Si el placer es Pecado, yo vivo en la Gloria del Infierno.

Pecado es todo aquello prohibidamente placentero:

El Tacto del Pecado

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Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.

jueves, 27 de noviembre de 2014

"Fucking" llamada...

Decidí llamar a Nuria para tomar algo a media mañana, aprovechando el tiempo que tiene para desayunar. No tenía pretensión alguna de vez a Pablo -el trabajo de ella y los Juzgados quedan cercanos-. Supongo que ha encontrado lo que buscaba porque no sé nada de él desde hace tiempo. Tampoco yo he hecho por ello demasiado. Con Leo ya ni me molestaba. Pasaban los días y eran eso, solo días, miles de excusas intercaladas con cientos de mensajes que ya no me aportaban nada. Sí, me fastidia reconocer que aquella efusión de los primeros días se está desvaneciendo. Los "bi" seguían por ahí y no me apetecía un polvo de esos. Lucas, Lucas necesita tiempo aunque sí, le gustan los aquí te pillo, aquí te follo... Y me ha pedido ya varias veces quedar para celebrar mi cumpleaños a solas y darme la sorpresa que me tiene reservada.
El sabor y aroma del placer reside en la variedad.

El resto de la mañana pasó con más pena que gloria y me comporté como una buena ama de casa hasta después de comer, cuando decidí que sí, que me iba con Lucas a tomar un café. Tenía más que tiempo hasta que se tuviera que regresar para arreglarme y salir con Nuria.
Supongo que a él también le vendría bien el hablar un rato después de una reunión con Marina y los abogados, así que me acerqué hasta el centro. Quedar fuera de casa haría que me lo tuviese que currar un poco más. Dí por hecho que no se trataba de una fucking llamada por su parte, aunque con lo caliente que andaba tampoco me importaba en realidad.

La primera vez que me acosté con Lucas fue después de un almuerzo, después de un té y la follada fue de impresión. ¿Por qué no repetir los buenos momentos a pesar de las veces que me digo que no?
Yo iba a lo que iba: a tirármelo. Me apetecía y punto. En la ducha que me había dado ya me había calentado lo suficiente y estaba cardiaca perdida. Quería una polla y la de él era perfecta.
Veía que el tiempo me apremiaba conforme las ganas me crecían. Hacía ya unas semanas que no coincidíamos y, entre unas cosas y otras, lo estaba mirando con otros ojos. Y él se dio cuenta.

- Me estás comiendo con los ojos o son imaginaciones mías –entonó.
- Tú qué crees.
- ¿Sinceramente? –asentí con la cabeza. Echó el cuerpo hacia mí y su cara muy cerca de la mía para dejar su boca a la altura de mi oído-. Te follaría ahora mismo hasta que gritarás basta.
- Eso me suena –ironicé.

Así que me levanté, segura de mi victoria. No había que andarse con tonterías a esa altura de la película. No había que seducirle. No era necesario así que, directos hacia su casa. Apenas entramos en el ascensor, me abalancé sobre él. ¿Poner resistencia? Ni poca ni nada.
Mi mano fue directa a su paquete y mi boca, directa a la suya, bien abierta, con la lengua empujando la suya; comiéndomelo, comiéndonos con avaricia. Cogí su mano con fuerza y la llevé directamente entre mis piernas, para que palpara, para que se diera cuenta de cuán mojada me hallaba, y aquel miembro creciera más en mi mano a pesar de los pantalones. Me quedaba piso y medio para que el ascensor se parara en planta. Empujé a Lucas para coger impulso hacia atrás, tanto que casi por inercia reboté. Fui rápida y mis bragas quedaron en la mano como una ofrenda hacia él. Las tomó y las olió. Inspiró profundamente, quedándose con el aroma de ellas. Al pararse el ascensor y abrirse las puertas, las guardó en un bolsillo.

- ¡Estás loca!
- Y te me voy a follar… -le dije, dándome cuenta de que mis gestos eran, no solo provocadores sino también, embaucadores.

