Si el placer es Pecado, yo vivo en la Gloria del Infierno.

Pecado es todo aquello prohibidamente placentero:

El Tacto del Pecado

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Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Yannat al-na‘īm...

El agua era cristalina y la corriente ligera. Mis pies chapoteaban en aquel palmo de profundidad y las gotas salpicaban sobre los adornos florales pintados con alheña que parecían enroscarse desde mis pies hasta mis rodillas. Recuerdo haber pasado varias horas inmóvil hasta que aquella mujer terminara su obra.
Unos brazaletes de oro y piedras preciosas brillaban en mi tobillo derecho descendiendo sobre el pie a modo de tiara.
Mis rodillas se escondían bajo una tela de seda morada, adornada con finos y ricos bordados en hilos de planta. Estaba absorta en mis pensamientos, escuchando tan solo el murmullo purificador del agua que bajaba por la acequia desde la fuente de arriba. El sol brillaba con intensidad pero en aquellos jardines repletos estratégicamente de alhucemas, limoneros y naranjos y otras plantas aromáticas se estaba bien. A veces, regresaba a donde me hallaba y podía oír el canto de los pájaros o las voces de aquellas mujeres que me acompañaban y que se entretenían entre puntada y puntada, entre sus juegos de tablero o entre canto y canto, con sus chismes. Yo permanecía alejada de ellas dadas las circunstancias, con la excusa de que mi lectura y escritura requerían de concentración y algo más de sosiego. En realidad, era una excusa. Estoy cansada de perderme detrás de las celosías, de escuchar los aspavientos y rebeldías de las demás esposas y de las concubinas. Y porque los poemas del sultán son solo para mí. Durante su larga ausencia, más de cuatro lunas, había recibido otros tantos poemas: Palabras de amor, de anhelo, de desesperación, de pasión…

“.. Cómo anhelo ese lento paseo por tu cuerpo como si fuera yo ese vacío que necesita llenarse. Soy ese hombre, Luz de mi Vida, que aprecia cada porción de tu piel, cada recoveco, cada llanura y cada montaña… Allí, en la cumbre de tus pechos y en los hondos de tus adentros, donde me hago pequeño para sentirme grande… Cómo me consume esta distancia en la que cada noche te transito y te demando mientras te me pierdes entre las manos que aprietan las telas de mi vacía cama…”

- Magdalia, vuestro señor os llama.
-¿Ahora? –pregunté guardando con rapidez, como si escondiera un tesoro, el poema que aún olía a desierto y a almizcle. Un poema dentro de otro poema.
- Sí. Ahora. Hace dos días que regresó y todas han ido a verle menos vos.
- Puede venir él. Sabe dónde estoy.
- No olvidéis que es vuestra obligación ir a recibirle. Os reclama. No le hagáis esperar. Vuestra tardanza será un castigo que pagaré yo.
- Sabes que nunca hace nada.

Lo cierto es que me lo tomé con cierta calma. Aún estuve unos segundos chapoteando en el agua y logré que los bajos de mi kaftán se mojaran un poco. 

- Magdalia, no hagáis que se impaciente. Sabéis que si vos os retrasáis el castigo es para mí -volvió a recordarme.
- Está bíen -acepté. Me secó los pies y caminé descalza. Crucé parte de aquellos jardines y me metí en el interior del edificio. La temperatura era diferente, más fresca. Anduve por los pasillos, cruzando arcadas y más arcadas donde había adornos florales e inscripciones dedicadas a Allâh, hasta que me detuve ante aquella puerta en la que dos escoltas hacían guardia. Azahara permaneció a mi espalda mientras yo, sin llamar, entraba en aquella enorme estancia donde primaba las sedas, los adamascados, el azul de las cerámicas en las paredes, el olor de incienso y flores... y el hombre. El hombre en letras mayúsculas, el que contenía y rezumaba de todo el poder divino y humano. El que mantenía su muñeca sujeta con la mano contraria sobre su vientre, el que de oscura y profunda mirada custodiaba su sonrisa tras una barba que le aportaba distinción; el hombre cuyo porte era señorial, altivo y extremado, vestido con unas túnicas que recordaban a las arenas del desierto... Y a pesar de todo, me imponía solamente lo justo y, también, hacía temblar mis cimientos como mujer.
- ¿Me habéis hecho llamar?
- Sí. Hace dos días que regresé –replicó- y ni te has acercado.
- Sabéis dónde estoy. Podéis venir a verme siempre que lo deseéis.
- No es que yo deba desearlo… Creo que ya empiezo a comprender por qué sois mi favorita. De las demás, obtengo todo cuando quiero sin decir nada. De vos, obtengo lo justo con toda la ayuda de Allâh –apostilló mientras se acercaba hasta el gran arco en el que bailaban aquellos cortinajes por la entrada del viento. Aquella aparente resignación me hizo sonreír. Su cabello brilló con el reflejo del sol. Guardó unos segundos de silencio que a mí se me hicieron eternos. Percibí como si, aún a pesar de estar de espalda, pudiera ser capaz de observarme. Después retrocedió sobre sus pasos y se detuvo a mitad de la distancia que nos separaba. Me sentí tan segura por fuera como nerviosa por dentro. Creo que los latidos de mi corazón podían escucharse desde el otro lado de la gruesa puerta. Disimule la sonrisa clavando mi mirada en la suya y aferrando más una mano bajo la otra.

