Si el placer es Pecado, yo vivo en la Gloria del Infierno.

Pecado es todo aquello prohibidamente placentero:

El Tacto del Pecado

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Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.

miércoles, 30 de abril de 2014

Asalto final...

No fueron cuatro días, ni cinco ni seis... Tardé más de diez en dar señales de vida. Todos aquéllos que mi ajetreada vida laboral me tenía retenida y todos aquéllos que quería como estrategia, con la espera de que funcionara. El día de antes había telefoneado a su secretaria. Me costó poder llegar tan alto pero, al final, fue más fácil de lo que pensaba. Si estoy en el mismo barco, tengo que saber de los entresijos de su maquinaria. Había quedado a las doce y media de la mañana, aprovechando que Nacho tenía ese día viaje para cerrar unos tratos con unos proveedores nuevos y que a esa hora ya me habría finiquitado las tareas más urgentes y más o menos importantes. Y hay tareas que se pueden Ahí me presenté, en plan ejecutiva "arriesgada": traje de chaqueta negro y entallado, falda a ras de rodilla, camisa blanca con un escote discreto, mis taconazos y la mejor de mis sonrisas... Mi uniforme de trabajo.
Me dirigí directamente a la planta de Dirección. Estaba claro que no iba a despedir a su secretaria. Se la veía totalmente competente, muy segura de lo que hacia y perfecta. Sería unos siete o diez años mayor que yo. Nada más. Me acerqué con una sonrisa y me correspondió.

- Buenos días. Tengo una cita con el Sr. Yanas, ahora a las doce y media.
- La Sra. Leifni, ¿verdad? -a veces cuesta pronunciar mi apellido pero ella lo hizo perfectamente.
- Exactamente -sonreí.
- En estos momentos está reunido. Igual se retrasa un poquito. ¿Le importa esperar?
- Esperaré. Gracias.
- ¿Desea tomar algo? ¿Un café, un té...?
- Muchas gracias. Muy amable pero estoy bien así -admití sin olvidar mi sonrisa.

Los minutos pasaban despacio. Las doce y media se cumplieron. Su secretaria se deshacía en excusas y disculpas por el plantón que Leo me estaba dando. No le dí mayor importancia pero tampoco estaba dispuesta a pasarme el rato muerto ahí sentada pudiendo aprovecharlo en otro sitio. Mi tiempo es tan valioso como puede ser el de él.

- He de marcharme. Tengo otras cosas urgentes que hacer. Dígale al Sr. Yanas que me llame cuando le sea posible atenderme. Muchas gracias.  -No quise parecer brusca pero sí segura.
- Lo siento mucho.
- No se preocupe. Entiendo cómo funcionan estas cosas y no todo se puede tener controlado.

A pesar de que no era como lo tenía pensado, reconduje la jugada. Abandoné aquel despacho donde había pasado casi mi última media hora. ¡Paciente fui! Salí al pasillo en dirección a los ascensores. Aquella mujer me siguió al cabo de unos segundos...

- ¡Un momento, por favor! -puse la mano en las puertas para impedir que se cerraran y aguardé-. Me acaba de confirmar el Sr. Yanas que sale en un par de minutos.
- Gracias, pero tengo una cita a la que no puedo faltar y no quiero llegar tarde. Dígale, por favor, lo que antes le mencioné.  -Supongo que se sorprendió de que ahora no le otorgará dos minutos si antes le había concedido más de media hora. Pude leerlo en su expresión. Creo que la confundí.
- De acuerdo. Muchas gracias.
- A usted. Buenos días.

Fui incapaz de concederle dos minutos o cinco. ¿Y qué? Así sabría más de mí. Ya tenía mi número de móvil. Ahora la pelota estaba en su tejado y yo le había dado un buen revés. Por un momento, me sentí como Julia Roberts en Pretty Woman, salvando las distancias. Cuando llegué a la calle, tenía en mi móvil una llamada perdida que no había podido recibir en el ascensor. Sonreí pero no le llamé. Oí mi nombre en voz alta por mi espalda. Al girarme, ahí estaba él. Sin americana y con la corbata moviéndose hacia atrás., con el móvil pegado a la oreja mientras el mío sonaba de nuevo insistentemente. Parecía salido de una escena de película. Llegó hasta mí en una carrera y se envolvió en disculpas.