Cuando la puerta del piso se cerró, enfilé el pasillo en dirección a la habitación, dejando un sendero de ropa que él complementó con la suya. En otras situaciones, los preliminares podían ser necesarios pero no era éste el caso. Cuando llegué a la habitación solo me quedaban las medias. Mis manos se resbalaron por mis muslos llevándoselas consigo mientras Lucas se terminaba de quitar los pantalones y el bóxer, dejando ante mis ojos la maravilla de su polla en plena erección.
Desnudos los dos, dejé que se acercara hasta dónde yo quería tenerlo. Le empujé sobre la cama y él se dejó caer a peso, boca arriba. Sonrió. Si estaba pensando que me iba a convertir en esa sensual serpiente que reptaría húmeda sobre su piel hasta enroscarse en su cuerpo, estaba muy equivocado. Tal vez luego, sí. De entrada, no. Me convertí en una amazona que saltó sobre él, trincándole las muñecas para dejarle los brazos como arcos escoltando su cabeza. Meneé mi cabeza para retirar un poco mi melena y me incliné sobre él. Me humedecí los labios y le lamí los suyos, sin detenerme demasiado. Fue un lametazo lo suficientemente rápido como para que a él no le diera tiempo de rozar la suya con la mía. Su rostro se convirtió en el lienzo que humedecer antes de la gran obra: desde la nariz, pasando por las mejillas, los lóbulos de las orejas… la frente. Luego me deshice en esos besos quedos, secos, como que pellizcan la piel, mientras levantaba sus caderas y me llevaba en ese subir y bajar, impedido de cualquier otro gesto en el que no tuviera que rebelarse mientras, agradecido, mi clítoris se frotaba sobre su pene.
Me gusta cuando controlo el medio. También disfruto cuando me dominan pero en ese dominio en el que todavía puedo revolverme.

Apoyaba los talones en el colchón y levantaba las caderas, intentado meterse en mí, pero su lucha era en vano.

- ¡Clávatela! –mascullaba jadeante. Sonreí-. ¡No seas tan puta como para mortificarme así! ¡Sabes que te tengo ganas! ¡No me jodas tanto y fóllame de una vez o…!
- O, ¿qué? –le interrumpí-. ¿Sabré lo que es bueno? –continué para cogerle los pezones y pellizcárselos. Fue mi desliz y su castigo, y el preámbulo del mío. Agarró mis tetas y las estrujó. Me trabó las muñecas y me retiró los brazos sobre la espalda. Me miró. Inclinó la cabeza y volvió en busca de una de mis mamas. Su lengua se reveló contra mi pezón, mojándolo, azotándolo, atontándolo para después morderlo, para hacerme gemir, para dejarle vencido mi cuerpo, para entregarme y para dejar que siguiera en aquella cruzada en la que ambos mostrábamos nuestras armas.

Podía notar la humedad saliendo de mi coño. Sus ganas por metérmela.
Él buscando la entrada y yo impidiéndoselo a pesar de que mis fluidos favorecían todo lo contrario.
Mis manos se clavaron en sus hombros y las suyas recorrieron mi cuerpo hasta sujetar mis caderas y guiarme en esos movimientos en busca de la penetración. Por un momento lo logró. Sentí todo el empuje de su polla clavándose, abriéndose paso en mi lubricado sexo. Estaba mojadísima, pringadísima... Sé que podía sentir todo su pubis mojado por mí. Sonrió victorioso pero hay victorias que duran y otras que se desvanecen pronto. Dos clavadas, tres… e hice que su polla se saliera.

- ¡Joder! –exclamó y se contrarió cuando al intentar meterla de nuevo, no le dejé.

Y cuando mis gestos apoyaban su desencanto, empezó su despecho, su venganza. Tomó las riendas de la situación. Me apartó de él y me volteó sobre la cama, dejándome boca abajo; sentándose a horcajadas sobre mi cuerpo. Apretó mis muñecas contra el colchón, medio apoyó el resto de su cuerpo sobre mí  y me susurró al oído:

- ¿Dónde has dejado tu jodida chulería?

Luego, mordisqueó mi oreja. Después, la lamió.
Me apartó el pelo del cuello, dejando libre mi nuca y pasó su lengua. Lo hizo como si fuera uno de esos psicópatas de las películas, deleitándose en el gesto, infligiendo escarmiento ante quien no puede del todo moverse aunque yo tenía seguridad y tranquilidad. Pero no por ello dejé de sentir aquel latigazo que conmocionó mi cuerpo de pies a cabeza. Continuó su juego a lo largo de mi piel. Descendió por el cuello: lamiendo, mordiendo, besando; continuando por el centro de la espalda en esa misma deletérea combinación de gestos, llegando hasta el nacimiento de mi culo. Oprimió con cierta fuerza, como quien estruja una naranja para sacarle todo su jugo. Me separó las nalgas y sentí una ligera acometida de dolor cuando tensó aquella parte de mi piel tan cercana a mi ano. Gemí en protesta y apuré los sonidos cuando sus dedos, sin clemencia, palmotearon sobre mi mojado coño, como poniéndome en alerta.