Sí, no debería mirarle así pero para eso soy su favorita y la que más lo encabrita, la que le hace rogar mi compañía, la que le hace conceder caprichos a las demás mujeres. Soy la mujer que le hace ser esclavo de su esposa, de su esclava, de su concubina... pero mujer. Mujer que no esperaba encontrar. Pero a mí me educaron de otro modo. Me educaron para pensar por mí misma, para gobernar una cosa comandada por hombres, para servir a Allâh en lo conveniente y desestimar en lo innecesario. Y solo ante Él podía inclinarme. 

Soy la primera hija de cuatro hijos. La primera nacida en la cuarta luna del cuarto mes. Soy la cuarta esposa del cuarto hijo del primer hijo.  La primera esposa por amor pero para todos, la última... Y los últimos serán los primeros. Soy la primera porque no solo manda en su corazón, también en su cabeza. Soy la única que despierta su interés, que alimenta no solo su cuerpo, sino también su alma, su espíritu…
La única que, pese a haberle sido cambiado el nombre en el momento del matrimonio, seguía siendo Magdalia, la luz y consuelo de su vida: Noor Salwa Al Hayati. La única que no atendía con devoción las órdenes de la primera.

Terminó de salvar aquella distancia que nos mantenía alejados. La sola sensación de cercanía hizo que me pusiera en alerta y que una lucha de sensaciones se agolparan en mí, que una sensación de sentimientos encontrados lucharan dentro de mí: No soy su esposa sumisa pero tampoco puedo ser eternamente rebelde.

- Me gusta veros con el pelo suelto –dijo mientras con una mano acariciaba un lado de mi cabellera, antes de bordear mi rostro con sus dedos-. Sabes que os elegí por amor. Y sé que vos me aceptasteis por lo mismo pero sois tan terca que no puedes reconocerlo –asintió pasando su dedo pulgar por mis labios-. Ya sabía a lo que me enfrentaba cuando la primera imagen que tuve de vos fue la de tirarme piedras desde el otro lado de la charca.

Volvió a hacerme sonreír. Era cierto. Ahí estaba yo, apenas un año atrás, con mis libros y mis cuadernos, con mis lápices y láminas, mientras un rebaño de cabras se subía a los arbustos en busca de las hojas más tiernas. ¿Y por qué le lancé aquel par de piedras que iban directas a dar? Porque sus caballos se desbocaron al ver el agua fresca y él no supo contener ni a sus hombres ni a sus caballos. Y las ovejas se desperdigaron asustadas.

- Sabéis que sois la luz de mi vida –prosiguió apoyando la mano en mi barbilla para que alzara la cabeza y le mirará directamente a los ojos-. Me da miedo perderme en esa mirada –continuó inclinándose para besarme. No rechacé el gesto. Lo agradecía. Tal vez, incluso, lo necesitara. Demasiados días y demasiadas noches entre las celosías de mis aposentos.

