Si el placer es Pecado, yo vivo en la Gloria del Infierno.

Pecado es todo aquello prohibidamente placentero:

El Tacto del Pecado

.

.

Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.

viernes, 31 de octubre de 2014

Descarnada...

Desear ser carne en tu carne, marcada vuelta a vuelta en fuego...
tu piel,
tus manos,
el enredo de tus piernas,
el miembro de tu sexo...
Tus deseos y lujurias,
tus pecados más confesables, más humanos y más animales.
Tus sueños y realidades...

 Espero sin esperar.
Tengo sin tener.
Soy sin ser, sin dejar de ser.
Recorre con todo los surcos de mi piel
como tierra que horadas,
abre, excava, penetra, clava, atraviesa...,
perfora e irrumpe tierra adentro,
ahí donde tú siembras y yo...
Yo... Aquí me tienes.
Acércate, sin pausa.
Abrázame, sin prisas.
Bésame, sin lo uno y sin lo otro.
Así, en agua me convierto,
en el toque de tus entrañas,
¡liba, sorbe y arrastra!
la esencia que nace por ti...
Descarnada, expuesta sin paliativos,
en Pecado insurrecta.

lunes, 27 de octubre de 2014

Sabe mojar los deseos de mi mente.
Lacera y mancilla mis sentidos,
trastornando la sensatez de mi destino.

jueves, 23 de octubre de 2014

El Sueño del Diablo...

El exceso de comida y, sobre todo, de vino, removía las entrañas de aquel hombre que, además, hechizado por las contorsiones y miradas de la muchacha, veía pasar ante sus ojos la sonrisa del Pecado.
Su hombría, perdida tanto tiempo bajo la sombra de sus hábitos, parecía despertarse y vengarse de aquel olvido. Sus pensamientos célibes se enfrentaban contra los pensamientos de un hombre normal, y en su calvario, parecía alejarse de Dios y cercarse al Diablo.
Apuró otro sorbo de vino, el que dejaba vacío su vaso y llenaba su estómago. Aquella vieja de la marmita se encargaba de que no se vieran los posos.
Para sacar los demonios del frío, le decía cada vez que se lo llenaba. La mujer le repugnaba: sin dientes, aunque parecía adivinarse uno partido y ennegrecido en la encía superior; unos pelos canosos que parecían un nido de picarazas; un rostro ajado más por la vida que por los años, y unos ojos tan hundidos y lacios que parecían cuencas vacías. Aquella incipiente catarata le daba un aspecto todavía más espantoso. Aquellas uñas largas y con más mierda que en el palo de un gallinero, tan ennegrecidas como los extraños harapos que vestían su esquelético cuerpo, escarbaban en otros cuencos en busca de algo que echar el puchero.

De vez en cuando, el rítmico sonido del maniobrar en la marmita –a saber Dios qué potaje o brebaje andaría guisoteando- se interrumpía con el regurgitar áspero de su garganta y un asqueroso y espeso esputo se estrellaba contra el suelo, sin que eso la despistara de su faena.



Al pobre fraile se le revolvían las tripas pero era mejor todo aquello que pasar al sereno aquella espantosa noche llena de niebla, frío y alimañas. El frío y el cansancio ya le habían hecho tener visiones inquietantes y extrañas. y la sensación de que sus pasos se veían acompañados por otros ajenos. Había sido ya una locura atravesar el bosque. Aquéllo era ya un vago recuerdo. La danza, aquel soniquete y la mística y hechicera joven le tenían más atrapado. Se preguntaba, a duras penas, si no sería en realidad otra vieja desdentada a la que ascendía en diosa gracias al abuso del vino. El solo recuerdo de la soledad allá afuera le producía escalofríos.
Un nuevo trago le rasgó el gaznate y cayó al fondo, elevando un ardor desconocido en sus entrañas. Cuando su mirada se estrelló de nuevo contra los enigmáticos ojos turquesa de la muchacha, volvió a debatirse entre sus deseos más oscuros.



