Si el placer es Pecado, yo vivo en la Gloria del Infierno.

Pecado es todo aquello prohibidamente placentero:

El Tacto del Pecado

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Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.

miércoles, 30 de abril de 2014

Asalto final...

No fueron cuatro días, ni cinco ni seis... Tardé más de diez en dar señales de vida. Todos aquéllos que mi ajetreada vida laboral me tenía retenida y todos aquéllos que quería como estrategia, con la espera de que funcionara. El día de antes había telefoneado a su secretaria. Me costó poder llegar tan alto pero, al final, fue más fácil de lo que pensaba. Si estoy en el mismo barco, tengo que saber de los entresijos de su maquinaria. Había quedado a las doce y media de la mañana, aprovechando que Nacho tenía ese día viaje para cerrar unos tratos con unos proveedores nuevos y que a esa hora ya me habría finiquitado las tareas más urgentes y más o menos importantes. Y hay tareas que se pueden Ahí me presenté, en plan ejecutiva "arriesgada": traje de chaqueta negro y entallado, falda a ras de rodilla, camisa blanca con un escote discreto, mis taconazos y la mejor de mis sonrisas... Mi uniforme de trabajo.
Me dirigí directamente a la planta de Dirección. Estaba claro que no iba a despedir a su secretaria. Se la veía totalmente competente, muy segura de lo que hacia y perfecta. Sería unos siete o diez años mayor que yo. Nada más. Me acerqué con una sonrisa y me correspondió.

- Buenos días. Tengo una cita con el Sr. Yanas, ahora a las doce y media.
- La Sra. Leifni, ¿verdad? -a veces cuesta pronunciar mi apellido pero ella lo hizo perfectamente.
- Exactamente -sonreí.
- En estos momentos está reunido. Igual se retrasa un poquito. ¿Le importa esperar?
- Esperaré. Gracias.
- ¿Desea tomar algo? ¿Un café, un té...?
- Muchas gracias. Muy amable pero estoy bien así -admití sin olvidar mi sonrisa.

Los minutos pasaban despacio. Las doce y media se cumplieron. Su secretaria se deshacía en excusas y disculpas por el plantón que Leo me estaba dando. No le dí mayor importancia pero tampoco estaba dispuesta a pasarme el rato muerto ahí sentada pudiendo aprovecharlo en otro sitio. Mi tiempo es tan valioso como puede ser el de él.

- He de marcharme. Tengo otras cosas urgentes que hacer. Dígale al Sr. Yanas que me llame cuando le sea posible atenderme. Muchas gracias.  -No quise parecer brusca pero sí segura.
- Lo siento mucho.
- No se preocupe. Entiendo cómo funcionan estas cosas y no todo se puede tener controlado.

A pesar de que no era como lo tenía pensado, reconduje la jugada. Abandoné aquel despacho donde había pasado casi mi última media hora. ¡Paciente fui! Salí al pasillo en dirección a los ascensores. Aquella mujer me siguió al cabo de unos segundos...

- ¡Un momento, por favor! -puse la mano en las puertas para impedir que se cerraran y aguardé-. Me acaba de confirmar el Sr. Yanas que sale en un par de minutos.
- Gracias, pero tengo una cita a la que no puedo faltar y no quiero llegar tarde. Dígale, por favor, lo que antes le mencioné.  -Supongo que se sorprendió de que ahora no le otorgará dos minutos si antes le había concedido más de media hora. Pude leerlo en su expresión. Creo que la confundí.
- De acuerdo. Muchas gracias.
- A usted. Buenos días.

Fui incapaz de concederle dos minutos o cinco. ¿Y qué? Así sabría más de mí. Ya tenía mi número de móvil. Ahora la pelota estaba en su tejado y yo le había dado un buen revés. Por un momento, me sentí como Julia Roberts en Pretty Woman, salvando las distancias. Cuando llegué a la calle, tenía en mi móvil una llamada perdida que no había podido recibir en el ascensor. Sonreí pero no le llamé. Oí mi nombre en voz alta por mi espalda. Al girarme, ahí estaba él. Sin americana y con la corbata moviéndose hacia atrás., con el móvil pegado a la oreja mientras el mío sonaba de nuevo insistentemente. Parecía salido de una escena de película. Llegó hasta mí en una carrera y se envolvió en disculpas.

- Lo siento... Se ha alargado la cosa y no he podido deshacerme de mi cliente antes. Es un negocio importante de muchísimo dinero que no conviene desperdiciar. Gestioné mi tiempo no muy adecuadamente. Fallo mío pero... los negocios son los negocios... Mas no incompatibles con el placer, señorita.
- Comprendo, pero tengo una cita que no puedo retrasar -mentí. No había cita alguna.
- ¡Qué lastima! ¿Ha pensado en mi propuesta, señorita?
- No exactamente... pero en algo sí he pensado.
- ¿Cree usted que podríamos comer juntos? Tal vez esa cita ineludible acabe pronto y me veo necesariamente obligado a compensarla -sonrió mostrando esa mueca tan encantadora que me perdía y, ahora, sí, presentía que algo más iba a suceder-. Y puedo gestionar mi agenda para tener mucho tiempo para usted.
- Suena tentadora la propuesta.
- No puedo hacer menos después de haberla dejado plantada.  -Y como en las peores escenas de película, así como quien no quiere la cosa me vi lanzada a sus brazos. ¿Cómo? Alguien con el paso acelerado, enfrascado en una conversación y ajeno un poco a los que le rodeaban, sin querer me empujó. Eso y un poco de cuento que le eché, motivos suficientes para que mi pecho se pegara al de Leo. Sentí sus brazos rodearme con fuerza y luego sujetarme de la parte alta de los míos. Nuestras miradas se buscaron y me sentí desesperadamente pequeña a su lado. ¡Qué pocas veces me había pasado eso! ¡En ese momento, el mundo podía venirse abajo porque me daba igual! Parecía demasiado fácil. Muy, muy fácil. El hombre me pidió disculpas desde unos pasos más allá y Leo le dijo algo, increpando su actitud. Ahora me sentí en cualquier escena de esas que preludian un beso. Y me sentí desnuda, completamente desnuda. Al soltarme, sentí ganas de besarlo pero me contuve a pesar de mis deseos. Fue un momento tonto: Uno de tantos que se tienen en cualquier momento en los que te comerías el mundo sin importarte nada. Y cuando me besó la mano... Ufff... No hay palabras para describir la sacudida que mi cuerpo recibió.
- Creo que puedo anular esa cita -dije sin pensar.
- ¿Estás segura?
- Lo estoy. Tengo que pasarme por la oficina para dejar indicadas unas cosas pero hoy pueden estar sin mí.
- ¿No tendrás problemas?
- Es la una y pico. Entre que voy y pongo orden, las dos... Hora de ir a comer y hasta las cuatro no regresa nadie. Salvo este rato, mis tareas estaban programadas para hacer en oficina. 
- ¿Y si necesitan de ti?
- Puedo estar localizada. Creo que gestiono el tiempo mejor que tú -me atreví a decir llena de ironía.

Será cierto eso de que, en ocasiones, el universo se alía con nosotros y otras conspira en nuestra contra. En este caso, todos los hados estaban a mi favor.
El restaurante, una monada. Discreto, elegante, no demasiado grande... Y la compañía, perfecta. Reímos, hablamos de cosas  más serias... y tonteamos. Los dos somos ya mayorcitos y, aunque era evidente el momento conquista, no cabe duda  alguna de que sabemos lo que queremos.

- Si he de ser sincero, señorita, esto no me había pasado antes. Es más, ni siquiera sé cómo me atreví a hablarte en la cafetería.  -Esa forma que tiene de mezclar las formas de dirigirse a mí tiene su encanto. Lo cierto es que me sentí, me hizo sentir, niña, adolescente y mujer en dos segundos. Nuestros teléfonos, extrañamente, no sonaron en ningún momento. El suyo lo desconectó al llegar al portal de su casa. El mío, simplemente, lo silencié. Nos comportamos hasta llegar al ascensor. Cuando me dejo pasar, me quedé al fondo, pegando la espalda al espejo. Un paso... Dos... Y su pecho estaba casi pegado al mío; sus manos sobre las mías, tanteando mis dedos para entrelazarlos a los suyos... Le miré. Me miró. Su boca dibujó una sonrisa y yo, tímida, bajé la mirada. Momento que aprovechó para tomarme de la barbilla y levantarme el rostro-. Creo que podría llegar a enamorarme de ti, señorita.
- Y sabes que no puedes.
- ¿Lo sabes tú también?
- Plenamente convencida -Y, apenas terminé de decir aquello, su boca se venció sobre la mía. Sus labios colmaron el primer deseo. Llevaba horas esperando a que lo hiciera y no sé por qué no lo había hecho yo antes.
- La vida es muy corta... Puede ser tan corta como un viaje en ascensor. ¿Qué crees que debemos hacer? -me preguntó, como buscando una respuesta que él no hallaba, mientras su mano acariciaba mi mejilla, su aliento me quemaba y mi sexo se mojaba.
- He pensado mucho en ti -me confesó-. Hay algo de ti que realmente me atrae... Y no sé qué es...

Creo que lo mejor en ese momento fue lo que hice. Le rodeé con mis brazos alrededor del cuello y le besé. Quise que aquel beso nos alejara de todo aquello, que solo sintiéramos, que nos evadiésemos... Yo no quería engancharme a nadie. Tengo a mi marido. Tengo a Lucas y más esporádicamente a cualquiera de los otros... Y si no están, siempre está Nacho. Mi vida ahora no me permitía tener tanto tiempo libre. ¿Cómo iba a hacerlo?
Y él, ¿como iba a hacerlo también? Supongo que me llevo a su casa porque su mujer no estaba y no se preveía que pudiera aparecer.
El ascensor se detuvo en la octava planta. Las puertas automáticas se abrieron hacía la derecha y la izquierda. Cogidos de la mano caminamos hacia su piso Me apretaba la mano. No sé si para no perderme o para que no me perdiera. Nos refugiamos en el interior del piso: un dúplex muy bien decorado, muy organizado, muy pulcro, muy blanco... Esto de haberse puesto tan de modo los espacios abiertos empezaba a hacer que todas las casas que me parecieran iguales.
Se sacó la americana y la dejó sobre uno de los brazos de uno de aquellos impresionantes sofás que había en el salón. Permanecí quieta. Realmente mi mirada se recreó en todo pero sobre todo en él. Me parece un hombre muy elegante y seductor. Cualquier gesto me parece atractivo. Me tiene engatusada.
Orden impecable, flores que parecían reales sobre la isla de la cocina... Yo con ganas de todo y él... él con ganas de más, pero frío, calculador, analítico... estratégico. Se lavó las manos y no sé por qué le seguí hasta ahí.