Comenzó a desabotonar cada uno de los pequeños botones hechos de seda que cerraban mi vestido, hasta llegar a la altura de la cintura. De ese modo pudo retirarlo hombros abajo. La prenda cayó al suelo por su propio peso, pero aún así, mi cuerpo no quedaba desnudo. Lo cubría una fina tela de hilo semitransparente que no dejaba a la imaginación ni una sombra de mi cuerpo, además, la erección de mis pezones era evidente. Deshizo la lazada superior y separó ligeramente la prenda sobre mi escote. Besó despacio cada porción de mi piel. Sus labios eran suaves, la caricia de su lengua me enervaba y el roce de su afilada barba producía en mí una sensación más de dudoso placer. Yo permanecía inmóvil pero no parecía importarle. Supongo que estaba habituado a las lánguidas entregas de sus otras esposas. Las concubinas habían dejado de ser una opción para él, según cotilleaban, desde mi llegada. Quise considerarlo un acto más de respeto hacia mí. Sadia, la tercera esposa, me había confirmado que todos sus matrimonios habían sido por interés, como era lógico. El primero ya había sido apalabrado desde pequeño.  Y los otros dos, uno por falta de un varón en la familia y el otro por una mera imposición territorial. El cuarto, su matrimonio conmigo, como todos sabían, había sido por amor.

Mi cuerpo quedó desnudo ante su mirada. Me sentí traspasada, superada, embriagada de aquella aura que le rodeaba, de aquella transformación que se producía en él cuando estábamos a solas. Me observó de arriba abajo y de abajo arriba. Mi respiración se hizo profunda y parecía que mi cuerpo no pudiera reaccionar al permanecer tan rígido.
Se retiró unos pasos y comenzó a desnudarse. Lo hizo sin dejar de mirarme y con toda la calma que la prisa le proporcionaba. Aquel cuerpo dorado, de estructura atlética: largas piernas, anchos hombros y espalda, manos grandes y dedos largos… Todo aquel pedazo de carne y montón de huesos que se deshacían entre las caricias que mi cuerpo era capaz de satisfacerle. No pude evitar fijarme en su miembro, cubierto de un vello escaso y con una potente erección. Respiramos hondo. Coincidimos y ambos rompimos aquel silencio con una sonrisa.

Tomó una palangana de porcelana en la que echó agua de una jarra y unos pétalos de flores. Se acercó y me hizo sentar sobre los almohadones. Tomó con cuidado uno de mis pies y soltó el brazalete que lo adornaba. Hizo lo mismo con el otro y los introdujo en el cuenco. Susurró algunas palabras que parecían una oración al tiempo que con la mano libre mojaba mis pies. Lo hacía despacio, con delicadeza, con sumo cuidado. Cada movimiento parecía parte de un ritual. Luego los secó con aquel paño de hilo. 
Me sentía conmovida. Lo tenía arrodillado ante mis pies, lavándomelos, orando mientras lo hacía. Y antes de ponerse en pie, se inclinó sobre los míos para besarlos durante unos segundos.
De entre los almohadones sacó mi regaló. Era magnífico y no se parecía para nada al que había entregado a sus otras esposas. Sabía que tenía que ser justo con todas pero no podía evitar ser hombre y sentir debilidad por alguna. En este caso, era yo. Una impresionante piedra verde engarzada en una pieza de oro de la que salían una serie de eslabones que formaban en su conjunto una especie de toisón.
En pie, extendió el brazo libre y me ofreció su mano. Le miré atónita y me levanté. Tomé su mano. La llevó hasta su corazón y luego me hizo dar la vuelta para colocar la joya alrededor de mi cuello.
Nos acercamos hasta aquel espejo en el que nos podíamos contemplar por entero. Mi cuerpo quedaba delante del suyo, tan desnudo como el de él, únicamente vestido por aquel impresionante tesoro.

- No necesitáis más para lucir más bella.
- Creo que no debería aceptarlo, Akram. Las demás mujeres me mirarán con envidia y me tratarán con odio.
Sabéis que no pueden hacerte nada porque toda mi furia podría caer sobre ellas.
- Nunca haces nada. A lo sumo, les ordenáis que no salgan de sus habitaciones o hacéis que les encomienden tareas que no les corresponden.
- ¿Creéis que debería ser más duro? –me preguntó al tiempo que sentía su miembro pegado a mis glúteos. Parecía palpitar, moverse sobre mis carnes.
- No –respondí observándome en el espejo. Me veía bella, hermosa, capaz de hacerle perder la cabeza en cualquier momento.
- Hace tanto tiempo que no he yacido con mujer que me he vuelto loco con solo pensaros.

