Si el placer es Pecado, yo vivo en la Gloria del Infierno.

Pecado es todo aquello prohibidamente placentero:

El Tacto del Pecado

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Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.

lunes, 28 de julio de 2014

En su misa... Soy altar.

Besos...
Esos besos íntimos que se deslizan desde los bordes hasta el punto más central de mi íntimo universo.
Cuando no puedo moverme, cuando sus manos aprietan las muñecas de mis pies, 
cuando las rodillas se convierten en el ancla que me sujeta a la cama...
Cuando sus labios, abiertos sobe mi abertura, segregando la saliva que me enciende;
cuando los pliegues de mis labios dejan a la vista el enclave perfecto del Pecado.
Y lejos de arrodillarme, como gata sumisa ante un dios menor,
 me enclavo en la cruz de un martirio definido,
mostrando las curvas de mis nalgas y la amplitud de mi sexo húmedo.
Exhibición... Desposada desnuda...
Sin pedir ser usada pero queriendo la carne de su carne entrar en mis entrañas.
Como una queja mi cuerpo se dobló,
mis pies postrados ante el cabecero,
mi cuerpo temblando ante su aliento,
ante el zigzag de su lengua y el punzón de su vértice.
Y me siento vencedora, victoriosa, dueña
de mi placer con su gusto,
de mi gusto con su placer, 
con los grilletes de sus manos en mis tobillos,
con el sello de su boca en mi clítoris...
Y llegó el sudor, el compás y el palpito de la perla encerada,
y mi placer crecía envuelto en grito y en bramido,
en súplica callada o consentida,
sin pedir detenimiento..
Más... Más.. Más...
Sin un sin fin, sin poder parar y, sin darme cuenta,
una puta en sus manos, una zorra entregada...
Y grité. Y gemí... 
Y, sin más, estallé envolviendo su boca de los zumos de mis entrañas.
Acto seguido, su carne adentrándose en la mía, atravesándola en esa laguna de fluidos,
en un vaivén de quites y envites que me abren en súcubo,
mientras mis piernas, mástiles en uve, se vencen erguidos.

miércoles, 23 de julio de 2014

martes, 8 de julio de 2014

Dos entre dos... Cuatro.



















Hace tiempo que no salgo con mis amigas. Ellas tienen más obligaciones familiares que yo y, tal vez, menos ganas o menos excusas. Yo puedo encontrar cualquiera que se pueda convertir en factible. Nuria me había propuesto salir a tomar algo, aunque no nos recogiéramos tarde, y al final, la convencí para que cenásemos aquel viernes noche. Necesitaba salir y no iba a dejarla plantada. Supongo que mucho estrés. Los niños, el trabajo, la casa... También es cierto que se ahoga en un vaso de agua por eso hay que acudir a su rescate cuando lo solicita o incluso antes de eso. A mí tampoco me venía mal. Era una ocasión perfecta para todo. Lástima que tuviera que fingir que debía resolver entre la multitud. Ni Lucas, ni Leo -me moría de ganas por estar con él-, con Pablo no me apetecía, Sergio es tema aparte y Diego... Diego también es tema aparte. Además, encontrarme con cualquiera de ellos en una situación como ésta requiera de un montón de puntos a concretar entre ambas partes para que todo pareciera natural y espontáneo.

La veía muy animada por ello decidí que la noche no podía terminar después de la cena.

- Para eso no salimos... Ya que te has decidido y has dejado todo bien organizado, vamos a gozarla que te lo mereces -le había dicho cuando ya acabada la cena, hacía mención de irse a casa.

La copa de antes de cenar,  la falta de costumbre y un poco más de vino en la cena la habían achispado. Me gustaba verla así. Además, tenía un punto gracioso. La copita del final había sido un punto de inyección hacia arriba. Me sorprendió que fuera ella quien atrajera la atención de aquellos dos hombres. No sé bien qué les diría pero vi a todos reírse. Aguardé ahí, cerca de la puerta de los lavabos, a ver cómo iba la cosa. No deterioró. Nuria me buscó y me encontró. Vino a buscarme como una niña que busca a alguien para enseñarle algo con toda la emoción del mundo.