Sentí sus piernas separando las mías, quedando en esa posición en la que uno manda y la otra se somete. Asió mis caderas, tiró de ellas y quedé arrodillada. Sentí sus besos, el toque suave de sus dientes arañando mi piel, sus dedos actuando como finos garfios, arrastrándola. Y, después, su lengua. Esa máquina de tortura que empezó a sembrar saliva buscando mi coño desde el ano. No podía protestar porque me gustaba, porque estaba tan caliente como una perra en celo, porque me sentía muy puta y quería que continuase así hasta que me perdiera en el orgasmo más brutal.


Un dedo antecedió a un segundo y éste, a un tercero dentro de mi vagina. Un cuarto se abrió paso entre mis labios y acabó haciendo círculos sobre mi clítoris. Me estaba volviendo loca. Sujetaba mis manos a las sábanas. Las arrugaba entre mis dedos, las mordía; escondía la cara en ellas las veces que no echaba la cabeza hacia atrás para ver cómo me trabajaba. Sus dedos entraban y salían de mi coño y  mi mundo, en ese instante era un caos. Un caos por no saber qué era lo que más placer me estaba produciendo: Si aquellos lametazos en el ano, si sus caricias en la vulva o si era el movimiento de sus dedos perforándome.
Escuchaba el chapoteo de su juego. Percibía la sensación de contener la salida inevitable de mis efluvios, las ganas de no quererme ir, de luchar contra la inexcusable llegada de un orgasmo… Mis dientes chirriaban unos contra otros, aguantando, suplicando que mi suplicio finalizara y empezara a follarme como un desalmado.

Sí. Creo que le grité que lo hiciera. Levantaba mis caderas, le ofrecía más si cabía mi sexo; empujaba hacia él, insistentemente… Sí, se estaba ganando mi sumisión. Se puso en pie.  Sacó lubricante de un cajón y un par de preservativos, creo. Tiró de mí para colocarme más cerca del borde de la cama. Palmoteó mis glúteos. Pasó la mano por mi coño, y con ese mismo líquido que los impregnaba y un chorretón de gel, empezó a masajearme mientras su polla se iba introduciendo poco a poco, casi al tiempo que sus dedos lo hacían por mi ano.
Estaba tan mojada, tan caliente, tan cachonda que dudé. Dudé si me estaba metiendo dedos o polla hasta que, en un momento dado, grité. Supe que me estaba follando el culo con su verga. Su dureza, su groso…, el movimiento de su cuerpo en las embestidas…

- ¿Estás bien?

No del todo. No estaba bien del todo. Hacía días que no me la habían metido por detrás y parecía siempre como una primera vez, pero yo quería que no parase así que, apreté los dientes, me clavé las uñas, dije que siguiera y empujé fuerte hacia él. Su polla me atravesó entera. Contuve el aliento, y Lucas empezó a retroceder y a avanzar, despacio, sin prisa, introduciendo sus dedos en mi coño para distraerme de aquellas punzadas de dolor hasta que mi carne cedió y, entonces, todo fue dado.
Sus clavadas parecían más ligeras y su respiración más acelerada. Sus golpes secos al final de cada incursión me gustaban. Jadeaba, gemía…, escondía mis gritos de complacencia entre mis dientes.
Un par de movimientos rápidos, unos segundos de vacío y su polla suplantó a sus dedos con la fuerza de un florete… Y, sin apenas tiempo a reaccionar, me fui en aquel orgasmo que expresé con aquella corrida y con aquel grito que hasta a mí me sorprendió. Y siguió balanceándose hasta que le pasó a él y, en tanto yo seguía corriéndome, noté la quemazón de su leche al final de la espalda y luego el roce de su pene extendiéndolo.
Sí, tremendo polvazo el de esa tarde. Se había asegurado otro, aunque no sepa cuándo va a ser. Ya le buscaré para repetir.
¿Y si sorpresa?
Una preciosa joya: Un anillo con pedrusco de forma ovalada que no pude aceptar. Una pena porque era realmente bonito. Tal vez un poco ostentoso. No podía presentarme en casa con un objeto como aquél, ni poniendo la excusa de que me lo había comprado yo por gusto porque Nacho sabe que no lo haría.

