Si el placer es Pecado, yo vivo en la Gloria del Infierno.

Pecado es todo aquello prohibidamente placentero:

El Tacto del Pecado

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Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.

sábado, 28 de febrero de 2015

Por curiosa...

Vi aquella chica puesta en una especie de potro o de altar, boca abajo, con las piernas abiertas amarradas de los tobillos y de los muslos, con todo su sexo abierto a todas las tentaciones y perversiones consentidas, con el juego de la cera caliente de las velas que se derramaban sobre su sexo Cuando no caía la cera, venía el golpe de aquel artilugio parecido a un cepillo para el pelo, que la hacía convulsionarse y moverse sobre sí misma a cada uno de los embates recibidos.
Sus gritos, gemidos y jadeos, difícilmente libres bajo la mordaza que mantenía su boca abierta.
El paso de la fusta por la erección de sus pechos apretados entre los nudos de unas cuerdas, combinados con un golpe de la mano y un tirón, intenso, de sus pezones.
El collar, como una argolla alrededor de su cuello, y una cadena asida a la anilla que era tirada por uno de aquellos hombres que la mantenía bien cerca de su miembro mientras con él le daba en el rostro.

Aquella otra contemplaba toda la escena, sacrificada con cuerdas a una cruz de madera con los travesaños anclados en forma de aspa. Sus brazos abiertos como sus piernas. Atada de los tobillos y de las muñecas, con restos de cera sobre sus pechos y las marcas aún visibles de azotes sobre sus muslos.

Una tercera, arrodillada ante la chimenea, con las piernas separadas e inmovilizadas a la altura de los tobillos, mantenidas a distancia justa por una barra de madera asida a ellos y los brazos abiertos, en cruz, encadenada a unas argollas que salían de la pared y que tiraban de sus muñecas.
Una cuarta, tumbada sobre una mesa vestida con un velo, sobre la que un hombre al que los reflejos de luces me impedían ver el rostro y ataviado con túnica negra, soportaba la cera de vela que se vertía sobre su pecho mientras apretaba los dientes o gritaba y se retorcía... extrañamente, de placer.
Y aquella quinta, ante el único hombre que descubrí vestido, parecía divertirse ante la palabrería y poesía de un cuarto hombre.
Aquellas vergas erectas, aquellos rostros cubiertos por las máscaras y las manos enguantadas. Los utensilios de tortura sexual como alineados sobre aquella mesa: fustas, cuerdas, cadenas, abrazaderas; como si fuera la mesa de un matarife o de un ebanista, de un maestro de algún arte manual.

Y yo, escondida tras la cortina dorada, aguantaba la respiración  y notaba palpitar el corazón bajo mis manos hasta casi dolerme por aquella agitación. Al tiempo que sentía cierta repudia por aquellas escenas había algo que me hacía permanecer a observarlas a hurtadillas.
No moví la cortina más de lo que con uno de mis ojos podía llegar a atisbar. En cambio, no fui lo suficientemente cuidadosa en mis gestos.

- Credo che ci sia qualcuno lì –oí que pronunciaba uno de ellos.

Los nervios se precipitaron desde el estómago hacia la garganta, intentando salir en forma de grito. Mis piernas comenzaron a temblar y a pesar como si estuvieran enfundadas en unas altas botas de barro seco. Las palpitaciones de mi corazón empezaron a ser más intensas y más agudo aquel dolor que hasta entonces había intentado controlar con mis manos sobre el pecho.

-Dove? –preguntó el otro
- Là… -supongo que señaló con algún gesto-. Vai a vedere.

En menos de un segundo tuve que pensar, tuve que decidir qué hacía. Me arremangué el vestido y sin tomar aire, salí corriendo. El sonido de mis tacones se vio amortiguado por la gran alfombra que cubría el suelo de aquella estancia de decoración un tanto exagerada, la cual crucé como alma perseguida por el demonio.
Abrí la puerta y ante mí, una nueva habitación, muy similar a la anterior. Al fondo, otra puerta. Otra habitación Otra puerta Otra habitación.
Sin salida.
Con el miedo ahogándome. Con los ojos enrasados de lágrimas. Con los nervios a flor de piel; tanto, que me costaba acertar a mover la manilla para abrir las puertas que estaban cerradas a mi paso.
En mi huida ni siquiera miré atrás. A lo mejor no era necesaria y, en cambio, no podía dejar de correr. Y, por fin, una salida: La luz del día, el sol, la esperanza de mi ansiada conquista de libertad, mi salvación.
Un pasillo abierto formando un cuadrado. A mi izquierda, puerta tras puerta. A mi derecha, una continua arcada que daba a un patio interior al que no vi medio por el que poder llegar. No había escalera o, de existir, mi azoramiento me impedía reconocerla.