Aquello me sorprendió. No por que no creyera que durante las lunas que estuvo fuera no participara de encuentro con mujer alguna, sino porque antes de que yo estuviera allí, durante estos dos días de su regreso, habían pasado por su cama sus otras tres esposas. 

Se dio cuenta de que no le creía. Cruzó sus brazos por delante de mi cintura y apoyó la barbilla en uno de mis hombros.

Creédme ... Hace tiempo que no he fornicado con ninguna mujer que no hayáis sido vos. Ni siquiera con mis otras esposas.

- ¿Cómo?
- Hay otros medios de satisfacer a su señor... Solo hay que decirles cómo.
- ¿Y cómo? -pregunté.
- Jugaron con mi falo en sus bocas. -Me quedé perpleja. No por ese método que es bien conocido por todas y por todos, así como otras técnicas amatorias* pero me sorprendía que la primera esposa, reaccionaria como la que más, tradicional hasta decir más y tan cerrada de mente que era imposible verla siquiera sin velo, se hubiera sometido a semejante orden. Si por ella fuera, todas seríamos auténticas esclavas de nuestro señor. Para mí, Akram no es mi señor. Es mi marido.

Me apartó el pelo de la nuca y me besó. Lo hizo despacio, como si pudiera herirme con sus labios que eran lo único que se posaba sobre mi piel.

- Mi vida… Mi luz… Mi sueño… Mi consuelo... Mi luna… -Y cada epíteto se correspondía a un beso, a un beso que había seguido a otro en aquella carrera lenta desde mi nuca hasta el final de mi espalda, mientras sus manos se apoyaban en mis costados como si estuviera moldeando una columna. No perdí el contacto de una de ellas cuando se iba situando ante mí. Se deslizó sobre mi cadera izquierda y se detuvo sobre el centro de mis piernas, ahí donde yo notaba como la humedad iba lubricando mi sexo, como éste palpitaba ansioso… Y sus dedos se adentraron en aquel liviano bosque mientras su boca prensaba la mía y un juego lento de su lengua me hizo abrirla hasta sentirla penetrar por completo. Parecía que seguía o marcaba, no sé, el ritmo de sus dedos.
Al tiempo que me abrazaba a él, que clavaba mis dedos en sus hombros, recordé las palabras que me había dicho en muchas ocasiones Zulma, una famosa prostituta que vivía muy cerca de mi casa familiar. Siempre ondeaba una bandera roja en su puerta y ahí entraban hombres ricamente ataviados y seguidos de un buen séquito humano y animal. Me había enseñado todo cuando ella sabía y me había mencionado que algún día me serviría para mi bien. "Un hombre siempre espera que una mujer le satisfaga y no tenga que enseñarle nada. Tienes que aprender porque un día habrá un hombre que te hará princesa o reina. Y has de ser única en su cama".
Soy princesa por título y reina por derecho.


Puesto el collar alrededor de mi cuello, sus manos se apoyaron unos segundos sobre mis hombros, reptando luego por los brazos hasta abrazar mis muñecas y llevar mis manos sobre la fina oscuridad de mi pubis.
Sentía, a su vez, su aliento quemándome cerca de la nuca y la erección de su miembro rondando las curvas centrales de mis glúteos.

Y me preguntaba a mí misma dónde estaba la rebeldía que me solía caracterizar. Ésta solo era exterior. Una falsa apariencia ante el resto de mujeres; porque si yo lo había elegido por amor y por amor había sido elegida, no podía ser como las demás.

Sus labios dibujaron perfectamente cada pequeño surco de los míos; mis brazos quedaron prendidos en torno a su cuello, apoyados sobre sus hombros y el calor de sus manos recorría mi espalda. Su lengua surgió de su boca atravesando la mía, buscando aquélla para jugar con ella mientras, inevitablemente, el vértice de mis muslos se cubría de una dulce humedad.