- Le diré a Nacho que lo tenía guardado desde hace tiempo para regalárselo a Marina por si servía de algo, que dejé pasar mucho para poder devolverlo y que es una pena que esté guardado en un cajón.

Tres días más tarde tenía el anillo en mi dedo.

viernes, 21 de noviembre de 2014

Pecarás en el Infierno...

Hálleme ante las Puertas del Infierno esperando a que algún alma caritativa las abra. Aquí, arrodillada como lastimera. Mentira consciente la mía que me aleja de otra gloria y me ingresa en el Averno. 
¡Ángel caído ante mis ojos! Dícese del HIjo de la Aurora. Ahora entiendo por qué el Infierno arde. 
¡Bendita condena! 
¡Bendito mi Pecado!
¡Benditas las lenguas que me delataron!
¡Benditos los ojos que censuraron mi conducta 
y las manos que me denunciaron con la rigidez de su dedo acusador 
y la sinrazón de su falta inteligencia!

Ni serpientes ni alacranes tienen la culpa, ni siquiera mi libre albedrío. Aquí no hay culpa, aquí no hay penitencia. Aquí solo hay placer; el placer de aquéllos que se sienten libres, sin prejuicios y a pecho descubierto. Auténticas llamaradas surgen de entre las paredes del fuego eterno que conserva a las almas que, por puras e imputadas, proclaman la plenitud de este calvario ante el vituperio consentido.

- ¿Sabes por qué estás aquí? –me preguntó-. ¿Sabes cuántos delitos se te imputan?
- No.
- Estás eternamente condenada.
- ¿Yo? ¿Por qué? ¿De qué se me acusa?
- Aquí, de nada. Arriba del todo, tampoco. Pero bien sabes que hay mortales que se visten de puros y predican con falsos ejemplos, viven en sus vacías vidas llenas de prejuicios y servilismos, preocupados en la plenitud y libertad de los demás y en su forma de demostrarlas. Fíjate cómo son que ni aquí son admitidos, porque no disfrutan de lo que se les da. Vagan en el limbo por la eternidad de sus penas. Se creen purificados en aguas por nadie bendecidas y, sin embargo, te han acusado. Te imputan el pecado de soberbia  porque, aún no siendo la única, pretendiste serlo; el de ira porque te engañó con todas; los de avaricia y gula porque quisiste todo de él y no te dio suficiente, el de pereza al no pensar en otros…, el de envidia porque querías ser como ellas… -Y calló.
- ¿Quién es él?
- ¿Quién soy yo? Pecado me llaman. Siempre soy yo aunque me haga llamar de mil maneras diferentes, solo que unos me vanaglorian y otros me repudian y, en cambio, todo mortal me desea.
- ¡Sus acusaciones son carentes de sentido! -protesté-. Pecaría de soberbia porque me siento orgullosa de ser cómo soy y de hacer lo que hago, de apoyar a quien como yo, cree en sí mismo. Y por censurarme, reconozco que me lleno de ira. Puedo pecar de avaricia y gula porque quiero lo mejor de mí y de los demás, y devoro sus obras para sentirme bien y satisfacerles en su faena; de envidia, seguramente peco porque me gusta hacer muchas cosas tan bien como las hacen otros y solo puedo hacerlo a mí manera... Y, aún así, mi querido ángel de alas negras, creo que tengo todo el perdón del Universo condensando en ti. Y, aún así -acentué-, sigo sin pecar del todo... porque en mí no existe la lujuria como tal, sino que reside en el disfrute de mi cuerpo y de mi alma porque me han creado para ser y hacer feliz.
- ¡Ése que tú proclamas, lo has cometido desde que me has visto! Y, aun así -sonrió por utilizar mis mismas palabras-, voy a ser tu mejor pecado. Hoy soy Lujuria…, y me vas a consumar.
- ¿Crees que estás preparado?
- Llevo todo mi pasado preparándome para ti, implorando que aparecieses, y he superado muchas de tus pruebas... Y hoy, nuevamente, se me ha concedido la dicha ante los ojos de los impíos. 
- ¿Por eso estás postrado ante mí?
- Por eso...