- ¿Un café?
- No, gracias. Está bien así.

No dijo nada. Solo sonrió y se acercó a mí. Me tomó de las manos y me retuvo cerca de él, sin dejar de mirarme a los ojos. Me estremecí. Observé sus labios y la sonrisa que en ellos se plasmaba. No era una sonrisa abierta pero sí lo suficientemente marcada como para reconocerla. Me aupé en mis puntillas. Acerqué despacio mi rostro al suyo, hasta dejar nuestros labios a unos centímetros. Me detuve. Apoyó sus manos en mi cintura y fue formando un abrazo en torno a mi cuerpo hasta que se hizo tan ajustado que nuestras bocas se unieron en aquel beso, denso, profundo... Primero el labio superior entre los suyos... apenas humedecido con la punta de su lengua. Luego, el inferior... tocándolo con aquella caricia húmeda que estaba deseando se profundizara. Instintivamente, abrí mi boca. La de él se sumó sobre ella, cubriéndola por completo hasta que aquel músculo mojado penetró en ella, recorriendo cada uno de los recovecos. El escalofrío que me hizo sucumbir terminó por explotar en el centro de mis entrañas.
Sus manos recorrieron mi espalda, de arriba hacia abajo, varias veces, llegando sobre mis glúteos donde se detuvieron. Su respiración me quemó el cuello. Lo mordisqueó con suavidad. Mis manos arrancaron su camisa del pantalón y me perdí en la tibieza de su piel, de su dura espalda. Y mi falda se fue acortando hacia mi cintura en tanto sus manos palpaban mis muslos y buscaban mis nalgas. Pude percibir la presión de su erección entre mis caderas al atraerme hacia él y después el salir de mi camisa de la falda. Botón a botón se fueron descubriendo mis secretos y, entre ellos, la desnudez de mis pechos bajo un encaje gris. Bajó la cremallera y mi falda cayó al suelo y mucho después mi braga, seguida de las manos y la boca de aquel hombre que me acariciaba sumamente despacio, despertando cada poro de mi piel... De arriba hacia abajo y luego en sentido inverso, por la cara interna de mis piernas, obligándome a separarlas, a dejar mi sexo abierto.
Me apoyé en la isleta y él me separó todavía más las piernas cuando llegó a la altura de las rodillas. Notaba como mi sexo se humedecía, como pequeñas gotas se escurrían entre los pliegues de mis labios... Sentí su boca tan cerca de mi sexo que me incliné hacia atrás esperando una reacción suya... Pero pasó de largo, rozando con sus labios y sus dedos en una sutil y delicada caricia que tal vez me estremeció más que si hubiera hecho hincapié en ello. En un gesto me aupó sobre él. Me tomó por debajo del trasero y me pegó bien a él. Me abracé a él con fuerza, no por el miedo a caerme sino por las ganas que tenía de sentirle más cerca. El sentir sus labios rozándome la piel: mi barbilla, la comisura de los míos... La mirada clavándose en mis pupilas... El deseo emborrachándonos... Me sentí como en una nube. Había algo distinto. No sé qué era. Hacía tiempo que no me sucedía el tener unos sentimientos como los que estaba experimentado..., o las sensaciones... No sé... Algo había en todo aquello que parecía mágico.
Lo mismo sentí con Nacho cuando me enamoré de él, cuando estuve en sus brazos por primera vez. Hacía ya más de cuatro años que nos conocíamos y nunca habíamos llegado más allá de una relación laboral. Aquella noche, cuando después de aquella intensa jornada de trabajo que acabó a las mil, me invitó a cenar un hamburguesa en un burguer a las cuatro de la mañana... y me dejó en casa dos horas después, se hizo el silencio... una carcajada por la situación... y aquel beso... Hasta hoy...

Besos... 
Más besos, más caricias, más miradas... Lamiéndonos, tocándonos... Arriba, abajo, dentro... fuera... Más adentro. Parecía que la vida nos iba en ello, como si fuera que no pudiéramos volver a sentir aquéllo. Era pasión, era deseo pero había ternura, ganas de querer, ganas de enamorar... embaucar, sentir...
Cogí su rostro entre mis manos y nos detuvimos unos segundos, como tomando aire. Besé sus labios. Se entregaron a mí... En la efusión de ese momento que había empezado lento, dejándome llevar, dejándose sentir...mordí sus labios. Por primera vez en mi vida hice sangrar... Por deseo, por pecado... Pero no importó: Bebimos, lamimos y sentimos...

Sentí su pecho, sus pezones..., su cintura bajo la humedad de mi saliva y de su sangre. Descendí, sintiendo sus manos enredándose en mis cabellos, y llegué al borde de su pantalón; aquella prenda que retenía escondida la firmeza de su sexo en crecida. Lo toqué con ambas manos: lo palpé, lo apreté... lo sentí. Mi sexo empapado y yo.., completamente ansiosa. Lo deseaba. Deseaba su sexo y a él. Deseaba ambas cosas.
EL cinturón, el botón, la cremallera... Su bóxer humedecido por las primeras acometidas de placer, marcando la forma de su pene: duro, grande, cálido, palpitante... Y el pantalón cayó al suelo... Y el bóxer...

Su miembro erecto, frente a mis ojos, al alcance de mi boca, entregado entre mis manos... Él, desnudo. Yo, también. Lo recogí entero entre mis manos. Mi boca, celosa... Mi olfato, envidioso. Percibí su esencia y gusté su esencia, la primigenia esencia de su sexo. Pero mis gestos no eran nerviosos, impetuosos... No... No lo eran. Eran calmados a pesar de mi deseo, del fuego que me consumía, que me desbordaba; pero el fuego se puede controlar de lejos y de cerca. Yo, de cerca aún a riesgo de quemarme. Sus gemidos, sus gestos, sus manos se movían al mismo compás, al mismo que mis besos húmedos de arriba hacia abajo, de afuera hacia adentro... Entero en mi boca: absorbiendo, disfrutando, sintiendo, gozando... deseándolo y despertando más su deseo de él para mí.

Me tomó de la mano y me hizo ponerme en pie. Su labio seguía dolorido. Lo acaricié con las yemas de mis dedos libres, mientras él me apretaba hacia si con el brazo libre.

- Me vuelves loco... -musitó antes de entregarnos a ese nuevo beso en el que percibí el sabor de la sangre. No me disgustó. Era dulce. Me cogió en brazos. Mis piernas se entrelazaron alrededor de sus caderas y me sujeté con toda la fuerza del mundo. Me llevó, a paso seguro, hasta la habitación. Había que cruzar el salón, subir la escalera... Y me tumbó sobre la cama. Sentí el peso de su cuerpo sobre el mío; su boca sedienta de mis besos, su lengua ansiosa de la mía.
Auténtico placer. Gemidos. Jadeos... A punto de tocar el cielo, de saborear la gloria. Encadenados, atados, enlazados, ligados... Cuerpo a cuerpo, cuerpo contra cuerpo, envueltos en un denso abrazo. Era como si uno fuera la droga del otro, el aliento que necesitaba en ese momento... o, tal vez, en cualquier otro.
Noté la diferencia con los demás hombres. Lo más parecido a él eran Lucas y Nacho, que tenían tanto en común. Leo era todo ternura, y me estaba contagiando. A lo mejor era eso lo que yo también andaba buscando, aunque lo tuviera en casa, pero de un modo diferente.

Sentía el calor de su aliento, el de su cuerpo... El roce perfecto de su pene, codicioso y hambriento; irremediablemente castigador... Apenas hablaba pero sus susurros, sus gemidos, su respiración entrecortada eran parte de una melodía que me tenía completamente embrujada, que hacía entregarme sin remisión alguna, elevándome con una sensación que hacía tiempo ansiaba percibir...
Cuando su sexo tocó el mío, cuando mis labios lo besaron húmedamente, atrapándolo entre ellos, dejándolo introducirse lentamente... de mi boca salieron los alientos más sonoros que él no intentó acallar. No sé a cuántas mujeres habrá amado, cuántas habrán pasado por sus manos pero si a todas ha tratado así, estoy segura que ha sido complicado que no quedarán enganchadas a él.
Supongo, sé, que lo prohibido atrae. Y nosotros somos completamente prohibidos, tan prohibidos como la manzana para Eva.  Nos estábamos buscando y nos acabamos encontrando. Sin pedirnos permiso: uno entró, la otra le dejó llegar a las puertas de la locura. Y mi sexo lo recibió como agua de mayo para retenerlo atrapado entre sus paredes, intentando proporcionarle el mayor placer, tendiéndolo de forma premeditada y trabajada.
Cogió mis manos, reteniéndolas a ambos lados de mi cabeza, mientras entraba y salía de mí; mientras me miraba a los ojos y podía comprobar en sus ojos la llama que ardía en su interior. Mis piernas se enredaban en torno a sus caderas, dejándole el espacio suficiente para que su cuerpo subiera y bajara sobre el mío.
Sus besos, sus manos en mis pechos, sus dedos introduciéndose en mi boca... la suya buscando mis pezones... Sin dejar de enloquecer a mi sexo, cada vez más mojado, más caliente, más incontenible... con sus formas de hacerlo...suave y tierno, arrogante y autoritario... Envites dulces. Envites con fuerza.
Apoyó las manos sobre las sábanas. Mis brazos libres para abrazarlo. Mis manos más libres para tocarlo, para atraerlo hacía mí, para impedir que se alejase un solo centímetro. Deseaba que me llenase toda, que me inundase de su esencia, de su cuerpo, de sus sentidos... en lo más profundo de mis entrañas, como si me tragara, como si devorase... todo nuestro deseo: el suyo y el mío.
Aquel penúltimo del penúltimo beso que nos dimos, con las bocas secas, los labios embebidos todavía del deseo extraído, con ganas de más, con sabor de orgasmos del uno del otro..., nos llevó al abrazo. Nos abrazamos queriendo retener todo lo que en aquellos momentos inundaba  nuestros cuerpos... y por qué no, también nuestras almas...
Estaba confusa.
Creo que él estaba perplejo.

