Si el placer es Pecado, yo vivo en la Gloria del Infierno.

Pecado es todo aquello prohibidamente placentero:

El Tacto del Pecado

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Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.

viernes, 30 de mayo de 2014

Soy mujer...

La que desnuda y se desnuda,
de alma, cuerpo y corazón.
La que te desnuda,
en esencia y en pecado.

martes, 27 de mayo de 2014

Éxtasis...

Bébete el vino cocido que se derrama en la guardia
que mantiene despierta la luz de mis ansias.
Muerde el veneno y pásame tu savia, 
tacto con tacto, pecado tras pecado,
en este mundo que se para por nosotros
bajo de las sábanas donde nos cobijamos.

Súbete a la ira que rezuma entre mis piernas
bajo la piel que crece por la fiebre que lo anida.
Derrama en mí el placer de tu esencia
come y bebe el fuego que escupo,
apágalo con tu fuego blanco
que fuego con fuego se apaga
y creemos el orgasmo que Uno nos hace.
Colgado en g+ a fecha 20-5-2014

viernes, 23 de mayo de 2014

Habitación azul...

... O "haz conmigo lo que puedas..."


Mensajes previos...(click)

Teníamos poco tiempo, así que  había que aprovechar cada segundo. Llegué con la hora casi dada. En el último momento siempre puede surgir un imprevisto. Esta ocasión no fue diferente pero, resuelta la cuestión, seguí mis planes.
Pasé directamente desde la calle, por recepción, hasta el garaje y de ahí, a la habitación. Máxima discreción. No cabía la menor duda. Y, efectivamente, la habitación era azul: azul en las paredes, azul en los detalles, azul la lámpara de cristal... Sí, todo era azul... Azul con blanco, azul con plata, azul con cristal... Detalles, al máximo... Cava en la habitación... Unas frutas... ¡Increíble! No me dio tiempo de mucho más antes de estar lista.
Miré el reloj y me despojé del vestido. Tenía unos minutos antes de que Pablo llegara. Me miré en el espejo del baño. Estaba como él me había indicado. Había aceptado el juego. Me había sido fácil. El fular en el cuello, anudado como él me había indicado y con los extremos hacia atrás... Imagino que quería el nudo cerca de la garganta pero, como no me había especificado, yo cogí mi propia iniciativa y dejé un nudo flojo que caía sobre la espalda.
El móvil sonó. Pablo me anunciaba que estaba en la puerta. Abrí, dejándola simplemente así, sin tornarla por completo, como indicó. Me retiré sobre mis pasos hasta los pies de la cama. Una cama con postes en las cuatro esquinas alzándose hacia el techo. Tenían casi el mismo dibujo que mi "alfil". Eché mis brazos hacia atrás, sujetándome las muñecas sobre el culo, y quedé de pie mirando hacia la puerta, muy erguida, con la barbilla arriba, con la mirada clavada en el frente...
Me sentí especialmente inquieta. Y la verdad, también algo ridícula. Me cuesta tanto... Y pensar que en su día supe hacerlo tan bien... Supongo que el Macho Alfa me cogió desprevenida y menos sabia.

Hacía tiempo que no veía a Pablo tan de cerca. Las fotos de su polla o las palabras que me iba enviando nada tenían que ver con lo que podía ver ahora. Eso, en una relación como la nuestra, no es ni un aperitivo.
Vaqueros, camisa de rayas, zapatos cerrados... Repeinado con esos pelos cayéndole sobre la frente. Llaves y móvil en las manos...
Y, ahora, qué.
Ni un hola, ni un qué tal... Nada de nada. Su mirada clavándose en la mía. La mía, impertérrita. Él, distante. Yo más.
Como acusada de algo, me señaló con su dedo índice derecho. Me indicó que me acercara. Solté mis manos y me moví sobre mis tacones hasta él. Puso la mano abierta para marcar la distancia. Nos separaban dos pasos, tal vez un poco menos de medio metro. Me hizo dar la vuelta para darle la espalda. Sentí sus manos recorrerla despacio. Sus manos son suaves, muy suaves y muy, muy masculinas. Noté desanudar la tela y como la tensó alrededor de mi cuello. Venció aquella distancia y percibí su aliento en mi oreja mientras mi cabeza era reclinada hacia atrás, sintiendo la presión de la tela en mi garganta. Intenté respirar profundamente para controlar mi tensión.

- Nunca haces las cosas como se supone que deberías hacerlas... -susurró a mi oído-, mi fierecilla indomable.
- Es día que lo haga, dejaré de interesarte.
- Sabes que el tren tiene muchas paradas...
- Si, pero duerme en las mismas estaciones...

Sé que le saca de quicio que le proteste y le replique todo cuanto dice. Soy yo quién tiene siempre que decir la última palabra pero creo que suele ser él quien hace el último gesto.
Su lengua rozó mi lóbulo. Sus dientes lo mordisquearon y la tela cubrió mis ojos. La luz se hizo oscuridad. Sus dedos se enredaron entre mis cabellos..., se apoyaron en mis sienes y mis labios se entreabrieron para recibir nada, salvo una bocanada de aire que llenó mis pulmones. Mi lengua humedeció mis labios.



- Hola -musitó. Le respondí en un tono similar. Estaba algo agitada para hacerlo con tanta parsimonia. Su presencia me pone nerviosa. Sus dedos se convirtieron como las patas de una araña avanzando sobre mi cabeza, presionando con las yemas..., intentando relajarme; mas solo consiguió acelerar mi pulso. Estaba claro que con los ojos vendados podía sentir la libertad de mi cuerpo rezumando por mis poros y dejar que mi piel fuera marcada por la pasión, la lujuria, el deseo... Era eso lo que nos había llevado hasta ahí.

Seguramente, no encontraría la sensualidad y ternura habituales de Lucas y sí recordar, tal vez, la "dominación" del Macho Alfa de antaño... No sé. Podría dejarme llevar. Sería lo mejor. Luego podría decidir sin obligación alguna, como siempre. Pero yo no tengo ese sentimiento implícito en mi esencia de mujer mas sí me gusta regalar placer. No pertenezco a nadie pero todos tienen un poquito de mí.

Apoyó sus manos en mis hombros y me hundió contra el suelo. Parecía una orden sin orden. Mis rodillas fueron el tope que me permitió mantenerme erguida. Y así me quedé, como María Magdalena en ansias del sagrado cáliz. Sin rechistar y sin protestar; en silente llamada del antojo. Entregada y redimida, sin consentimiento. Y mis manos pasaron del suelo a mi espalda. Y sentí la presión de la cinta y el tirón hacia atrás. Y el corazón bombeando con tanta fuerza que irguieron la cumbre de mis pechos. Y el silencio roto por  el roce de sus ropas al desprenderlas de su cuerpo y los pasos seguros de sus pies alrededor de mí.
Y como un lobo, olisqueando mi piel... Profunda respiración...
Podía oír los latidos de mi propio corazón.
Confianza. Seguridad. Incertidumbre. Nunca me he sentido tan como me sentía en ese momento. Al menos no lo recuerdo. Me ponía en sus manos. Sé que puedo confiar en él pero esa interrogante de lo que puede venir a continuación... No sé si me gusta o me deja de gustar... Es como sentirme suya sin serlo. Mejor dicho, es jugar a sentirme suya.

