Si el placer es Pecado, yo vivo en la Gloria del Infierno.

Pecado es todo aquello prohibidamente placentero:

El Tacto del Pecado

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Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.

domingo, 29 de junio de 2014

El jardín secreto...

Como en un flash, se abrieron aquellas puertas de forja y, bajo la luz azul de una enigmática luna llena, crucé aquel jardín cuyo nombre había leído mientras la puerta se abría.
Y de pronto, me vi ahí. De pie... De pie, tras el gran ventanal desde el que se veía el jardín que antecedía a la casa. Observaba las sombras, el reflejo de la luna sobre el agua de la fuente y sobre las ondulaciones que el viento producía en el estanque, un poco más allá.

- Tenéis que prepararos, señora.

Esa voz femenina y joven no me impidió oír al fondo las procedentes de otros sitios. Seguramente de alguna de las estancias más cercanas. Se proferían gritos y palabras soeces que no parecían inquietarme de manera alguna. Me sentía a salvo ahí. A salvo de qué o de quién no sé, pero estaba tranquila. Fuera, la noche seguía su cauce. El viento azotaba las ramas con violencia y éstas estrellaban sus hojas contra los cristales de las ventanas mientras él se colaba por algún resquicio. El fuego en la chimenea florecía en llamas ascendentes y en danzas de chisporroteos que caían unos centímetros más aquí, sobre la chapa de hierro que protegía el suelo.

Unos metros a mi espalda estaba la bañera, tras un largo cortinaje suspendido desde el techo. Una joven parecía recorrer despacio mi piel mientras me despojaba de las prendas que me cubrían: tan solo un corsé que dejaba toda mi feminidad al descubierto: la turgencia de unos pechos, la anchura de unas caderas, el tacto suave de un culo duro y un pubis bien recortado. Otra, recogía mi pelo con unas horquillas.
- El baño está listo.

Al mirar, observé el vapor suspendido sobre el agua. Unas telas blancas forraban el interior de la bañera y se desbordaban hacia el suelo, cubriéndolo. Me acerqué desnuda hasta la bañera de metal sostenida sobre cuatro patas talladas. Me sumergí en el agua y me sentí diferente, como si me estuviera purificando. Aquellas dos muchachas empezaron a enjabonar mi piel y a frotarla con suavidad, mientras una tercera sujetaba un alargado espejo en el que me veía reflejada.
Otra mujer de mediana edad, la misma que había preparado mi baño,  ponía orden al tocador: ordenaba pequeños frascos de perfume tallados en cristal, colocaba peines, cepillos y espejitos sobre el tablero y daba forma a un ramo de flores silvestres que parecían haber sido cortadas no hacía mucho.

Todo transcurría en una atmósfera relajada, envuelta en la luz de las velas dispuestas en ricos candelabros. Apoyé la cabeza en el borde de la bañera, sobre una almohada de telas. Miré al techo. Una enorme lámpara de araña compuesta por miles de lágrimas de cristal tintineaba al son de no sé bien qué.
Respiré profundamente, mientras sentía mis pechos bajo las delicadas caricias de la joven pelirroja. La joven morena, de rizados cabellos, levantaba una de mis piernas y pasaba un paño enjabonado desde el pie hasta llegar cerca de mi sexo. Hizo lo mismo con la otra pierna. Luego las separó, dejando que se apoyaran a lo largo de la pieza de baño. Mi cuerpo se arqueó. La muchachita pelirroja se situó detrás de mí, ocupando con sus manos la blancura de mis pechos. Lo hacía despacio, acariciando, frotando, centrándose en mis pezones... La morena, un poquito más mayor, tal vez un par de años  -doy por hecho que las dos ya eran mozas-, no cambió su posición y sus manos empezaron a ascender por el interior de mis muslos hasta llegar al centro de mi sexo. Sus dedos jugaron en él, delicadamente. Sus yemas rozaban mi clítoris en un masaje limpio y sencillo, como si tirara de él para hacerlo crecer. Sus caricias eran como si estuviera moldeando una pequeña pieza que, paso a paso, roce a roce, la iba alargando.

¿Quién soy?

La joven pelirroja quitó el collar de perlas que rodeaba mi cuello y pasó a darme pequeños golpecitos con las yemas de los dedos a lo largo y ancho de mi rostro, desde las sienes hasta el cuello, bajando al escote y colando las manos bajo el agua para llegar a mis pechos de nuevo. La mujer del tocador acercó algo en sus manos y se lo entregó a la primera. Eran dos pequeños objetos de plata. No me tensé al verlos por lo que deduje que me eran familiares. Metió de nuevo las manos en el agua y prendió mis pezones con aquellos artilugios. Entregó un tercer cachivache a la chica del pelo ensortijado. En su mano observé una pieza cilíndrica de largura, más o menos, como un palmo mío. La frotó entre sus manos con alguna especie de mejunje brillante y lo hundió entre mis piernas. Sentí su tacto penetrándome y, tras unos segundos retenido en mi sexo, empezó a hacer movimientos de adentro hacia afuera, provocando que mi cuerpo empezara a tener extrañas sensaciones , las cuales aceleraron mi ritmo cardíaco y propiciaron movimientos compulsivos en todo él y vocalizaciones no inteligibles. Hasta la presión de aquella especie de pinzas pareció acentuarse al verse sorprendidos mis pechos por las turgencias de sus cumbres.
Aquellos gestos cesaron cuando estaba a punto de llegar al culmen de una tensión acumulada durante los minutos anteriores, durante aquéllos en los que mi cuerpo, al tiempo que recibía cuidados y mimos, era, también, sabiamente estimulado.

Me peinaron, me ayudaron a ponerme sedas sobre mi cuerpo desnudo, a colocarme mis mejores perlas sobre una piel perfumada con aroma a jazmín y ámbar rojo. ¡Amo las perlas!
Yo misma dí brillo rojo escarlata sobre mis labios y algo de krol negro de Egipto para perfilar mis ojos.
- Acomodaos a vuestro gusto. La señora llegará en un momento.
- Haz que no tarde- pronunció, casi inquisitiva, aquella voz masculina al otro lado del gran cortinaje que separaba mi reservado de aquella otra parte de la estancia. No miré cuando la cortina, discretamente para no dejar ver nada, se abrió con la menos joven.
- Señora, ¿estáis lista? Alguien os espera ya ... -mencionó Carola. Ella era la más mayor de todas. Incluso mayor que yo. Se veía ducha y resuelta. Se movía como pez en el agua y llevaba la voz cantante. Comprobé tres niveles de relación; tres niveles de estatus bien diferenciados a pesar de todo: Ella, las chicas y yo.
- Sí, enseguida voy. ¿Le has dado algo de beber? -pregunté mientras dejaba a mi alcance aquella bolsita de terciopelo negro cuyo contenido volqué sobre una bandeja de plata que tenía cerca. Contamos a solas los billetes. Me parecieron los justos.
- No ha sido necesario. Él mismo se ha servido. Clodette y Sabina ya están encargándose de él.

