Si el placer es Pecado, yo vivo en la Gloria del Infierno.

Pecado es todo aquello prohibidamente placentero:

El Tacto del Pecado

.

.

Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Des-Atada...

Me llevó todo el día llegar hasta ahí. Desde ese beso en el hombro cuando todavía no había amanecido hasta este mismo instante en el que atravesé el umbral de la puerta del hotel. No vi a Nacho en todo el día, ni siquiera a la hora de comer. Mi cumpleaños y nadie con quién celebrarlo, salvo conmigo misma pero sabiendo, casi minuto a minuto, qué iba a acontecer un poco más tarde. Y, eso sí, mil llamadas diciéndome lo mismo y yo respondiendo de igual modo.

Ya estaba ahí, como él me había indicado, cubriendo mi desnudez con el conjunto de lencería que me había regalado: negro noche, porque le gusta, y encaje suave porque me encanta; escote balcón para una prenda y escasa tela para la otra. Y las piernas enfundadas en seda del mismo color; vestido corto y taconazo de impresión. Mirándome al espejo, tenía la impresión de ver a la amante sexy de la muerte. Odio el negro o, digamos, que no le tengo demasiada devoción pero todo sea por la patria que lo pide.

Tomé el ascensor después de hacer la llamada perdida exigida. La ciudad se iba quedando a mis pies y me sentía extraña en aquella cápsula de cristal adosada a la pared. Atravesé el pasillo, flotando sobre la moqueta hasta llegar a la habitación 809. Respiré profundo e introduje la tarjeta para entrar. Ahí, crucé un corto pasillo en penumbra hacia una figura a contraluz que se perfilaba ante aquella cristalera tras la que se veía un horizonte oscurecido y el tintineo reflejado de velas, en tanto sonaba una melodía ("Skin on Sinn" de Sarah Connor) que reconocí casi al instante. Una música exquisita dedicada para un momento como aquél y un aroma como a maderas y el reconocible perfume de mi marido: una mezcla excitante y evocadora.
Y como si de una escena de película se tratase, Nacho se acercó lentamente acortando mi camino. Su presencia me impactó y mi corazón empezó a latir con fuerza mientras cientos de mariposas revoloteaban en mi estómago y doscientas hormigas recorrían mi piel.
Y ni una palabra… porque no hacía falta.
Mi cuerpo empezó a moverse despacio ante el suyo. Mi mano izquierda apoyada en su hombro y  la otra entrelazada a la suya, su brazo libre abrazando mi cintura. Un vaivén suave, ligero, de cuerpo contra cuerpo, de respiración tomando el aire del otro. Una danza de dos que jugaban a besarse, sin rozarse, de besos extensos de cercanía. Por encima de su hombro no atisbaba más allá. No era consciente de más.
Un beso en la mejilla, su mano entrelazada a la mía y caminamos unos pasos dentro de aquella salita. Sobre una mesa, delicadamente decorada, una cubitera, una botella de champán, dos copas y unas frutas del bosque en unos bonitos boles de cristal. Y mientras Nacho servía el champán frío, mi mirada se dirigió hacia la izquierda donde una puerta de dos hojas permanecía cerrada. Un beso en la sien me obligó a centrarme de nuevo en lo que estaba sucediendo.

- Hola –musitó entregándome una copa. Le correspondí. No sé, pero tuve la sensación de que no debía romper aquella magia con preguntas o con cualquier comentario, sino que lo que de verdad era importante era vivir aquel silencio. Y si había que invadir éste, no sería de otra forma que en susurros.

Volvimos a bailar. Volvimos a besarnos, no solo en cercanía, ahora también labio con labio, lengua con lengua. Y me volvió a enamorar, como lo hacía cada día, de cualquier manera, a su manera, con cualquier cosa, con cualquier gesto…
Hablamos un poco. Nada demasiado trascendente. No era el momento.
La cena no puedo negar que fue exquisita y a mí gusto, porque me conoce, porque sabe qué me gusta y cómo me gusta.
No solo me comía las viandas. Me lo comía a él, con la mirada y con las ganas, con mi sexo mojado y mi imaginación volando y puedo asegurar que casi con la timidez y los nervios similares a los de una primera vez muy especial. Un auténtico placer para los sentidos.