- Me encanta olerte... Me vuelve loco tu perfume. En ninguna huele como en ti.


Le percibí frente a mí, tal vez en la misma posición. Todas mis alertas se activaron y mis pechos sucumbieron a sus gestos. Una fugaz caricia desde uno de mis pezones, subiendo por mi escote, llegando a  mi cuello y desbordándose en mi boca.... Esa boca con la que succioné el dedo que la empezó a follar. No era capaz de reternerlo. Por alguna razón, mis piernas temblaban.

Tampoco sé de dónde lo sacó pero sí sé cómo ató mis manos a la espalda: una vuelta, dos... tres... No sé si cuatro... y tampoco sé por qué no me opuse: Ciega y quieta y, pese a no estar muda, tampoco decía nada. Él tampoco hablaba. Su lenguaje era hacer. Me separó ligeramente las piernas. Me sentí tambalear antes de recuperar el equilibrio. Las ataduras, ¡a saber qué malabares había hecho!, cuando no tiraban por un lado, tiraban por el otro. La sensación de percibirlo tan cerca, de poder oler su perfume, de escuchar su respiración, de intuir que en un segundo, tal vez dos, algo de mi cuerpo llamaría su atención. Estaba expuesto a sus deseos.
Sé que en esos momentos yo no era otra cosa que su juguete y, pese a sentirme tan indefensa y vulnerable, aquella sensación era intensa. Un cosquilleó recorrió mis piernas y se estrelló en el centro de mi sexo. Mis pezones empezaron a ser un pequeño juego entre las yemas de sus dedos: caricias suaves, pellizcos suaves... caricias rudas, caricias maestras... que erizaron mis pezones hasta dolerme. Pulgares e índices tensaron sin piedad. Y, de repente, se hizo la pausa. Y tras la pausa, el tintineo de unas campanillas que me desorientaron.

- ¿Qué es eso? -pregunté ciega ante lo que oía.
- Ssshh.... Te he comprado una cosilla... Sé que te gustará... Confía en mí.

Sentí como sostenía uno de mis pechos sobre la palma de su mano. Lo hizo con sutileza y sentí el beso y la húmeda caricia de su lengua en el pezón antes de ser apretado entre los labios y un poco antes de sentir una presión de algo que lo pellizcaba y no eran dedos... Sé que había preparado mis pezones para aquella prueba. Al dejar caer mi pecho... el tintineo de la campanilla...
Después hizo lo mismo con el otro.
Nada tenía que ver aquella sensación con aquella otra cuando Nacho me regaló aquella joya para mis pezones click y que yo confundí con otra cosa.
No dije nada.  Si me hubiera preguntado qué pensaba, me hubiera sumido en el más absoluto de los silencios. No tenía una respuesta clara. Era una sensación nueva y no me pareció tan dolorosa como para no poderla soportar. Ahora, toda mi atención parecía centrarse en aquel retintín..., ignorando por completo los planes de Pablo. tal vez había salido con la suya. Mi cuerpo se arqueó más. El tener las manos atadas me creaba cierta rigidez. Era como sentirme desvalida.
Aquellas pinzas le permitían recrearse en otras zonas. Me imaginaba la sonrisa que mostraba en su rostro. La sonrisa de quien cree ganada la batalla por haber vencido las primeras líneas del frente. Tal vez quien calla otorga. Quien calla piensa. Quien piensa... diseña... Quien diseña, crea...

Y antes de bajar la cabeza, cogió mi cabello, sujetándolo y tirando de él hacia atrás. Me resultó un gesto brusco pero es que en esos momentos, creo que todo me podía sorprender.

- Dime qué piensas...
- ¿Yo? ¿De qué? Me haces daño...
- ¡Eres algo quejica, la verdad! Tan dura y segura y te quejas de nada...
- Y qué quieres que te diga...

Un pequeño tirón... Yo no sé lo que sentía. Tampoco sabía cómo explicarle nada, ni siquiera qué inventarme. Había una mezcla de dolor, de rabia, de dejarme llevar... De todo... pero no de nada. Yo quería follar. Para eso había ido hasta allí pero también sabía, también sé, que con Pablo todo está por ver, que siempre hay algo nuevo... Con él todo es expectación... Un estar alerta continuo. A mí, el dolor no me va pero se supone que eso producía cierto placer. Supongo que debo aprender a controlar esas sensaciones. Ahora lo pienso. En ese momento no me salía ni una palabra... Quizá hasta pudiera hacer cualquier cosa que me pidiera pero, por si acaso, me guardo el secreto para mí.

Y bajé mi cuerpo. Y quedé en perfecta posición de oración: mis muñecas unidas por una cinta, mis pechos caídos sobre el vacío en un tintineante juego de campanillas al son del movimiento ellos, de mis pezones; la garganta seca, mis piernas casi adormecidas -supongo que la falta de costumbre-, mi sexo completamente empapado, mi conciencia, desconchada; mi pasión, desbordada... mi elemento, perdido... En rendición, totalmente agazapada pero siendo la presa y no la cazadora.
Ni tan siquiera sentía deseos por tocarle. Lo único que yo quería es que aquello desembocara en algo. El pequeño dolor que sentía en mis pezones había menguado hasta convertirse en una adormecida y ciertamente placentera tensión. Pero aquel pequeño toque en ellos, al cambiar la intensidad de la fuerza con la que prensaban, me dolió... Y protesté y un ¡zass! resonó en la estancia. Respingué... y volví a protestar. Y un nuevo ¡zass! con la palma abierta en mi trasero. Sentí como si la sangre fuera a fluir por mis pezones. No podía verlos pero me los imaginé enrojecidos.
Y, entonces, sus labios en los míos. Un beso denso, profundo, con la lengua perdida entre mis labios, violando el interior de mi boca mientras sentía como me rozaba la entrepierna y como la garganta parecía hundirse hacia dentro.
Comprobó que lo estaba empapando todo.

- Te vas a poner más perra que nunca porque voy a jugar un poquito contigo. Hoy me centraré en tus tetas... ¡Tremendas tetas, niña...! Te las voy a dejar de tal manera que te vas a acordar de mí durante una temporada.