- No voy a dejar que te me escapes -mencionó mirándome a los ojos. No sabía qué responder. No quería involucrarme demasiado aunque creo que estaba ya atrapada pero no iba a reconocerlo. No puedo permitir crear ese tipo de expectativas tan peligrosas.
Sentí que el mundo estaba de nuevo a mis pies.

domingo, 27 de abril de 2014

Segundo asalto...


¿Leónidas? ¡Por Dios! Como la lluvia de meteoritos. No sé si esto será una señal de cielo. Lo cierto es que el nombre me gusta, siempre me ha gustado. Lo que nunca tuve claro es que un día pudiera verlo en una persona. No sé si le pega o no, pero aunque se llamara Torquemada, pasaría inadvertido ante su presencia. Él sí podría ser un buen Rey de Esparta y yo quemarme en su fuego...

Guardé la tarjeta dentro de mi cartera. Recogí mis cosas y salí de la cafetería, tomando la misma dirección por la que había venido, la misma que había cogido Leo. No me lo quitaba de la cabeza pero, lejos de tener pensamientos lujuriosos con él, los que me venían eran del todo románticos y tontos. ¡Lo que nunca me había pasado!
Yo veo a un hombre interesante y pienso solo dos cosas: Hago por follármelo o paso de él. Si paso de él en ese sentido, mi relación es puramente cordial en caso de producirse el encuentro. En cualquier otro caso, la estrictamente necesaria o nula.

Caminaba pensando en todo ello. Un poco más allá, apoyado sobre un coche blanco, inmaculadamente limpio, Leo . En una mano sujetaba el móvil; con la otra, tomaba notas sobre su agenda. Pasé de largo. Él estaba atento a lo suyo y creí que no me vería. Tampoco yo hice demasiado por hacerme presente.

- ... ¡Un segundo! -interrumpió su diálogo y me llamó por mi nombre. Su nombre es su voz suena diferente. Qué decir que me detuve y le sonreí-. Dame un segundo, por favor. Termino la conversación y te diré algo.  -Y así fue. Mientras, me dediqué a observarle en cada uno de sus detalles. Me apoyé en el coche de detrás. Comprobé la hora varias veces sin fijarme en ella. Supongo que le dí la sensación de que la cosa se alargaba y dio por concluida aquella charla telefónica-. Hola -Y su voz sonó tan embaucadora como seductora.
- Hola -le sonreí-. ¿Qué tienes que decirme?
- En realidad, nada importante. Tan solo quería que te detuvieras.
- ¿Y eso?
- Porque sé que dentro de cinco días no vas a estar en mi despacho y no sé qué excusa puedo encontrar para invitarte a cenar o a comer... Lo que mejor te venga.
- Tendría que mirar mi agenda.
- ¿Muy ocupada?
- Últimamente me faltan horas en el día.
- Busca unas horas adecuadas y llámame. ¿Te llevo a alguna parte?
- No, gracias. Tengo el coche más allá.
- Ha sido un auténtico placer conocerla, señorita.  -Y bajó la mirada en un signo  de reverencia, como un Romeo sacado de Shakespeare.
- Lo mismo digo, caballero -dije para empezar a caminar. Unos pasos más allá me detuve y me giré-. Por cierto -aclamé percibiendo que seguía mirándome-, Leo, ¿no?
- Leo -sonrió-. ¡Llámame!
Ese "llámame" repicó en mi mente durante todo el trayecto de ida a casa. Había sido un deseo, una orden, un anhelo...

Ahí estaba sola. Pasé a mi habitación. Me senté en la cama y me saqué los zapatos. Volví a buscar la tarjeta dentro de mi cartera. La mantuve unos segundos en mi mano. Respiré profundamente y la dejé de nuevo en su sitio. Me desnudé. Guardé la ropa en la otra habitación y pasé en braga y sujetador al cuarto de baño. Estaba realmente agotada y, al mismo tiempo, tenía una sensación de calma. No estaba entendiendo nada. Tenía el extraño pretexto de que aquel hombre me había hipnotizado. Y seguía sin pensar en follar con él.

Mientras me terminaba de quitar la ropa interior, la bañera se iba llenando. Me tomaría un baño relajante. Dejé que mi cuerpo se sumergiera en el agua, que la espuma lo envolviera. Respiré hondo y me quedé quieta. No podía olvidarme de aquella mirada y menos de aquella sonrisa y, por primera vez en toda la tarde, tuve ese estremecimiento que me enervó la sangre, que hizo que mis manos se deslizasen sobre mi piel: primero para enjabonarme; luego, por puro placer. Y volví a reconocerme.
Pensé en Leo y en que aquella cortesía, aquel saber estar y aquella mirada que desnudaba, se volvieran en su contra y a mi favor. Regozijándome en sus educadas palabras se convirtieran en aquellas otras que me descontrolasen, que me sedujeran para ponerme tan caliente que solo deseara follar. Me imaginé que de su boca salían las palabras mágicas: ¡¡Prepárate, voy a follarte hasta que no puedas andar!!
Yo solo podía pensar, ahora, en que mi pensamiento coincidiera con su intención.

Mis dedos tomaron con decisión el cruce de mis piernas. Una descarga de deseo sacudió mi cuerpo, palpitando casi dolorosamente en mi clítoris. Arqueé mi cuerpo, haciendo tope con los pies al final de la bañera y pensé que mi mano, perdida en el tacto suave de mi pezón, era su boca y yo se lo entregaba en muda súplica.
Más...
Más...
Temblé pensando en esa boca caliente, presionando con los labios mi hinchado e íntimo punto femenino, y en su lengua, látigo caliente y húmedo, impregnándose de mi esencia, haciéndola emanar y volviéndome loca. Me lo imaginé levantando la cabeza entre mis piernas, asomando por encima de mi vientre, viendo su boca brillante de su saliva y mis efluvios...: "Tú eres quien no quiere trabajar para mí, así que me tomaré mi tiempo. No seas impaciente".
Dejé entrar mi "alfil", lubricado de aquel gel. Con el tiempo he aprendido que el agua es incompatible con el lubricante natural del cuerpo y me quedo seca... Imaginé un miembro increíble, tan impresionante como él, bien dotado de actitudes y aptitudes, acercarse entre mis muslos con la sana intención de perforarme. Mi garganta se llenó de quejidos exhalantes. Abrí más mis piernas y uní las plantas de mis pies, dejando un hueco real en el que supuse retenerlo a él, rogando, calladamente, que lo hiciera. Mis músculos internos se contrajeron, atrapando al "alfil". Levanté las caderas imaginando acercarme más a él mientras el juguete se introducía. Tracé un camino imaginario de besos húmedos que nacían en mi boca y se deslizaban hacia mi vientre, explotando en mi sexo en excitantes mordiscos para después lamerlo, como quien cura las heridas, volviendo a rozar el punto más vibrante, más perlado, más sexual... ¡Dios, yo misma me estaba haciendo sufrir! ¡Pero cómo no gozar pensando en un hombre como Leo!
La excitación me estaba descontrolando. Movía mi juguete con tanta fuerza, con tanto ritmo, que me empezaban a doler los músculos de mi brazo, como si se me engarrotasen. Me estaba empalando a mí misma. Quería sentir su miembro atrapado en mí, sentirlo entrar y salir con fuerza de mi mojado coño: muslos con muslos, con sus testículos golpeando mi clítoris en cada empentón, en cada embestida, en cada asalto..., desgarrándome en un placer absoluto y total, rotundo y completo. Quería percibir su voz pidiéndome que me corriese, diciéndome esas cosas que no me imaginaba que él pudiera decir, que perdiera la delicadeza de sus palabras para convertir éstas en vulgares: "...aprieta mi polla con este coño que tienes...". Quería oírle gruñir, bramar, gemir, rugir mi nombre mientras me daba más de él.
Me estaba faltando el aire en los pulmones mientras mi juguete me embestía hasta que sentí que me vencía completa, que en el agua se expandía mi liquido... Me recreé divagando, pensando, viendo como él se venía sobre mí, como se derramaba en borbotones en mi interior...
En ese preciso momento, supe qué quería de él... Y estaba dispuesta a lograrlo.

Parece que soy una mujer de moral distraída. Si es así, nadie lo sabe. "Mis hombres", simplemente piensan que soy infiel a mi marido... Incluso, ni siquiera lo denominan así.
Después de eso, tan solo disfrute del relax. Dejé que la espuma se esfumara, que mi cuerpo se rehabilitara, se recuperara... Y la llave de Nacho en la cerradura y su voz me hicieron volver a la realidad.

- ¡Cielo, ya estoy en casa!

miércoles, 23 de abril de 2014

Primer asalto...

Había sido un día de esos que una necesita y requiere que acabe pronto. Había dejado atrás la oficina y a Nacho. Él aún no encontraba el momento de irse a casa. Le obsesiona el trabajo y no hay forma de hacerle cambiar de idea. Tal vez sea que está muy ilusionado con los nuevos proyectos que le han venido y no quiere perder ninguna oportunidad. El caso es que le he dicho que me iba a  casa pero que antes igual me tomaba algo por ahí.

Y ahí estaba yo, como si estuviera esperando a saber qué, perdida entre mis pensamientos y mi cansancio, degustando un café, tan inhabitual como la hora en la que me lo tomaba, en el interior de la cafetería en vez de disfrutar del bullicio de la gente en el exterior, aprovechando la buena tarde que hacía.