Para quienes se creen con el poder de la verdad absoluta, les regalo todos mis pecados, los que me hacen libre. Nadie puede controlar quién soy, quiénes somos. Y sus falsas verdades solo les engañan a ell@s, que mi libertad está en mí y de nadie más es esclava.
Y, como digo al final del blog, no hay mayor pecador/a que quien se cree libre de Pecado.
¡Benditos seamos l@s Pecador@s porque de nosotr@s será la gloria! (...Sea la que sea).
Ya sabéis de cómo me gusta mezclar términos, hacer metáforas y utilizar simbolismos.
Va por quienes tratan de limitarnos.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Des-Atada...

Me llevó todo el día llegar hasta ahí. Desde ese beso en el hombro cuando todavía no había amanecido hasta este mismo instante en el que atravesé el umbral de la puerta del hotel. No vi a Nacho en todo el día, ni siquiera a la hora de comer. Mi cumpleaños y nadie con quién celebrarlo, salvo conmigo misma pero sabiendo, casi minuto a minuto, qué iba a acontecer un poco más tarde. Y, eso sí, mil llamadas diciéndome lo mismo y yo respondiendo de igual modo.

Ya estaba ahí, como él me había indicado, cubriendo mi desnudez con el conjunto de lencería que me había regalado: negro noche, porque le gusta, y encaje suave porque me encanta; escote balcón para una prenda y escasa tela para la otra. Y las piernas enfundadas en seda del mismo color; vestido corto y taconazo de impresión. Mirándome al espejo, tenía la impresión de ver a la amante sexy de la muerte. Odio el negro o, digamos, que no le tengo demasiada devoción pero todo sea por la patria que lo pide.

Tomé el ascensor después de hacer la llamada perdida exigida. La ciudad se iba quedando a mis pies y me sentía extraña en aquella cápsula de cristal adosada a la pared. Atravesé el pasillo, flotando sobre la moqueta hasta llegar a la habitación 809. Respiré profundo e introduje la tarjeta para entrar. Ahí, crucé un corto pasillo en penumbra hacia una figura a contraluz que se perfilaba ante aquella cristalera tras la que se veía un horizonte oscurecido y el tintineo reflejado de velas, en tanto sonaba una melodía ("Skin on Sinn" de Sarah Connor) que reconocí casi al instante. Una música exquisita dedicada para un momento como aquél y un aroma como a maderas y el reconocible perfume de mi marido: una mezcla excitante y evocadora.
Y como si de una escena de película se tratase, Nacho se acercó lentamente acortando mi camino. Su presencia me impactó y mi corazón empezó a latir con fuerza mientras cientos de mariposas revoloteaban en mi estómago y doscientas hormigas recorrían mi piel.
Y ni una palabra… porque no hacía falta.
Mi cuerpo empezó a moverse despacio ante el suyo. Mi mano izquierda apoyada en su hombro y  la otra entrelazada a la suya, su brazo libre abrazando mi cintura. Un vaivén suave, ligero, de cuerpo contra cuerpo, de respiración tomando el aire del otro. Una danza de dos que jugaban a besarse, sin rozarse, de besos extensos de cercanía. Por encima de su hombro no atisbaba más allá. No era consciente de más.
Un beso en la mejilla, su mano entrelazada a la mía y caminamos unos pasos dentro de aquella salita. Sobre una mesa, delicadamente decorada, una cubitera, una botella de champán, dos copas y unas frutas del bosque en unos bonitos boles de cristal. Y mientras Nacho servía el champán frío, mi mirada se dirigió hacia la izquierda donde una puerta de dos hojas permanecía cerrada. Un beso en la sien me obligó a centrarme de nuevo en lo que estaba sucediendo.

- Hola –musitó entregándome una copa. Le correspondí. No sé, pero tuve la sensación de que no debía romper aquella magia con preguntas o con cualquier comentario, sino que lo que de verdad era importante era vivir aquel silencio. Y si había que invadir éste, no sería de otra forma que en susurros.

Volvimos a bailar. Volvimos a besarnos, no solo en cercanía, ahora también labio con labio, lengua con lengua. Y me volvió a enamorar, como lo hacía cada día, de cualquier manera, a su manera, con cualquier cosa, con cualquier gesto…
Hablamos un poco. Nada demasiado trascendente. No era el momento.
La cena no puedo negar que fue exquisita y a mí gusto, porque me conoce, porque sabe qué me gusta y cómo me gusta.
No solo me comía las viandas. Me lo comía a él, con la mirada y con las ganas, con mi sexo mojado y mi imaginación volando y puedo asegurar que casi con la timidez y los nervios similares a los de una primera vez muy especial. Un auténtico placer para los sentidos.

