar hasta ese destino de vacaciones y ver al personaje masculino como yo los veo... ¡tela marinera, qué goce, qué disfrute!
    Sí, siempre me han dicho que tengo buenas manos ;-)
    Besos de Pecado.

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  9. Si que es explosivo, me ha encantado, esta claro que la atracción, el deseo y la pasión puede aparecer en cualquier momento.

    Que pases un estupendo domingo.

    Besos.

    Lunna.

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  10. Ciertamente, Lunna... Por eso siempre hay que estar dispuesto o abierto de mente... porque las cosas surgen cuando uno menos lo espera.
    Buen domingo y buena semana para ti también.
    Besos de Pecado.

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Ver y sentir siempre es pecar... Y me encanta que lo hagas.

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El Beso del Pecado

El Beso del Pecado
La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.