- Lo siento... Se ha alargado la cosa y no he podido deshacerme de mi cliente antes. Es un negocio importante de muchísimo dinero que no conviene desperdiciar. Gestioné mi tiempo no muy adecuadamente. Fallo mío pero... los negocios son los negocios... Mas no incompatibles con el placer, señorita.
- Comprendo, pero tengo una cita que no puedo retrasar -mentí. No había cita alguna.
- ¡Qué lastima! ¿Ha pensado en mi propuesta, señorita?
- No exactamente... pero en algo sí he pensado.
- ¿Cree usted que podríamos comer juntos? Tal vez esa cita ineludible acabe pronto y me veo necesariamente obligado a compensarla -sonrió mostrando esa mueca tan encantadora que me perdía y, ahora, sí, presentía que algo más iba a suceder-. Y puedo gestionar mi agenda para tener mucho tiempo para usted.
- Suena tentadora la propuesta.
- No puedo hacer menos después de haberla dejado plantada.  -Y como en las peores escenas de película, así como quien no quiere la cosa me vi lanzada a sus brazos. ¿Cómo? Alguien con el paso acelerado, enfrascado en una conversación y ajeno un poco a los que le rodeaban, sin querer me empujó. Eso y un poco de cuento que le eché, motivos suficientes para que mi pecho se pegara al de Leo. Sentí sus brazos rodearme con fuerza y luego sujetarme de la parte alta de los míos. Nuestras miradas se buscaron y me sentí desesperadamente pequeña a su lado. ¡Qué pocas veces me había pasado eso! ¡En ese momento, el mundo podía venirse abajo porque me daba igual! Parecía demasiado fácil. Muy, muy fácil. El hombre me pidió disculpas desde unos pasos más allá y Leo le dijo algo, increpando su actitud. Ahora me sentí en cualquier escena de esas que preludian un beso. Y me sentí desnuda, completamente desnuda. Al soltarme, sentí ganas de besarlo pero me contuve a pesar de mis deseos. Fue un momento tonto: Uno de tantos que se tienen en cualquier momento en los que te comerías el mundo sin importarte nada. Y cuando me besó la mano... Ufff... No hay palabras para describir la sacudida que mi cuerpo recibió.
- Creo que puedo anular esa cita -dije sin pensar.
- ¿Estás segura?
- Lo estoy. Tengo que pasarme por la oficina para dejar indicadas unas cosas pero hoy pueden estar sin mí.
- ¿No tendrás problemas?
- Es la una y pico. Entre que voy y pongo orden, las dos... Hora de ir a comer y hasta las cuatro no regresa nadie. Salvo este rato, mis tareas estaban programadas para hacer en oficina. 
- ¿Y si necesitan de ti?
- Puedo estar localizada. Creo que gestiono el tiempo mejor que tú -me atreví a decir llena de ironía.

Será cierto eso de que, en ocasiones, el universo se alía con nosotros y otras conspira en nuestra contra. En este caso, todos los hados estaban a mi favor.
El restaurante, una monada. Discreto, elegante, no demasiado grande... Y la compañía, perfecta. Reímos, hablamos de cosas  más serias... y tonteamos. Los dos somos ya mayorcitos y, aunque era evidente el momento conquista, no cabe duda  alguna de que sabemos lo que queremos.

- Si he de ser sincero, señorita, esto no me había pasado antes. Es más, ni siquiera sé cómo me atreví a hablarte en la cafetería.  -Esa forma que tiene de mezclar las formas de dirigirse a mí tiene su encanto. Lo cierto es que me sentí, me hizo sentir, niña, adolescente y mujer en dos segundos. Nuestros teléfonos, extrañamente, no sonaron en ningún momento. El suyo lo desconectó al llegar al portal de su casa. El mío, simplemente, lo silencié. Nos comportamos hasta llegar al ascensor. Cuando me dejo pasar, me quedé al fondo, pegando la espalda al espejo. Un paso... Dos... Y su pecho estaba casi pegado al mío; sus manos sobre las mías, tanteando mis dedos para entrelazarlos a los suyos... Le miré. Me miró. Su boca dibujó una sonrisa y yo, tímida, bajé la mirada. Momento que aprovechó para tomarme de la barbilla y levantarme el rostro-. Creo que podría llegar a enamorarme de ti, señorita.
- Y sabes que no puedes.
- ¿Lo sabes tú también?
- Plenamente convencida -Y, apenas terminé de decir aquello, su boca se venció sobre la mía. Sus labios colmaron el primer deseo. Llevaba horas esperando a que lo hiciera y no sé por qué no lo había hecho yo antes.
- La vida es muy corta... Puede ser tan corta como un viaje en ascensor. ¿Qué crees que debemos hacer? -me preguntó, como buscando una respuesta que él no hallaba, mientras su mano acariciaba mi mejilla, su aliento me quemaba y mi sexo se mojaba.
- He pensado mucho en ti -me confesó-. Hay algo de ti que realmente me atrae... Y no sé qué es...