Aquella mirada oscura y penetrante, aquella piel eterna y suavemente bronceada; la camisa blanca, ya sin corbata, sus pantalones claros…
Su sonrisa, a medio camino entre la mueca y la carcajada. Me preguntaba qué estaría pensando y estaba segura de que nada bueno. Y cuando digo bueno, me refiero a alguna de esas ideas suyas que me dejan sorprendida.

Apenas habíamos terminado los postres. Tampoco me importó. Me quedé de pie. Me dio tiempo de contar hasta tres mientras su mirada se clavaba en la mía al tiempo que acortaba la distancia que nos separaba. Cuando llegó a mí, simplemente me abrazó. Pero no lo hizo para besarme, para sentirme cerca, no. Lo hizo para bajarme la cremallera del vestido y pedirme que bailara para él mientras me deshacía de la ropa y él disfrutaba de un whisky. Me quedé perpleja mientras se alejaba hacia aquella base donde tenía el móvil, para poner nuevamente música y dejarla sonar. Luego, sencillamente, se sentó a observarme mientras mantenía su vaso en la mano.

Pensé en que era mi cumpleaños y resulta que la fiesta parecía solo para él pero, en realidad, estaba disfrutando yo tanto o más que él. Mi cuerpo empezó contonearse al ritmo de la música. Mis manos a acariciarlo. A volverme de espalda, luego de cara… ¡Nunca había tardado tanto en quitarme un simple vestido!

- Ven –reclamó. Y me acerqué despacio, con la mirada entornada y esa media sonrisa en mis labios.




Comenzó a desnudarme… pausadamente, como recreándose en cada gesto, recorriendo los bordes de mi ropa interior y despertando mi piel. Soltó el sujetador y mis pechos quedaron prestos a sus manos y a sus deseos. Rozó el centro de ellos, suavemente, hacia el ombligo, hasta llegar donde mi piel volvía a quedarse bajo el encaje. Lentamente, descendió la prenda por mis muslos. Casi podía percibir la quemazón de su aliento. Levantó su mirada, buscando la mía, y tocó con sus dedos la entrada de mi vagina. Sonrió. Guiñó un ojo y, aquellos dedos que me habían rozado, los introdujo en mi boca. Primero fue mansamente; después, ligeramente más violento en un juego de dedos y de bocas.
Solo dejó mis medias y mis tacones.

Cogió una de las sillas y la colocó justo frente a la puerta cerrada. Hizo que me sentara y me selló los labios con los dedos antes de que yo me atreviera a decir nada. Caminó hasta ella y la abrió de par en par. Mis ojos se clavaron en aquella impresionante cama con dosel desde el que descolgaban largas y sedosas telas blancas hasta rozar casi el techo.  Se situó tras de mí. Se apoyó en mis hombros y se inclinó para hablarme al oído.

- ¿La ves?
- Sí…  -musité. Sabía que no la había elegido por casualidad o porque me volvieran locas las camas con dosel-. Las telas…
- No son simples telas que hacen más bonita la cama, te lo aseguro. –Y en ese preciso momento se me erizó toda la piel. Sentí una corriente eléctrica que me sacudió por completo-. Piensa en todo cuánto puedo hacerte ahí.  -Acepté su mano y caminamos hacia los pies de la cama. No sé para qué me había hecho sentar. Supongo que para enervarme en pensamientos lascivos..- Ven, sube y colócate de rodillas.

¿Por qué iba a protestarle si estaba jugando conmigo como me gustaba que lo hiciera? ¿Cómo iba a contrariarle o refutar en sus intenciones si estaba exultante de morbo? Así que acaté sus “órdenes”. Allí, entregada y dispuesta a esa experiencia, colocó mis brazos en cruz y ató mis muñecas con las telas que pendían sobre la cama. Levantó mi rostro, con un gesto de esos de “ordeno y mando”, con esa seguridad que da saber que se tiene el mando, y me besó antes de empezar a desnudarse ante mí.