Su voz me sonó autoritaria y segura. Pude intuir, sin miedo a equivocarme, cierto sadismo en su mirada, excitado por el sufrimiento que me estaba causando, por la incertidumbre que estaba proporcionándome y creo que, también, por el miedo, ligero, que mi cuerpo rezumó.
Y como si un ángel pasara, como si el demonio se hubiera apiadado de mí, soltó las pinzas que prensaban mis pezones. La sensación de libertad que sentí fue indescriptible. Creo que me henchí de alivio. Besó mis tetas, despacio, dejando el pezón alrededor de aquellos besos, para lamerlos luego. La saliva calmó mis maltratados vértices.. y ¡zass! un mordisco en uno de ellos y un pellizco en el otro... Todo mi gozo en un pozo. Grité. Maldijé... ¿De qué sirvió?

-  Voy a ver como te corres para mí... Es tu premio por llevarlo tan bien.

¡Qué canalla! ¡Qué cabrón! Siguió torturando, sí, puedo decir que torturando con todas las letras, con cierta suavidad mis doloridos pezones, mientras una de sus manos, colada entre mis piernas adormecidas, me tocaba.... Y me moría de gusto...

- ¡Córrete, fiera! Me encanta ver cómo lo haces... cómo me empapas, cómo gimes y cómo gritas... ¡Grita para mí...!

Sus dedos se abrían y cerraban en mi interior, provocando que sí, efectivamente, gimiera. Y aquellos otros dedos, aquella boca no dejaban de atormentar de modo implacable mis pezones. Ya ni los sentía pero notaba las palpitaciones de mi coño, como todas las terminaciones nerviosas se contraían, como estaban a punto de reventar. Mi padecer era su placer... y la llegada de mi orgasmo. Me derramé entera. Una corrida impresionante que mojó el suelo y a Pablo. Me retorcía de placer. Mi garganta era como un volcán seco. Mi coño como uno en plena erupción, soltando lava a diestro y siniestro.

Sus manos cogieron mis nalgas. Clavó los dedos, las masajeó con fuerza, como abriéndolas..., abriéndolas...
¡Zass! Uno...
¡Zass! Dos...
Me indicó que me moviera. Empecé a mover mis caderas como si estuviera bailando en medio de un desfile del carnaval brasileño...: arriba, abajo, círculos... La tela  no cedía en la misma manera que mis movimientos. Movía las caderas, tiraban las manos... Tiraban éstas... y me obligaba a echar el cuello hacia atrás para evitar aquella angustia de sentirme estrangulada.
Y oí el rasgar de algo y dejó de rozarme unos segundos... Los justos para ponerse un condón.
Cuando su miembro se metió entre mis nalgas, buscando penetrar en mi oscuridad más estrecha, no pensé que fuera capaz de hacerlo así:  miró, halló y se metió... casi de golpe, abriéndome en medio de un dolor que me obligó a gritar. Su mano tapaba mi boca y el borde de los dedos casi taponaba mis fosas nasales. Era un necesitar aire y no poderlo coger. La metió entera y la sacó entera...

Y su polla entrando con toda la fuerza animal con mi chorreante coño implorando... Y en dos segundos, me sobrevino un segundo orgasmo... Ligeramente más suave que el anterior pero tan húmedo e intenso. Y no dejó de entrar y salir, de embestirme con rabia, con ritmo fuerte, como si fuera a reventarme de gusto... Pensé que se correría... pero me equivoqué...
Realmente, sí, me sentía bastante perra pero también algo vendida.
Sus dedos, impregnados de mis aguas, llegaron hasta mi boca... Me deleité en su sabor, en mamarlos y devorarlos como si fuera su polla.
Y sin llenarme de leche, se apartó de mí. Se frotó, lavándose con mis fluidos, frotándose contra mi sexo, entre mis nalgas, entre mis labios...
Se puso en pie, me bordeó y se colocó ante mí. Me puso la polla delante, a la altura de mis labios, haciendo que se la dejara limpia. Estaba suave, con el aroma del preservativo pero también, con el profundo olor a hembra que yo desbordaba por todos los poros de mi piel...

Y mi libertad, perdida entre mis orgasmos.

Me ayudó a ponerme en pie. Me costó porque mis piernas se habían entumecido.
Luego, sus movimientos me venían ligeramente lejanos, como desde la cama. Oí el sonido que hacen las sábanas al deshacerla. Yo me mantuve de pie, atada de manos y ciega. ¿Cuándo acabaría aquello? Al menos me dio un masaje en las piernas y algo de alivió sentí.

Las almohadas bajo mi cuerpo me permitían estar recta, lo que me ayudaba a no sentir tanta tirantez en mis brazos. Y, aún así, los pezones me dolían al mínimo roce. Los brazos ya no eran míos pero me había dado cuenta que pedir era no recibir. Así que decidí esperar a que me leyera el pensamiento.
A pesar de mi ceguera, sentí su miembro muy cerca de mí. Su aroma me llegó a lo más hondo. Era un aroma dulce, de buen sexo; y sabía qué debía hacer sin necesidad de preguntar. A estas horas de mi vida, algo he aprendido de sexo. Abrí la boca y su glande acarició mis labios, los bordeó por fuera, luego por dentro, penetrando ligeramente... hasta que se introdujo más. Mis lamidas avivaron la punta y mis labios la apretaron, mis dientes también, sin morderlo..., sintiendo como la boca se me iba llenando de jugosa carne. Sus respiración se incrementaba de ritmo, casi o más de lo que iba aumentando el tamaño de su polla y se endurecía, bombardeando mi boca. Sus manos se centraron en sujetarme la cabeza. Agarraron mi cabello y me inmovilizaron para imprimir el ritmo de aquella felación...
Sus movimientos se recrearon dentro de mi boca. Yo los intuía y los adivinaba.
Mi cuerpo sentía un fuego interno que mojaba mi coño pero necesitaba soltarme... Los brazos hacia atrás agarrotaban mis músculos y lo que al principio parecía bueno, ahora ya no lo era tanto...

- ¡Desátame!... Me duelen los brazos...
- Espera un poco... Puedes aguantar todavía un poco más...
- ¡Me duelen los brazos! -insistí.
- Un poco más, fiera... Puedes soportarlo.  -Su calma me irritaba.
- ¡Joder! ¿Qué más quieres? -Sentía unas tremendas ganas de llorar pero mi dignidad me lo impedía. Era una desazón aquello. No era lo que estaba haciendo. Era la sensación que yo tenía de no poder hacer nada. Mi impotencia ante el placer, ante mis deseos... La rabia medio contenida de no poder controlar.
- Ya sabes lo que quiero...  -Y me hizo callar metiéndome su pene de nuevo en mi boca hasta casi sentir una arcada me que encogió el corazón. ¡Dios! Le hubiera clavado las uñas y le hubiera rasgado la piel de arriba hacia abajo y, sin embargo, tenía que tragar.