Escuché el tintineo del cristal de la botella y las copas. Más tarde, el sonido de unas telas, las de los almohadones que había en la gran cama que había frente al ventanal. Respiré hondo y golpeé suavemente mis mejillas. Carola me dio el visto bueno y las otras dos, apartaron aquellas cortinas para que yo pasara entre ellas. Me crucé con las dos jóvenes que se habían encargado de agasajar al invitado, de componer con curiosidad y limpieza el cuerpo de aquel huésped.
Está claro que en mi casa no entra nadie que no cumpla los requisitos y exigencia que yo impongo. No soporto hombres demasiado mayores y que no cumplan una etiqueta mínima. No tolero actitudes que menosprecien el trabajo de mis pupilas o cuestionen su talante. Que puedan permitirse el pago de las dotes, no implica su entrada en "El jardín secreto". Y, mucho menos, en mis aposentos privados.

Ahí le vi: Un joven que apenas alcanzaba los treinta años, delgado pero bien formado, tendido en la cama como una Venus masculina. No le había visto antes y no me hice una idea prejuzgada de él. Yo, como las mejores damas, solo me ocupo de los hombres más poderosos. Y Carola es una experta en elegirme a los mejores. De algo le tenía que servir el haber sido de las mejores y antiguas cortesanas de las que durante mucho tiempo se había hablado. 
Me deslicé sobre las alfombras que cubrían el suelo hasta llegar a la cama. Me senté a su lado, quedando de frente a él. 

- Vuestra mirada me pierde... Es pura pasión y lujuria.
- Acaso, ¿sabéis cómo soy?
- Me han hablado muy bien de vos. Estoy seguro de que no saldré defraudado. Pero vuestra belleza es única.... Cuando os veía por la calle, paseándoos tan erguida y digna, con vuestros ricos vestidos y escoltada por un puñado de jovencitas dispuestas a satisfaceros en todo, pensé, antes de saber de vos, que eráis una alta dama... Alguien a quien yo nunca podría tener. Nunca pensé que fuerais una meretriz que vendiera su cuerpo al placer... aunque no creo que haya sido vuestra belleza la que os hace ser única. Y nunca se os ha visto del brazo de ningún hombre.
- Cuanto más altas son las cunas más putas hay. Las podéis encontrar en casas ricas, en las calles y en los conventos. Y sabed que vos pagáis por vuestra propia lujuria y por la excomunión de vuestro más bajo instinto carnal. Yo solo procuro por mí. Si no obtuviera placer en mi destino, no habría gozo en el vuestro.
- Sois una exquisita maestra... Es cuanto me han dicho... Ahora quiero comprobarlo.

Se produjo un pequeño silencio. El mismo que dibujaban mis pasos
Ahí, de pie, frente al otro ventanal, dejando mi cuerpo al trasluz, de espalda al hombre, aparté mi ropa, dejando mis hombros al desnudo. Solté la prenda y ésta  cayó a mis pies. Intuí los ojos masculinos clavados en mí. El joven era hábil de palabra; ahora necesitaba que también lo fuera en hechos.
Me giré, sonreí y caminé despacio sobre mis pasos. Mi cuerpo quedó presto a su vista y al desorden de sus deseos. Sus manos se posaron sobre mis pechos, dibujando el contorno más externo mientras sus pulgares rozaban mis pezones y los presionaban, hundiéndolos. Siguieron, perfilando mis costados, llegando a la cintura y luego a las caderas, antes de perderse en los muslos y ascender entre ellos, en busca del monte que escondía el triunfo perlado de mi sexo.
Ver aquel falo joven, espectacularmente poderoso, erguido y venoso, era una escena que me hacía sucumbir. Recalco: No admito amantes que superen mi edad, ni amantes que no cumplan una serie de requisitos. Ellos pagan pero yo propongo. En mi satisfacción está mi beneficio y el suyo.
Cada movimiento contenía entre mis piernas la excitación que aquellas manos provocaban en mí. Mis pechos, elevados y grandes, se veían henchidos pero, en cambio, parecía que aquellas masculinas manos parecían luchar por no ir a ciertos lugares y aflojar la tensión que  iba in crescendo y aquella se que había acumulado durante los juegos y cuidados de las muchachas. Así soy una fiera que contiene sus ansias.
Un mancebo como aquél no podía retraerse tanto. Y digo mancebo porque sus rasgos eran tan finos y bellos que cualquier mujer podría llegar a envidiar su belleza. Alguien como él tenía que soltar todo el fuego que llevaba dentro y yo quería que se desbordara y, al tiempo, sucumbiera a mis placeres. Su rostro mostraba la emoción de semejante seducción y su expresión ojiplática me llevó a tomarle el rostro entre las manos, mirarle directamente y perderme en la profundidad de aquella mirada tan negra que no se distinguía la pupila del iris.

Lo agarré firmemente de las sienes, del pelo acaracolado que las escoltaba y eché su cabeza hacía atrás, haciéndole protestar envuelto en un leve quejido.
Llevé una de sus manos hacia mi vientre, mientras me apoyaba a horcajadas sobre el suyo, y la guié hacia el centro de mis piernas, dejándole que palpara el jugo que brotaba y como si fuera con falta de voluntad y consentimiento, sus dedos fueron hasta el mismísimo centro del placer. Llegaron al roce de los labios de mi sexo y él apretó, como si pensara que eso fuera a escaparse. Si iba a pensar que aquello sería un punto y aparte, no era más que el inicio... No pudo apartar la mano, sino que añadió la otra y me tumbó, dejando que mis piernas se separaran y pudiera así contemplar con detenimiento que era un coño con clase; con clase pero sediento de ganas de follar. Abrió mis labios y vi en su rostro el reflejo que ofrecía el descubrir un clítoris que había aumentado de tamaño de forma considerable...