Creo que lo mejor en ese momento fue lo que hice. Le rodeé con mis brazos alrededor del cuello y le besé. Quise que aquel beso nos alejara de todo aquello, que solo sintiéramos, que nos evadiésemos... Yo no quería engancharme a nadie. Tengo a mi marido. Tengo a Lucas y más esporádicamente a cualquiera de los otros... Y si no están, siempre está Nacho. Mi vida ahora no me permitía tener tanto tiempo libre. ¿Cómo iba a hacerlo?
Y él, ¿como iba a hacerlo también? Supongo que me llevo a su casa porque su mujer no estaba y no se preveía que pudiera aparecer.
El ascensor se detuvo en la octava planta. Las puertas automáticas se abrieron hacía la derecha y la izquierda. Cogidos de la mano caminamos hacia su piso Me apretaba la mano. No sé si para no perderme o para que no me perdiera. Nos refugiamos en el interior del piso: un dúplex muy bien decorado, muy organizado, muy pulcro, muy blanco... Esto de haberse puesto tan de modo los espacios abiertos empezaba a hacer que todas las casas que me parecieran iguales.
Se sacó la americana y la dejó sobre uno de los brazos de uno de aquellos impresionantes sofás que había en el salón. Permanecí quieta. Realmente mi mirada se recreó en todo pero sobre todo en él. Me parece un hombre muy elegante y seductor. Cualquier gesto me parece atractivo. Me tiene engatusada.
Orden impecable, flores que parecían reales sobre la isla de la cocina... Yo con ganas de todo y él... él con ganas de más, pero frío, calculador, analítico... estratégico. Se lavó las manos y no sé por qué le seguí hasta ahí.

- ¿Un café?
- No, gracias. Está bien así.