A mi espalda, un móvil parecía tener las pilas más que puestas. Sonaba una y otra vez. Su propietario o propietaria debió de silenciarlo, porque dejé de oírlo al cabo de un rato. Luego fui consciente de la vibración sobre la mesa. Unos segundos más tarde, oí de nuevo la vibración. A mi lado, acercándose a la cristalera, él. Me pareció muy elegante, alto, de un aspecto sobradamente cuidado... Me llamó la atención aquellos brillantes zapatos de marca exclusiva. Y, estaba claro, que el traje era italiano. El tipo, increíble en líneas generales. Su pelo ya marcaba algunas canas y por su rostro, deduje que tendría unos cuarenta y pico años. Durante un rato estuvo charlando de espalda a mí. Cuando se giró pude darme cuenta de la intensidad de su mirada. Había visto el color de sus ojos pero, segundos después de mirarle, no hubiera sido capaz de precisar de qué color eran pero me inundó su mirada, es cierto. Y los rasgos de su rostro, marcados... Raciales, como me gustan a mí en los hombres.
Y un escalofrío me recorrió entera cuando me sonrió al tiempo que rebasaba mi altura para perderse tras de mí. 
No pude menos que girarme para seguir sus pasos. No me corté, pero es que tampoco pensé. Fue algo por inercia. Sobre su mesa, un par de cafés solos, un botellín de agua, un vaso grueso de cristal con unos hielos...
Esta vez no sentí que me mojara. Fue una sensación diferente. Sí, ese hombre me atraía de entrada pero había algo en él... No sé...
Me dí cuenta de que estábamos casi solos. La clientela prefería disfrutar de la terraza. Mi móvil fue el que sonó entonces: Nacho comunicándome que se ausentaba de la oficina y que iba a algún sitio. Tardaría en llegar a casa.
Los hados del destino a mi favor. Tenía que aprovechar la oportunidad que me brindaba. Soy una mujer con suerte.

Mi mirada coincidió con la de aquel hombre que me brindó la mejor de las sonrisas. Hasta parecía bueno y todo. Ingenuo, como si no hubiera roto un plato en toda su vida. Yo creo que usaba platos de la mejor porcelana. Y el anillo en su dedo anular tampoco me importaba demasiado. Yo nunca me quito el mío ni oculto mi estado civil. No pude menos que reír del mismo modo en el que él lo hacía. Levantó su vaso, aquél en el que había echado el café. Parecía brindar. Cogí mi taza, casi vacía, y correspondí. ¡Qué manera más tonta y más descarada de coquetear! Podía hacer dos cosas: Levantarme y acercarme o, bien, dejar que lo hiciera él y mantenerme a la espera con la ventaja, entonces, de saber que podía tener medía batalla ganada. Me gusta tener las cosas bastante medidas... Y a aquella situación estaba intentando tomárselas. Mi opción no suele ser la más equivocada. Decidí esperar. No dejé de mirarle ni un solo momento. El primero que apartara la vista, habría perdido la jugada. No la desvié de él hasta el momento en que se situó frente a mí.

- Señorita... -entonó-. Tal vez debiera compensarla por la impertinencia de mi teléfono.
- No es necesario -sonreí. Me hizo gracia el tono que empleaba y el hecho de utilizar tanta cortesía, aunque estaba claro que no era más que un juego.
- Entonces, permítame sentarme a su lado y hacerle un poco de compañía mientras nos tomamos un café. ¿Puedo?
- Puede - Qué descaro, pero asentí. Dejó su vaso sobre mi mesa y la americana colgada del respaldo, como la tenía antes; el móvil a un lado: un móvil de última generación. Se veía un hombre con clase, cierto, pero también de nivel económico alto o, al menos, lo aparentaba. Nunca hay que dejarse llevar por la primera impresión, aunque suele ser la que funciona. Me sentí inquieta. Era como si estuviera analizándome. Creo que lo hacía. Su mirada me penetraba hasta el alma. Creo que podía leer mis pensamientos más ocultos, incluso aquéllos que todavía no habían aflorado. Al cabo de un buen rato, ya le había desnudado mi alma. Ya sabía de mí más de lo que hubiera podido sospechar. En cambio, yo de él, sabía solo la mitad. El desequilibrio no era excesivo pero no estaba jugando a mi favor.

- ¿Quieres trabajar para mi?
- Tengo un contrato de seis meses en esta empresa.
- Sabes que te lo puedo mejorar con creces -garantizó. Estaba segura.
- Debes estar dispuesta casi las 24 horas del día. Viajo mucho, soy exigente, no tengo horario... Quiero lo mejor... ¿Eres la mejor?  -¡Soy la mejor! ¿Acaso lo duda? Puede que no lo supiera pero lo intuía. Lo que yo no tenía tan claro era la clase de asistencia que me estaba solicitando.
- Me acabas de ofrecer el puesto de asistente de dirección. No me lo hubieras ofrecido si no lo pensaras o, ¿tal vez me estás midiendo? -hizo una mueca. Me guiñó el ojo y ladeó ligeramente la cabeza. 
- ¿Cuándo se te acaba el contrato?
- Dentro de dos meses.
- ¿Y por qué si eres tan buena no te han contratado para más tiempo?
- Porque estoy ocupando mi antiguo puesto. Un favor personal.
- Quiero tu curriculum en mi mesa dentro de cinco días -dijo sacando su cartera y de ésta, una tarjeta profesional que dejó sobre la mesa-. Y hablaremos.

El gran juego de la oferta y la demanda. Yo busco, tú encuentras. Yo pido, tú das. Yo necesito, tú lo tienes. Yo... Tú... Tú... Yo.
Fue entonces cuando supe su nombre, su trabajo, su cargo: parte de su vida laboral. A partir de ahí podría averiguar e investigar. No estaba convencida de que su propuesta fuera en serio. ¿Quién contrata a alguien sin saber nada de esa persona y en una cafetería? Sí, cualquier sitio puede ser bueno.
¿Estaba dispuesta a volver a lo que había dejado? ¿En realidad quería volver a esa vida tan estresante? No. No estaba dispuesta pero quería más de aquel hombre que me había hecho un guiño, que me había retado.
Pasó por delante de la cristalera. Me dijo adiós con una mano y volvió a mostrarme su extraordinaria sonrisa.
Me quedé pensando un rato, con la tarjeta en la mano. ¿Qué hacía? ¿Llamaba ya? ¿Olvidaba la situación y pasaba de ella, rompiendo la tarjeta en mil pedazos? ¡Dios!

Seguir

En ocasiones, parece no suceder nada para que pase todo.

No es habitual que empiece así la introducción de una entrada pero me gusta recrearme en las palabras y el espacio para crear el clima adecuado, ya lo sabéis. Y, a veces, lo necesito más que otras. Ésta es una de esas ocasiones, aunque, este pequeño giro no está demasiado alejado de lo que escribo por costumbre.
Desde que vi la Pasión de Cristo hace unos años, mucho después de que se estrenara, este hombre me produjo una agradable sensación. Las imágenes me han venido predestinadas :-)
No va a suponer un precedente.

domingo, 20 de abril de 2014

Fuego eterno...

... y la proclamación del Pecado.
Yo me confieso.
Yo me entrego.
El Pecado me recibe y me confirma.
En sus garras me derramo y en su esencia me deshago;
de su aliento bebo y de su alma me visto.
Eterna soy. Fuego soy...
Puramente Infiel.

jueves, 17 de abril de 2014

Sobre tu boca...

Las manos apoyadas en el culo. Las piernas bien ancladas en el suelo. La cabeza echada hacia atrás. De vez en cuando tenía que apoyarme en lo alto del respaldo del sofá por aquellas sensaciones que me hacían sacudir de pies a cabeza. Otras veces, mis manos se empleaban en mis pechos, amasando esa carne rotunda y suave, sin distinción alguna, trabajándome los dos por un igual, como si fueran uno, en un compás que se veía, en ocasiones, interrumpido por esos brincos que me hacían levantar los talones cuando su lengua entraba en el fuego de mi coño.

Sus manos, garras asiendo la parte alta de mis muslos en tensión. Mis dedos, tropezando con mis pezones, mostrando las yemas como genuflexión y el pellizco como ósculo. Entre mis piernas y con los ojos cerrados, el denso movimiento de su cabeza, los latigazos de su lengua como flagrum que me descarnaban por fuera y me rompían por dentro.
Luego, olvidando mis muslos para recordar mis nalgas; abriéndolas, separándolas, buscando con los pulgares el acceso a la cueva más estrecha, rozando la entrada como si el tacto de las yemas sobre mis minúsculos pliegues fuera las palabras mágicas de la cueva de Alí Babá -pero allí no había cuarenta ladrones-.

Sus jadeos desbordaban los míos. La tensión dolía en mis piernas. Podía sentir cada uno de mis músculos, desde el talón hasta debajo del culo, tensándose. Me pidió que me diera la vuelta. Unos segundos y su cuerpo se me mostró desnudo. Se tumbó de nuevo entre mis piernas, tirando de mis manos hasta que caí postrada sobre él. Sin penitencia pero con súplica enmudecida. Yo, callada como una puta. Sus manos alcanzaron cada poro de mis tetas y el vértice erecto que hacía de cima. 
Y él seguía bebiendo, como del mejor de los cálices. En verdad degustaba un buen coño. A ciencia cierta él lo sabía, por eso gozaba como gozaba y me hacía disfrutar como estaba disfrutando; pero no me lo decía. En cambio, su polla sí lo sabía. y lo proclamaba. Estaba  segura, firme, sólida, recia... por eso crecía a cada momento entre mis gemidos y mi mirada; en la distancia justa, entre las ansias y el poder, desde el altar que suponía estar sobre su boca.

viernes, 11 de abril de 2014

Insaciable...