- ¡Vamos, te los presentaré! ¡Son geniales!
- ¡Vale..., vale!
Atravesamos el local como almas que lleva el demonio. Casi atropelladamente me detuve ante ellos. No eran nada del otro mundo pero para un rato no estaban mal ninguno de los dos. Además, de noche, todos los gatos son pardos. Y unos maúllan más alto que otros. No sé si Nuria se percató de la realidad de la noche o de la incitación que estaba provocando. Lo que yo tenía claro es que no iba a evitarle nada. Si sucedía, sucedía y todo eso que se llevaba al cuerpo. Los remordimientos, de sobrevenir, iban a ser suyos. Yo ya los tenía más que superados. Además, si ella daba un paso más largo de lo que es normal en ella, mi secreto estaría tan a salvo o más que el suyo.

Juan y Pedro se llamaban... Se llaman. Pero no son ningunos santos.
Ni ella ni yo habíamos estado ahí. Llegamos casi por casualidad. Pero para ellos no era así. Descubrimos que en una parte de aquel bar había una zona habilitada con cómodos sofás que creaban cierta intimidad. Digamos que no era un lugar de encuentros sexuales, pero si los había, pasarían con toda seguridad inadvertidos para los demás. No me fijé especialmente en ninguno de los dos pero sí me percaté del interés que cada uno de ellos tenía sobre nosotras. Juan había elegido a Nuria. Pedro tenía planes para mí. No desmerecía mi atención pero estaba pendiente, más por curiosidad que por otra cosa, de mi amiga. Las copas hicieron su efecto y, supongo que también la zalamería y el conquistar de aquel tipo que vio en Nuria una buena presa: Mujer casada, aparentemente aburrida o cansada, no habituada a salir, unas copas de más, amiga liberal que no iba a objetar... Tenía mucho a su favor de entrada. Además, esa noche, Nuria lucía resplandeciente y se mostraba más desinhibida que nunca.
Los gestos eran más que evidentes: el coqueteo, el puedo y no quiero, esas estrategias de "espera" pero "ya"...
Cuando empezaron a besarse me olvidé por completo de ellos y me centré en mí. A las sombras de las luces y en aquel momento, Pedro no me parecía tan mal partido. No lo era de hecho. Y lo que yo digo, la paliza dura un rato... Le observé desde la distancia. Eso me daba tiempo a replantear mi estrategia. Pedro es un tipo que podía encuadrarlo, por algún detalle, en el  tipo de hombres que a mí me gusta. Me gustan de mi edad, incluso más, jóvenes. De hecho, aunque no lo sean, su aspecto siempre suele ser treinteañero. ¡Me encanta saber que puedo engatusar a un "yogurín" y saber que han de currárselo, aunque sea en cinco minutos! Si en ese tiempo o menos no eres capaz de captar la atención de alguien, olvídate. En este caso, "mi tú a tú" me recordaba mucho a Leo así que, si me ponía a pensar cómo podían ser las cosas, igual la noche me daba más de lo que me prometía.

Me dio un vuelco el corazón cuando vi a Nuria a horcajadas sobre aquel tipo. Creo que Pedro se dio cuenta. Además, estaba requiriendo toda mi atención. Nunca había follado en un bar y menos con espectadores aunque Nuria iba a lo suyo y pasaba de todo. Mi "fichaje" también hacia lo propio. Sus palabras me envolvían por completo.

- ¿Te gusta mirar?
- Mirar, ¿el qué?
 - Como follan otros...
- No se me ha presentado el caso -salvo alguna película, recordé para mis adentros-, así que no puedo decirte si sí o si no...

Su boca buscó la mía sin ningún tipo de reparo. Iba directo al grano. Sabía a whisky con refresco de cola. Era un sabor seco que no me desagradó. Reaccioné a su gesto. Apoyé mi mano en su nuca y lo atraje más hacia mí, hundiéndome en su boca, jugando con su lengua. Sabía besar y me gustó. Fue derramando sus labios por el cuello, llegando al escote mientras sus manos oprimían mis tetas. Sus manos eran grandes y poderosas y las sentía con fuerza sobre mi piel.