La danza tenía un ritmo hipnótico, de palos de madera, de huesos de animal y cáscaras de caracoles, de golpes sobre piel de cabra curtida… Y el vaso de barro llegó de nuevo a sus manos. Probó una vez más el contenido. No sabía si era por los tragos en demasía, por lo extraña de la situación o por que a ratos se olvidaba de quién era y de su propósito, pero cada trago pasaba mejor y sabía más embriagador, como embriagadora era la joven que se contoneaba ante sus ojos, convertida en una mujer vestal que le tenía deslumbrado. Las llamas del fuego parecían dibujar  serpientes que se enroscaban como cuerdas de esparto alrededor de su cuerpoÉl, un hombre de Dios, dado a los vivos y, en ocasiones, también a los muertos, se estaba viendo abocado al camino de la perdición de un modo totalmente irremediable, de un modo que no podía controlar.
De la garganta del fraile salían, balbuceantes, rezos y plegarias y mil y un perdones, maldiciones y reniegos y, como si dos fuerzas contrarías tiraran de él, se debatía entre la lujuria y la morigeración.
Sin un cómo ni un por qué explicables  y lógicos para su sacralizada mente, llevó una de sus manos a su entrepierna. Allí, su sexo se había enervado y tomado un tamaño considerable. Su mano empezó a moverse sobre su miembro como si estuviera majando, desde la base y hacia la punta descapullada. Aquel maldito vino, aquella maldita mujer y a saber qué más hazañas maliciosas le estaban llevando al límite, a un límite inexplorado.

La joven, de frondosos cabellos rojizos, cuál Salomé, de pronunciadas curvas y de unos generosos pechos, se acercaba hasta él reptando como la mismísima serpiente del Pecado, como si la repudiada Lilith se hubiera reencarnado en ella para vengarse de la palabra de Dios. Incitadora, sacrílega y descarada, amparada por las rojizas llamas de la fogata, anulaba la realidad del pobre fraile, dado a oraciones y buenas obras, a sacrificios de austeridad y celibato, y le llevaba, inevitablemente,  al ineludible destino del peor de los pecados: la lujuria.

Y cuando aquella hembra venida a salvaje e incontrolable, demonio de carne y huesos, se postró ante él y hurgó bajo su vasto hábito en busca del virgen miembro del cenobita, éste sintió como si todo el fuego del infierno ardiera dentro de él y todos los demonios, mayores y menores, saltaran sobre su pecho. Aquello era infame, inmoral, depravado e indigno. Era el pecado, la lujuria, el oprobio, pero qué dulce y seductivo resultaba el Pecado, y qué extraordinario su disfrute. Más cuando la duda y el reniego duraron apenas unos instantes, el tiempo justo para descubrir las curvas y los espléndidos pechos de aquella joven venida a sacerdotisa de alguna extraña paganidad. Embriagado y seducido, mientras la mujer bañaba en vino su erecta polla, empezó a acariciarla, a perder la vergüenza que en otro momento sería insalvable, a tocar aquellos senos que apenas cabían en sus manos, a retirar aquel cabello, fiel reflejo de su brujería. Y, tal vez, por primera y única vez en su vida se sintió dueño y señor para abalanzarse al légamo del placer.

Risas, cantos inteligibles y danzas se movían a su alrededor, inconsciente de su bajeza y sereno de su gozo, se dejó cabalgar por aquella mujer. Sentía en carne viva el exceso de su sexo y sus manos intentaban alcanzar cualquier porción de piel femenina, como si así bendijera aquella falta.
A cada instante se sentía más vivo y, al mismo tiempo, pedía perdón a Dios pero no podía menos que bendecir aquella creación. Aquella hembra, hija del mismísimo demonio o el más bello de los ángeles que montaba a horcajadas sobre él, empezó a ascender en su cabalgada hasta dejar su sexo, mojado, abierto y sin vello, como si fuera virginal, amparado sobre su cara. Aspiró la intensidad del olor a hembra, del olor del sexo… Nunca antes había tenido tan cerca el Pecado. Levantó el rostro con desesperación, para beber e impregnarse de aquellos jugos. Sacó la lengua. La joven se movía en balanceos hacia delante y hacia atrás dejando que el músculo del hombre la hiciera gozar hasta perderse. Aquellos aspavientos y gritos, aquellos gemidos y jadeos, eran como un cántico  hechizador que le convulsionaba y le hacía pronunciar el nombre de Dios en vano.
Su miembro, vertical y firme, era trabajado por la boca de alguien. El dance de la joven le impedía averiguarlo. Daba igual si era la vieja desdentada o no, pero el placer que sentía con aquellas chupadas y aquellas maniobras húmedas y angostas, le estaba permitiendo conocer el paraíso, abrir la puerta a los placeres más terrenales. Daba igual que su alma estuviera en peligro de muerte. Ya no era dueño de ella.