Aquella mirada oscura y penetrante, aquella piel eterna y suavemente bronceada; la camisa blanca, ya sin corbata, sus pantalones claros…
Su sonrisa, a medio camino entre la mueca y la carcajada. Me preguntaba qué estaría pensando y estaba segura de que nada bueno. Y cuando digo bueno, me refiero a alguna de esas ideas suyas que me dejan sorprendida.

Apenas habíamos terminado los postres. Tampoco me importó. Me quedé de pie. Me dio tiempo de contar hasta tres mientras su mirada se clavaba en la mía al tiempo que acortaba la distancia que nos separaba. Cuando llegó a mí, simplemente me abrazó. Pero no lo hizo para besarme, para sentirme cerca, no. Lo hizo para bajarme la cremallera del vestido y pedirme que bailara para él mientras me deshacía de la ropa y él disfrutaba de un whisky. Me quedé perpleja mientras se alejaba hacia aquella base donde tenía el móvil, para poner nuevamente música y dejarla sonar. Luego, sencillamente, se sentó a observarme mientras mantenía su vaso en la mano.

Pensé en que era mi cumpleaños y resulta que la fiesta parecía solo para él pero, en realidad, estaba disfrutando yo tanto o más que él. Mi cuerpo empezó contonearse al ritmo de la música. Mis manos a acariciarlo. A volverme de espalda, luego de cara… ¡Nunca había tardado tanto en quitarme un simple vestido!

- Ven –reclamó. Y me acerqué despacio, con la mirada entornada y esa media sonrisa en mis labios.




Comenzó a desnudarme… pausadamente, como recreándose en cada gesto, recorriendo los bordes de mi ropa interior y despertando mi piel. Soltó el sujetador y mis pechos quedaron prestos a sus manos y a sus deseos. Rozó el centro de ellos, suavemente, hacia el ombligo, hasta llegar donde mi piel volvía a quedarse bajo el encaje. Lentamente, descendió la prenda por mis muslos. Casi podía percibir la quemazón de su aliento. Levantó su mirada, buscando la mía, y tocó con sus dedos la entrada de mi vagina. Sonrió. Guiñó un ojo y, aquellos dedos que me habían rozado, los introdujo en mi boca. Primero fue mansamente; después, ligeramente más violento en un juego de dedos y de bocas.
Solo dejó mis medias y mis tacones.

Cogió una de las sillas y la colocó justo frente a la puerta cerrada. Hizo que me sentara y me selló los labios con los dedos antes de que yo me atreviera a decir nada. Caminó hasta ella y la abrió de par en par. Mis ojos se clavaron en aquella impresionante cama con dosel desde el que descolgaban largas y sedosas telas blancas hasta rozar casi el techo.  Se situó tras de mí. Se apoyó en mis hombros y se inclinó para hablarme al oído.

- ¿La ves?
- Sí…  -musité. Sabía que no la había elegido por casualidad o porque me volvieran locas las camas con dosel-. Las telas…
- No son simples telas que hacen más bonita la cama, te lo aseguro. –Y en ese preciso momento se me erizó toda la piel. Sentí una corriente eléctrica que me sacudió por completo-. Piensa en todo cuánto puedo hacerte ahí.  -Acepté su mano y caminamos hacia los pies de la cama. No sé para qué me había hecho sentar. Supongo que para enervarme en pensamientos lascivos..- Ven, sube y colócate de rodillas.

¿Por qué iba a protestarle si estaba jugando conmigo como me gustaba que lo hiciera? ¿Cómo iba a contrariarle o refutar en sus intenciones si estaba exultante de morbo? Así que acaté sus “órdenes”. Allí, entregada y dispuesta a esa experiencia, colocó mis brazos en cruz y ató mis muñecas con las telas que pendían sobre la cama. Levantó mi rostro, con un gesto de esos de “ordeno y mando”, con esa seguridad que da saber que se tiene el mando, y me besó antes de empezar a desnudarse ante mí.