Qué alivió cuando me desató, cuando mis brazos recobraron la libertad. Me dolían más de lo que me habían dolido las piernas. Los friccionó con suavidad y con energía, entremezclando los ritmos. Los beso y lamió mis muñecas antes de estamparme un beso en la boca. Y mientras mi cuerpo iba recuperando cierta paz, mi rabia iba aumentando pero todavía era incapaz de controlar los movimientos sin sentir la pesadez de mis músculos.
Seguí con los ojos tapados pero mi cuerpo descansó sobre las sábanas. Separó mis piernas y las flexionó ligeramente, antes de encajarse entre ellas.  Recorrió cada una de ellas con lengua y labios antes de perderse entre los de mi sexo. Parecía virginal. Percibí su boca completamente abierta y su lengua se resbaló entera sobre mi coño, cerrando los labios para apresar mi clítoris... Notaba como su saliva... o mi humedad, patinaba hacia mi ano, como sus dedos irrumpían en él..., como mis ganas aumentaban de nuevo por momentos... Y luego sus manos, maestras castigadoras, que no cejaron en su empeño hasta que mi clítoris se quejó en mis gemidos y en mis gritos, y lloró en aquella corrida que salpicó sobre todo lo que estaba a su alcance...
La jugosidad de mi coño fue un grito de llamada, un paso para su polla, para sus envites, para sus empujones...
Y libre de cualquier atadura, con la fuerza recobrada y mis manos aplicadas en su espalda..., mis dedos se fueron clavando en ella marcando el camino para mis uñas... y entonces, fue mi !ZASS!... Diez líneas curvas abriendo su carne hacia los costados... Y quién gritó fue él. Con furia me desprendió la venda. Mis ojos tardaron en acostumbrarse a la luz después de tanta oscuridad pero pude ver la rabia y la sorpresa en su rostro y en su mirada...
Apartó mis manos y las elevó por encima de mi cabeza... Bombeó con toda su fuerza. Pensé que iba a romperse la polla dentro de mí pero sé que tuvo el orgasmo que le llevó a la muerte súbita. Y mi gozo fue llanto... Y su rabia fue el beso más intenso que había recibido últimamente. Recuperado, me estrechó entre sus brazos, bebió mis lágrimas, besó mis labios con suavidad; me apartó el pelo de la cara, acarició mis mejillas... Y hundió su mirada en la mía...
Creo que estaba satisfecho.

Miró su espalda en el espejo. Rabiaba de escozor. Sería peor cuando se duchase. La piel se había levantado, dejando las diez marcas como un tatuaje con relieve sobre su cuerpo: Dos estelas  con cinco colas. En unos días le desaparecerían pero, hasta entonces, se acordaría de mí mucho más que yo de él.

Y antes de irnos...

- La próxima vez, tráelas -indicó tendiéndome las pinzas que metí en mi bolso-. Te has portado muy bien... Pero estos arañazos traerán sus consecuencias para ti.

Tuve que irme directamente a casa. Imposible volver a la oficina. Necesitaba un baño y un reconstituyente.
Cuando me tumbé sobre la cama, todavía tenía la sensación de presión en mis pezones. Llevé mis manos sobre mis pechos, por encima de mi ropa... Y me sobrecogí... Todavía estaban sensibles al tacto.
Y ahora, suplicar que Nacho no quisiera juerga en un par de días.

sábado, 17 de mayo de 2014

A maitines...

Me desperté poco después de hacerlo él pero decidí quedarme en la cama. Desde ahí podía escuchar el sonido del agua de la ducha una habitación más allá, casi pared con pared. Me dí la vuelta, hacia la ventana. Pensé en Lucas. Últimamente nos vemos mucho pero en cuanto a sexo, nada de nada. Leo ocupa gran parte de mis pensamientos. Es un encantador de serpientes. Sabe qué melodía tocar para hacerme danzar a su son. Se deshace en disculpas por no poder vernos. Me envía mensajes cada dos por tres para recordarme lo mucho que piensa en mí y las ganas que tiene de tenerme entre sus brazos... Si, eso de "follar" debe parecerle algo vulgar y no lo utiliza conmigo. Disfraza el término con un sin fin de palabras que, creo, me provocan más. La cita con Pablo estaba pendiente todavía...
Y Nacho, en el baño. Supuse que afeitándose porque ya había cesado el ruido. Desde que va al gimnasio he de reconocer que se le está poniendo un cuerpo de impresión. Todavía no tiene bien marcadas las tabletas de chocolate pero tiene un culo duro y unos pectorales que me vuelven loca. Cuando está encima mío, me encanta deslizar mis manos sobre ellos y arañar, arrastrar mis uñas sobre la piel y pellizcar sus pezones... Ver cómo aprieta los dientes y estruja mis tetas como venganza.

Entre unos pensamientos y otros, me puse caliente. Cuando llevé mi mano al coño, noté su elevada temperatura aún por encima de mi braguita de encaje. Era lo único que llevaba. Había hecho un calor terrible aquella última noche y me había quitado todo. Nacho se había desnudado por completo y me habían entrado unas tremendas ganas de follármelo pero estaba tan cansada que me podía más el cansancio que el deseo. 
No pude evitar colar mi mano por debajo de la prenda. Mi sexo estaba empezando a empaparse y pude comprobar, bajo el tacto de mi otra mano, que mis pezones estaban erectos y crecidos.
Mis labios se abrieron al paso de mis dedos hasta rozar el clítoris. Sentí una punzada de placer al dibujar aquellos círculos sobre él y se intensificaron cuando empezaron a pellizcarlo. 
Y como un muelle, salté de la cama para dirigirme al baño. Estaba demasiado caliente para querer satisfacerme sola. Dos golpecitos suaves en la puerta y la voz de Nacho indicándome que pasara.
¡Dios! ¿Cómo iba a imaginarme que estuviera así? Efectivamente, estaba a medio afeitar... Y completamente desnudo. La verdad es que me pone muy perra ver cómo lo hace... Su cuerpo..., con ese sempiterno tono dorado que parece venido del Caribe.  A su lado, yo soy la nota de color: tan blanca, tan leche...
Me sonrió y me deseó los buenos días.

- ... Vuélvete a la cama -me indicó mientras pasaba por detrás de él, rozando mi mano sobre su espalda hasta descender a su culo. Lo apreté y me miró-. Vas a hacer que me corte.