No fui consciente de que mi carrera ya era innecesaria pero seguía ofuscada en alejarme de ahí. En mi empecinamiento seguí empujando puertas. No todas estaban abiertas y en una de las que sí lo estaban, era tanta la energía que puse en el gesto y tanta la inercia que llevaba mi cuerpo que me vi vencida hacia adelante y a punto estuve de caer al suelo.

Me quedé sin respiración cuando noté que alguien me cogía del brazo para ayudarme a ponerme en pie. No me atrevía ni a mirar. Vi los zapatos negros con una hebilla plateada. Vi los pantalones: blancos y partiendo desde la rodilla dejando ver unas calzas blancas. Vi una casaca, una guerrera: como la de un ejército: roja y con cierres dorados. Y vi el rostro de aquel hombre que me sonreía y a quien no había visto antes.

- Non temere... Stai bene?
- Sì, grazie. –Pero no confiaba en él. ¿Y si era un secuaz de aquellos otros hombres? ¿Si era uno de ellos y me atrapaba, amablemente, para llevarme a una sala y hacerme lo mismo que a aquellas chicas?- Devo andare. Devo uscire di qui –exclamé, dando vueltas como una leona enjaulada, sin tino.

- Seguimi. Ti porterò via di qui. –Me quedé quieta y vio la desconfianza en mi rostro y el miedo en mi mirada-. Hai due opzioni: Seguirmi e arrivare sulla strada per dimenticarti di ciò che hai visto, o bene, provare ad uscire per conto tuo senza sapere quando ci riuscirai sappendo che ti possono prendere.

Ante aquello no me quedaba otra que aceptar su propuesta. Le seguí por aquella galería corrida de arcos de medio punto soportados por columnas abalaustadas y que estaban ornamentadas con figuras humanas a modo de cariátides o estípites.

Él era un desconocido y era uno. Los otros eran también desconocidos pero eran varios. Caminamos por ella siguiendo la dirección de la derecha hasta llegar a una puerta. Tras ella, una escalinata de mármol, con hermoso barandado, al final de la que había una puerta de madera labrada.


- Lì cè la strada –me indicó. No dije nada. Le miré y descendí escalón a escalón evitando una carrera. Abrí la puerta y ahí estaba, efectivamente, la calle.
- Grazie –le sonreí, aliviada. Hizo un gesto con la cabeza y cerré la puerta tras de mí. Quería apartarme de ahí cuanto más mejor y cuando antes, mucho mejor.

Me fui alejando de aquel palacete en el que me había adentrado por curiosidad. Esos días previos al Gran Carnaval  muchos nobles solían dejar ciertas puertas abiertas. Solo había que ser valiente o descarado. Yo era más descarada que valiente.
No estaba lejos del aquel otro en el que mi padre me había dejado al cuidado de su gran amigo, el duque Albertti, mientras permanecía alejado de Venezia para resolver unas cuestiones.


Crucé el puente de piedra que unía ambos lados del estrecho canal y me metí por el Vialetto delle Anime, donde mis pasos llegaron en un determinado momento a no parecer míos. Un ir y venir de callejuelas para llegar al palazzo y las voces de las gentes iban quedando como un murmuro al fondo.
(1)
Continuará....


lunes, 23 de febrero de 2015

Sexo salvaje...

Estaba más que decidida. Lo había pensado y era pensar y hacerlo. En fresco, con todas las consecuencias.
Me dí una ducha y aproveché para recortarme un poco el pubis y repasar alguna otra imperfección más que los días van ocasionando.
Mi mejor perfume, el que sé que a él le gusta -sobre todo porque me lo regaló él un día de esos que se le ocurre-, mi sujetador  negro (ese que eleva mis pechos aunque no tengan necesidad de ello pero que hacen lucir mi escote), mis medias musleras; una camisa blanca y mi falda negra por encima de las rodillas y esos taconazos de vértigo.
Un último vistazo al espejo antes de salir de casa.

Diez y media.
Empresa de Lucas.
Despacho de Lucas: Recepción y un par de administrativos. 

- Hola. ¿Lucas está? -pregunté. Era asumir un riesgo. Primero, porque no sabía los planes que Lucas pudiera tener. Segundo, su hermano siamés: Mi marido.
- Sí. Está en su despacho. Pasa. No está con nadie.
- Gracias.