El fraile sintió como todo su interior parecía explosionar, como si un chorro de fuerza caliente lo reventara por dentro y saliera en la boca de aquella otra, mientras sobre su rostro sentía el líquido elemento del orgasmo de la mujer que le había hecho cometer aquel santo error, embebiéndose de aquel éxtasis.  Como si todos, ángeles y demonios, se concentraran en lucha en el mismo lugar, se llenó de sensaciones, convulsiones y placeres que jamás había sentido o percibido, llenándole cuerpo y alma.  Una mixtura de sentidos y conmociones se mezclaba en su espíritu, dejándole castigado en aquella benignidad que quemaba sus labios.

Cuando abrió los ojos, la vieja seguía dándole a la marmita y la salomé de cabellos de fuego atusaba con una gruesa rama la hoguera. ¿Qué había sucedido? Su hábito estaba tan lleno de broza y barro como lo había estado antes y bajo la hosquedad  de la tela su miembro estaba flácido, pero le perturbó aquella sustancia que le salpicaba su vello púbico. Levantó la vista para buscar a la joven. Por encima de las llamas y de las chispas ella le sonrió inocente.

jueves, 16 de octubre de 2014

Lobo de Tacto Nocturno...

Te acercas insolente, protegido entre las sombras de las noches, desviando tus claras intenciones bajo el tema de una sonrisa, pero sé que solo quieres una cosa: follarme. Es tan clara tu oscuridad que te delata y ennoblece. Vienes a mí como si todas las huellas, todos los rastros perseguidos encaminasen a mi sexo. Como un perro rabioso, la boca se te hace espuma mientras te aproximas. Quieres lamerlo y relamerte, comértelo y paladearlo, saborearlo y degustarlo, disfrutar, poseer y utilizar, gozar, deleitarte de mi coño como de la mejor de tus presas en la mejor de tus cacerías; hartar tu sed con mi lluvia, saciar tu hambre con mi carne.

Sin palabras porque las palabras están carentes de sentido, huérfanas y vaciadas. Ni siquiera han sido utilizadas para llegar hasta mí. Tan abandonadas que no sabes si las serviste para atraerme o las empleé para conducirte hasta el cruce de mis piernas.
 
Ahora me tienes ante ti. No como tú quieres porque tú me deseas desnuda, en imagen de carne y hueso, en sentimientos descarnados en hálitos, olores y emanaciones;  con mi sexo, dominante y consentido, ese que tanto has detallado entre tus dedos, tu boca y tu libídine… en perfecta combinación de rectas y curvas, de luces y sombras, ofrecido ante ti, bautizado y embebido, sacralizado en Pecado.
Y sé que te apetezco, que me quieres solo para follar, sí follar… sabiendo que no sabes que he dejado que seas tú quien pise mis pasos, quien alce la cabeza ante los pilares no acerbos que contienen mis bocas vellidas  mientras te postras ante mí que no soy ni diosa ni mártir ni virgen.

Y después, consumados los pecados, conculcados los sentidos, te olvidaré y me olvidarás, te negaré y me negarás, con o sin lunas, sí o sí con noches confundidas y, como lobo solitario de patas plateadas, penetrarás en los abismos de otra alma. Otra alma que se ofrecerá… U otra alma ante la que te ofrecerás. Tal vez sin saber por qué... Tal vez, de nuevo, sin palabras... Eres lobo que sigue su camino hasta llegar a su destino, pero no olvides que yo no soy como Caperucita: obediente, dulce y gobernable. Y tus aullidos... Tus aullidos son mi soberbia. 


Hay  una  acepción de lobo que hace referencia a un hombre sensualmente atractivo.

lunes, 13 de octubre de 2014

Mí, me, conmigo...