Siguió a lo suyo mientras yo me sentaba en el váter. Hice un pis y me quedé ahí, observándolo. Sí, puede que no sea la acción más romántica del mundo pero en una pareja ha de haber tiempo para todo: para lo bueno y para lo menos bueno. Usé una toallita húmeda. Yo quería que aquel hombre me comiera entera antes de irse al trabajo.
Notaba como mi coño se iba mojando más y no era por el efecto de la necesidad imperial. Su pene, dormido; sus testículos, grandes... y mis ganas, creciendo al tiempo que mi braga caía en el suelo y se las dejaba sobre la encimera del lavabo.
Empecé a jugar con mi cuerpo, a tres palmos de él. Mis pechos se pusieron alerta y mis pezones, irremediablemente crecidos, se sensibilizaron bajo el azote de mis yemas. Llegué a levantar uno de mis pechos y alcanzar con mi lengua el pezón...

- ¡Eres mala! -señaló con media sonrisa dibujada en su boca.
- Te encanta que sea mala...
- Me pone que seas mala -dijo aclarando la maquinilla bajo el chorro del agua-. Espera que termine con esto y vas a saber lo que es bueno...

Se aclaró la cara y se secó. Un poco de bálsamo, y el baño se inundó de ese aroma  Pasó un agua por el lavabo y se acercó a mí. Apoyó sus manos en la pared, dejándome en el hueco de ellas. Su sexo quedaba tan cerca que casi podía respirarlo. No pude evitar tal obviedad y mis manos fueron como las puntas que recoge un imán, directas hacia el centro. Le miré. Sonrió. ¡Dios, me gusta este hombre! Sus ojos, su mirada... Su boca, sus besos... Su lengua, sus juegos... Sus manos, sus piernas, su espalda... Su sexo... y el gozo con el que me lo entrega todo. Y yo... Yo soy su perdición, su mejor Pecado. Estoy segura. Si hay más... las demás son simples diablillas.


Me levantó y me apresó entre la pared y él. El frío del azulejo me estremeció pero la pasión de su abrazo y el sendero que recorrieron sus manos, lo dejaron en un segundo lugar. Podía sentir su erección chocar contra mis glúteos. De momento, sin acción demostrable pero con toda la intención. Y cuando una de sus piernas separó las mías, como si fuera a cachearme contra la pared, pues hasta mis manos se apoyaron en ella; mientras su lengua me lamía y sus dientes me mordían..., mi coño tembló y lloró... derramando todas las lágrimas sobre su pierna...

- ¡Joder, cariño! -exclamó y me dio la vuelta. Me comió la boca mientras su mano se siguió empapando de mis fluidos y yo seguía volviéndome loca, con los dedos perdidos en lo profundo, con mis uñas arrancando su piel, con mis dedos clavándose como estacas para atraer su cuerpo y pegarlo a mí... Me desboqué y él trató de dominarme.

Entre rápidos movimientos, entre golpes contra la pared, entre pasos atropellados... mi cuerpo se venció sobre la cama deshecha. Y Nacho se venció sobre mi desnudez. Se hundió entre mis piernas para comerme la fruta más jugosa. Metió mis labios en su boca. Primero se decantó por uno. Luego vino el otro. Los chupó...
¡Dios, me encanta cuando los abre en busca de mi clítoris!
Los absorbió, como quien decide ser avaricioso y no dejar nada en el plato. Su lengua en el vértice central de mi sexo, sobre él.  -Disfruto con el juego de su lengua-. Su punta, juguetona, lo lamió. Lo hizo con brío, haciéndolo crecer y crecer. Mis piernas temblaban y mis pies buscaban un punto en el que anclarse; mis manos se aferraban a la sábana asumiendo el placer. Mi cuerpo se arqueó y mi boca no cedió a aquel gemido cuando sus labios se acercaron más a mi clítoris y lo absorbieron. Sentí como si se lo tragara, la tirantez del gesto y el juego de sus dientes y de su lengua... Ya no sé si estaba tan mojada por su trabajo o por la saliva, pero ambos podíamos percibir el sonido de aquel delicioso juego.

Se volcó en uno de mis labios vaginales, succionando con fuerza hacia el interior de su boca hasta casi masticarlo. Hundí mis dedos en su pelo. Lo agarré fuerte, enclavándolo entre mis piernas, ahogándolo en mi olor y en mi agua...
Le gusta comérmelo... Lo sé.
Su lengua se hizo barrena, abriéndose paso entre las húmedas paredes de mi sexo.... Hacia delante y hacia atrás, dentro y fuera sin llegar a salir del todo. Su aliento me quemaba las entrañas y el fuego se destilaba entre mis pliegues, más aún, cuando su dedo empezó a usurpar las rosadas terminaciones de mi caverna más oscura y estrella. Mi cuerpo se tensó pero cedió a las presiones, abriéndose y cerrándose, excitado, íntimo y reservado...
Su lengua delante... Su dedo, detrás... Mis labios, mis ninfas... hinchados, hinchadas... Mi clítoris, crecido.
Sus jadeos, su saliva habiéndome mojado desde fuera y yo..., yo mojándolo desde dentro. Noté un dedo dentro de mi coño y otro reventando los frunces de mi ano... Un segundo después, sus labios friccionando mi glande clitorial... ¿Cómo no enloquecer ante semejante castigo?
Arqueé la espalda. Me contraje como una serpiente, aferrándome a la sábana, frunciéndola como si la vida me fuese en cada una de sus arrugas. Sus dedos entrando y saliendo en incremento de mi excitación, temiendo correrme en cualquier momento...
Nacho sabía cómo hacerme tocar la gloria y el infierno en el mismo instante. No quería correrme aún... Él, tampoco. Yo quería más... y él sabía dármelo. Quería dármelo.... Necesitaba que me lo diese.

- Quiero que te duela -murmuró entre dientes acelerando el movimiento de su mano. La sensación de sus dedos en mi ano era tan intensa que me apartaba casi de la realidad.
- ¡Fóllame... ya!
- No... - susurró-, quiero más...

Se incorporó. Mi coño quedó a su vista. Mis piernas abiertas, como a punto de parir el orgasmo más sublime y detenido en el último momento. Se recreó en su observación. Vi su miembro casi completamente erecto, trabajándoselo pausadamente. Me mostró el glande... ¡Perfecto! ¡Tentador! Y jugó con él en mi coño, tomando el clítoris como puntal de su juego: arriba, abajo, alrededor... Tocándolo, empujándolo... ¡Cómo me gusta eso! Y no entró... para hacerse desear.
Mis manos resbalaron sobre mi piel, desde mis pechos hasta mi vientre, llegando a mi coño para abrirlo y mostrárselo. Le fue indiferente. Su trabajo en mi anillo anal le había proporcionado vía libre para introducir la punta de su pene... Estaba tan sumamente excitada que casi ni me dí cuenta... No entró más. Se conformó con eso ante mi súplica de más. Se apoyó en mi sexo, con los labios cogidos en mis dedos, abierta por completo... tanto que casi me dolían las inglés... Metió más la punta... Todo el capullo... Y, sin contemplación, sin mediación alguna, con toda la fuerza de su cuerpo venciéndose hacia mí, toda su polla abriéndome en canal. Grité. Inevitablemente... El dolor fue intenso a pesar de todo. Empezó a meter y sacar, Primero, despacio. Luego, con más intensidad... Me sabía y me notaba totalmente mojada... Y su polla se movía como si estuviera en una balsa de aceite, completamente humedecida... desde la punta hasta la base...
Mis gemidos, mis gritos... Su mano tapándome la boca... La otra, follándome el coño.
Podía percibir sus pulsaciones, sus contracciones... y el paso de sus dedos al tiempo que su pene..., bombeándome al unísono... Me costó atraparle. Solo quería correrme una vez y luego otra... y las siguientes...