- ¡Tócadlo!-indiqué-. Presionadlo con suavidad con vuestro dedo y movedlo suavemente haciendo círculos... -le indiqué-. ¡No me digáis que es la primera vez que lo hacéis!
- No subestiméis al enemigo... -musitó mientras su mirada se clavaba en el centro de mi sexo- Tal vez venga de las profundidades del infierno para conquistar vuestra alma y tal vez os la devuelva cuando esté fundida con la mía.
Aquellas palabras me encendieron el alma, hicieron arder mi sexo y mis manos, como garfios, se clavaron sobre mis pechos y pellizcaron la erección de mis pezones.
Tal vez no debiera confiarme tanto.

Puede que sepa mucho de este arte. Nunca lo suficiente pero me gusta pensar y hacerles creer que invento páginas de sexo que no se han escrito antes... Pero queda mucho por escribir.
Empecé a acostumbrarme al cuerpo de aquel hombre, quien me mostraba una experiencia disfrazada. Me pregunto cuántas jóvenes doncellas habrían pasado por su piedra, cuántas mujeres casaderas habrían sido desvirgadas y a cuántas esposas habría enseñado a gozar... Pero no sé a cuántas habría pagado para complacerlas en vez de satisfacerse.

Hincado de rodillas y con sus manos ancladas en mis muslos, el movimiento único de su cabeza hacia que la lengua me propinara un abordaje de lametones acompañados de pequeños mordiscos que me obligaron a desbordarme sobre la cama. Sentí todos mis músculos contraerse, tensarse y destensarse en increíbles segundos de tormento que nadie antes me había proporcionado de aquella manera. Todos mis sentidos descontrolados, al límite de su resistencia, como vacíos y llenos al mismo tiempo de aquel  empacho de sensaciones y emociones que se vieron acentuadas por la valía de sus manos induciéndome más placer. Su lengua era un látigo candente y sus manos, tentáculos de lava.

Aquello fue como un cortocircuito, como una descarga de electricidad que casi hace rendirme a mí misma, ante el propio deseo, y dejé que me siguiera acariciando entera. No podía pensar en otra cosa que no fuera mi propio placer, mi propio gozo, mi propio hartazgo; en dar libertad a toda aquella tensión que se había ido acopiando desde que las chicas estimularan mi sexo y mis sentidos... Y no podía dejar de pensar en la polla de aquel joven, enervada desde las caricias de las jóvenes pupilas para mayor satisfacción.
El sonido que producía mi sexo, que actuaba como una ventosa intentando retener los dedos de aquel varón, entrando y saliendo del interior, indicaba el grado de humedad que yo experimentaba. Comencé a mover mis caderas al ritmo de sus dedos... Hasta que se detuvo, hasta que decidió voltearme, sorprendiéndome, dejándome de rodillas, con las piernas ancladas a ambos lados de sus hombros, con mi sexo pegado a su aliento, con su polla emergente a punto de ser tragada por mi boca... Y sus dedos, dedos maestros, inquietos pero seguros, juguetearon dentro de la estrechez de mis nalgas, abriéndolas, buscando el misterio enclavado de la oscuridad.
Bien merecía mi arte el precio que había pagado. No me importaba su nombre, aunque no quería que se olvidara del mío. De ese modo, mi cabeza empezó a bajar y subir sobre la erección de su miembro, borrando las marcas escarlata de mis labios y prenderlas en él, engulléndolo, drenándolo hasta mi garganta; acallando aquel grito que exhaló desde lo más profundo de ella al sentir la pericia de aquellos dedos rompiendo el círculo íntimo y oculto que circundaban las arrugas rosadas y semi vírgenes de mi orificio posterior.

No me importó cuando toda aquella esencia salpicó mi cara. Siempre lo había evitado pero en esta ocasión estaba ciega en mi fuego y en el suyo. Desatados, perdidos, entregados... Salvajes y con falta de exhaustividad.
Volé entre sus brazos, dancé frente al fuego colgada de sus caderas, entrelazada a su cuerpo... Hasta que ahí, frente al fuego, como si éste lo hubiera hechizado y le hubiera hecho poseedor de una pasión desbordada, me tomó como quien toma a una yegua salvaje. Mis cabellos fueron las crines de las que tiró sin compasión; mis caderas y su entorno, los cuartos traseros que azotó produciendo un sonido que inundó el espacio de la habitación acompañado de mis gemidos, como relinchos racionales de una jaca a la que clavan las espuelas...
Y montado sobre mis caderas, con las piernas a sendos lados de ellas y con su miembro rondando para sitiar la zanja que separa mis glúteos, empezó a adentrarse y, conforme avanzaba, mi gesto era una mezcla del dolor y placer acompañados de tormentosos gemidos que acunaron al más delicioso y placentero de los padecimientos.
Su sexo, empinado y rígido, se abrió paso en la sonrisa que dibujaban mis nalgas. Noté aquella punta rozando las regueras que se cerraban en torno a mi esfínter. Esa desembocadura que  muy pocos habían sido dueños de penetrar. Sus dedos habían trabajado, relajado y profundizado en aquella oscuridad.

Puedo asegurar que aquel joven era el mismísimo diablo y desprendía todo su fuego en cada una de las acometidas que se profundizaban con el aumento de ritmo. Como borracho de placer, encendido en la erupción de su propia pasión, terminó, sin abandonar su posición en retaguardia, abrazando mi cuello. Sentí la angustia de una asfixia...
Nadie se había atrevido a tanto. A nadie le había consentido tanto...
Y el acto parecía haber despertado su instinto más salvaje y mi sometimiento más pleno.
Tal vez tuviera razón y fuera el mismísimo demonio llegado desde las profundidades del averno para seducir mi alma de mujer.

Un estrepitoso ruido provoco que me evadiera de aquella fogosa escena. Tendida sobre mi cama sentí la humedad resbalándose por el interior de mis muslos. Aquellos cortinajes, aquella chimenea, aquel hombre... habían desaparecido. Precipitamente, Nacho apareció por el quicio de la puerta.

- Siento haberte despertado.
- ¿Qué ha pasado?
- Ha estallado la cafetera. Habrá que comprar otra y te quedas sin café para el desayuno.
- ¿Te has hecho algo?
- No estoy bien. ¿Qué soñabas?
- ¿Por? -pregunté tapando mis vergüenzas.
- Porque llevas un rato como hablando en sueños...
- He descubierto que soy la más sensual de las meretrices de una mansión, que tengo a mi servicio una cohorte de virginales muchachas desinhibidas ya de cualquier puritanismo...
- ¡Hostia! -exclamó.
- Así que quiero que me folles ahora mismo. Puede que me quede sin café pero no sin leche -Él se carcajeó y pronunció su palabra favorita "cabrona"... Y él, tampoco se quedó sin desayunar.