Hoy no necesité a nadie. Sí, tenía y tengo ganas de follar (ahora, con esto de las modernidades, resulta que ya no se llama así, que hay otros términos. ¡Ay que joerse!). Soy libre para llamar a las cosas como yo quiero y nada mejor que llamarlas por su nombre, por lo que son. 
Sí: Follo y me follan, jodo y me joden... 
Sí, puedo utilizar hasta doscientos sinónimos para decir lo mismo. Todo un arte de la palabrería pero lo importante siempre suelen ser los hechos. Son la evidente gracia de la realidad.

Hoy no necesité a nadie. No es que me lo repita para convencerme de ello. Y no necesitaba a nadie porque estaba sola. Nacho había salido de cena con sus amigos, con lo que no podía contar tampoco con Lucas. Y es que en realidad, hoy no me apetecía nadie que no fuera yo misma. Y me (siento) sentí única, llena, en total plenitud, con total libertad. Me mojaba con la sola sensación de saberme así, de saber que me valgo yo solita para poseerme, para absorber el olor de mi coño; excitarme con esa percepción, con el tacto único de mi piel, con el sonido rítmico dentro de la arritmia de mi respiración...

Me excita el saber que no necesito ni de él, ni del otro ni del de más allá... Me basto yo sola.
Sí: Mí, me, conmigo... Como si mi abecedario empezara en la Z y acabara en la A: Zorra de mí mismA.
Yo sola: Mis dedos, mi peón y mi alfil. 

                           Caminé por la casa.
Lo hice desnuda y descalza, con las luces apagadas, con las cortinas sin correr, viendo la calle desde este lado del cristal. Apenas algún coche, alguien caminando con su mascota... Poco movimiento que no me distraía de mi faena. Pensaba en lo que me esperaba. Esa idea de sentirme puta de mi misma me estaba poniendo muy perra, muy cachonda. Sentía aquellas corrientes de humedad resbalándose en mi interior, mojándome toda en tanto me contoneaba paseando como una buscona para atrapar la atención de algún macho. Me apoyaba en las paredes, pegando mis tetas a ellas, invitando con mi trasero en pompa. Me cogía aquéllas, las apretaba y elevaba como si fuera a rozarlas con mi lengua, enseñándoselas a saber dios quién, a qué semental libidinoso. Ponía morritos, me chupaba y comía los dedos...

Del salón, cogí un par de velas. Las encendí en el dormitorio y las dejé sobre cada una de las mesitas de noche. Así, en penumbra, en el tintineo de las llamas, entre mis sombras y mis luces, me sentía a mis anchas, en mi lujuriosa concentración. Me apoyé en la pared y me estremecí ante la fría sensación, ante el contraste del calor de mi cuerpo contra el suave violeta.
Mis manos sobre mis muslos. Mis ojos cerrados ante su ascendente recorrido hasta mis tetas, hasta hacer martirio en mis pezones elevados, mientras mi sensación, real e imaginaria, húmeda aumentaba entre mis piernas.


Mi boca se abría y se cerraba ante la imagen de otra boca, de una lengua que se abría paso entre mis labios; ante el tacto rígido de mis dos dedos que la penetraban una y otra vez, liberándose, sin querer, sin objetar de la presión de los rebordes carnosos y mojados de mi boca.
Cuando mi otra mano buscó el camino entre mis muslos, cuando las puntas de los dedos tocaron los primeros vellos, mojados, y llegaron a tocar mi clítoris..., mi garganta farfulló un gemido que me sorprendió por su irreverencia, naturalidad y sonoridad. Me frotaba contra la pared como una gata en celo, como una puta gata que solo desea que se la follen... Y a falta de gato, yo. No hay nadie mejor que yo esta noche para acallar mi coño. Hoy no ganaría ninguna polla. Hoy el trofeo de mi orgasmo sería más mío que nunca.