Decidida caminé hacia ahí. Tres pasos y medio. Toc... Toc... Y abrí la puerta con determinación, cerrando tras de mí.
Estaba sentado a su mesa, liado con sus cosas, con papeles por doquier, con dos móviles sobre el mueble.

- ¡Guapa! -exclamó sorprendido, poniéndose en pie-. ¿Qué haces por aquí? -preguntó ingenuo. No dije nada. Esperé a estar casi pegados, a que me diera los dos besos de rigor.
- He venido a buscar lo mío.
- ¿Lo tuyo? -preguntó extrañado.- ¿Qué es lo tuyo?
- ¡Esto! -respondí, llevando directamente mi mano derecha a su paquete. Él dio un respingo.
- ¡Joder, cielo! -Tomó mi rostro entre sus manos y pegó sus labios a los míos. Nuestras bocas se fundieron en aquel beso denso y profundo en el que nuestras lenguas se volvieron tan traviesas como ansiosas. Fuerza contra fuerza hasta casi doler.

Tomé una de sus manos y él se dejó guiar. La llevé  hasta mi entrepierna, para que notara la humedad y el calor de mi sexo directamente en la palma de su mano pues no me había puesto bragas. Me gustó aquella expresión de sorpresa y, al tiempo, de gula, de ganas...

- Me matas, cielo. Te juro que me matas con estas cosas -pronunció antes de volverme a besar.-Todo lo demás puede esperar -sentenció, para empezar a recoger sus cosas-. Te perdono hasta que me hagas sufrir así.

Salimos de su empresa y nos dirigimos hacia su coche, en dirección a su casa. Aquellos minutos de tráfico se me hicieron interminables mientras dejaba que sus dedos tantearan el terreno que luego tendría (debería) que saborear.

- Me gusta saberte tan mojada... Ufff... -Y sonreí para mirar hacia su abultado pene que tensaba la tela del pantalón. Alargué el brazo y presioné la zona antes de bajar la cremallera y meter la mano. Pude percibir cierta humedad, apenas, supongo, una manchita de ella en el centro. ¿Qué importaba si alguien nos veía? Puedo ser muy puta cuando quiero y más cabrona si me empeño un poco. Le había evitado tanto tiempo que ahora me abocaban todas las prisas.

En el ascensor tanteé el terreno. Sentí en mis manos toda su erección y, en tanto, su lengua taladró mi boca.
Al cerrar la puerta tras de nosotros, me acorraló contra la pared, tomando directamente mis pechos por encima de mi camisa. Abrí los brazos en cruz y pegué las palmas de mis manos a la pared. Su boca llegó desde mi escote hasta mi cuello, en una caricia de besos cortos y húmedos que estallaron en mi boca después de haber susurrado a mí oído.

Desabotonó en alguno de aquellos gestos mi falda y escuché el ruido de la cremallera. Sus manos buscaron mis muslos por debajo de la tela mientras se iba agachando ante mí hasta que su rostro quedó a la altura de mi pubis. Dejó que la falda cayera y dibujó con las yemas de los dedos los encajes de mis medias...

Perdí mis dedos entre su cabello, acalorada y excitada por el calor de su aliento cerca de mi sexo. Sus dedos separaron mis labios, despacio, recreándose, y dos de sus yemas perfilaron mi exultante clítoris. Me estremecí y un latigazo de placer me crucificó en ese punto. Dibujó círculos sobre él e introdujo los dedos en mi vagina, hasta el fondo, abriéndolos al salir, sintiéndolo con fuerza.

Se puso en pie. Pasó esos dedos mojados de mí, por mis labios y por inercia, mi boca se abrió, dejando campo abierto a sus falanges, a todas ellas... Uniéndose conmigo en la degustación de mi sabor entremezclado con nuestras salivas.
Con la otra mano agarró mi nalga, la apretó y la palmeó.
Me subí a su cintura y, mientras nos comíamos la boca, llegamos a su cama.
Le quité la corbata..., la camisa... al tiempo que él me terminaba de desnudar a mí.
Éramos dos locos llevados por la pasión, por la lujuria de ese momento. Me encantó esa idea que tuvo de atraparnos a los dos con su corbata, pero el nudo a la altura de mi nuca duró apenas unos segundos, pues cambió el lugar de ubicación. Tomó mis brazos y anudó la corbata alrededor de mis muñecas. Se apartó, tirándome sobre la cama. Me abrió las piernas y me indicó que me tocará mientras él terminaba de quitarse los zapatos. Como una tonta, obedecí pero estaba tan sumamente caliente que necesitaba satisfacer las ganas de mi sexo. Los dedos de ambas manos jugaron sobre mi pubis, acariciándolo, descendiendo hacia los labios hinchados, apartándolos y palpar mi clítoris; acariciando éste...
Percibí la textura cremosa y la temperatura caliente.