Es extraño. Bueno, más que extraño creo que es curioso. Llevo un par de semanas que sueño casi lo mismo. No sé el origen que motiva mis sueños pero tengo la sensación de que su por qué pude ser un aviso de algo futuro, aunque habrá que descifrar y escudriñar cada detalle por superfluo que parezca. O, simplemente, algo que me preocupa o que me cuestiono sin saber bien por qué. O cabe una tercera posibilidad y ésta es que exista alguna reminiscencia del pasado. ¿Quién sabe? Igual en otra vida fue una cortesana.
A veces, el universo conspira así de esta forma tan poco común y solo hace que mandar señales hasta que una es capaz de reconocerlas.

Nadie podría pagar nunca lo que siento y cómo me siento. No me entrego a un arte sin consenso, ni a un arte vacío... Soy Pecado de mi propio Pecado, Placer de mi propio Placer...

viernes, 27 de junio de 2014

Cuerpo a cuerpo...



Y cuando tus manos dibujan cada una de mis curvas, mientras a horcajadas mi cuerpo te galopa, la pasión desbocada se esfuerza en esas gotas de sudor que equilibran las fuerzas que no se quieren escapar.
Y tus jadeos se encuentran con mis gemidos en una balada que va in crecendo, nuestras manos se entrelazan en el aire y juegan a hallarse en el cuerpo del otro, perdidas en caricias que nos encienden.
Y  tus labios alcanzan  mis pechos y tu lengua, como fizón de serpiente, juega con tu boca a entrelazarse en mis cumbres erectas, esas que te llaman a quemarte, a lanzarte al fuego sin miedo... cegado en pasión y deseo.

Y mis manos, esas cuyos dedos se clavan sobre tu pecho, buscando el camino que llega hasta tus sienes y se enredan en los cabellos que las quieren cubrir... Y te beso los labios prietos que abandonaron mis pechos y, así, te traslado todo mi sentimiento, toda mi eternidad... antes de que ese grito ahogado de los dos, que no es más que un punto y seguido de un asalto previo al siguiente, que culminará en la batalla que ambos ganaremos.

lunes, 23 de junio de 2014

En la gula del Placer, está la seducción del Alma...

jueves, 12 de junio de 2014

Dos para una y una para los dos...

Estaba en casa. Un sábado tarde, después de comer. 
Tumbada en el sofá, sin ver la televisión aunque la tenía como fondo a un volumen que me permitía concentrarme en la lectura. Hacía calor. Había encendido unos minutos antes el aire acondicionado pero al cabo de un rato empecé a sentirme incómoda a pesar de haberle elevado la temperatura. No me apetecía ver a ninguno de "mis chicos". Ni tampoco pasar un rato entre los niños de mis amigas. Tal vez no me hubiera importado estar con Leo pero su mujer le tenía atado en corto aquel fin de semana. Además, también necesito algo de tiempo para mí.  Nacho se había ido a jugar a fútbol con Lucas y sus amigos. No vendría hasta más allá de media tarde. Tenía todavía dos largas horas para mí solita.

El móvil me sobresaltó con la alarma de aviso de mensaje entrante. Seguramente, publicidad. No, Sergio:

-"¿Te hace un café? ¿Te invito? Sé que estás sola. Tu marido me ha dicho que se iba a jugar al fútbol. Me ha invitado a ir pero yo prefiero jugar con su mujer ;-) ".

¡Qué cabronazo es! Pero no pude evitar sonreír mientras pensaba qué responder.

- "¿Necesito ponerme guapa?"
- "Tú siempre lo estás. Además, no voy a fijarme en tu ropa".

No tenía muy claro qué iba a suceder. Lo que sí tenía presente es lo que no sucedería. Si subía, ¿tomaría café? Dejé el libro sobre la mesita, apagué la televisión, recogí las llaves y el móvil, y tal y como iba, me subí a su casa. La puerta estaba entornada. Oí música al poner el pie en la casa. Desde la mía no se oía nada. Y la penumbra lo arropaba todo. Hacía más calor que en mi piso.

- ¡Hola! -anuncié-. ¿Se puede?
- ¡Pasa! -avisó desde el fondo. Cerré la puerta tras de mí y me encaminé hacia el salón. Pasé antes por la cocina y vi a Sergio, desnudo, preparando unos mojitos... Verlo no me sorprendió. Sonreí y me acerqué. Me tomó por la cintura y se inclinó para darme dos besos en sendas mejillas. No pude evitar dirigir mi mirada a su miembro semierecto-. ¡Estoy haciendo mojitos! ¡Están flojitos! -aclaró.
- ¿Para que no haga locuras?
- No, para que te des cuenta de que las haces -ironizó-. ¿Tienes calor?
- Hace más calor que en mi casa -dije mientras sentía un extraño subidón de temperatura.
- Puedes desnudarte. Ya ves -invitó, abriendo los brazos y mostrándome las palmas abiertas de sus manos, como un cristo en plena excusa de "yo no he sido". Había un paño sobre la mesa y se lo lancé.