Y de pronto, todo se detuvo. Me dio la vuelta, con la misma facilidad que se mueve un trapo, y quedé a cuatro patas. Le gusta verme por detrás, darme unas cuantas palmadas en mi trasero y tocar mi sexo, frotarlo con toda la mano... Y yo me vuelvo loca... Empezó a comérmelo de nuevo. Yo, como una gata con el culo en pompa, con las piernas bien abiertas. Me clavó los dientes y acto seguido, se acomodó. Cerró mis piernas entre las suyas y empezó a empujar despacio, frotándose entre mis piernas hasta mi sexo...Su polla me atravesó el coño. Casi ni me di cuenta. Sus embestidas eran fuertes, golpes secos, tensos..., como si quisiera meterme también los huevos...

Cuando sentí aquella intensidad entre mis piernas, entre mis labios, en el centro de mi sexo... mi cuerpo se retorció como si le clavaran cuchillos e intenté, instintivamente, replegar mis piernas para proteger mi retaguardia, vencerme hacia delante para evitar la presión del empuje. Supongo que le sorprendí porque lo logré dos segundos pero no conseguí librarme de su reacción. Me abofeteó una de las nalgas, de abajo hacia arriba y me retuvo. Prendió mis piernas, mis manos... y su lengua empezó a lamerme la espalda...
Creo que de lo caliente que estaba podía haberle quemado.
¿Qué podía hacer? Correrme como una perra; cegarme de su placer y derramarme sobre él, permitiéndole hacer lo mismo: mezclarnos en la esencia pura de un orgasmo tan abismal, tan salvaje... Tan... Tan... que murió sobre mí para renacer poco después... 
Sus envites no cesaron. Me gusta sentir su polla dentro de mí hasta que desfallezca del todo, pero esta vez estaba tan excitado que su erección no bajó como en otras ocasiones... 
Y continuamos... Continuamos... Y seguimos... seguimos...

jueves, 15 de mayo de 2014

Hay obras que  han de tratarse con la máxima de las delicadezas:
con guantes blancos de fino encaje.

viernes, 9 de mayo de 2014

Acusado...

¿De qué se me acusa?
De no haber sabido entender las necesidades que se te indicaron satisfacer.
Por ello, serás castigado: Permanecerás arrodillado 
y sin mirar al frente, siempre al suelo... 
Se te atará de manos. Serás desnudado y 
sometido a las artes de las que más saben...
Y tú..., tú no tendrás derecho a réplica.
La justicia es ciega. 
No atenderá a tus súplicas porque careces de argumentos sostenibles.
Se te aplicarán las leyes más estrictas y 
serás sometido a todas las normas.
No saldrás incólume.

Y, desde el fondo de la sala, replica una voz:
"¿Eso es un castigo?"

domingo, 4 de mayo de 2014

Morir... Renacer...

¡Pablo!
El desaparecido, el Guadiana, el que está y no está... Pero cuando aparece, se hace notar.
Un solo mensaje en... ¿un mes? ¿mes y medio? ¿dos? He perdido la cuenta pero también he estado entretenida. Y no hablo solo de sexo. No es una buena temporada para mí en ese aspecto. No, al menos, en la medida en que yo quiero y me interesa. Apenas un par de encuentros nada casuales, a escondidas, debidamente premeditados, como siempre pero como nunca.
Me mandó tres e-mails a mi correo privado antes de que yo respondiera. El primero, muy cordial, muy afectuoso; llenándome de palabras halagadoras y cercanas... En el segundo, me solicitaba que le confirmase un dato. Tras comprobar mi agenda, vi que en esa fecha disponía de dos horas, no libres pero sí para apañármelas y salir del despacho. Incluso podría tomarme la tarde libre si apuraba la agenda los días anteriores. Nacho no iba a objetar nada. El tercero, completamente diferente.No era excesivamente largo. Digamos que más bien, muy concreto y preciso:

- "Deseo compensarte como te mereces. Llevo días levantándome empalmado y pensando en ti. Quiero verte y follarte. Romperte las bragas y atravesarte ese culito para correrme dentro. Quiero montarte sin parar. Oírte suplicar que pare y no escucharte. Quiero que te mojes y torturarte con mis manos, con mi boca y con mi polla... hasta ver como tu corrida se escurre por tus muslos... Y volver a follarte... Una... dos... tres... hasta dejarte extenuada."

Leer eso me supuso un calentón. Un segundo bastó para notarme el corazón acelerado. Dos, para que mi salvaslip impidiera que mis braguitas se mojaran.

- "... Quiero que vayas al hotel Luxury Sweet. Pide la llave de la habitación "Azul", está a nombre de Felipe Casado, y espérame ahí. A las cinco. Quiero que lo hagas desnuda, subida a tus tacones altos, con el pelo suelto... Y con un pañuelo o fular alrededor de tu cuello. Un solo nudo y echado hacia atrás. Quiero tu coño totalmente depilado, sabes que es como más me gusta, y que me recibas con la mejor de tus sonrisas. Estoy seguro de que esta vez podrás..."

¡Joder! Me estaba poniendo cachonda y no había escrito más de cuatro frases. Rocé uno de mis pechos con el brazo al alargarlo para coger algo de mi mesa. Noté el pezón duro e, incluso, la ropa parecía oprimir a ambos. Estaba totalmente empitonada. Levanté la vista y vi a mi marido moviéndose por su despacho mientras hablaba por el móvil y gesticulaba con la mano libre. Me levanté para cerrarle la puerta. No hablaba alto pero en una oficina donde todo está comunicado, las palabras fluyen en el aire. Me miró y me hizo un gesto con la mano, girándola, de modo que entendí que me acercara después. Sonreí, afirmé con la cabeza y cerré la puerta tras de mí.
Comprobé el hotel de la cita. Era un hotel para parejas pero con unas pintas extraordinarias y con los servicios de un cinco estrellas, basándose en la mayor de las discreciones. Me apetecía. Intenté que el resto de la tarde pasara pronto. Ni me acordé de volver al despacho ni Nacho me llamó.