Apartó mis manos y pasó su lengua por donde antes me había acariciado. La sensación de su barba, el golpe de su lengua, la mordida suave de sus dientes...
Y me levantó en el aire. Gemí... Jadeé...
Y cuando digo que me levantó en el aire, lo digo literalmente también, para ponerme boca abajo sobre sus rodillas. Con una mano, me presionó la nuca para que no levantara la cabeza. Con la otra, se dedicó a abrir mis nalgas, a darme suaves palmadas, a mojar sus dedos en mi coño, a pegarle con tacto y a dar golpecitos y pellizcos a mi clítoris.
Pensé que me volvía loca. Quería sentir sus dedos entrando y saliendo constantemente en mi sexo... Y sentir el suyo atravesándome las entrañas.... Pero... mis ansias iban a ir en aumento ante la eficacia de su intención.

Me sentí como una chica mala a la que le daban unos azotes por su mal comportamiento.
Y cuando se cansó de aquella dulce tortura, de decirme palabras que me ponían a mil... Volvió a dejarme apoyada en la cama, sobre la parte superior de mi cuerpo en tanto mis pies tocaban el suelo. Se quitó el pantalón y antes de quitarse el bóxer, separó mis piernas con las suyas y me asió de las caderas, levantándome, para frotar la suavidad de su glande entre mis nalgas después de haberlo lubricado en la humedad que casi escurría sobre mis muslos.
Amasaba mis nalgas. Las apretaba de nuevo, las separaba, buscaba el exterior del ano y frotaba con la yema de su dedo mientras con la otra palpaba mi coño. Me enloquecía aquella posición, aquel hacer... Empujaba su miembro contra mis labios, metiéndolo entre ellos hasta chocar mi clítoris con la punta.
Yo, inquieta, no sabía qué posición tomar: Mis manos apretaban las sábanas, me apoyaba en ellas, poniendo los brazos erguidos y observando el balanceo de mis pechos en el hueco con la cama, o me apoyaba en mis antebrazos...
Abría la boca intentado coger más aire y la garganta se me secaba.
Me mordía los labios.
Gemía. 
Entre gemido y gemido, mi locura desbordada improperaba palabras a Lucas.
"Fóllame"... "Metémela ya, cabrón"...
Y a cada improperio, palmada en el trasero. Una de ellas resonó en toda la habitación. En otro momento me hubiera revelado. En ese momento, simplemente, claudiqué.
Sus manos ascendían por mi espalda hasta la nuca. Se inclinaba sobre mí y me besaba la piel... Descendían, besos y manos... y mordiscos en mis nalgas.

Le miré. Su rostro estaba contraído por la excitación. Parecía desbocado. 
Me dejó así mientras se quitaba el bóxer. Me empujó sobre la cama para centrarme más en ella.
Se sentó a horcajadas sobre mi culo, presionando mis piernas contra el colchón con las suyas, trabándome, inmovilizándome y sentí la clavada de tu polla hasta lo más profundo de mi coño mientras me agarraba el pelo como quien sujeta a una yegua por las crines, mientras la atadura de mis muñecas me obligaba a mantener los antebrazos bajo mis pechos.
Sus envites eran rígidos, tremendamente profundos. Mis nalgas abiertas eran el pasto perfecto en el que su animal de sentía completamente libre, recorriéndolas de arriba a abajo, untándose de la viscosidad de mi líquido, alimentándose de mis gemidos y de mi respiración entrecortada, sintiéndose soberbio ante la sensación de tenerme rendida a sus gestos, de sentirme sumisa e inmóvil bajo su mando.
No solo me follaba con esa brutalidad que dan los instintos más primarios sino que también ejercía máxima presión sobre mi cuerpo. Creo que necesitaba convencerme de que yo era su presa porque sabía que yo, en el fondo, también lo deseaba pues nuestros cuerpos hablaban lo que nuestras voces callaban.
No podía evitar disfrutar de cada embestida, concentrada en cada golpe seco, en el choque de sus testículos en mis mofletes. Se apoyaba en mi cintura para clavarse más profundamente... hasta sentir aquel caldo caliente saliendo de mi esfínter al quedarse pleno de él.