Pudo, simplemente, alargar el brazo y hubiera llegado a alcanzar el vaso que me ofrecía. Sin embargo, optó por caminar aquellos pasos... Tonta, fui a cogerlo y él desvió el brazo dejar el vaso sobre la mesa mientras se apoyaba con la mano libre en la pared que quedaba a mi espalda, acercándose tanto que su piel quedó a dos dedos de mi boca y sus piernas atrapando las mías entrecruzadas. Levantó mi barbilla y mi mirada se estrelló contra la suya tres segundos antes de que su boca rozara mi cuello; cuatro segundos antes de que notaba la caricia de su lengua sobre mi piel... Un poco antes de que sus manos se volvieran traviesas bajando por mi escote.
Percibí pasos e mi espalda pero no fui consciente de la presencia de Diego hasta que éste, como en un arrebato, me cogió desde atrás, obligándome a elevar el rostro... Y si antes habían sido los labios y la lengua de Sergio quienes invadieran y acosaran a los míos y a la mía, respectivamente; ahora se trataba de la boca perteneciente a Diego.
Y recordé, como en un flash, como una estrella fugaz perdiendo el norte, las palabras de Sergio unas semanas antes cuando estaba a punto de abandonar mi casa después de aquel polvazo: "Imagínate cogida en el aire por dos tíos y que uno te folle el coño mientras el otro te folla el culo". (Click) Y sí, me reconocí ingenua en aquel momento y ahora estaba a punto de confirmar que lo fui. "Nada es imposible...".
Sobraban, por lo visto, palabras y faltaban hechos porque en un abrir y cerrar de ojos, me encontré con Diego tumbado sobre la cama, tan desnudo como había aparecido en la cocina... ; con Sergio detrás mía, sujetándome por los hombros, invitándome a acomodarme en la silla, como si fuera a ser la protagonista pasiva de algo...
Nunca había visto follar en vivo y en directo a dos hombres. Curiosidad no sé si era la palabra en ese momento pero tenía un morbo especial. Dicen que a las mujeres nos pone ver a dos tíos cascándosela o zumbándose... y a ellos, les pone a dos mujeres magreándose y darse gusto. La verdad es que puede ser, porque a mí no me ponen dos mujeres pero sí sentía un cosquilleo especial ante la circunstancia de dos machos trajinándose. 
Pero también me sentí un poco perdida en aquel momento. Percibí algo que no sé explicar cuando los observé besarse. ¡Esas dos bocas me han besado a mí! ¡Se han comido mi coño y relamido mis tetas!
No sabía lo que me podía poner el ver a dos hombres comerse a besos pero, por otro lado, reconozco que me alertó un sentimiento idiota observando la escena.  Sé que me estaban provocando. Podía ver sus labios unirse y sus lenguas jugar antes de tocarse. Era única espectadora en primera fila. Sergio es un cabrón con todas las reglas y en el mejor de los sentidos. Creo que sabía cómo me podía sentir y estaba disfrutando con aquel juego. A Diego lo percibía un poco más cortado de entrada pero cuando nuestro amigo empezó a comerle la polla, a masajearsela y yo empecé a verla crecer más... Ufff... Qué sofoco... Qué subidón... Creo que me sobrevino un pequeño orgasmo con el que no contaba. Los pezones casi me dolían y sobresalían por debajo de la tela de mi prenda...
Ante mis ojos se pusieron a tono y de paso, me pusieron a mí tan caliente que solo deseaba que aquellas dos armas del pecado formaran parte de mí. En las  películas porno todo parece, no fácil, sino, demasiado sencillo. Todo sale a la perfección: ellos tienen unas trancas de impresión, ellas parecen... no sé lo qué parecen... y todos tienen unas corridas y unos orgasmos que dan terror. Pero, en carne y hueso, y yo metiéndome en faena... no me lo parece tanto, la verdad.

Mientras Sergio le agarraba la polla y le metía la suya por aquel espacio embadurnado de lubricante y mucho más adaptado que el mío a ser penetrado, Diego me miraba. Se pasaba la lengua por los labios y se tocaba el pecho, haciendo hincapié en sus pezones, pellizcándolos con las yemas de sus dedos y distraía su mirada entre quien le follaba y quien le observaba, es decir, entre Sergio y yo.
Notaba mi sexo mojado, palpitando, y a unos metros más allá, la polla enfundada de Sergio entrando suavemente, sin resistencia, entre los pliegues arrugados y cedidos del ano de Diego, colocado boca arriba con las piernas levantadas. ¡Qué visión!
Tal vez sera una fantasía subliminal pero es que, al igual que cuando tuve aquella aventura con Diego y aquella desconocida, no había pensado en la posibilidad de ello; y, al igual que ocurrió cuando tuve la experiencia con Lucas y Nacho, por mucho que tenga mis dudas -y pienso, ¿se puede tener duda de algo así? La falta de costumbre en la toma de alcohol y la profundidad de un sueño, puede llevarnos a límites insospechados... Ahí quedó la cosa porque no daba el tema para más, seguí sin pensar en la realidad de un encuentro sexual con dos hombres. Pero, tal vez no hubiera que pensar tanto y bastaba con seguir adelante. Hay puentes que se han de cruzar sí o sí, que una vez has empezado a caminar es tan estrecho que no puedes darte la vuelta, y la única opción posible es atraversarlo y llegar hasta al otro lado.
Si cualquiera de mis amigas supiera de un pequeño ápice de esta vida mía, o, me ponían un altar o me crucificaban en él.

Solo sé que aquella escena me estaba poniendo cardíaca. Entre el calor exterior y el que me brotaba desde mis entrañas, aquéllo era un sin vivir. Separé mis piernas y pasé mis manos por los muslos: primero por el exterior y luego por la parte interna, hasta llegar al vértice que las unía. Rocé mi sexo por encima de mi braguita, ésta estaba empapada, y al pasarlos por debajo de la tela, ya estaban mojados los extremos de los vellos. Y al profundizar y alcanzar la piel suave que protegía mi clítoris... qué puedo decir... Mis dedos se impregnaron de aquel abundante elemento que se desbordaba desde mi interior.
Me desprendí de mi liviano vestido, dejando a la vista mis pechos. Me quité la braga y la dejé a un lado. Separé bien mis piernas, dejando ante sus ojos el brillo de mi sexo y la voluptuosidad de mis tetas. De nuevo aquel hormigueo me recorrió entera y fue inevitable que mi mano frotara mi sexo y que la otra se recreara en uno de mis pechos. Mi pezón estaba crecido y henchido. Lo retorcí y tiré de él, mordiéndome los labios, mirando a aquellos dos hombres que se daban el uno al otro...

Diego me llamó mientras Sergio se desprendía del preservativo. Titubeé unos segundos y me dirigí hacia la cama. Dos cuerpos de hombre excitados y el de una mujer, el mío, camino de estallar. Mi cuerpo, antes de caer sobre la cama, fue recibido por besos, besos múltiples, gestos a cuatro manos, a dos bocas...
 El sentir el aliento de aquellos dos hombres tan cerca de mí, el palpitar de sus sexos también tan cerca... El saber que  estaba formando parte de un juego nuevo cuyas reglas desconocía pero que, evidentemente, no significaba que las ignorara.
Creí enloquecer y no quería gritar, aunque tal vez fuera lo único que me aliviara. Pero cómo hacer ante aquella dulce tortura que era sentirme atrapada entre dos hombres. Mientras uno me mantenía apoyada sobre su pecho, apretaba una de mis tetas y con la otra mano frotaba mi clítoris, con tanta energía que me quemaba; el otro, Sergio, se abría paso bajo él, follándome una y otra vez, haciendo fuerte cada uno de sus envites. No podía decir que no estuvieran por mí, que no estuvieran enfocados en hacerme gozar, en deleitarme en un juego que, de verdad, me estaba enloqueciendo.