El ambiente ardía.
Me retorcía de gusto oyendo como se follaba a aquella mujer. Hacía tiempo que no lo oía pero estaba claro que de vez en cuando era muy indiscreto. La oía gemir y los sonidos de él me recordaban a un jugador de tenis cada vez que daba un revés.
Abajo, en mi casa, sola, casi desnuda en el pasillo, apoyada en la pared, al lado de la puerta de mi dormitorio; acariciaba mis pechos y tiraba de mis pezones. Percibía la sensación de los efluvios saliendo de mi coño, mojando mi braga...
Deslicé mis manos por mis costados, por mis caderas, mientras juntaba mis muslos sintiendo mi excitación entre las piernas y me mordía los labios. Oía el traqueteo de la cama y me ponía más cachonda. Me imaginé a Sergio dándole duro y sentí envidia. Folla bien y hace tanto tiempo que no me lo tiro... que no se me tira.
Mi mano izquierda siguió recreándose en mis tetas, alternándose. Mi mano derecha descendió hasta mi húmedo coño. Cuando bajó la braga alcancé mis primeros vellos, éstos ya estaban mojados. Deslizar mis dedos entre los labios mayores fue casi imperceptible. Precipité mis dedos hacia mi clítoris, sí, no eso de perla cultivada o perla ardiente... Mi clítoris: ese que se erigía excitado, que crecía y se sonrojaba como si fuera tímido... No, no lo es. Mi clítoris es tan cabrón como una polla. Lo palpé y fue creciendo y endureciéndose, inundado en los líquidos de iba escupiendo mi coño. Los dedos se adentraron en la oscura cavidad, caliente, suave, palpitante...
En mi mente, Sergio estaba mirándome. No precisamente a los ojos, sino al movimiento de mis dedos, de mis manos sobre mi cuerpo. Y él..., él, de pie junto a la puerta, desnudo, con aquel cuerpo y aquella herramienta entre sus manos, meneándola para mí.

Cesó la juerga arriba pero no en mí. Cogí el móvil. Estuve a punto de llamar pero preferí mandar un mensaje. Si no me contestaba, optaría por la primera opción. Tenía la libertad de que Nacho estaba fuera ese fin de semana y no había sido necesario que yo le acompañase.

- "Deshazte de ella y baja a follarme... Me tienes muy perra."  -No tardó ni tres segundos en responderme.
- "Sabes que puedes usarme siempre que quieras. ¿Por qué no subes tú? Tengo mecha para las dos."
- "Porque quiero una polla y no un coño."
- "Diez minutos y unos tacones altos... Y te voy a follar como hace tiempo que no te han follado, guapa."

¿Qué sabrá él? Me eché a reír. Últimamente, me follan de vicio pero que sigan haciéndolo no es algo que no me encante. Fui a buscar mis taconazos y me pasé unas medias negras hasta medio muslo mientras conservé puesta mi braguita. Estaba  empapada y olía a hembra. pero eso igual le ponía cardíaco. Y era lo que me interesaba.
Oí los tacones de la chica machacar el suelo del pasillo y la puerta cerrarse poco después. Unos minutos después, el timbre de mi puerta sonaba. Me asomé por la mirilla. Estaba muy caliente pero había que dejar de lado la prudencia. Reconocí a Sergio. Abrí, protegiéndome tras la puerta. Ni hola, ni cualquier otro saludo. Cerró la puerta tras de sí, casi de golpe, y contraatacó sin remisión pero, tal vez, con estrategia, dándome la vuelta y dejándome presa entre él y la pared. La pared se convirtió en el muro contra el que mis tetas se aplastaron por la presión de su cuerpo, contra el que mi mejilla se pegó, obligándome a abrir la boca; contra la que mis manos se sujetaron cuando una de las de de Sergio se coló con premeditación y alevosía entre las piernas que había separado con una de las suyas.

- ¡Cómo me pones, cabrona! -espetó tocando mi coño por encima de la braga-.  ¡Estás mojada... qué puta! - Coló sus dedos por un lado de la tela, por una de las ingles. Gemí, inevitablemente, cuando las puntas de sus dedos rozaron mis labios mayores. Golpeé dos veces la pared con las manos cuando los hundió en mi interior. Me hizo ponerme de puntillas y exclamar un jadeo cuando percibí que abría los dedos-. Chorreando... como a mí me gusta... Muy puta... -concluyó, de momento, pasando la lengua por mi hombro hasta morderme en el cuello. Eché mi culo hacia atrás, buscando más el toque de su polla erecta, pero la tela del vaquero la hacía menos consistente de lo que imaginaba y deseaba. Sus dedos seguían hurgando mi interior. ¡Joder! Como si fueran las llaves maestras que abren cualquier puerta. No mencioné palabra alguna. Mis gemidos y mi respiración acelerada y entrecortada eran los mensajes que, supongo, él quería oír.

Intuí sus movimientos. Se abrió el pantalón y acercó su polla a mis nalgas, presionando contra la tela que la cubría, empujando entre ellas hasta que sentí aquella dureza encendida entre mis muslos. La sentí dura, frotándose por encima de la ropa a lo largo de mi sexo. Apretó mis caderas, cogió los lados de mi braga y tiró hacia arriba, introduciéndome la entrepierna en mi coño. Protesté su rudeza pero me ponía a mil. Luego la bajó hasta medio muslo. Cogió su polla con una mano y la deslizó entre mis labios. Creí que moría ahí mismo de gusto. En uno de esos vaivenes, de esas idas y venidas, me la clavó. Sí, me la clavó literalmente, hasta lo más profundo, haciéndome brincar.
Sé que Sergio no es de los que se andan con rodeos. Es de los que van a lo que van, directamente al grano. Poco dado a preámbulos ni a cuentos que pongan la cosa en tensión. Él es tensión por sí mismo, de los que te cogen y se benefician de ti. Le pone el sentimiento justo y la pasión necesaria. Te llevan a la gloria y te abandonan ahí, dejándote con el sabor en los labios, sabiendo que pasará mucho tiempo hasta que vuelvas a tocarla. Es un auténtico cabrón en la cama.. o donde sea que te coja. Qué decir tiene que eso era solo el principio.

Mi coño ardía tanto que me quemaba. La posición no me era demasiado cómoda pero "sarna con gusto, no pica", por eso las fricciones eran más intensas y estaba tan mojada que el oír el chapoteo de nuestros sexo nos encendía a ambos. Eso y que yo me estaba corriendo despacio, facilitó cualquier entrada.
Se detuvo un momento. El tiempo suficiente para echar mis piernas hacia atrás, como si fuera a registrarme., quedando en el hueco que formaban las suyas. Mi vientre se apoyó en la pared. Terminó siendo mi único apoyo puesto que retiró también mis brazos hacia atrás, aprisionándolos bajo la fuerza de uno de los suyos. A su lado, yo soy una muñeca. No necesita dos brazos para inmovilizarme y menos en aquella postura tan contraria. Era como si hubiera pasado una barra de hierro entre mi espalda y los brazos. Me inmovilizó por completo. Me vi obligada a arquear mi cuerpo hacia atrás. Con cada embestida, mis tetas golpeaban la pared. Mi cabeza se apoyaba en lo alto de su pecho.
- ¡Quiero oírte suplicar!
- Sabes que no lo voy a hacer -respondí digna y entrecortadamente para que sus embestidas fueran más rápidas y más fuertes. La tensión de los brazos hacía que éstos me doliesen un poco. Su mano libre tomó una de mis tetas. La apretó con fuerza, retorciendo. No grité por orgullo pero no pude evitarlo cuando hizo lo mismo con el pezón. Él estaba disfrutando. Yo estaba aprendiendo a gozar de aquel pequeño sufrimiento. Nadie me ha enseñado a ser una zorra como dirían muchos. Me satisfago de ser una mujer que sabe gozar de su cuerpo sacando la esencia de otros. Y tengo donde elegir de momento gracias al Pecado. Me cogió con energía en el aire y me llevó hasta la cama. El camino, lo sabía. Me tiró de bruces sobre la cama. Lo cierto es que reboté pero todavía no se me habían desentumecido los brazos-. ¡Eres un cabrón! -le grité. ¿De qué me sirvió? Para alentar y animar su motivación, su ego de macho. Se echó sobre mí, dejando mi cuerpo vencido bajo su peso, salvo los brazos que, al sujetármelos a la altura de la muñeca, permanecían separados del resto.
- ¡Sí, un cabrón al que vienes a buscar para follar! -me dijo al oído con tanta seguridad que me sobrecogió. Noté el calor de su aliento quemándome y el roce de sus labios mordisqueando mi lóbulo-. ¡Estás deseando que te coma el coño pero no lo voy a hacer! -me comentó para pasarme la lengua por la mejilla con un lametazo parecido al de una vaca, en este caso, de un toro- Te encanta comer pollas, así que te vas a comer la mía... Y en la cama desde la que me oyes follarme a otras...

Me volteó para dejarme boca arriba. Se situó de nuevo sobre mí, volviendo a dejarme presa y con la polla muy cerca de mi boca. Pero antes, se esmeró en mis tetas. Rozó su pene contra ellas, golpeó mis pezones con su capullo y se pajeó con ellas sin dejar que yo participara para nada. Mi papel era totalmente pasivo. Luego golpeó con ella mis labios, primero sin dejarme abrir la boca; luego, con ella bien abierta y con la lengua fuera. Y yo, idiota de mí, ahí estaba ,dejando que hiciera de mí lo que se le antojara. ¿Dónde estaban mis "cojones"? ¡Colgados de alguna higuera! No sé si es que le veo tan seguro de sí mismo -pero los demás, también-. Pablo es un tipo con cierta autoridad pero parece que lo manejo mejor que a éste. Sergio me vapulea en cualquier batalla que empiezo con él. Creo que solo una vez he ganado yo. Me sujetó la cabeza y dirigió su miembro de nuevo hacia mi boca. La primera entrada fue suave, la segunda me dio arcada por lo que apaciguó las acometidas pero no las eliminó. Nos mirábamos. Él se echaba hacia atrás. Sentía el gusto que a mi me faltaba.