Estaba tan caliente, tan mojada que un pequeño toque me serviría para correrme. 
Lucas se separó. Me giró. Apoyó su mano derecha en mis muñecas atadas, sujetándome. Con la otra me pellizcó un pezón y a continuación sus dientes lo arañaron, antes de emprender el siguiente gesto: Una continua repetición de bofetadas con su lengua. 
Me retorcí, enredando mis piernas a sus caderas, buscando su pene todavía erecto y dejarle paso a mi mojado sexo.
Sentí la fuerza de sus manos en mi cuello y en mis mejillas, la contracción de su rostro en una simulada embestida, la presión de su boca, de sus labios, el mordisco en los míos...

- Pídeme que te folle o no lo haré... Impediré que te corras... -susurró a mí oído entre el roce de su lengua y el mordisco suave de sus dientes en mi lóbulo. ¿Y por qué darle el gusto? No dije nada.

Levanté mis piernas por encima de sus hombros y él se pegó todavía más a mí, obligándome, instintivamente, a levantar más el culo. Y él, arrodillado, se adhirió a mí, clavándome su polla hasta el fondo mientras yo me agarraba a los barrotes del cabecero de la cama. Aquellas embestidas, aquellos golpes al unísono del cabecero contra la pared, mi respiración entrecortada, mi boca que se abría a aquel deseo... Me metía en su mirada y por ella podía sentir la fuerza del siguiente movimiento. Sus clavadas eran tan profundas que podía sentir el golpe de su polla en lo más hondo de mis entrañas, presionando las paredes húmedas y calientes de un puto coño que lo llevaba deseando desde la noche anterior.
Y cuando ya estaba a punto, cuando ya no podía controlarme más, se apartó y tiró de mí para moverse de modo que mi cabeza quedó bajo sus piernas abiertas, con su polla erecta coronando mi boca. El olor de su semen se mezclaba con el del preservativo y con el mío propio. Tomó con un dedo una gota que quedaba y lo pasó por mis labios. Acercó su miembro a mi boca y me lié a lengüetazos circulares sobre la punta blanda mientras mis piernas abiertas se agitaban en pequeñas convulsiones ante los golpecitos y masajes de Lucas sobre mi coño.
Y un torrente de abundante calor abrasó mis entrañas y mojó las sábanas. Solo podía ver su polla, todavía crecida, sobre mi rostro y seguí sintiendo su mano frotando mi erizado clítoris.
No tenía más aliento que el necesario para sentir aquel nuevo orgasmo que me provocó, un latigazo, un pinchazo intenso desde no sé qué parte de mi interior recorriendo mi espalda, estallando en mi cabeza y saliendo por mi boca en un grito, en un gemido tan urgente como la necesidad de que aquello parara en algún momento.

Se tumbó a mi lado, paralelo a mí, con su cuerpo bien pegado al mío. Sentí la fuerza de su mirada. Podía verme reflejada en ella a pesar de mi turbación, de mi mareo, de mi falta de aire...

- Sshhhh..., cielo... Tranquila... Respira... Shhhh... -me decía mientras el corazón me dolía y el dolor re propagaba hasta mi garganta.
Y los besos salvajes, locos, provocadores... se volvieron tiernos. Su voz era calma, tranquilizadora... Y me acariciaba con la palma de la mano el escote y el nacimiento del pecho, como calmando mi corazón.
Creo que se asustó ante mi estado de excitación...

domingo, 15 de febrero de 2015

23 horas...

Nacho se había ido a dormir. Había llegado cansado y enfadado del trabajo y en esas situaciones tan tensas prefería desaparecer y dejarme a mí aire. La televisión no ofrecía nada que captase mi atención y la lectura empezaba a hacérseme algo densa y cuesta arriba.
Cogí la tablet y entre en la red social. Ahí siempre hay algo que hacer. Sí, mil alertas y veinte más. Varios mensajes privados y nada importante de mencionar, hasta que me saltó una alerta de correo.

"Tienes un e-mail de Lucas. 23.00 p.m.”

Hacía ya unos cuantos días que no sabía nada de él, aunque había venido un momento a casa con Nacho después del partido a tomar una cerveza y a cenar una pizza pero no habíamos tenido oportunidad de hablar más allá de lo que se puede decir una conversación trivial o una conversación más trascendente entre tres personas donde yo no suelo llevar la voz cantante.
Abrí el correo.