Sergio me había subido sobre sus caderas. Diego se había puesto a horcajadas sobre mi cabeza, dejando su sexo sobre mi boca y quedando mis tetas al alcance de sus manos. Observé como levantaba su pene, como lo alejaba de mí y cogía sus testículos, apretándolos, dándomelos a comer... Hizo que los lamiera antes. Estaban duros y con aquella tonalidad fruto de la presión. El mismo movimiento de las embestidas de Sergio, entonaban el ritmo de mis lamidas sobre los duros huevos de su amigo. Y mi clítoris se enervaba bajo el movimiento rápido y castigador de los dedos de Sergio que, aún así, apuraba aquellos empujones que me cortaban la respiración, amén de que el duro caramelo que colgaba entre las piernas del otro, no dejaba de introducirse en mi boca. Debía ser la postura, pues no entendía que pudiera tragarme semejante tranca.
Sergio, que se había apoderado de mi retaguardia -estaba claro que a él le gustaba dar-, llevó sus manos a mis nalgas, abriéndolas cuanto pudo, hasta que protesté por la tirantez que sentía en mi ano. Parecía aquel gesto una invitación para Diego, una invitación para un festín de carne que había empezado un buen rato antes. No sé exactamente cuánto, pero sí me pareció suficiente. Yo me estremecía de gusto con aquel vaivén mientras Diego me horadaba el sexo con su lengua. Creía derramarme a cada instante, incapaz de controlar aquel montón de sensaciones que me hacían tambalear desde mis más profundos cimientos. Sentía mi vulva tan caliente, mi punto más estrecho, abierto sin remisión, fornicado con vehemencia, que mi cuerpo temblaba como una hoja al viento. Me la metía tan adentro que estoy segura no dejaba nada fuera. Me ardía. Sentía las acometidas de dolor, pero el placer era tan sumamente intenso que yo me limitaba a gemir y gritar como lo haría una perra en celo pidiendo que la monten porque todo le quema por dentro. A mí, simplemente, ya me estaban montando.

Me sentí como una marioneta consentida entre aquellos brazos, serpenteando entre aquellos otros dos cuerpos... Y cuando fui consciente del intercambio de favores, mi cuerpo todavía tenía presente el placer que mi agujero trasero había sentido. Cambio de guardia. Diego se quedó atrás. Volví a quejarme, un quejido extraño porque no era de dolor, era de gusto, de placer, de querer más a pesar de todo. Empecé a sentir como los pliegues volvían a dilatarse, como el miembro erecto se hacia paso en aquel canal impregnado de lubricante, el cual había envuelto la habitación con un aroma a frutas del bosque o algo parecido. Parecía una loba aullando. Con Sergio clavado entre mis muslos, asido a mis pechos, Diego me tomó por los hombros, con fuerza, y me dejé. Me dejé hacer porque me sentía muy perra, estaba muy cachonda y quería todo de aquellos tipos. No había ya nada que me dijera de echar marcha atrás. Clavé mis uñas sobre los hombros de Sergio y éste me tapó la boca cuando iba a gritar mientras, con la otra, oprimía suavemente mi garganta. Y ya estaba cubierta por detrás.
Por detrás y por delante. Lo que nunca. Esa sensación me era extraña pero la estaba disfrutando. Aquellos movimientos eran intensos y producían en mí, sobre todo cuando coincidían y parecían reventarme por dentro, una extraña mezcla de dolor agudo y de intenso placer.
Me dejé llevar. Parecía no ser yo. Parecía desquiciada, cono si hubiera perdido todos los nortes posibles. y como si lo hubiera hecho miles de veces. Solo quería sentir aquel fuego tan vivo por aquellos orificios cedidos. Dos hombres, dos machos, me estaban surtiendo de carne y yo, como buena carnívora, engullía todo cuando me entraba. Vale, podía ser muy puta pero ante esa oportunidad y ante el hecho de no verme cohibida..., había que disfrutar.
A veces la carne resulta un poco seca, por lo que hay que sacarle el mayor jugo posible o aliñarla con algún tipo de salsa. El por qué lo sé, el cómo todavía lo estoy pensando, pero empecé a mover mi culo, empotrándome en aquellos mástiles que me tenían por bandera.
Parecíamos tres locos; tres animales en estado puro. Yo, una salvaje saltando sobre uno. El otro empujando con fuerza, clavando sus dedos en mis nalgas. El segundo haciendo juegos malabares con mis tetas o haciendo de ellas el panel de sus bocados.
Las palabras salían de sus bocas con el mismo ímpetu que mis gemidos: los que lograban salir de la garganta y los que se ahogaban en ella, en aquella especie de agonía que era la presión sobre mi cuello. 
No me importó correrme sobre Sergio porque él siguió bombeando. Los exabruptos de Diego detrás de mí y aquella especie de alarido que lanzó al aire como si dejara el alma en lo más profundo de mi ano, al final,  no era más que la confirmación de que él me había seguido. 

Quedé tumbada sobre Sergio, con mi respiración entrecortada, con mi vista nublada por la excitación, por la sensación de ahogo salpicándome todavía la garganta. Sentí la retirada de Diego de mis cuartos traseros. Le miré. Le vi arrodillado en la retaguardia, con las manos abiertas sobre sus muslos, como observando aquel espectáculo. Su rostro estaba contraído y por él se resbalaban casi a chorro, las gotas de sudor. Su pelo estaba mojado y él, agotado.

Y, de pronto, dentro de toda aquella consternación, nos echamos a reír los tres. Supongo que sería la visión de aquella escena tan poco profesional. O el hecho de que habíamos montado un espectáculo de ruidos que habría alterado la paz de más de uno y de una.

- Te dije que no había nada imposible -habló Sergio mientras intentaba zafarse de mi peso. Mis piernas estaban entumecidas y mi cuerpo gastado.

Tuve que salir de ahí corriendo. Nacho no tardaría en llegar y no podía dejarme sorprender de la manera en la que estaba: oliendo a lo que no era yo y con aquellas pintas.

viernes, 6 de junio de 2014

Polvo Real...

Nunca he entendido muy bien el tema de los fetiches... ¡pero es que entiendo tan pocos temas! Supongo, que es como coleccionar ositos de peluche... Pero esta mañana, leyendo la prensa, me he dado cuenta de que el tema tiene para hablar de él largo y tendido. Un articulo me ha puesto al día (tampoco es muy complicado dado mi grado de ignorancia) pero he pasado un buen rato con la lectura.