No sé quién de los dos podía deleitar más en aquellos hechos: Si yo recreándome solamente con la vista, sin poder tocarlo, o, él regocijándose al tenerme a su merced. Lo que sí era evidente era la latente erección de su miembro.
Subió a la cama y se situó en mi retaguardia. Separó ligeramente mis piernas y agarró mi pelo; tiró suavemente de él, forzándome a levantar la cabeza y mirar al frente. Recorrió mi espalda con la mano libre hasta llegar a mis nalgas. Un masaje suave. Otro más marcado y una palmada de abajo hacia arriba que me hizo protestar sin más. Y de pronto, sin esperarlo, me mordió. Me mordió como un niño en una rabieta, sabiendo lo que hacía, con alevosía y, casi seguro, con premeditación, asegurándose de besar el mordisco antes de que empezara a sentir algún tipo de dolor o le reprochara el gesto en mi trasero.
Lo cierto es que me sentí como una yegua a la que estaban a punto de marcar y a la que solo le habían dado un aviso. Sentí la fuerza de su brazo tirando de nuevo de mi pelo y, al tiempo, el roce de su polla dura, de su glande, en mi coño, buscando mi clítoris entre los labios e introduciendo, intencionadamente, la punta en mi sexo, estimulándome, lubricándose de mí y conmigo.
No había reparado en el pedazo espejo que había frente a la cama. Podía observarnos por completo. Podía verme en posición de alabanza, como quien ora en exaltación del alma. Bendita condena en tan codiciada penitencia.
Sus movimientos comenzaron a intensificarse. Empecé a sentir más adentro su polla pero sin llegar a penetrarme del todo. Su única intención era llevarme un poco más allá, solo un poco más allá. Desesperarme, oírme suplicar, gemir y gritar de gusto. Y cuando ya estaba plenamente convencida de que iba a correrme, cuando ya sentía temblar todo mi cuerpo y me costaba mantener las rodillas en tensión, cuando ya me aferraba a las telas que me retenían por las muñecas, cuando ya venía cambiando la expresión de mi rostro… ¡Zass! Una palmada y se apartó de mí. ¡Canalla!
Le observé regresar a la sala contigua, retornar casi al instante con aquel bol de frutas rojas que él mismo había dejado en la nevera. Se acomodó a mi lado. Tomó aquella fruta que se había revestido de vaho por el cambio de temperatura.

- ¿Quieres?
- Sí –respondí al tiempo que pensaba en la siguiente de sus jugadas. El movimiento siguiente fue separarme más las piernas y pasar aquella gélida fresa desde mi ombligo hasta el nacimiento de mi coño. Se me erizaron los pezones. Se me enervó la piel. De mi boca salieron varios quejidos. Me mordí los labios y apreté los dientes. Y al mantener los ojos cerrados no le vi situar su cabeza entre mis piernas pero sí sentí su lengua en mi clítoris y la fría sensación de la fruta y de sus dedos usurpando el vació bajo aquél. El aliento salió de mi boca en forma de exhalación, como si me fuera la vida en aquello. El frío pronto dejó de serlo y se convirtió en una sensación muy placentera. Aquella lengua castigaba el botón escondido con repasos de oscilaciones tan pronto rápidas como lentas, provocando en mí aquel cúmulo de sensaciones casi extremas en las que apretaba mis puños como si eso fuera a contenerme. Veía su polla erguida, llamándome, pero poco o nada podía hacer desde aquella posición.
Y la fruta, embadurna de mis jugos, acabó rozando mis labios. Le miré a los ojos y me encontré con aquella mirada que, igual que me traspasaba, me incitaba a continuar.