Mis cimientos temblaron cuando le tuve arrodillado ante mí como un siervo ante su señora. Sus manos separaron mis piernas y una de aquéllas se coló entre ellas, buscando aquella humedad que me quemaba, que él estaba provocado. Sus dedos se pasearon unos largos e intensos segundos sobre los abultados labios que seguían encerrando la perla de mi femineidad. De mí brotó aquel tímido manantial que los impregnó y que llevó lentamente a su boca sin dejar de mirarme. Su mirada, oscura y tan espesa como brillante, se clavaba en la mía. Me estremecí porque en un solo momento había pasado de ser ama a ser sierva: esclava de unos deseos que se desencadenaban por sí mismos, que se veían provocados constantemente por gestos y miradas, por tanteos en partes del cuerpo que muchas mujeres ignoraban poseer o  de los que solo habían oído hablar.
Tumbado sobre aquellas sedas y telas adamascadas y rodeado de cojines, mi cuerpo se quedó rendido a sus quehaceres de “mi señor”. Desde mis labios hasta mis senos: primero uno, luego el otro… y la sensación natural de mis pezones henchidos por el gozo de unos labios húmedos y unos dientes hábilmente  maestros. Desde el centro de mi vientre hasta el centro de mi sexo, sus dedos marcando el sendero a su boca y el tacto de su barba sobre los blandos arcos que escoltaban mi hinchado clítoris. Mis piernas arqueadas a ambos lados de su cabeza, pilares a los que él se amarraba y a los que apretaba como yugo que me retenían pero que no podían evitar los contoneos del resto de mi cuerpo ante las descargas de placer que sentía.

Y me dejaba hacer y me dejaba llevar. Y a mi mente venían de nuevo aquellas explicaciones de la dulce y experimentada puta Zulma cuyas enseñanzas ahora veía yo aplicadas.

¡Tenía tanto que demostrar a aquel hombre! Aunque, en realidad, no era exactamente demostrar, sino compartir y sorprender de todo aquello que como mujer era capaz de ofrecer.

Mi respiración se aceleró tanto que pasó a sonar tan fuerte que mis inspiraciones y exhalaciones se convirtieron en jadeos y éstos, a su vez, en una especie de gruñidos y éstos en una versión de alaridos que le indicaron a profundizar en las caricias que me proporcionaba. Situado frente a mí, enmarañada yo como culebra en el tronco de sus piernas, sus dedos entreabrieron mis nalgas y se colaron en los espacios oscuros y vacíos que me hacían mujer: Un dedo penetró en la cavidad más estrecha, produciéndome un dolor que califiqué de espantoso y que recriminé de modo poco convincente con agravios y maldiciones que en otro momento no me hubiera estado permitido pronunciar. Otro se introdujo en la oquedad más expandida, aquélla donde el camino era más húmido y más fácil. Y más pronto que tarde, insertados y yacientes de un ritmo igual, empezaron al tiempo a introducir y salir de mí.

El chapoteo de los dedos con el roce, en el frotar en la penetración, era como un sonido celestial que apelaba e invocaba cada una de mis convulsiones y, por primera vez en mi vida, descubrí y percibí en mis propias carnes aquello que la fina puta había llamado "el gozo que jamás sentiría un dios". 
Sentí vergüenza pues no pensé que fuera fruto de aquella entrega, de aquel sublime placer pero Akram no cejó en su tarea.
Sobre mí, me envainó su duro miembro en mi interior. Apenas me enteré de ello. Lo tenía tan abierto y lubricado, y mi grado de excitación era tal que casi rogué el vaivén de su cuerpo sobre el mío.

Sus manos se aferraron alrededor de mi garganta, sintiendo una pseudo asfixia que provoco en mí aquella pequeña locura transitoria. Me convertí en un animal salvaje: Una yegua desbocada, una pantera que rasgaba su carne, una serpiente que se enroscaba en torno a de su cuerpo sudoroso; una amantis religiosa que le hacía agonizar en cada percepción; un murciélago que succionaba la esencia que daba vida. Y él. Él el macho que intentaba dominar todo, que clavaba el filo afilado de su sexo en el centro de aquella jauría de animales en los que yo me había convertido, atacando por detrás para sorprenderme.
Ambos gozábamos como nunca antes. Mi cuerpo era tan siervo como el suyo, tan señor como el de él. Y, al final, tan solo una mujer y un hombre que de tanto poseer eran poseídos.
Su hombría se fue en un chorro de vida que salpicó las laderas de mis muslos, dejando mi sexo pleno de esa esencia, rendido tras la lucha en la que ambos habíamos sido ganadores.

Estas son las cosas que ocurren en los jardines de Palacio, en las moradas del placer, en Yannat al-na‘īm, uno de los siete paraísos.