No sé quién de los dos podía deleitar más en aquellos hechos: Si yo recreándome solamente con la vista, sin poder tocarlo, o, él regocijándose al tenerme a su merced. Lo que sí era evidente era la latente erección de su miembro.
Subió a la cama y se situó en mi retaguardia. Separó ligeramente mis piernas y agarró mi pelo; tiró suavemente de él, forzándome a levantar la cabeza y mirar al frente. Recorrió mi espalda con la mano libre hasta llegar a mis nalgas. Un masaje suave. Otro más marcado y una palmada de abajo hacia arriba que me hizo protestar sin más. Y de pronto, sin esperarlo, me mordió. Me mordió como un niño en una rabieta, sabiendo lo que hacía, con alevosía y, casi seguro, con premeditación, asegurándose de besar el mordisco antes de que empezara a sentir algún tipo de dolor o le reprochara el gesto en mi trasero.
Lo cierto es que me sentí como una yegua a la que estaban a punto de marcar y a la que solo le habían dado un aviso. Sentí la fuerza de su brazo tirando de nuevo de mi pelo y, al tiempo, el roce de su polla dura, de su glande, en mi coño, buscando mi clítoris entre los labios e introduciendo, intencionadamente, la punta en mi sexo, estimulándome, lubricándose de mí y conmigo.
No había reparado en el pedazo espejo que había frente a la cama. Podía observarnos por completo. Podía verme en posición de alabanza, como quien ora en exaltación del alma. Bendita condena en tan codiciada penitencia.
Sus movimientos comenzaron a intensificarse. Empecé a sentir más adentro su polla pero sin llegar a penetrarme del todo. Su única intención era llevarme un poco más allá, solo un poco más allá. Desesperarme, oírme suplicar, gemir y gritar de gusto. Y cuando ya estaba plenamente convencida de que iba a correrme, cuando ya sentía temblar todo mi cuerpo y me costaba mantener las rodillas en tensión, cuando ya me aferraba a las telas que me retenían por las muñecas, cuando ya venía cambiando la expresión de mi rostro… ¡Zass! Una palmada y se apartó de mí. ¡Canalla!
Le observé regresar a la sala contigua, retornar casi al instante con aquel bol de frutas rojas que él mismo había dejado en la nevera. Se acomodó a mi lado. Tomó aquella fruta que se había revestido de vaho por el cambio de temperatura.

- ¿Quieres?
- Sí –respondí al tiempo que pensaba en la siguiente de sus jugadas. El movimiento siguiente fue separarme más las piernas y pasar aquella gélida fresa desde mi ombligo hasta el nacimiento de mi coño. Se me erizaron los pezones. Se me enervó la piel. De mi boca salieron varios quejidos. Me mordí los labios y apreté los dientes. Y al mantener los ojos cerrados no le vi situar su cabeza entre mis piernas pero sí sentí su lengua en mi clítoris y la fría sensación de la fruta y de sus dedos usurpando el vació bajo aquél. El aliento salió de mi boca en forma de exhalación, como si me fuera la vida en aquello. El frío pronto dejó de serlo y se convirtió en una sensación muy placentera. Aquella lengua castigaba el botón escondido con repasos de oscilaciones tan pronto rápidas como lentas, provocando en mí aquel cúmulo de sensaciones casi extremas en las que apretaba mis puños como si eso fuera a contenerme. Veía su polla erguida, llamándome, pero poco o nada podía hacer desde aquella posición.
Y la fruta, embadurna de mis jugos, acabó rozando mis labios. Le miré a los ojos y me encontré con aquella mirada que, igual que me traspasaba, me incitaba a continuar.

- Abre la boca –y así lo hice- y prueba. Degústate como nunca lo has hecho- indicó. Al principio fue extraño pero solo era la primera. Llegó la segunda fruta. Y la tercera… Hasta…, no sé… Aquella experiencia de disfrutar de mi sabor, compartirlo con él, saber que me comía mientras me saboreaba… Era de un morboso… Sí, de un morbo afrutado.

Me desató un segundo para dar un poco de rienda a las telas, para que éstas quedasen más largas, y relajé mis brazos. No me gusta la sensación esa de después de la crucifixión. Sientes que te duele algo que casi no aciertas a percibir. Rodó sobre la cama y de debajo de la almohada sacó la pequeña cámara de video. No la había extrañado pues es algo que solo usamos cuando salimos de excursión o de vacaciones.