- Quiero olerte -me dijo al oído en tanto su mano se colaba bajo mi camisa y bajo mi sujetador en captura de mi pezón. Era evidente la firmeza y endurecimiento de éste por lo que lo agarró con  las yemas de sus dedos y empezó a acariciarlo.
- Tendrás que ganártelo.
- Te gusta jugar, ¿no?
- Puedo ser muy puta cuando quiero -respondí con cierta prepotencia. En un brusco y repentino movimiento, me vi sentada sobre sus piernas, a horcajadas, con mi sexo pegado al suyo, notando su erección por encima de su ropa, por fuera de la mía. Empecé a sentir como mi coño se engendraba de aquel síntoma de excitación que mojaba mi ropa interior.
- Y yo... muy cabrón -aseveró antes de coger mis labios con sus dientes y tirar de ellos-. Me gustan putas. Sabéis jugar y follar... Pero aquí no. Vamos a mi casa -me dio un lametón en la boca y me bajó al asiento. Me fastidió la interrupción pero la noche prometía.

¿Para qué andarnos con rodeos? Ya somos mayorcitos y mayorcitas y si nos metemos en el charco, lo más normal es que salgamos mojados y con algo de barro. Salimos los cuatro del local. Llegamos andando hasta el coche de uno de ellos. Supongo que era el de Juan porque se puso al volante. Nuria se sentó a su lado. Nosotros ocupamos el asiento posterior. Las risas tontas eran evidentes. Pedro pareció cortarse un poco o, tal vez, estaba articulando mentalmente sus actos venideros. Nuria me miró y nunca había visto antes en ella aquella expresión. Era como diciéndome que estaba dispuesta a disfrutar de la noche, como si nada ni nadie le importase. Sabía que podía confiar en mí. Además, aunque ella no lo supiera, estábamos en el mismo barco y a la misma deriva.

Pedro puso su mano en mi barbilla y yo seguí su movimiento. Su boca estaba a dos centímetros de mí. Sus ojos brillaban en la oscuridad como los ojos de un gato en celo. Solo le faltaba maullar aunque lo que yo quería es que me hiciera aullar y me viera como una gatita que va arqueando su espalda mostrando sumisión pero sin esconder las uñas. Me importaba un comino lo que pensara de mí. Seguramente, sería la primera y la última vez que lo viera.

Cuando volví la vista al frente, Nuria tenía su cuerpo vencido sobre el de Juan. Supuse que le estaba haciendo una mamada. Él se esforzaba en no perder de vista la calzada. Miré a mi acompañante y me guiñó un ojo. Me estaba preocupando aquella aparente calma. La calma es una táctica tan peligrosa e interesante como el silencio. Siempre perturba e incomoda.
Nos acomodamos un poco más en la parte posterior. Su mano se posó sobre mi muslo izquierdo, siguiendo la línea que dibujaba la pierna hacia mi sexo. Cauta le detuve, sujetándole por la muñeca. Él no se amedrentó. Tampoco quería que lo hiciera pero cerré mis piernas y él presionó el muslo para detenerse ahí.
Cuando salimos del coche, dentro del garaje, Juan se echó sobre mi amiga que se vio entre el hombre y el vehículo, sin oponer resistencia, dejándose tocar, dejándose besar... Estaba desbocada y no iba yo a impedir nada. Creo que ver todo aquello me estaba encendiendo más que la mera atracción que podía sentir por Pedro. Éste reclamó un poco de atención. No quería que se perdieran ahí mismo y los llamó, irónicamente, para subir al piso.