No dijo nada. Solo sonrió y se acercó a mí. Me tomó de las manos y me retuvo cerca de él, sin dejar de mirarme a los ojos. Me estremecí. Observé sus labios y la sonrisa que en ellos se plasmaba. No era una sonrisa abierta pero sí lo suficientemente marcada como para reconocerla. Me aupé en mis puntillas. Acerqué despacio mi rostro al suyo, hasta dejar nuestros labios a unos centímetros. Me detuve. Apoyó sus manos en mi cintura y fue formando un abrazo en torno a mi cuerpo hasta que se hizo tan ajustado que nuestras bocas se unieron en aquel beso, denso, profundo... Primero el labio superior entre los suyos... apenas humedecido con la punta de su lengua. Luego, el inferior... tocándolo con aquella caricia húmeda que estaba deseando se profundizara. Instintivamente, abrí mi boca. La de él se sumó sobre ella, cubriéndola por completo hasta que aquel músculo mojado penetró en ella, recorriendo cada uno de los recovecos. El escalofrío que me hizo sucumbir terminó por explotar en el centro de mis entrañas.
Sus manos recorrieron mi espalda, de arriba hacia abajo, varias veces, llegando sobre mis glúteos donde se detuvieron. Su respiración me quemó el cuello. Lo mordisqueó con suavidad. Mis manos arrancaron su camisa del pantalón y me perdí en la tibieza de su piel, de su dura espalda. Y mi falda se fue acortando hacia mi cintura en tanto sus manos palpaban mis muslos y buscaban mis nalgas. Pude percibir la presión de su erección entre mis caderas al atraerme hacia él y después el salir de mi camisa de la falda. Botón a botón se fueron descubriendo mis secretos y, entre ellos, la desnudez de mis pechos bajo un encaje gris. Bajó la cremallera y mi falda cayó al suelo y mucho después mi braga, seguida de las manos y la boca de aquel hombre que me acariciaba sumamente despacio, despertando cada poro de mi piel... De arriba hacia abajo y luego en sentido inverso, por la cara interna de mis piernas, obligándome a separarlas, a dejar mi sexo abierto.
Me apoyé en la isleta y él me separó todavía más las piernas cuando llegó a la altura de las rodillas. Notaba como mi sexo se humedecía, como pequeñas gotas se escurrían entre los pliegues de mis labios... Sentí su boca tan cerca de mi sexo que me incliné hacia atrás esperando una reacción suya... Pero pasó de largo, rozando con sus labios y sus dedos en una sutil y delicada caricia que tal vez me estremeció más que si hubiera hecho hincapié en ello. En un gesto me aupó sobre él. Me tomó por debajo del trasero y me pegó bien a él. Me abracé a él con fuerza, no por el miedo a caerme sino por las ganas que tenía de sentirle más cerca. El sentir sus labios rozándome la piel: mi barbilla, la comisura de los míos... La mirada clavándose en mis pupilas... El deseo emborrachándonos... Me sentí como en una nube. Había algo distinto. No sé qué era. Hacía tiempo que no me sucedía el tener unos sentimientos como los que estaba experimentado..., o las sensaciones... No sé... Algo había en todo aquello que parecía mágico.
Lo mismo sentí con Nacho cuando me enamoré de él, cuando estuve en sus brazos por primera vez. Hacía ya más de cuatro años que nos conocíamos y nunca habíamos llegado más allá de una relación laboral. Aquella noche, cuando después de aquella intensa jornada de trabajo que acabó a las mil, me invitó a cenar un hamburguesa en un burguer a las cuatro de la mañana... y me dejó en casa dos horas después, se hizo el silencio... una carcajada por la situación... y aquel beso... Hasta hoy...

Besos... 
Más besos, más caricias, más miradas... Lamiéndonos, tocándonos... Arriba, abajo, dentro... fuera... Más adentro. Parecía que la vida nos iba en ello, como si fuera que no pudiéramos volver a sentir aquéllo. Era pasión, era deseo pero había ternura, ganas de querer, ganas de enamorar... embaucar, sentir...
Cogí su rostro entre mis manos y nos detuvimos unos segundos, como tomando aire. Besé sus labios. Se entregaron a mí... En la efusión de ese momento que había empezado lento, dejándome llevar, dejándose sentir...mordí sus labios. Por primera vez en mi vida hice sangrar... Por deseo, por pecado... Pero no importó: Bebimos, lamimos y sentimos...

Sentí su pecho, sus pezones..., su cintura bajo la humedad de mi saliva y de su sangre. Descendí, sintiendo sus manos enredándose en mis cabellos, y llegué al borde de su pantalón; aquella prenda que retenía escondida la firmeza de su sexo en crecida. Lo toqué con ambas manos: lo palpé, lo apreté... lo sentí. Mi sexo empapado y yo.., completamente ansiosa. Lo deseaba. Deseaba su sexo y a él. Deseaba ambas cosas.
EL cinturón, el botón, la cremallera... Su bóxer humedecido por las primeras acometidas de placer, marcando la forma de su pene: duro, grande, cálido, palpitante... Y el pantalón cayó al suelo... Y el bóxer...

Su miembro erecto, frente a mis ojos, al alcance de mi boca, entregado entre mis manos... Él, desnudo. Yo, también. Lo recogí entero entre mis manos. Mi boca, celosa... Mi olfato, envidioso. Percibí su esencia y gusté su esencia, la primigenia esencia de su sexo. Pero mis gestos no eran nerviosos, impetuosos... No... No lo eran. Eran calmados a pesar de mi deseo, del fuego que me consumía, que me desbordaba; pero el fuego se puede controlar de lejos y de cerca. Yo, de cerca aún a riesgo de quemarme. Sus gemidos, sus gestos, sus manos se movían al mismo compás, al mismo que mis besos húmedos de arriba hacia abajo, de afuera hacia adentro... Entero en mi boca: absorbiendo, disfrutando, sintiendo, gozando... deseándolo y despertando más su deseo de él para mí.

Me tomó de la mano y me hizo ponerme en pie. Su labio seguía dolorido. Lo acaricié con las yemas de mis dedos libres, mientras él me apretaba hacia si con el brazo libre.