- ¿Vas a grabarnos?  _Y negó con la cabeza.
- ¿Qué tal tu masaje de esta tarde?
- Bien. Una experiencia muy positiva –respondí confusa, preguntándome por qué me cuestionaba ese tema. Sí, él mismo me había reservado hora en un salón de (*) masajes. No había sido el de Isaac pero la experiencia de aquel sexo “tántrico” me había llevado casi al culmen. El muy capullo había grabado toda la sesión y me vi ahí, en la pantalla del televisor, mientras aquella mujer masajeaba mi cuerpo y mi clítoris-. ¡Eres un cabrón! –exclamé. Supongo que mi cara le provocó aquella carcajada. No me dio tiempo a enfadarme pero me hizo pensar mucho, casi en exceso. Estuve a punto de perder en un segundo toda la fogosidad que me encendía.
- ¡Calma, princesa, porque te voy a follar mientras te miras al espejo y mientras ves cómo te han calentado para mí!
 
Se situó a los pies de la cama y tiró de mí, cogiéndome primero de las nalgas, apretándolas, antes de cogerme para subirme sobre sus caderas. No tenía dónde ampararme Solo podía aferrarme a su cuerpo con mis piernas. No se hizo esperar la promesa. Su polla entró en mí con tanta intensidad, con tanta fuerza que llegué a sentir dolor.
Yo una mujer rendida a su macho, suspendida sobre su cuerpo, con las muñecas anudadas; una amazona a la que sacudían con fuerza, a quien estrujaban las ancas mientras, consentidamente, la profanaban una y otra vez, en tanto los ramales que la sujetaban se tensaban con cada embestida.
En cada descenso, su polla entraba en mí hasta lo más profundo. Mis fluidos se acrecentaban y yo, ante aquella situación en la que me veía a tres bandas: en el vídeo, en el espejo y cabalgando, empezaba a perder la razón bajo la banda sonara de mis gemidos en 3D.

Nacho se presentaba ante mí de un modo desconocido, como si hubiera sido capaz de estudiarme, de averiguar, de llevar a cabo cualquier otra forma de follarme. Su fuerza me mantenía en el aire. Sus clavadas parecían reventarme por dentro sin concesión alguna y cuando su boca se abalanzó sobre una de mis tetas, su lengua la lamió y sus dientes mordían mi pezón…, el orgasmo que me vino en ese momento fue como la posesión del diablo disfrutando del más grande de los Pecados, y mi grito se convirtió en un aullido vestal que envolvió todo la habitación. Por unos instantes expiré de aquel lugar, perdí toda conciencia de mi situación… Y lo sé porque cuando recobré la realidad, cuando asentí mis sentidos, cuando vislumbré el espacio que me rodeaba, ya no me encontraba alzada en el aire, ni me era insertada aquella espada de carne pero sí seguía asida a las telas.

Y él estaba frente a mí, arrodillado, con el cuerpo ligeramente echado hacia atrás, mientras con una mano se apoyaba sobre la cama con la otra se masturbaba, mientras jadeaba, mientras su rostro se contraía y clavaba su mirada en mí. Observé tan paciente como excitada, sin perder detalle de su polla, de él, de los gestos que me avanzaban el desafío final. Y no se hizo esperar. Aquel seminal manantial blanco y caliente se derramó sobre mi vientre dejando que pudiera respirar profundamente. Y sonreí. Sonreí al verle tan lujuriosamente entregado y desatado. Exhausto él y reventada yo.

Me desató definitivamente. Masajeó mis muñecas y mis brazos y recobré cierta compostura. Nos tumbamos uno al lado del otro, abrazados. Me sonrió y apartó el pelo que cubría mi rostro.

- Feliz cumpleaños, princesa.

Y parecía que el día iba a acabar con las mismas palabras con las que había comenzado. Las tres mismas palabras. Las mismas que leí en la tarjeta que había dejado encima de la cajita de regalo donde le habían envuelto la lencería.  Las tres mismas palabras que había escritas en la nota del ramo de tantas rosas rojas como años yo cumplía que me había llegado a la hora de comer y en la que me mencionaba las citas en la sala de masajes y en el hotel. La misma palabra cariñosa  con la que se despidió de mí en aquella primera cita a solas. Y la misma que empleaba cada mañana de los últimos once años para darme los buenos días.

Princesa.
Y hoy, su puta princesa. Princesa atada y desatada.

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El Beso del Pecado

El Beso del Pecado
La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.