Nota:

*Por aquel entonces, cuando los califas y sultanes se extendían a lo largo y ancho de la Península, el sexo no era algo tan vetado como lo es hoy en día. Pocas eran las mujeres y hombres que no supieran de las artes amatorias y de los juegos sexuales para satisfacer a cualquier hombre o mujer. Tampoco, en el mundo árabe o en el influenciado por él,  la homosexualidad estaba mal vista y mucho menos castigada, así como las relaciones que hoy podríamos llamar "poliamores". 

15 comentarios:

  1. Realmente delicioso cada vez que entro en tu blog.

    A tus PIES

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    1. Me encanta que vengas. No te voy a pervertir a estas alturas de la comedia pero me gusta que estés por aquí.
      Besos de Pecado.

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    1. Hola, Erika. Me alegro de que te guste. Ya ves que hay de todo, pecado, pero de toda clase de él. Ven siempre que lo desees. Las entradas no siempre son tan largas pero hay una silla muy cómoda por ahí para tomar asiento y tomárselo con calma.
      Besos de Pecado.

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  3. Mi fiel amiga, decir que el leerte es uno de los más grandes placeres, es siempre poco. Una de las ventajas de volver a la "civilización" es ésta: reencontrarme con tus exquisitas letras.
    Baci baci.

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    1. A mí me place reencontrarte a ti. Gracias por regresar.
      Besos (baci) de Pecado.

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  4. Realmente sensual y romántico,como has dicho no por ser la última esposa es la menos,si no que es la que en el corazón de él es la primera.
    Realmente la cultura árabe es muy bonita y con un punto romántico y misterioso.
    Un beso

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    1. Tiene algo que me atrapa. Supongo que debe ser que corre sangre mora por mis venas, o judía, o cristiana... o de todas por parecido. Es uno de mis puntos fuertes.
      Besos de Pecado.

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  5. Ufffff.. precioso, romántico y sensual... adoro leerte por la forma en que llegas, con una elegancia que pone piel de pollo...
    Un besote¡

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  6. Sonrío, lo primero. Cojo aire, lo segundo. Y antes de lo primero, darte las gracias por venir y dejarme tus impresiones. Gracias por todo lo que me dices. No solo me gusta y me pone "pava", sino que me hace sentir plena.
    Besos de Pecado.

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  7. Sumergirme en tus letras es: Sentir...
    Gracias, especialmente por la nota. Quién pudiera regresar a tiempos donde la censura, la incomprensión, el rechazo no existieran en relación a algo tan natural como es el Sexo.
    Besos.

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  8. Siempre me haces sentarme para leerte, tomar la posición cómoda del voyeur para disfrutar tus letras. Más allá de todo, disfruto la sensualidad de tu lenguaje y de tu lengua, sin prisas, sin la eterna carnicería de la casquería sexual y sin embargo vívida, cargada de mil detalles llenos de buen gusto, de silencios que hablan en alto y de placer sostenido y contenido entre dos seres.
    Hay veces que presentas una maravillosa mesa digna de un califa y otras, que con un simple y untuoso dulce de miel, propones un banquete.Me ha encantado tu parsimonia, el desvestir cada detalle y cubrirlo con la imaginación engarzada en algo más que una joya. Adoro el trabajo que lleva,y el ambiente que recrea sin perder estilo, erotismo y dulzura. Sucumbo... y la silla se vuelve dosel...
    Un placer leerte Magdalia.

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    1. Arte tus palabras. Me alegro haberte hecho sentir partícipe de esa forma que describes, pues no concibo otra.
      Shukran yazilan. Muchas gracias.
      Un beso enorme.

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  9. Me has hecho recorrer lugares bellisimos. Que decirte? sabes nunca fui bueno para comentarios. Prefiero esa especie de silencio que lleva la contemplacion de las palabras que hoy Mag has escrito aqui. Un beso enorme

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    1. Sabía que podría gustarte. En un paraje como este, en el que la luna se convierte en Qamar y el hombre en Adalid, no hacen falta palabras. Basta sentir. Y eso, tú sabes hacerlo bien.
      Un beso grande. Mil gracias por venir. Aprendo mucho de esos silencios.

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Ver y sentir siempre es pecar... Y me encanta que lo hagas.

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El Beso del Pecado

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La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.