- Abre la boca –y así lo hice- y prueba. Degústate como nunca lo has hecho- indicó. Al principio fue extraño pero solo era la primera. Llegó la segunda fruta. Y la tercera… Hasta…, no sé… Aquella experiencia de disfrutar de mi sabor, compartirlo con él, saber que me comía mientras me saboreaba… Era de un morboso… Sí, de un morbo afrutado.

Me desató un segundo para dar un poco de rienda a las telas, para que éstas quedasen más largas, y relajé mis brazos. No me gusta la sensación esa de después de la crucifixión. Sientes que te duele algo que casi no aciertas a percibir. Rodó sobre la cama y de debajo de la almohada sacó la pequeña cámara de video. No la había extrañado pues es algo que solo usamos cuando salimos de excursión o de vacaciones.

- ¿Vas a grabarnos?  _Y negó con la cabeza.
- ¿Qué tal tu masaje de esta tarde?
- Bien. Una experiencia muy positiva –respondí confusa, preguntándome por qué me cuestionaba ese tema. Sí, él mismo me había reservado hora en un salón de (*) masajes. No había sido el de Isaac pero la experiencia de aquel sexo “tántrico” me había llevado casi al culmen. El muy capullo había grabado toda la sesión y me vi ahí, en la pantalla del televisor, mientras aquella mujer masajeaba mi cuerpo y mi clítoris-. ¡Eres un cabrón! –exclamé. Supongo que mi cara le provocó aquella carcajada. No me dio tiempo a enfadarme pero me hizo pensar mucho, casi en exceso. Estuve a punto de perder en un segundo toda la fogosidad que me encendía.
- ¡Calma, princesa, porque te voy a follar mientras te miras al espejo y mientras ves cómo te han calentado para mí!
 
Se situó a los pies de la cama y tiró de mí, cogiéndome primero de las nalgas, apretándolas, antes de cogerme para subirme sobre sus caderas. No tenía dónde ampararme Solo podía aferrarme a su cuerpo con mis piernas. No se hizo esperar la promesa. Su polla entró en mí con tanta intensidad, con tanta fuerza que llegué a sentir dolor.
Yo una mujer rendida a su macho, suspendida sobre su cuerpo, con las muñecas anudadas; una amazona a la que sacudían con fuerza, a quien estrujaban las ancas mientras, consentidamente, la profanaban una y otra vez, en tanto los ramales que la sujetaban se tensaban con cada embestida.
En cada descenso, su polla entraba en mí hasta lo más profundo. Mis fluidos se acrecentaban y yo, ante aquella situación en la que me veía a tres bandas: en el vídeo, en el espejo y cabalgando, empezaba a perder la razón bajo la banda sonara de mis gemidos en 3D.

Nacho se presentaba ante mí de un modo desconocido, como si hubiera sido capaz de estudiarme, de averiguar, de llevar a cabo cualquier otra forma de follarme. Su fuerza me mantenía en el aire. Sus clavadas parecían reventarme por dentro sin concesión alguna y cuando su boca se abalanzó sobre una de mis tetas, su lengua la lamió y sus dientes mordían mi pezón…, el orgasmo que me vino en ese momento fue como la posesión del diablo disfrutando del más grande de los Pecados, y mi grito se convirtió en un aullido vestal que envolvió todo la habitación. Por unos instantes expiré de aquel lugar, perdí toda conciencia de mi situación… Y lo sé porque cuando recobré la realidad, cuando asentí mis sentidos, cuando vislumbré el espacio que me rodeaba, ya no me encontraba alzada en el aire, ni me era insertada aquella espada de carne pero sí seguía asida a las telas.

Y él estaba frente a mí, arrodillado, con el cuerpo ligeramente echado hacia atrás, mientras con una mano se apoyaba sobre la cama con la otra se masturbaba, mientras jadeaba, mientras su rostro se contraía y clavaba su mirada en mí. Observé tan paciente como excitada, sin perder detalle de su polla, de él, de los gestos que me avanzaban el desafío final. Y no se hizo esperar. Aquel seminal manantial blanco y caliente se derramó sobre mi vientre dejando que pudiera respirar profundamente. Y sonreí. Sonreí al verle tan lujuriosamente entregado y desatado. Exhausto él y reventada yo.