Me quemaban las mejillas y los labios. No quería imaginar mi aspecto pero si podía ver el suyo y era altivo. A pesar de la sensación tan extraña que yo estaba sufriendo, reconozco que estaba excitadísima. Creo que mi cara era el puro reflejo de la perplejidad mezclada con el deseo: el deseo que sentía por un miembro como aquel. ¡Dios, qué puta soy en ocasiones! Después de mi experiencia con su amigo Diego, ahora me los imaginaba a los dos ahí mismo, follándome. ¿Desde cuándo me he imaginado yo a dos tíos conmigo? ¡Nunca! Ya me supuso un estrés "pensar" que mi marido y Lucas "se" me habían follado. Todavía sigo sin comprender qué sucedió pero no he querido pensar más en ello. Y todavía sigo pensando en que una mujer me comió el coño como lo hizo aquella tía.
Siempre he sido de la opinión de que dos son el equilibrio perfecto; que con tres, cabe la posibilidad de que sobre uno... 
¡Leches, en estos momentos podría montar una orgía!
¡Joder! Ahora estaría loca con dos, pero tengo a Sergio... ¡Y Sergio es un salvaje! ¡Y en salvaje me hubiera gustado convertirme si no fuera porque la fuerza y cuerpo de semejante semental no me estuvieran limitando! ¡Extralimitándome por otro lado!
Me moría de gusto. Mi boca se abría. Mis manos se cerraban fuertemente arrugando la colcha. Mis piernas a lo alto, cruzadas a al altura de los tobillos, con mis pies apoyados en lo alto de su pecho, mientras sus manos me sujetaban fuertemente, levantando mi trasero. Entre mis glúteos, su miembro se resbaló, sin pretensión alguna de entrar en mí. Me desesperaba. Me enloquecía. Me desquiciaba... Pero no le suplico...
Me miró. Su rostro se contrajo. Apretó los dientes y su empuje, de abajo hacia arriba, hizo que su punta friccionase mi clítoris... Me cogió de las muñecas, tirando hacia él, obligándome a incorporarme un poco. Su polla entró en mí sin remisión, profundamente, como si quisiera colar sus testículos también. Varios envites sin sacarla y luego el balanceo... Entrar y salir sin terminar de separarse de mí. Mi boca abierta se secaba. Mis ojos vislumbraban lágrimas de auténtico placer pese a que aquellas penetraciones, en aquella posición, hacía que me cerrase un poco, que la zona entre mi ano y mi vagina se resintiera... Nada importaba. Sabía que me dolería luego pero quería gozar... Solo deseaba que aquel hombre sacara de mi todos los orgasmos del mundo. El primero llegó unos segundos después del primer empujón pero Sergio no cejó en su empeño. Siguió embistiendo, con furia, con energía...
Los gemidos y jadeos de ambos -yo más bien gritaba- eran una pieza musical mezclada a ritmos de empujones, al ritmo de mis pechos al empuje. Los brazos me tiraban pero me resistía a decir nada. Él me miraba y aumentaba tanto la fuerza como el ritmo hasta que, de nuevo, de mí salió el chorro acuoso que lo inundó todo...

- Muy bien, zorra... Así me gusta... -apreció jadeante. Salió de mí y pasó una de sus manos por todo mi sexo, empapándose de él. Mis piernas pudieron descansar a ambos lados de su cuerpo y mis brazos, desentumecerse... Giré mi cara a un lado, como si fuera a poder aprovechar un segundo de tregua. Sus dedos entraron, usurpando el lugar que había abandonado su pene. Los frotó en el interior sin dificultad y los llevó hasta mis labios, dibujando con ellos aquella caricia húmeda casi me bebí. Gesto suficiente para distraerme de sus intenciones, para confundirme, para pensar que iba a ser más manso... ¿Manso? Un movimiento, tal vez dos, y mi cuerpo quedó en posición de entrega sumisa. Me manejó como quien maneja un trapo, eso sí, de calidad y delicado: Mis piernas flexionadas, con mis nalgas hacia arriba y mis muslos bien separados; mis pies muy cerca el uno del otro, mi cabeza, bajo la presión de una mano suya, pegada a la cama... Su otra mano, perdida entre los pliegues de mi sexo: palpitante, sensibilizado y chorreante, perdiendo los dedos en el interior, abriéndolos y cerrándolos, provocando en mí un tercer o cuarto orgasmo más intenso si cabía que cualquiera de los anteriores-. ¿Vas a suplicarme lo que quieres?
- No -respondí -."Me lo estás dando sin decir nada, cabrón."

Cogió mis nalgas con tanta fuerza que creo que me dolió. Las golpeó a mano abierta, como quien marca. Las apretó con intensidad, hundiendo sus dedos, estrujando mi carne. Ahogaba mis gemidos en la sábana, sin dejar de perder la presión de su mano en mi cabeza. El pelo me molestaba e intenté apartarlo. No lo logré. Sirvió de cortina; de cortina para sentir como rompía mi interior, como me atravesaba con su polla como si mi trasero fuera mantequilla. Agradecí ese empuje porque mi coño estaba que ardía...
Ya no controlaba las convulsiones de mi cuerpo, ni los sonidos de mi garganta, ni me importaba las pocas posibilidades de movimiento, ni que mi cuerpo sudara o mi coño estuviera resentido, o que mis piernas temblaran... El centro de mis nalgas ofrecía un camino perfecto para su meta. Fui consciente de sus espasmos, del cambio de su respiración, de su gemido salvaje cuando derramó toda su savia en el interior de mi canal... Y ahí se quedó, liberándome de toda presión pero impidiendo que me tumbara. Permanecí en aquella posición no sé cuánto tiempo. Las rodillas me dolían... Me dolía todo el cuerpo pero la sensación de placer, la sensación orgásmica reverberando cada uno de los poros de mi piel... podían con ello y con más. Mil veces le hubiera gritado que parase porque me faltaba el aliento, porque el placer era tan grande que temblaba todo mi cuerpo con aquella tortura.. pero no... No suplico a nadie.

- ¡Tienes un culo que da gusto follarlo!

Cuando se apartó, pude acomodarme. Se tumbó a mi lado. No dijimos nada. Nuestras respiraciones estaban lo suficientemente agitadas como para mantener cualquier tipo de conversación. Creí que me daba algo. El corazón me iba a mil. El pecho me dolía más que el coño y tanto como el hueco de mi trasero, donde iba notando como había empezado a fluir aquel líquido que se iba resbalando entre mis glúteos hacia mi sexo. Había reventado en un fantástico orgasmo que casi me llevó a perder el sentido.
- !Te has corrido bien! ¿Eh, cabrona? -No respondí. Percibí una nueva palmada en mi trasero. Luego, el silencio. Al cabo de un rato, se levantó y empezó a vestirse. Apenas pude moverme. Tan solo lo justo para girarme y mirarlo.- Por ser tan puta, la próxima vez te traeré un regalito -me confesó para decírmelo al oído.
- ¿Ah, sí?
- Sí. Tendrás para ti solita dos pollas, para tu goce y disfrute.
- Lo tienes claro –¡Ingenua de mí! Ya salgo bastante vapuleada con él como para tener dos iguales.
- Te encantará. Imagínate cogida en el aire por dos tíos y que uno te folle el coño mientras el otro te folla el culo. -Mi cara expresó una cosa pero mi cabeza pensaba otra. Mi cara daba complacencia, como dejándolo pasar, pero mi cabeza ya elucubraba con una posibilidad que, de entrada, no asimilaba.
- No creo…
- Nada es imposible, cariño –me dijo haciéndome una carantoña en la barbilla, dejándola que ésta se resbalase sobre la palma de su mano-. Tampoco te esperabas que te follara así.

Salió de la habitación. Oí el sonido de la puerta al cerrarse y sus pasos subiendo la escalera. Y con eso que me quedé. 
Pero para tenerlo todo, basta con no pedir nada.

domingo, 6 de abril de 2014

Ménage à trois...

Nuevas experiencias siempre son apetecibles. Dije que nunca me tiraría desde un puente... Y nunca lo he hecho... Dije que jamás haría rafting... Y sigo sin hacerlo... Pero lo de esta noche... Nunca lo dije...

Hace una semana me encontré con un tipo en mi escalera. De entrada me asusté al verlo sentado en un escalón de mi rellano pero cuando nuestras miradas se cruzaron, me inundó un sentimiento de pena. No iba mal vestido ni aparentaba ningún tipo de dejadez. Todo lo contrario. Vestía ropa de marca y exhalaba perfume del caro. Tenía la cabeza bajada, con las manos entrelazadas en el vacío de sus piernas... Levantó tímidamente el rostro y me dijo un "hola" que me sonó muy apurado, triste diría yo... Le respondí sin más y me metí en casa, casi con prisa.
Mientras recogía las cosas que había traído del supermercado no dejé de pensar en ese chico. Era un hombretón al que percibí muy, muy pequeño. Me cambié de ropa para estar más cómoda en casa, pues ya no tenía pensado salir hasta la tarde. No sé por qué... A veces pasan estas cosas de forma involuntaria, otras, provocadas; pero, en este caso, fue algo totalmente improvisado. Mientras me  quitaba la ropa de calle se me cruzaron varios pensamientos: desde que salía al rellano a ver qué le sucedía a aquel tipo y después de unos minutos de charla, le invitaba a tomar un café; hasta que, sin preocuparme demasiado, me abría de piernas para él. Llevo quince días muy tranquila: Algunos mensajes con Pablo pero sin la posibilidad de quedar, algunas conversaciones con Lucas... En estos días solo he tenido sexo con Nacho. 

Me pasé aquella vieja camisa de mi marido que dejaba mis piernas a la vista de medio muslo para abajo. Debajo, la ropa interior: un sujetador deportivo y una braguita de algodón de lo más sencilla. No me calcé las chanclas. Caminé hasta la puerta con ellas en una mano. Supongo que las sombras se verían por debajo de la puerta pero no debió importarme tanto. Seguramente, él tampoco estaría pendiente de mí. Observé a través de la mirilla y ahí seguía. Ahora su posición era todavía más aplanada: sus piernas flexionadas y sus brazos cruzados apoyados sobre las rodillas; la cabeza baja y, supongo, la mirada perdida en alguna parte de ninguna parte. No sé si era curiosidad o ese halo de interés desinteresado que me suele sobrevenir en ocasiones. Lo cortés no quita lo valiente. En el sexo tengo parte de egoísmo, como debe ser pero, en el día a día, tengo un corazón interesante. Me calcé y abrí la puerta con decisión disimulada. Él levantó la vista y me miró.