- Me vuelves loco... -musitó antes de entregarnos a ese nuevo beso en el que percibí el sabor de la sangre. No me disgustó. Era dulce. Me cogió en brazos. Mis piernas se entrelazaron alrededor de sus caderas y me sujeté con toda la fuerza del mundo. Me llevó, a paso seguro, hasta la habitación. Había que cruzar el salón, subir la escalera... Y me tumbó sobre la cama. Sentí el peso de su cuerpo sobre el mío; su boca sedienta de mis besos, su lengua ansiosa de la mía.
Auténtico placer. Gemidos. Jadeos... A punto de tocar el cielo, de saborear la gloria. Encadenados, atados, enlazados, ligados... Cuerpo a cuerpo, cuerpo contra cuerpo, envueltos en un denso abrazo. Era como si uno fuera la droga del otro, el aliento que necesitaba en ese momento... o, tal vez, en cualquier otro.
Noté la diferencia con los demás hombres. Lo más parecido a él eran Lucas y Nacho, que tenían tanto en común. Leo era todo ternura, y me estaba contagiando. A lo mejor era eso lo que yo también andaba buscando, aunque lo tuviera en casa, pero de un modo diferente.

Sentía el calor de su aliento, el de su cuerpo... El roce perfecto de su pene, codicioso y hambriento; irremediablemente castigador... Apenas hablaba pero sus susurros, sus gemidos, su respiración entrecortada eran parte de una melodía que me tenía completamente embrujada, que hacía entregarme sin remisión alguna, elevándome con una sensación que hacía tiempo ansiaba percibir...
Cuando su sexo tocó el mío, cuando mis labios lo besaron húmedamente, atrapándolo entre ellos, dejándolo introducirse lentamente... de mi boca salieron los alientos más sonoros que él no intentó acallar. No sé a cuántas mujeres habrá amado, cuántas habrán pasado por sus manos pero si a todas ha tratado así, estoy segura que ha sido complicado que no quedarán enganchadas a él.
Supongo, sé, que lo prohibido atrae. Y nosotros somos completamente prohibidos, tan prohibidos como la manzana para Eva.  Nos estábamos buscando y nos acabamos encontrando. Sin pedirnos permiso: uno entró, la otra le dejó llegar a las puertas de la locura. Y mi sexo lo recibió como agua de mayo para retenerlo atrapado entre sus paredes, intentando proporcionarle el mayor placer, tendiéndolo de forma premeditada y trabajada.
Cogió mis manos, reteniéndolas a ambos lados de mi cabeza, mientras entraba y salía de mí; mientras me miraba a los ojos y podía comprobar en sus ojos la llama que ardía en su interior. Mis piernas se enredaban en torno a sus caderas, dejándole el espacio suficiente para que su cuerpo subiera y bajara sobre el mío.
Sus besos, sus manos en mis pechos, sus dedos introduciéndose en mi boca... la suya buscando mis pezones... Sin dejar de enloquecer a mi sexo, cada vez más mojado, más caliente, más incontenible... con sus formas de hacerlo...suave y tierno, arrogante y autoritario... Envites dulces. Envites con fuerza.
Apoyó las manos sobre las sábanas. Mis brazos libres para abrazarlo. Mis manos más libres para tocarlo, para atraerlo hacía mí, para impedir que se alejase un solo centímetro. Deseaba que me llenase toda, que me inundase de su esencia, de su cuerpo, de sus sentidos... en lo más profundo de mis entrañas, como si me tragara, como si devorase... todo nuestro deseo: el suyo y el mío.
Aquel penúltimo del penúltimo beso que nos dimos, con las bocas secas, los labios embebidos todavía del deseo extraído, con ganas de más, con sabor de orgasmos del uno del otro..., nos llevó al abrazo. Nos abrazamos queriendo retener todo lo que en aquellos momentos inundaba  nuestros cuerpos... y por qué no, también nuestras almas...
Estaba confusa.
Creo que él estaba perplejo.

- No voy a dejar que te me escapes -mencionó mirándome a los ojos. No sabía qué responder. No quería involucrarme demasiado aunque creo que estaba ya atrapada pero no iba a reconocerlo. No puedo permitir crear ese tipo de expectativas tan peligrosas.
Sentí que el mundo estaba de nuevo a mis pies.