Me desató definitivamente. Masajeó mis muñecas y mis brazos y recobré cierta compostura. Nos tumbamos uno al lado del otro, abrazados. Me sonrió y apartó el pelo que cubría mi rostro.

- Feliz cumpleaños, princesa.

Y parecía que el día iba a acabar con las mismas palabras con las que había comenzado. Las tres mismas palabras. Las mismas que leí en la tarjeta que había dejado encima de la cajita de regalo donde le habían envuelto la lencería.  Las tres mismas palabras que había escritas en la nota del ramo de tantas rosas rojas como años yo cumplía que me había llegado a la hora de comer y en la que me mencionaba las citas en la sala de masajes y en el hotel. La misma palabra cariñosa  con la que se despidió de mí en aquella primera cita a solas. Y la misma que empleaba cada mañana de los últimos once años para darme los buenos días.

Princesa.
Y hoy, su puta princesa. Princesa atada y desatada.

6 comentarios:

  1. Joderrrrrr!!!!!!!!!
    Dicen que lo bueno se hace esperar!!!!!! Días de no escribir y vaya..!!! Si nos has puesto una película completa y... calentita!!!
    Esto sí que es comer pan frente a los pobres, pecadora!!!!!!!! Y ahora?????

    Claro... pensando en las sedas me quedaré cantando...
    Don't you know that this game is to play just as long as it's time..... can't you see that my heart's gotta know when you're gonna be mine.......

    ResponderEliminar
  2. Wowowowowowo.... a eso llamo yo que te festejen el cumpleaños! ...creo que este Nacho ganaría un montón de dinero como "party planner" ...y creo que su lista de client@s aumentaría considerablemente leyéndote!

    Besotes hermosa... desde el Alma como siempre.

    ResponderEliminar
  3. Desatada locura
    desatada ternura
    de juegos prohibidos
    descubriendo placeres
    descubriendo como eres ..

    leerte me dejó sin palabras
    y con un cosquilleo en el cuerpo
    ( y no me explico ;P más ...)

    por eso te dejo las letras prestadas

    un beso grande y buen domingo !!!

    que sea tan pasional como lo que nos regalas entre letras y más ...

    ResponderEliminar
  4. "Y ni una palabra... porque no hacia falta".... Así venía yo hoy y así me voy... porque las sensaciones que nos regalas en cada entrada nos dejan sin aliento y con la falta de un gran abanico aunque sea noviembre...
    Guapa, tienes un don especial para hacer vivir tus letras, se sienten tan intensas como seguro intenso fue ese encuentre, ese cumpleaños...
    Por cierto, me gusta como hilas de una entrada a otra...
    Muchos besinos!!

    ResponderEliminar
  5. Un homenaje en toda regla, se me ponen los pelos de punta al leerlo...y no sólo los pelos...

    Me encanta...eres tremenda...un besazo princesa

    ResponderEliminar

Ver y sentir siempre es pecar... Y me encanta que lo hagas.

Bajo esta serpiente que abraza hallarás todas las PECAMINOSAS IMÁGENES que nos concede el Pecado.

Bajo esta serpiente que abraza hallarás todas las PECAMINOSAS IMÁGENES que nos concede el Pecado.
Deja que su Tacto encarne las pupilas de tus ojos.

.

.

Te acercarás despacio a mi espalda para hallarme bajo la sábana...

Te acercarás despacio a mi espalda para hallarme bajo la sábana...

En nombre de ti, de mí y del polvo que somos y en el polvo que echaremos. Amén.

En nombre de ti, de mí y del polvo que somos y en el polvo que echaremos. Amén.

Traza sobre mí arabescos con tus manos y tu lengua...

Traza sobre mí arabescos con tus manos y tu lengua...

Y marcaré sobre tu piel la señal de la putísima mujer.

Y marcaré sobre tu piel la señal de la putísima mujer.

La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.

La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.