- ¿Estás bien? -me interesé.
- Sí, gracias.

No sé por qué los hombres intentan desenmascarar sus penas y tristezas para negarlas. No es fácil reconocer que algo anda mal y menos ante alguien desconocido aunque, en ocasiones, somos más dados a abrirnos a extraños que a quienes tenemos más cerca.

- ¿Esperas a alguien?
- He venido a ver a Sergio pero no está. ¿Le conoces?
- Sí, el chico de arriba; pero hace más de una semana que no coincidimos... Últimamente, la verdad, coincidimos poco -le respondí mientras me acercaba más-. Pero... si no está...
- Imaginé que podría dar con él -me respondió inspirando a continuación con tanta fuerza como expiró. Un profundo suspiro.

Le dí varias razones por las que no podría estar en casa a esas horas pero él las conocía mucho mejor que yo. Me preguntó por el tipo de relación que teníamos Sergio y yo. Relativicé y no mencioné nada de nuestros esporádicos encuentros sexuales. Y él se abrió un poco. Supongo que lo tenía ya todo tan perdido que no importaba hacerlo. Me quedé perpleja ante aquella información que estaba recibiendo. Por ninguna de las casualidades, por ninguna mala idea que se me hubiera podido cruzar, por nada de este mundo... hubiera supuesto que Sergio fuera de "carne y pescado". No había sido consciente de sus aventuras homosexuales. A casa venían más mujeres que hombres, y los pocos, poquísimos que yo había oído, porque nunca le vi con ninguno, ciertamente no me habían dado para pensar. Creo que mi perplejidad fue obvia. Aquel chico me sonrió tímidamente.

- ¡A veces nos sorprendemos de algunas cosas!
- Nunca se me pasó por la cabeza, vamos... Pero está claro... que sí... Estoy sorprendida -asentí moviendo lentamente la cabeza de abajo hacia arriba y apretando los labios como si estuviera reflexionando sobre aquellos. Mis ojos se abrieron como platos y perdieron la mirada en alguna parte de la puerta del ascensor. Ni jurándomelo con sangre hubiera llegado a tal conclusión.
- ¿Y si yo hubiera sido un tío con malas intenciones?
- La verdad es que no lo aparentas... Pero... Bueno, tampoco aparentas que te gusten los tíos -dije en susurro- y ya ves... -sonrió.
- ... Podría haber sido -aseguró. Se hizo un minuto de silencio, por ningún alma en concreto, y empezó a contarme un poco más de su historia con Sergio. Según él era algo más bien profundo. Yo, desde mi perplejidad, lo veía como algo pasajero pero yo no estaba en la historia. Yo nunca he tenido una experiencia lésbica aunque he de confesar que algún pensamiento en algún momento he tenido. Intenciones, ninguna. Siempre he pensado que los bisexuales, y digo esto porque llegué a la conclusión de que Sergio y él lo eran, salen al 100%, mientras que los hetero vamos siempre al ralentí, al 50%. Nos movemos entre el blanco y el negro y ell@s tienen una buena amalgama de tonalidades intermedias que saben disfrutar y apreciar. 
Luego, el chico se presentó. Se llama Diego. Y sí, le invité a mi casa a tomar un café. Estuvimos en la cocina como dos amigos, sentados uno frente al otro, separados por el largo del tablero de la mesa. No vi ningún tipo de intencionalidad por su parte. Sus miradas eran claras y limpias. No percibí ninguna descarada, fuera de mi rostro. No se fijó, que yo fuera consciente de ello, ni en mis tetas, ni en mis piernas... Tampoco fui tan descarada. Así que estuvimos un buen rato charlado mientras gustábamos de aquel café. Y le dí a probar de aquel magnífico bizcocho que había hecho el día de antes. Y no es broma. Me salió mejor que nunca. De hecho, quedaba ya muy poco. Nacho había dado buena cuenta de él.

viernes, 4 de abril de 2014

... así:

Mil veces me has dicho, y desearías,  que te espere así:
Pero, sabiendo el caso que te hago y con un poco de suerte, es más fácil que me halles así:
Cuando, para tu beneplácito, no sea así:
Pero, me encantaría acabar así:
¿Qué te juegas?
(La fusta te la perdono porque en el fondo soy muy buena).

martes, 1 de abril de 2014

Desayuno para dos...

Sí, follamos... Pero nos falta ese tiempo para estar juntos.
Las dos últimas semanas has sido estresantes. Llegado el fin de semana solo tenía ganas de encerrarme en casa y que no me molestara nadie. Estar cómoda, leer un poco, ver algo de tele, estar con mi marido... Y poco más. Nada de salir. Incluso no sé si me apetecería follar... Sin embargo, no todo lo que se desea se tiene. A cambio, el sábado por la mañana, muy temprano, Nacho vino a despertarme. Me fastidió lo que no está escrito. Era mi mejor hora del sueño y estaba profundamente dormida.

- ¡Arriba, dormilona! -musitó besándome en el hombro desde atrás.
- ¡En lo mejor del sueño, Nacho! ¡Ya te vale!
- Lo siento, cielo, pero hemos de desayunar para marcharnos.
- ¿Eh? ¿Dónde? -pregunté abriendo los ojos con cierta dificultad.
- Es una sorpresa. Anda, vamos, te he traído el desayuno -aseguró dándome un cachete en el culo antes de levantarse para subir la persiana. El sol todavía no había llegado a la ventana pero la luz lo inundó todo, molestándome ligeramente.

Una ducha rápida, equipaje para un fin de semana, algo de dinero, la cámara de fotos... El café con leche rapidito y nos subimos al coche en dirección a..

La dirección era evidente pero había muchos lugares en los que poder detenerse. Me imaginé un sitio bonito, uno de esos que llaman con encanto. Reconocí el desvío. Sabía dónde me llevaba porque le había comentado en más de una ocasión que quería ir a ese lugar y que debía ser una gozada pasar un tiempo en aquella casita rural.
Llegamos al pueblo poco más de dos horas después de salir de casa. Nacho la había alquilado para ese fin de semana. El tiempo se había estropeado y en vez de un fin de semana soleado se planteaba un lleno de nieve. De hecho, todo estaba nevado a esas alturas aunque la carretera estaba limpia, pero había caído una nevada como en pleno invierno y andamos en primavera. Desde la ventana, el paisaje era espectacular. El cielo, inmensamente azul. La nieve, inmaculada, brillante. Los abetos, cubiertos. Era un lugar idílico. Un lugar para enamorarse.
¿Y la casita? La casita era de cuento de hadas, con cierto toque antiguo pero de buen gusto que le daba un toque elegante. Tal vez yo no la hubiera decorado así pero no me disgustaba. Reinaba un agradable olor a madera. Me resultaba exótico más que rústico.
Abrí los ojos. La imagen de la habitación se fue aclarando ante ellos. La mesilla con el tapete, las lámparas con aquel extraño extensor, el gran cabecero de madera... las cortinas echadas... Y sola en la cama... No se oía nada. No era como en casa. Aquí había dos plantas y la cocina estaba en la de abajo.
Sentí frío. Decidí no levantarme y no tardó en aparecer Nacho. Yo estaba de espalda a la puerta, tumbada de cara a la salida al balcón, elucubrando en un pensamiento absurdo. Ya me había venido cuando entré por primera vez en esa habitación y vi la cama: De aquellos dos pivotes en forma de peonza podía bien agarrarse una cuerda, así como de los otros que adornaban los pies... Aquel labrado en la madera le daba un estilo que bien se podría transfigurar en cualquier relato del marqués de Sade...
Y permanecí inmóvil mientras percibía los pasos de mi marido.

Oí como dejaba la bandeja encima de la mesilla y le percibí caminar bordeando la cama para sentarse a mi lado. Le saludé, desperezándome. Fue tierno, como siempre. Me besó en el hombro. No una vez, ni dos... ni tres... Me acarició la espalda, porque sabe que me gusta. Me tomó la mano y me la beso, como el galán de la mejor película de amor.


Descorrió la cortina y subió la persiana. Los cristales estaban empañados y se había acumulado algo de nieve en los relieves. Durante la noche había caído algo y se acumulaban unos cuantos dedos sobre la baranda del balcón.
Fuera, el paisaje seguía siendo indescriptiblemente bello. Un impresionante cielo azul, como si nada hubiera pasado; un espectacular sol, los pinos cubiertos de blanco cristal...
Unas tostadas... Mermelada... Mantequilla.... Fresas y frambuesas: rojas, brillantes, redonditas, pequeñas y gorditas... No son mi fruta preferida pero tenían un aspecto de cómeme... Una pequeña jarrita con chocolate cocido.
No sé adónde íbamos a ir pero si había que desayunar así de fuerte es que la cosa requería energía.
Me pregunté si tenía algo que ver con Lucas o era pura casualidad. Con eso de que se contaban casi todo, no sé si le habría dicho algo de nuestra aventura, aunque no me nombrara implícitamente... Pero la idea... la parafernalia...