- ¿Qué miras tan atenta? -me preguntó Nacho mientras entraba en la cocina. Estaba recién duchado. Su cuerpo, en un instante, despertó mi piel y me hizo palpitar. Le observé mientras se servía un café y se asomaba a la ventana para contemplar la mañana. La barba le sienta bien y, su cuerpo cada día mejora.
- ¡Estás buenísimo, chico!
- Gracias -rió divertido.
- Estoy leyendo un artículo sobre el gabinete erótico de Catalina la Grande. (click)
- La historia dice que era una gran fetichista y una ninfómana muy poderosa...
- Eso parece. Yo la tenía en estima por otro tema: por expandir y modernizar el Imperio Ruso durante su reinado... y de ahí, lo de "grande"...
- Sí. Por eso también pero es que le gustaba todo grande... y a lo grande -respondió irónico tomando un sorbo de su café.
- Sí -reí-. Según parece, en uno de sus palacios, había una habitación decorada en un estilo erótico muy explícito. Dícese que una de las paredes estaba forrada de enormes falos de madera de diferentes formas... ¿formas? Será tamaños... - dije enseñándole la página con las fotos-. Por lo visto, la mayoría se perdieron en el fuego de la Segunda Guerra Mundial. Hay mesas, sillas, escritorios... con escenas pornográficas.... -fui relatando sobre la marcha, hasta que llegué al final del artículo sin haberlo leído. ".. la leyenda cuenta que falleció mientras era penetrada por un caballo".
- La mesa se sostiene por pelotas -dijo haciéndome reír a carcajada abierta- y su vida, de dentro hacia afuera no sé pero, dentro debía ser, literalmente, la leche...
- ¡Ostras! –exclamé-. ¡Caramba, caramba! –dije para ponerme en pie y acercarme hasta la encimera donde me serví un poco del zumo que había dejado fuera de la nevera. Nacho se acercó hasta mí tan apenas tomé el primer trago. Se colocó detrás y sentí su cuerpo pegado al mío… Sus labios besaron despacio, como otras tantas veces, mis hombros y la parte alta de mi espalda.
- ¡Qué buena estás, “joia”! –advirtió colocando sus manos sobre mis caderas. El tacto de la tela de mi camisón hizo que la prenda se resbalara sobre mi piel como una seda al sentido de sus manos sobre mi cuerpo. Las noté subiendo por mi cintura hasta mis pechos, apoderándose de ellos. Mis pezones erectos se marcaban bajo el tejido, siendo una llamada de atención para las intenciones de mi marido.- ¡Haces que me ponga verraco! –No pude menos que echarme a reír. Lo hice de forma poco aparatosa pero es que, en ocasiones, es como un chaval. Somos como dos chiquillos, es cierto. Seguimos teniendo ese puntillo de rebeldía, de juego a veces infantil en el que nos entregamos para acabar, en hagas desbordados por la pasión y, en otras, pidiendo la paz…

Sus manos se colaron por mi escote en dirección a mis tetas. Las acarició con la palma abierta, estimulando mis pezones para luego jugar con ellos de forma descarada. Mientras, él verraco y yo, yo subiéndome por las paredes. Sentía mi coño palpitar y humedecerse y como el corazón se aceleraba sin poderlo controlar.
No nos movimos de aquella posición: los dos de pie. Él detrás de mí. Yo, entre él y la encimera, sin escapatoria, sin salida… y, aunque la tuviera, tampoco la quería.
Sus manos volvieron a mis caderas para deslizarse hacia los muslos, subiendo de nuevo pero llevándose consigo la prenda que los dejaba al desnudo. Percibí la cercanía de sus dedos en el borde de mi braga… Deseaba que se metiese bajo ella, que percibiera el calor que sentía y la humedad que desprendía… aquélla que casi sentía resbalar por el interior de mis piernas.  Una mano se perdió hacía mi boca, rozando mis labios; la otra, se perdió entre los otros, entre los de abajo, rozándolos al mismo tiempo, buscando la perla oculta y erecta que se perdía entre ellos, hasta que la alcanzó…
La tomó entre las yemas de sus dedos mientras yo succionaba entre mis labios su dedo, se lo follaba pensando en su sexo y en la entrada de otros en mi coño…

- ¡Mmmmm…! –se limitó a expresar cuando pasó la mano entre aquellos labios calientes y sus dedos resbalaron sobre la humedad, más que evidente, de mi sexo… Se apartó ligeramente. Con una de sus piernas separó las mías. Lo hizo con rapidez premeditada, empujando hacia los lados mis tobillos con su pie y tiró de mí para dejarme ligeramente vencida hacia delante, sobre la encimera. Un par de suaves manotazos, de abajo hacia arriba, en sendos glúteos y mi braga, furiosamente, se desprendió hacia mis rodillas… ¡Cómo me gusta cuando saca esa especie de rabia sexual contenida!
Y sus dedos hurgando en mi interior mientras me abría consentida a aquellas sensaciones; mientras visualizaba como se desprendía de su bóxer y dejaba al descubierto la erección de su miembro, aquél que en unos segundos se estaría rozando con mi piel, separando mis nalgas para el roce más profundo...
Y llegó hasta mis pechos, de nuevo, estrujando y amasando como artesano para trabajar la mejor de las masas. Sus manos son grandes, en cambio, no llega a abarcarlos por completo. Metió las manos por el escote, desde los lados hacia el centro con avivada rapidez, y los sacó, asiéndolos de los pezones y haciéndome brotar un gemido antes de morderme los labios. 
Me giró y mis senos, curiosos y proyectados hacia él por encima del escote, quedaron como colgados en un imaginario balcón para permanecer amparados al martirio de sus caricias... Me estremecí con su cara encajada entre ellos y la sensación húmeda de su lengua en la hondonada que se abría entre ellos, mientras los apretaba bajo sus puños cerrados. Parecía quemarle el deseo. A mí, me quemaba todo lo demás... Su pierna, entre las mías, empujando hacia mi sexo, moviéndose..., en tanto su boca se convertía en el "gota a gota" de mi sentencia... Mis pezones succionados entre su saliva, pendientes entre sus dientes, perdidos en el azote de su lengua... ¿Y qué podía hacer yo? Limitarme a arañar con suavidad su piel, a presionar su cabeza contra mí, a rendirme ante su empuje.