El último empleado se había ido hacia más de media hora. En todo ese tiempo, a pesar de que la puerta que separaba su despacho del mío estaba abierta, apenas habíamos intercambiado cuatro palabras. No era lo más habitual la escasez de comunicación entre nosotros pero según las agendas, podríamos estar unas cuantas horas enfrascados en nuestras respectivas tareas. Oía el teclear de sus dedos en el ordenador. Yo no le iba a la zaga. Decidí levantarme para estirar las piernas y desconectar unos minutos de mi faena.
El despacho es moderno, con los muebles elegidos con gusto. En él se diferencian tres zonas. El área de trabajo propiamente dicha; aquélla presidida por una mesa circular para reuniones; y aquella otra, con sofás y una mesita baja, para aquellas entrevistas o situaciones más informales o que, aún no siéndolo, requerían cierta cercanía. Un amplio ventanal daba directamente a la calle.
Me senté en una de las sillas frente a la mesa. Nacho me miró y sonrió. Mi postura en ella daba evidencias claras de mi estado a esas horas.

- ¿Cansada? -Afirmé con la cabeza antes de confirmarlo.
- Digamos que muerta. Deberíamos irnos a casa.
- Ve tú, cielo. Quiero terminar este análisis antes. No quiero pegarme mañana un madrugón y dormir mal esta noche por tener esta preocupación.
- Entonces, me quedaré contigo y  la terminaremos juntos.
- ¿Estás segura?
- Sí.
- ¿Por qué no pides algo para cenar? Hace días que no pedimos "chino". Aquí al lado hay uno. Ya sabes.
- Sí, buena idea. ¿Elijo yo?
- Es tus manos lo dejo -sonrió. Me levanté para dirigirme a mi despacho pero me giré antes de llegar a la puerta-. Por cierto, ahora que recuerdo, antes me indicaste que viniera... ¿Para qué? -El abrió los ojos, apretó los labios y se encogió de hombros. Ninguno de los dos supimos el motivo.

Cuando regresé del restaurante con la cena, dejé ésta sobre la mesa para reuniones. No sé qué tienen estas comidas que parecen perfume barato de ese que, por más que lo intentes, impregna todo el ambiente.
Me descalcé. Mis pies notaron una liberación que  después pudiera provocar que no pudiera calzarme los zapatos. Me senté de nuevo en aquella silla y observé a mi marido. Camisa blanca, su color favorito, mangas subidas. Ya sin corbata y con varios botones desabotonados.
Se encendió mi "putón" interior. Sentí palpitar mi coño y me entró un arrebato. Me puse en pie y me acerqué a él por detrás. Le abracé, cruzando mis brazos sobre su pecho y empecé a comerle la oreja muy suavemente, mientras colaba mis manos por debajo de la camisa. Habíamos follado aquella misma mañana, antes de que él se marchara al gimnasio y antes de que yo remoloneara en la cama dispuesta para mí sola. Había sido un polvo en toda regla. Uno de esos que no buscas pero que encuentras... Y creo que me había quedado con ganas de más. Con él tengo todo el amor del mundo. Con él tengo el sexo suficiente. Es un hombre diez y medio con una tranca de veintitantos. Más allá, con otros, tengo más sexo y, hoy por hoy, cuatro oportunidades infinitas de disfrutar de algo que la Naturaleza me ha brindado y de la que pienso seguir gozando.
A todos los quiero en mi vida.
Con todos los demás...
Pablo..., quien pretende dominarme y no puede del todo.
Lucas..., la fiera romántica que no termina de despertar.
Sergio..., un provocador que conoce perfectamente su dominio sobre las mujeres.
Leo..., el seductor, el encantador, el galán de película;
y todos aquéllos que ocasionalmente se  han cruzado -y se cruzarán- entre mis piernas para goce y disfrute de mi cuerpo y de mi mente,  mi mundo sexual es más perfecto. Mi cabeza no está hecha para dolores de cabeza, valga la redundancia, ni mi coño para pasar hambre o andar a media dieta. Como decía la canción "mi cuerpo pide más...". ¿Quién soy yo para negarle lo que pide?

- Cariño... -protestó ladeando la cabeza, dejando aquella parte de su cuello libre. Una buena estrategia esa de renegar al tiempo que se pide.
- Sshhh... -susurré a su oído antes de deslizar mis labios desde el lóbulo hasta la base del cuello.
- Vas a hacer que se me suba la sangre a la cabeza.
- Sí... a la de tu polla.  -Me sonó vulgar pero, a veces, es algo que surge por sí mismo.
- ¡Estamos locos! ¡Follar en el despacho! Ahora, cuando esté reunido, no podré quitarme esta imagen de la cabeza. ¿Qué voy a a hacer si se me pone dura en medio de una negociación de millones?
- Comértelos a todos -murmuré en tanto me deshacía del cinturón, del cierre del botón y bajaba la cremallera del pantalón.
El bulto prominente entre sus piernas se marcaba perfectamente bajo la elasticidad de su bóxer. Podía adivinar el tacto de su glande, incluso antes de tocarlo. Aquella piel tostada, brillante, lubricada por la excitación, saltó como un mueble cuando bajé la prenda. Sus testículos, contraídos y elevados, se me mostraban preparados para todo juego. Sabía que poco después podría ser más ruda con ellos y que cuanto más los excitara, más subirían.
Quedé en cuclillas frente a él, entre sus piernas separadas, con su sexo entre mis manos, apretando suave, elevando el falo hasta que le rozara el vientre... como la torre de Hércules azotada en su base por la bravía del mar: mi mar. Y el mar engulló la torre. Aquél, palpitante y duro, asomó arriesgado y mi boca lo engulló. No pude renegar de mis ansias y del calor que me quemaba las entrañas. Una estela de saliva se deslizó bajo mi lengua, de cabo a rabo, de final a principio. Ahí, me recreé en la suavidad de su punta, en la masa blanda que se vencía entre mis dientes, entre mis labios...Y le miré. Y me suplicó. Me suplicó que no parara.
Sus manos atraparon mi cabeza. Sus dedos arañaron mi cabello, echándolo hacia atrás... Y me cabeza con él. Abrí la boca en aquella protesta callada. Sus dedos la penetraron, la recorrieron por el interior... antes de verme abocada de nuevo sobre su sexo, apoyada sobre mis rodillas y con las manos sobre sus muslos, mientras él se encargaba de dirigir tímidamente mis movimientos. Pero, en cualquier momento, gradualmente a su estado de excitación, podía volverse más "agresivo", más desinhibido... El ritmo de su respiración me indicaba qué debía  hacer en cada momento. Levanté mis manos, ascendiendo por su pecho, hasta que las palmas toparon con sus pezones: pequeñas cumbres sobre una planicie. Dos yemas de mis dedos apresaron cada uno de ellos: Primero, caricias. Luego, furia y fuerza. Nacho se retorcía en aquella mezcla de dolor y placer y exaltaba palabras tan vulgares como calientes.