Necesitaba ir al baño y me alejé. No creo que tardase demasiado pero cuando llegué mis ojos se abrieron atónitos. Estaba Nuria sentada en uno de los sillones del salón, semidesnuda, abierta de piernas, con la polla de Pedro en su boca y la de Juan en su coño. Me parecía la típica imagen... ¿cómo la llaman? Pornografía artística... Sí, eso era lo que estaba viendo y viviendo. Parecía yo la novata y Nuria quien iba de sobrada... Ponía una cara de viciosa que asustaba.
"Mi hombre" me hizo un gesto con la mano para que me acercase. Estaba tan impactada que tardé unos segundos en reconocer el gesto y en decidir si lo hacía o salía corriendo de ahí. ¿Correr yo? Solo hacia adelante... aunque, en ocasiones, hay que dar algún pequeño paso hacia atrás. Cuando estuve a la altura de los tres, mi mirada se encontró con la de mi amiga. No la reconocía. Su rostro estaba desencajado por la excitación, provocado por aquella pléyade de vivencias que no sé si eran nuevas. Sorprendentes, desde luego que sí.
Observé el pene de Pedro. Me pareció magnífico y mucho más grueso que el de su amigo, quien tampoco tenía nada que envidiarle. La boca de Nuria se abría como la boca de una anaconda para comerse aquella presa. El ruido al succionar y la saliva que se escurría por las comisuras des labios, como perfecto lubricante de aquella felación, produjeron en mí cierta relación. En un segundo supe cuál era mi papel y qué pintaba yo en aquel trío. Lo que tenía claro es que aquello no se iba a convertir en un todo para todos, todas para todo... 
Vestida todavía, caminé de un lado a otro del sofá, con paso lento, firme, mirando a una y a otros, como estudiándolos, como una leona dando vueltas en una jaula. Solo Pedro estaba pendiente de mí. Comencé a desnudarme: la falda, mi braga, mi camisa... mi sujetador... hasta que quedé tras mi "rollo" de aquella noche, cuya atención se centró completamente en mí. 

Estábamos cerca de un largo sofá. Le retiré la camisa y caí de espaldas sobre el mueble. Adelantó un paso, separó ligeramente las piernas, tomo su polla con una mano, masajeándola durante unos segundos antes de retirarla hacia arriba y dejarme los testículos a la vista. Sabía qué debía hacer o qué quería él que yo hiciera. Los tomé entre mis manos y comencé a hacerle suaves masajes. Estaban hinchados por la excitación. Buscó con la mano libre mi rostro. Acarició mi mejilla hasta que sus dedos se ubicaron sobre mis labios. Instintivamente, abrí la boca y sus dedos se metieron en ella. 

Tenía una perspectiva perfecta de lo que estaba haciendo la otra pareja. Se besaban como si tuvieran que beber de la boca del otro para sobrevivir a algo mientras ella, sentada a horcajadas sobre él, se movía lentamente sobre el hombre cuyas manos, grandes y morenas sobre el pequeño y blanco culo de Nuria, apretaban sus nalgas y manejaban el movimiento que debía hacer.

Mis manos abarcaron toda su polla. Lo hice suave, aflojando los movimientos anteriores, dejándola escurrir entre las palmas de ambas, de arriba hacia abajo, en unas cuantas ocasiones, hasta que la noté palpitar y tomar vida propia. Se tensó. Dejé que las puntas de mis dedos quedaran bajo sus huevos y los hice bailar sobre las yemas. Su respiración se entrecortaba y percibí en ese momento, la respiración profunda, la toma de aire y como su pecho se expandía... Apreté su pene y retorcí mi mano recorriendo todo su tronco, mientras con la otra, oprimía sus testículos y él gruñía en tanto una gruesa gota rebosaba la cumbre de su capullo.
- Te quiero para mí... ¡Vamos! - dijo cogiéndome de la mano. Caminamos desnudos, dejando atrás a nuestros amigos. No estoy segura de que se dieran demasiada cuenta de que nos íbamos. Cruzamos el pasillo hasta una de las habitaciones. Tuve la sensación de que no era el dormitorio más utilizado de la casa. Y me imagino que ésta era un buen picadero para cualquiera de ellos: Solteros, divorciados, si, no... Entramos y cerró puerta tras de sí y sin soltarme, me empotró contra ella. Sus manos cogieron mis pechos mientras con una pierna separaba las mías y empujaba el muslo contra mi sexo. Mis pezones percibieron el tacto húmedo de aquellos labios, el empuje de aquella lengua y el pellizco de aquellos dientes. Gemí y agarré su pelo con fuerza y ésta se vio correspondida por un beso que me quemó la boca, que prendió mi lengua y mojo mis entrañas.
Y cuando me dio la vuelta, presionando mi cuerpo contra la pared, inmovilizándome frente a ella, cogió con fuerza mi pelo, haciendo un nudo alrededor de su mano, apartándolo de la nuca para morderme en ella, para bajar hasta mi culo, arremeter contra mis nalgas... 
Deseaba que siguiera con el maravilloso juego de su lengua... Leyó mis pensamientos. Me abrió nuevamente las piernas y usó su lengua para comerme el coño. Mi cuerpo echado hacia adelante, sus manos abiertas sobre mis caderas y su rostro hundido entre mis piernas. Sentí su lengua recreándose en aquel espectáculo. Me costaba mantenerme en pie. Me dolían las puntas de los dedos y me faltaban fuerzas. Aún así, me balanceaba sobre él, notando su lengua empapando mi sexo, mientras lo abría tanto que pensé iba a meterse él por entero en mi interior. Y mi sexo cedía, cedía a cualquier tirón, a cualquier empuje, a aquellos lametones que arrastraban mis fluidos y me tensaban por completo.