Tomé el lubricante. Lo extendí primero sobre las yemas y luego impregné los dedos. Comencé a relajar mi zona postrera. Los dedos se resbalaban y uno de ellos entró sin problemas. Intenté con dos pero tuve que seguir masajeando hasta  probar con mi peón e introducirlo pausadamente mientras me ayudaba de mi otra mano. Me abría la carne lentamente, haciéndose paso. Debiese haber perdido más tiempo en la recreación pero mis ansias me podían. Deseaba meterme aquello hasta el tope, disfrutar de la sensación de tenerlo dentro, de pensar en cualquiera de las pollas de mis hombres, mientras yo seguía con mi goce y disfrute particular.
Anclado el peón era hora del alfil, de empezar a formar parte de aquel juego.  Pero antes, como si fuera a tomar nota de lo que debería hacer, inspiré profundamente y le enseñé la delicadeza de mi piel. Mis dedos buscaron aquella parte tan latente de mi sexo. Rodeé mi clítoris una vez tras otras, con ritmos, de lento a rápido... pero no quería irme tan rápido, así que afiné el toque. El lubricante seguía prendido en mis dedos, extendiendo y mezclándose con mis flujos, con los que brotaban y con los que se me bañaban por dentro.
Y no pensaba en nadie...
O pensaba en todos. En una orgía mental en la que solo yo domino.
Eran mis dedos... O sus dedos... Pero sí es mi coño.
Y eran los suyos, que son míos, los dedos que me penetraron, los que salían y entraban jugando al escondite y tocar "chufa por todos mis compañeros". Son esos, los que buscaban apego en mi crecido clítoris, quienes lo rodeaban y lo escoltaban, quienes lo tentaban y apuraban... Y es el momento, preciso aquél, en el que necesitaba algo más de empuje, algo más de amarre, algo más de presión porque tensión me sobraba... Un poco más fuerte, un poco más rápido y dejar que mi brazo se relajase y ganara el juego de mi muñeca. Y fue el turno de mi alfil, el que, magnánimo de cristal, atravesaría mis entrañas de principio a fin, el que se fundió frío en el tacto ardiente de mis carnes más profundas...
El sonido de mis efluvios me enervaba más la sensación de fuego. Cerré los ojos y, mientras mi lengua acariciaba mis labios y mis dientes los mordían con prudencia, entre mis piernas abiertas, mi alfil me penetró una y mil veces más. Mi coño se sentía agradecido. Es exigente pero agradecido. Sus paredes están hechas para adaptarse a todo, a su forma y a su movimiento; y él, el alfil de cristal, es capaz de aguantar todo el chaparrón que le suele sobrevenir.
Y hecho su trabajo, elevados mis efluvios y flujos, mojada la sábana, mis muslos y mi coño, inspiré y expiré, como si un último aliento fuera a darme la vida.
Y no necesito a nadie. Ya no imagino a nadie. 
Y no necesitaba ni imaginaba a nadie. No más espectadores que mi mente, que mis ganas, que mi disfrute, que mi propia fantasía de ser eso: meretriz de mi misma, la más perra entre las perras, la más zorra de entre las zorras; la que mejor maneja sus dedos, la que mejor sabe satisfacerse, la que con ella no tiene tabúes, la que se extralimita, la que se queda  sin aire por momentos, la que está a punto y se domina, la que aplaza su orgasmo; la que grita y estalla, la que jadea y gime; la que se llama a sí misma puta.
Yo.
La que se erige, la que se ahoga, la que se martiriza, la que se vence ante sus propias caricias, ante sus propios matices, la que se enerva y usurpa, la que en el santo sacrificio de su entrega, eleva la hostia y el cáliz de su consagración.


jueves, 9 de octubre de 2014

Serpientes del Pecado...


o Rebelión de los Sentidos.
Y dar paso libre a los instintos
suscitando esa insubordinación de vuestros sentidos
esa rebelión que les deja la plena libertad
para llegar a ese punto tan íntimo y sublime,
tan exaltados como dominantes y vencidos,
que subyacen al límite justo del colapso de vuestros cuerpos,
en la torpeza de vuestra respiración,
en la impericia de esos gestos hambrientos en boca, manos, piernas y sexo;
donde no se sabe dónde empieza o dónde culmina ese festín demente y loco,
cuerdo y sano, de los deseos desatados y envueltos en puro vicio, en puro Pecado,
y donde ambas os convertís en deleite,
en dos almas desvestidas de piel
repletas de sensaciones, de sentidos e instintos
que se han rebelado en sumisión y complacencia,
que se han batido en lucha hasta ese último fluido.
Dos cuerpos libres enredados como serpientes del Paraíso
arrodillados y hostigados ante un único dios,
ése al que vestís de desenfreno, inmoralidad y Pecado
y a quien crucificáis en perfecta comunión para salvación vuestra.

.

.

El Beso del Pecado

El Beso del Pecado
La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.