Sus piernas se movían involuntarias por el placer que sentía. Mi boca se adormecía sobre tanta caricia y maniobra. Mis rodillas se entumecían: demasiado desacostumbradas a postrarse.
Nacho me levantó. Abrió mi camisa... Y yo me retiré. Rodeé la butaca hasta situarme entre ella y la pared, a su espalda. Nacho me siguió con la cabeza hasta que le resultó incómodo y se giró en la silla. Quedamos frente a frente.
Me vuelve loca ver esa expresión en su rostro. Toda la paciencia de un mundo sofocada por toda el ansia de otro. Me quite la falta despacio. En ningún momento aparté la vista de mi marido. Recorría mis labios con la lengua. Retiré mi camisa. Me quedé en ropa interior. Me contoneé ante sus ojos, acariciándome los pechos, bajando mis manos por el vientre hasta mis caderas, pasando una mano sobre mi braga, a la altura de mi pubis. Luego, por debajo. Pude percibir la suavidad desnuda de mi coño, la humedad que desprendía y el calor que lo sofocaba. Me llevé los dedos a la boca y los chupé insinuante. Nacho se desquiciaba. Se acariciaba el pecho con una mano. La otra la tenía concentrada  en su erecto miembro. Apretaba los labios, inspiraba con fuerza y dejaba soltar el aire como si le oprimiera dentro.
Le dí la espalda. Me quité el sujetador y me bajé la braga, poniendo mi culo en pompa muy cerca de él, como si pudiera llegar a besarlo. Noté la fuerza de sus manos sobre mis nalgas, presionando con los dedos, amasando abruptamente. Después las besó, las lamió, las mordió...
De pie, me empotró contra el mueble. Sus manos apresaron mis pechos. Distinguí el roce de su polla en mi culo, el calor de sus besos en mi cuello, el tacto de sus dientes en mi hombro... Gemí, creo que también grité. Sentí el palpito de mi sexo bajo su mano, oprimiendo mi clítoris, entreabriendo mis labios..., introduciendo los dedos, explorándome abiertos...
Estaba a punto de irme, sintiendo todos aquellos escalofríos y espasmos que se anticipan a mi clímax.  Y él lo sabía, lo percibía y se detuvo. Me giró. Tomó mi rostro entre sus manos y nos besamos. Un beso denso y profundo, de pleno contacto de nuestras lenguas, de nuestras salivas. Me prendió por debajo de las nalgas, levantándome con energía, con cierta violencia. Y yo  me colgué de sus caderas. Enredé mis piernas en torno a ellas. No dejamos de besarnos, de comernos la boca hasta llegar al sofá.
Se sentó en él, sin soltarme. Abrazados, pegados en cuerpo y alma, desde la boca hasta la unión de nuestras caderas. Sentí como iba atravesándome, como mis labios se abrían ante la presencia de su pene y como éste entraba en mí. En un momento, comencé a galopar sobre él, como una amazona sobre un indomable caballo.
Presa yo, reo él. Acogidos en el abrazo fuerte y en el movimiento de caderas. Sus manos no me sujetaban. Me elevaban en cada gesto contrario a mis embistes, empujando con fuerza hacia abajo cuando se clavaba en mí para que sintiera como su falo, un punzón casi terebrante, me taladraba hasta lo más profundo de mis entrañas; con el límite consensuado de aquellos péndulos llenos de savia que topaban contra mi entrada y sin el que proporcionaba el movimiento rítmico de sus caderas hacia arriba, acompasado con el mío, ascendente y descendente, desesperado; como con rabia encendida, sobre la largura de su viril tronco.

Me sentía llena de él. Era todo mío y no quería nada de mi interior que no estuviera copado por su carne porque siempre somos un encastre perfecto.
Dejó que me fuera, que todos mis efluvios se derramaran entre mi piel y la suya, que ambos tomáramos cierta compostura. Sabía que él no se había corrido, que aguardaba lo mejor para el final. Me levanté. Se levantó. Me situé sobre el sofá, a cuatro patas, enseñándole todo mi sexo: mi coño y mi ano, lubricados, brillantes, abierto uno, cerrado el otro. Me separó las piernas y acarició insolentemente, sin pudor, la parte posterior de mis muslos hasta llegar a mis nalgas. Sus manos, bien abiertas, las agarraron, las estrujaron, las oprimieron... y tras separarlas, metió una de aquéllas por la hendidura que las separaba para perderse sobre mi coño y recrearse en él. Advertí la dureza de su pene en mi culo, haciéndose espacio entre él, frotándose contra mí. Me sentí salvaje. Mis movimientos buscaban desesperadamente que me follara otra vez, que se abalanzara sobre mí, que arremetiera contra la calentura de mi sexo, que atacara y atentara con lujuria su entrada. ¡Dios! ¡Estaba loca porque lo hiciera y me estaba volviendo más loca por su tardanza! Cuando se decidió, no hubo contemplaciones. Sentí su sexo dentro de mí, como una barrena de fuego, y empezó a bombearme. El sonido de nuestros cuerpos chocando, el chapoteo de su polla mojándose en mi bálsamo, la desnudez de nuestros cuerpos, imperceptible ya a esas alturas, mis gemidos y jadeos, el roncar de su respiración, sus palmadas azuzándome como si fuera la yegua más salvaje a la que se estaba montando... El último embiste, la última sacudida... Y se derramó entero dentro de mí, dejándome desfallecida, muerta..., con un momento de eterna palidez que me hizo, por un mínimo instante, perder la noción de lo que estaba viviendo. Había gastado todas mis fuerzas, todo mi espíritu y todo mi cuerpo, como en otras tantas veces pero, en esta ocasión, había agotado toda la fuerza de la vida.
Nacho me abrazó con fuerza. Me deleitó con mimos y caricias... Y me entregó su aliento.
Morí... Renací.
Resucité.

Bajo esta serpiente que abraza hallarás todas las PECAMINOSAS IMÁGENES que nos concede el Pecado.

Bajo esta serpiente que abraza hallarás todas las PECAMINOSAS IMÁGENES que nos concede el Pecado.
Deja que su Tacto encarne las pupilas de tus ojos.

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Te acercarás despacio a mi espalda para hallarme bajo la sábana...

Te acercarás despacio a mi espalda para hallarme bajo la sábana...

En nombre de ti, de mí y del polvo que somos y en el polvo que echaremos. Amén.

En nombre de ti, de mí y del polvo que somos y en el polvo que echaremos. Amén.

Traza sobre mí arabescos con tus manos y tu lengua...

Traza sobre mí arabescos con tus manos y tu lengua...

Y marcaré sobre tu piel la señal de la putísima mujer.

Y marcaré sobre tu piel la señal de la putísima mujer.

La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.

La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.