- Vamos a la cama -balbuceé. Se apartó y acercó su cara a la mía. Percibí el olor de mi humedad impregnada en su boca. Me besó: mi sabor, mis efluvios, su saliva... Pasión, lujuria, deseo.... Y allí mismo, su polla encontró el camino perfecto entre mis piernas. A horcajadas sobre sus caderas, asida a su cuello, empecé a ser esclava de aquellas embestidas.
Mi espalda rebotando en la pared, sus brazos cogiéndome por las piernas, mi pecho rebotando sobre el suyo... Mi sexo, abierto para él... y él penetrándome con toda su fuerza. Y de mi boca, los gemidos compartidos. La abrí como si el aire me faltara, como si necesitara bocanadas de ello o de él. Saqué la lengua. Estaba tan caliente como un horno, con la temperatura tan elevada que quemaba a Pedro.
Me sorprendió la fuerza de aquel envite de su boca contra la mía, aquella succión de mi lengua entre sus labios hasta que me metió la suya de pleno. El beso se hizo loco y salvaje. Mordió mis labios y volvió a succionar mi lengua al tiempo que arremetía más y más en aquel vaivén, en aquellas idas y venidas, en aquellas subida y bajadas...

Y ya tendida sobre la cama, mi cuerpo retomó en apenas un segundo el aire y recuperó las fuerzas que flaqueaban.


Le apreté los testículos con una mano y su polla erecta fue entrando en mi boca poco a poco, lubricado con toda mi esencia, dándole el aroma perfecto...
Yo lamia su tronco, de arriba abajo sacando todo lo que podía mi lengua. Me acercaba a su glande y poniéndola tensa, realizaba movimientos rápidos, lo que hacia que se dilatasen todas sus venas. Aquellos gemidos, aquellos quejidos, eran como la señal que me indicaba el siguiente empeño. Introduje aquel miembro en mi boca, rodeándolo con los labios, retirando la lengua, marcando ligeramente con los dientes, marco de alerta por si aquel gesto por el cual me obligaba a mover la cabeza con rapidez se hacía más incisivo de lo que yo deseaba.
Noté una pequeña explosión caliente en mi boca, apenas unas gotitas. Dos palmadas fuertes en su pierna y dejó de apurar.