En la base de mi taza para el chocolate había espolvoreado un corazón. Ante aquéllo qué podía hacer. Le comí a besos la cara y él rió divertido. Terminé de desperezarme y empezamos a desayunar en la cama... Por primera vez en mucho tiempo, al menos de esa manera porque no era raro que me trajera a la cama mi café con leche de cada mañana si sabía que estaba despierta. Si no, siempre cerraba la puerta de la cocina para evitar ruidos.
Me contó mil tonterías y unas pocas más.
Reímos...
Me comentó lo orgulloso que estaba de mí y lo que le suponía volver a trabajar juntos; y que, por eso y por otras muchas cosas más, me merecía aquella sorpresa.
Sí, he regresado a mi trabajo después de varios años. No era mi intención. Había decidido, dadas las circunstancias y las posibilidades, desconectar de aquéllo y del estrés que me suponía. En otro momento me extenderé sobre ello. Ahora no viene a cuento.
- Me gusta este detalle, Nacho. Hace tiempo... -y me interrumpió colocando la yema de su dedo índice sobre mis labios, acompañándose de un siseó.
- Solo disfruta -prosiguió antes de besarme. Su beso sabía a mantequilla con mermelada de fresa. Me encantó. Me vi en el brillo de sus ojos que exhalaban amor, picardía y pasión. Me quitó el camisón y mi cuerpo quedó completamente desnudo de cintura para arriba. Pasó la mano sobre la que no se apoyaba en el colchón, desde mis labios hasta mi pecho, pasando por el cuello y el escote. Mi pecho sintió el volcán de fuego que cualquier roce suyo provocaba en mí. La respuesta fue la erección de mis pezones. Suavemente acarició ambos con la yema de sus dedos. Observé como cogía una fresa y la introducía, hasta la mitad, en la tacita donde había vertido un rato antes chocolate para él. El contacto no demasiado caliente del chocolate en mi pezón me hizo respirar con profundidad. Lo extendió sobre mi aureola y luego me dio a probar la pequeña fresa. Yo masticaba mientras su lengua lamía mi pecho y hacia crecer más la firmeza de mi pezón.

La prisa por desayunar estaba dejando paso a la aventura de la pasión. No sabía qué caminos tomaríamos pero sí tenía claro a dónde íbamos a llegar. No sabía si era eso lo planeado pero era el plan de ahora.

Apartó la bandeja, dejándola sobre la mesilla. Tomó otra fresa y se la puso en la boca. Me echó hacia atrás. Me tumbó, inclinándose sobre mí para disfrutar juntos de aquella fruta que se había tibiado en su boca. El beso fue profundo y no terminó hasta que la fresa desapareció. Volvió a tomar otra pieza de fruta, esta vez una frambuesa, y la introdujo en mi boca sin tiempo a que olvidara el sabor de la otra.

- ¿Te gusta? -me preguntó en aquel tono entre malicioso y seductor-. Pues creo que ahora te va a gustar más -me aseguró pasando a separar mis piernas, dejando mi sexo abierto para él. Empezó a deslizar la fresa por él que ya se había empezado a deshacer en jugos. Aquella sensación fue increíble. Nunca había sentido una fruta en mi sexo pero la caricia que me estaba proporcionando era placentera. La frotó sobre mi clítoris y éste reaccionó como debía hacerlo, en tanto mi coño segregaba el preciado líquido con la que la empaparía. Sentí la fruta en la entrada, introduciéndose un poquito, untándola antes de dármela a probar. Me saboreé como nunca lo había hecho. El muy canalla repitió aquel ritual con algunas fresitas más al tiempo que comía conmigo y me comía.
¡Qué morbo! ¡Que gustazo! ¡Qué placer!
El juego de sus dedos, el movimiento de su lengua, el tacto de la fruta, el roce del chocolate... Éste se había enfriado. Debió ser el momento. Tiró de mí lo justo para que todo quedara a su alcance. Ascendió por mi cuerpo, besando por debajo de mi ombligo, por encima... acercándose peligrosamente hacia mis pechos... Los lamió. Los estrujó entre sus manos. Apresó mis pezones en un vaivén entre sus dedos y su boca, entre sus dientes y sus labios, perdiéndome...
Se sentó a horcajadas sobre mi cintura. Tomó la jarrita de chocolate, asegurándose antes de que realmente el chocolate no estaba caliente en exceso. Empezó a derramar el contenido lentamente, desde una altura suficiente para sentir el líquido sobre mis tetas. En una mano la jarrita. Con la otra extendía el producto sobre ellas, o las juntaba, o las apretaba o tiraba de mis pezones que se le escapaban. Al fondo, su polla; tremendamente erecta, tremendamene henchida, con la brillantez de un glande humedecido y vibrante, palpitante... que untó sobre mis pechos, golpeando mis pezones con él, frotando mis pezones hasta cubrirlo por completo...


Alcancé su capullo con la lengua y empecé a lamerlo. Lo hice despacio, en toda su extensión, degustando el chocolate que hizo una auténtica y placentera delicia comerme aquella polla, sin dejar de mirarle a los ojos mientras lo hacía. Ver su deseo y el placer reflejados en la contracción de sus músculos o en la dilatación de sus pupilas. Y verle chuparse los dedos para deshacerse del chocolate... ¡¡Ufff.!!.. aquéllo me puso a mil. Y por ende, mi excitación subiendo al mismo ritmo. A pesar de que ya no quedaba chocolate continué comiéndosela, chupándosela hasta que él se apartó para darme la vuelta.

- Ponte a cuatro patas -me indicó a su vez con la voz. Lo hice. Me apetecía que me follara ya. Estaba demasiado cachonda ya y, en ocasiones, no me apetece perderme en demasiados juegos. Prefiero ir más al grano, como entonces.


Noté sus manos en mis glúteos, acariciarlos, separarlos..., frotar los pliegues de mi ano y darme un par de zotes en las nalgas. Me puse tensa pero me excitaba el gesto. Percibí la caída tibia del chocolate, ahora desde la parte más alta de mi culo; deslizándose, acompañado de las caricias de Nacho hasta mi coño. Las puertas del cielo se abrían para él. No debió ser gran cantidad, seguramente la justa para que mi marido se deleitara en lametones de arriba a abajo y viceversa. Mi camisón, mi bonito camisón, tenía el peor estreno que podía haber tenido; eso sí, testigo de todo un morboso ritual. Nunca me había gustado tanto estar pringosa. Y doy por hecho que estaba cumpliendo una de sus fantasías y que nunca me había confesado.

Sus labios empezaron a recorrer mis muslos, siguiendo el camino que los hilos de chocolate formaban sobre mi piel mientras sus dedos seguían hurgando en el interior de mi coño. Ahogaba mis gemidos sobre la almohada y, aquellas acometidas casi eléctricas que se producían en mi interior expandiéndose por todo mi cuerpo, las soportaba apretando mis puños contra las sábanas.
Mis gemidos parecían protestas. Protestas que, por supuesto, solo eran un reclamo para él.  Separó más mis piernas, con lo que mi cuerpo se venció sobre la cama, pegándome más a ella pero dejando mi culo en pompa. Me asió por las caderas, atrayéndome hacia él. Su polla se frotó entre mis nalgas, buscando el orificio de entrada que, suplicante, babeaba por ella. Percibí su capullo, entrando y saliendo; luego, sobrevino el resto hasta tenerla por completo en mí. Sus movimientos, hacia delante, hacia atrás, eran puras y duras embestidas que hacían hundían mi rostro en la almohada. Yo tensaba mis músculos para sentir más su fricción. Sabía que eso a él le gustaba, que le excitaba... como a todos. Y mis movimientos circulares acompasados con sus envites... Creí que moría de gusto en ese mismo instante pero el muy cabrón, lejos de satisfacer mis deseos, se recreó en torturarme, en alargar el desenlace... Mi coño rezumaba, suplicaba... y perdía ante los deseos de mi marido.

Dos azotes con la mano -parecía cogerle gusto a eso de palmotear en mis nalgas. Debía ser por lo tanto que a mi me gustaba-, y me hizo levantarme pero seguí de rodillas. Tiró de mi pelo, obligándome a echar la cabeza hacía atrás. Acercó su boca a mi oreja.

- Dime qué quieres que haga ahora... -susurró para mordisquear mi lóbulo y tirar de él.
- Fóllame.
- ¿Cómo? ¡Más alto! -reclamó tirando un poco más de mi pelo.
- ¡Fóllame! -alcé más la voz.
- No te oigo... ¿Qué quieres? -y con la mano libre, me cogió del cuello, apretando ligeramente mi garganta.
- ¡Quiero que me folles...! -me pareció gritar lo suficiente.
- ¿Cómo quieres que te folle? ¿Cómo a una puta o como a una princesa? -¡Joder! Aquellas palabras eran nuevas en él pero para mí no. El Macho Alfa me las había mencionado ya.
- Como a una puta -respondí. En un brusco gesto quedé de nuevo de bruces contra el colchón. Su mano en mi nuca me impedía moverme.
- Así me gusta... -me susurró antes de soltarme. Volvió a tomarme de las caderas y me penetró sin contemplación alguna, sin ningún tipo de miramiento, hasta lo más profundo de mi mojado coño. Dentro... Fuera... Dentro... Fuera... No paró hasta que yo me corrí y, aún así, mojados los dos, siguió con sus empujes. Se había vuelto salvaje. El hombre calmado, romántico, dulce de minutos antes, era ahora un cabrón que me follaba como lo que le apetecía que yo fuera: como su puta.
Como tal me comporté.
Fresas y chocolate. Suena a película.
Nunca había disfrutado tanto del chocolate. De las fresas, sí, evidentemente.
Me había jodido en lo mejor de mi sueño. Cierto, pero me había encantado cómo lo había hecho. Ese día me levanté bien jodida, quiero decir, bien follada.

Bajo esta serpiente que abraza hallarás todas las PECAMINOSAS IMÁGENES que nos concede el Pecado.

Bajo esta serpiente que abraza hallarás todas las PECAMINOSAS IMÁGENES que nos concede el Pecado.
Deja que su Tacto encarne las pupilas de tus ojos.

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Te acercarás despacio a mi espalda para hallarme bajo la sábana...

Te acercarás despacio a mi espalda para hallarme bajo la sábana...

En nombre de ti, de mí y del polvo que somos y en el polvo que echaremos. Amén.

En nombre de ti, de mí y del polvo que somos y en el polvo que echaremos. Amén.

Traza sobre mí arabescos con tus manos y tu lengua...

Traza sobre mí arabescos con tus manos y tu lengua...

Y marcaré sobre tu piel la señal de la putísima mujer.

Y marcaré sobre tu piel la señal de la putísima mujer.

La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.

La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.