Con una mano parecía apretarme el cuello por la nuca, incluso la presión de sus dedos llegaba a ser molesta pero me podía más la excitación por lo que hacía con su otra mano. Con ésta palpaba mis labios vaginales, los apretaba entre sus dedos, los pellizcaba y los tomaba a la par cerrándolos sobre mi clítoris, presionando con fuerza, llegando casi a retorcerlos... como si fueran de goma. Luego, introdujo los dedos casi con brutalidad y brinqué sobre su palma. Su mirada clavada en mí parecía estudiar cada una de mis reacciones. Mi boca se abría y cerraba como la de un pez, intentando tomar aire, controlando la sensación de cada embestida, de la presión de aquellos dedos abiertos explorando mi interior.
Mis dedos se prendían de sus hombros, apoyándome, sujetándome... mientras me vencía ligeramente hacía atrás para dejarle disfrutar de mis pechos, bañados ya en el jugo de su saliva.
Enredé mis piernas en torno a su cintura, sintiendo la fuerza de su sexo entre ellas, rozándome sin penetrarme, mientras me tomaba en volandas para llevarme hasta la mesa. Dos pasos apresurados con besos encadenados formando solo uno... hasta que quedé con la espalda pegada al tablero de la mesa, sobre la prensa y cerca de una taza de café vacía que, de un manozato involuntario, volqué un poco más allá. Él la cogió. La colocó bien y la dejó a una distancia más prudente. Su boca comenzó a comerme el cuello mientras me aferraba a él con ganas de sentirlo mucho más cerca y más profundamente. No dije nada. El ritmo acelerado de mi respiración era suficiente aliento para que él continuará sin más que decirle. Continuó bajando sobre mi piel, arrastrándose por la garganta, llegando al centro de mis pechos, esos que sus manos fajaban y estrangulaban mientras llegaba hasta mi sexo.
Me moría de ganas..., de placer.
Jugaba con mis labios y mi clítoris, y su mirada se perdía fijada en mis tetas y en mi boca, entre los juegos de sus dedos en mis pezones o en la expresión de mi rostro cuando bebía de sus dedos con sabor a mí.

Sentir como su polla se hacía paso entre mis hinchados labios, como abría el húmedo sendero de mis entrañas... Sentir esa firmeza, esa dureza en su sexo empujando despacio, buscando el punto más profundo hasta golpear con fuerza en él.
Y entraba...
Y reculaba... Sin llegar a salir.
Y, cuando salía, era para comer mi sexo, para abrir más mis labios y embeberse de mis jugos, disfrutando de la tersura de mi excitado clítoris... Tremendo placer el que me proporcionaba. Su lengua se movía hábil, sabia, con experiencia. Sus labios hacían presión sobre él, absorbiéndolo; succionando, tirando hacia él... Y con el dedo, no sé cuál, hacerlo temblar, palpitar mientras yo me deshacía en un fluido que no quería que se desbordará del todo... No en ese momento. Estaba cachonda de verdad. Quería que me devorara entera. No tenía que pensar en otro. Me bastaba él.
Sus dedos volvían a follarme y cuando su acto era relevado por su pene, aquéllos regresaban a mi boca... Y yo chupaba... como él chupaba mis pezones, tan erectos, tan tiesos que parecía que fueran a  reventar.... Cuando no, con sus brazos, mantenía elevadas mis piernas haciéndoles tope a la altura de mis corvas y me hacía percibir cada una de sus impetuosas cometidas como una puñalada de fuego que me quemaba el centro de mis entrañas.

Cerré fuertemente las piernas, cruzándolas por mis tobillos, rodeando su cuerpo... como quien pliega las velas de cruz, asegurándolas sobre las vergas y las de cuchillo o empavesadas sobre sus nervios... Me sentía un barco entregado sin remedio a la  peor de las tormentas, con las olas saltándome por encima, asaltándome el alma. 
El suave pero enérgico sentido de su sexo enclavado en el mío, sus testículos chocando contra mi piel, como vigías de las atalayas que escoltan las puertas del gran paraíso al que nunca podrían entrar, parecía ser todo un perfecto ósculo de reverencia ante mi coño. 
Comenzó a moverse lentamente, sacudiendo magistralmente sus caderas, entrando y quitando su pene que cada vez se deslizaba con mayor facilidad, surcando totalmente empapado por el placentero túnel en el que se había convertido mi vagina. Nos besábamos y acariciábamos todo lo que podíamos… labios, cuello..., todo..., en una frenética carrera por aplacar tanto fuego. Mis ganas de correrme eran casi incontrolables... Y él iba frenando, desacelerando el ritmo, parándose incluso, para no correrse conmigo... Para llegar juntos o casi a la par al culmen de todo aquello que nos estaba embriagando; en todo aquello que nos envolvía en una capa de sudor salida de dos cuerpos entregados a la pasión, a la lujuria de sus sentimientos, hambrientos de más y más... 
Envueltos en aquellos mini orgasmos preludio de aquél otro mayor, de la erupción de aquellos dos volcanes que eran nuestros sexos.
Metido él en mí. Enlazada yo a él; disfrutando de su polla como él gozaba de mi sexo, mientras nos mirábamos, mientras sabíamos que no había nadie más que pudiera ser mejor; se mordió los labios y apuró aquel embate que me hizo gritar... Aceleró el ritmo de tal manera que mis tetas se movían al unísono como campanas volteando en día fiesta.
Buscó mis manos y las entrelazó a las suyas intentando conservar el ritmo pero, como yo lo hice sobre él, se derramó dentro de mí.
No le dio a tiempo a pedirme que me corriera con él... Solo tuvo que dejarse ir conmigo.
Después, se venció sobre mi cuerpo sudoroso. Nos abrazamos. Nos besamos. Continuamos sintiéndonos hasta que su polla, descargada, abandonó el refugio de mi sexo.

- ¡Por Catalina la Grande! -rió antes de estampar un sonoro beso en la sonrisa que se dibujó en mi boca.



Bajo esta serpiente que abraza hallarás todas las PECAMINOSAS IMÁGENES que nos concede el Pecado.

Bajo esta serpiente que abraza hallarás todas las PECAMINOSAS IMÁGENES que nos concede el Pecado.
Deja que su Tacto encarne las pupilas de tus ojos.

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Te acercarás despacio a mi espalda para hallarme bajo la sábana...

Te acercarás despacio a mi espalda para hallarme bajo la sábana...

En nombre de ti, de mí y del polvo que somos y en el polvo que echaremos. Amén.

En nombre de ti, de mí y del polvo que somos y en el polvo que echaremos. Amén.

Traza sobre mí arabescos con tus manos y tu lengua...

Traza sobre mí arabescos con tus manos y tu lengua...

Y marcaré sobre tu piel la señal de la putísima mujer.

Y marcaré sobre tu piel la señal de la putísima mujer.

La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.

La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.