Me apartó y me puso a cuatro patas, colocando la almohada bajo mis caderas. Mi culo levantado, mi pecho hundido en las sábanas. Se zafó a mis caderas para que no me apartara de él. Y, sin haberse encajado en mí, presionó con la palma de una mano en el centro de mis hombros y con la otra, uno de mis brazos. Mis posibilidades de movimiento se veían algo limitadas aunque no lo suficiente pero me agarraba con fuerza. Y no esperó ni un segundo. Un golpe secó me azotó y me ensartó sin piedad alguna. Estaba claro que quería controlar las embestidas, que quería que sintiera quién mandaba, quién llevaba la pertenencia y el ritmo. Sus envites eran como golpes de martillo clavando una punta. Perdí el contacto de su polla en mi interior y de pronto, la hundía hasta dolerme.
Me dejé ir, me dejé llevar... Y lo hice hasta que me encontré con aquel orgasmo, aquél que se conjugó casi a dúo con el suyo. Pero con todo eso, apurando el último empujón antes de venirse, levantó mi cuerpo, dejando mis pechos colgados al vacío y yo, por inercia, me apoyé sobre las sábanas, previo movimiento a sentirme atrapada en la uve que formó su brazo alrededor de mi cuello, volviendo a empezar con sus embestidas, con aquellas sacudidas contra mí con las que parecía que iba a traspasarme...
Aguantó hasta el final. Escuché el sonido del preservativo cuando se despojó de él, y se deshizo sobre mi piel, dibujándola con su esperma, dando sombra a la curvatura de mi trasero. Y antes de que me diera cuenta, sin que yo lo pudiera suponer, introdujo sus dedos en mi coño, entrando y saliendo, retorciéndolos dentro... hasta que sus dedos se mojaron por completo, hasta que un chorro caliente, transparente y con aroma de mujer se derramó sobre la tela que cubría la cama y yo mordiera la sábana del tremendo gustazo que me estaba provocando. Sí, me corrí en su mano, lo empapé todo... ¿y qué? Era para eso para lo que estábamos follando...

Aquella noche había merecido la pena. No volvería a ver a aquel tipo. Mi coño ya estaba demasiado ocupado y también necesitaba de sus ratos de asueto, aunque, tal vez, el azar nos volviera a unir en cualquier otra noche o en cualquier otro momento del día.

Una ducha, un poco de perfume, una despedida rápida... y Nuria y yo regresamos a casa. Hice el regreso más largo. Necesitaba que mi amiga se recuperará un poco. De pronto, después del goce, llegaba la amargura y la preocupación de aquella primera infidelidad. Tengo argumentos, capacidad para darle la vuelta a la tortilla sin que ésta se me salga de la sartén...

- Nos vamos bien folladas a casa -le dije después de que me confesara de las veces que había sido consciente de haberse corrido, de haberme confesado que hacía mucho tiempo que no le pasaba eso-. Lo que debes hacer ahora, cuando llegues a casa, es meterte en la cama, escurrirte debajo de la sábana y darle una mamada a tu marido hasta que le hagas gritar de gusto y luego que te lo como él hasta que te corras y lo ahogues con tu corrida.
- Eres un poco ordinaria -apostilló y me eché a reír. Sí, es cierto, a veces soy muy ordinaria pero me sale del alma esa forma de expresarme. Intenté sacarle drama al tema, llevándolo incluso a la forma y expresión más soez que pudiera imaginarme. Sí, parecía vulgar, pero era lo que debía ser en ese momento. La hice sonreír... Y dentro de mí, estoy segura de que no será la única vez que Nuria y aquel tipo volverán a encontrarse.
- Lo de esta noche te ha valido para saber que el sexo es más bueno que un simple mete y saca de esos que haces con Carlos. No debes arrepentirte de algo que ha sido positivo para ti.
- Pero...
- Te entiendo pero... no hay peros: hay que disfrutar. Yo no me arrepiento de nada. Si por mi fuera, mañana repetía. ¡Menudo polvo! Y cuando llegue a casa, me voy a follar a Nacho hasta decir basta. 


sábado, 5 de julio de 2014

Una de mil...

Podría decirte que la cama se queda vacía y fría sin ti.
Podría decirte que el día se me hace eterno si no te tengo,
que mis pensamientos vuelan hasta donde no estás
y se pierden donde sí...
Podría expresarte en mil frases mi sentimiento ante tu ausencia,
mis emociones consentidas esperando que regreses,
pero sé una de las mejores formas de expresar cuánto te añoro.
Podría dibujar en mis dedos la magia de los tuyos,
abrir mi boca y percibir el latigazo invasor de tu lengua...
Podría abrir mis piernas y replegarlas en el hueco vacío de tu cuerpo,
sentir la presión del colchón aplastando mis pechos fingiendo que me cubres la espalda.
Podría arquear la espalda sabiendo que me cuelgas en el aire
pero cuanto tú no estás para follarme,
estoy yo para satisfacerme
porque  es una forma de mil para expresar que quiero que me folles
cuanto tú no estás.

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El Beso del Pecado

El Beso del Pecado
La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.