14 comentarios:

  1. Hola guapa! Lo que deseamos cuando lo obtenemos es lo mas placentero que hay,¿y qué mejor que un buen polvo? Aunque a veces hay que mezclarlo con ternura.
    Un besazo

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  2. Sobre todo cuando la ternura viene de modo inesperado. EL polvo te lo puedes esperar pero lo otro siempre te sorprende.
    Besos de Pecado.

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  3. Como dices en tu comentario.. hoy me sorpendio precisamente el halo de ternura que lo envuelve .. hermoso a rabiar y excitante como siempre , estupenda combinación!!

    Besos grandes !!

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    1. Me apetecía un momento descarado de ternura, sino ya no sería yo. Todos tenemos, o deseamos, ese halo de ternura en una relación, aunque no sepamos su futuro. Lo importante es disfrutar de ese momento.
      Besos de Pecado.

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  4. Ese minuto, ese segundo de química total, es el que se queda tatuado en nuestro cuerpo y mente y nos persigue queriendo más y más. A veces ese tiempo se prolonga y nos "enganchamos" pues lo que vamos obteniendo es ya insuficiente y aunque querramos frenar... es tarde...

    Apasionado encuentro con descenlace sin cierre...

    Qué decisiones se tomarán? Acertadas? Pasionales? Impulsivas?
    He ahí, quizá, el inicio de otra historia.

    Siempre un placer leerte, preciosa.

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    1. No sé qué decidirán estos dos amantes. Me hago tantas preguntas como tú. Los conozco un poco y la verdad... sé que no sé nada...
      No podría haber explicado mejor lo tú lo has explicado.
      Besos de Pecado.

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  5. Uf... creo que lo que más me gusta de tu relato es precisamente lo más peligroso. La conexión. El deseo del otro.
    La conexión que logra que algo se desboque sin remedio...

    Sólo hay tres capítulos?? Tenemos que imaginarnos como acabó?? Eso es mucho imaginar...


    Un beso :)

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    1. Caballo desbocado, déjalo correr... hasta que se cansé.
      Todo está predestinado.
      Besos de Pecado.

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  6. Atrapada ya ha quedado, ha llegado el pecado envuelto en ternura, inundado de ella, a fuego lento, es así como la piel se graba y el alma se estigmatiza.
    Precioso como siempre Puramente Infiel, besos linda.

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    1. Muchas gracias, Ame. El problema es que puede crecer un sentimiento que la alimenta y que él le proporciona a cada instante... Y ella lo sabe...
      Preciosas son tus palabras de hoy.
      Besos de Pecado.

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  7. No te puedes imaginar de que modo me he sentido identificada con tus letras hoy.... es algo tan grande... Saber que no se puede, decirle a gritos al alma que no se puede... Ay niña...
    Creo que esto va más allá de lo prohibido, esta claro que lo prohibido atrae pero hay algo más, algo que atrapa, que engancha, algo que te hace sentirte así.... y eso tiene que ver con la persona siempre... uy me he liado a escribir y no se si lo he explicado bien... bueno lo dejo así!! :)

    Montones de besinos guapa!!!

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    1. Te entiendo perfectamente... Es un nadar contra corriente, contra vientos y contra todo... Y sabes que no puedes, que luchas pero no puedes pero al final, qué más da... La vida son dos días... Sabes del peligro, sabes de lo que puedes perder y sabes que no conduce a ninguna parte... pero sigues braceando y los gritos se meten hacia adentro... Pero lo vives porque lo sientes, porque los dos arriesgamos y los dos perdemos... pero mientras, mientras ganamos ambos... Y eso que nos llevamos.
      Besos de Pecado.

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  8. SENTIMIENTOS PUROS,,, TIERNOS, AGRADABLES Y PLACENTEROS...
    APOTEOSICO FINAL, ENCANTADOR.
    UN BESAZO PURAMENTEINFIEL!!!

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  9. Ufff, Vlador... ¿Tan... tan? Mil gracias.
    No estaba demasiado convencida de si este giro os había gustado pero me alegro de haberme decidido a publicarlo.
    Besos de Pecado.

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Ver y sentir siempre es pecar... Y me encanta que lo hagas.

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El Beso del Pecado

El Beso del Pecado
La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.