Hola, mi cielo.
Esta tarde te he visto. Tú a mí no. Lo sé. Dejé que fuera así. Estabas con esa amiga tuya. Me gustó verte reír. Estabas tan guapa, tan sensual que me imaginé tenerte a mi lado un rato después. Me fui a casa. No podía quitarte de mi cabeza. La ducha no me ayudó demasiado. Creo que logré el efecto contrario pero tenía que hacerme un homenaje en tu honor. Lo necesito. Lo quiero. Lo merezco dada tu ausencia.
Necesito que nos veamos, que estemos juntos un rato. Sí, también necesito hacerte el amor, follarte si quieres… Tengo que buscarte. Tengo que convencerte.

He tenido que esperar varias horas hasta poder encontrar el tiempo que precisamos. He entrado en mi bañera. ¿Recuerdas lo bien que lo pasamos?
Depilar tu sexo, follarte hasta no poder más…
Me gustó saberte aquel día tan salvaje, tan entregada, tan dispuesta a proporcionarme el mayor de los placeres…
Te he imaginado a mi lado. No solo eso; también te he sentido. ¿Sabes? Quiero darte las gracias.

Gracias por invitarme a tu boca, a saber de tu placer que a veces sonroja... Gracias por tus yemas en mi piel, por el sabor de tu savia en las comisuras de mi ser. Gracias por las caricias, por el deseo conjugado y el que queda por aprender. Gracias por el anhelo de tu piel y la electricidad que me recorre al sentirte en mi sexo, ensartada. Gracias por tu fuente de placer, pero sobre todo y ante todo... Gracias por ser...
Así te agradezco las ausencias pero celebro el próximo encuentro. Disfruta de mí como yo he disfrutado de ti porque, a no mucho tardar, serás agua fundente entre mis labios, sexo que converge en mi boca. Saciaré mis ganas en tu esencia de mujer mientras te hago mía.
Ten tengo ganas, amor. Tengo ganas de sentir tu boca y la mía enredándose en nuestras pieles latiendo.
Tengo ganas de estar dedicado a tu sexo, que añoro... A tu mente, que me alimenta.
No habrá pared que me contenga... Henchidoooooo...
Dejaré que sea la espalda la que te haga caer de rodillas para tomarla... entre tus labios...

Sabes que te quiero... En estos momentos me gustaría ser un ángel... o un demonio, no lo sé, para traerte hacia aquí y darte todo lo que tengo guardado para ti.

Lucas"


Menudo calentón...
Esa poesía, esa forma de decir cómo me correría en su boca de una forma tan sutil..  Me vi empotrada contra la pared, ahorcándole la cintura mientras me poseía una y otra vez...
Mi coño empezó a sudar y a palpitar. Sentía hasta la garganta seca y me entraron unas tremendas ganas de follar... ¿Nacho? ¿O llamar a Lucas y que me follara por teléfono?
¡Y esa polla! Lista para mí.. Ufff...
Un riesgo, teniendo a mi marido al otro lado de la pared, pero lo peligroso da mucho más morbo. Solo tenía que abrirme de piernas y pasar la mano por dentro del pantalón.
Lo comprobé. Mi sexo está completamente mojado...

Sigue...

martes, 10 de febrero de 2015

Bar Nicossiah (2)

Las prisas nos apuraban pero tampoco somos dos niños tontos que se arriesgan ante un calentón. Tuve la paciencia, interesada eso sí, de mantenerle candente hasta llegar a su casa. Cuando salimos del coche, él estaba tan empalmado que le dolían los huevos. Yo estaba tan mojada, y así me sentía, que por un momento dudé si había traspasado la ropa.

Me pegó contra el coche. Sentí su sexo levantando el mío. Subí mis piernas y las enrosqué en su cuerpo. Nos comíamos la boca como si nos fuera la vida en ello: Golpeando lengua con lengua, labios con labios, arañando con los dientes aquellas, aquellos… Percibía la fuerza y dureza de su sexo y lo busqué con la mano. Le bajé la cremallera del vaquero y lo rebusqué por el hueco. Sus manos abrieron mi blusa, buscaron mis tetas y las sacó del sujetador, dejándolas al aire: hermosas, grandes… Las estrujó, las magreó cuanto quiso y chupó mis pezones, tirando de ellos con los dientes… Su lengua jugó dibujando mis aureolas…

Un ruido nos apartó de lo que estábamos centrados. Me arreglé la camisa y él, los pantalones. Solo nos besamos mientras subíamos en el ascensor. Allí quedé pegada con la espalda a una de las paredes y él se colocó enfrente, pegando sus caderas a las mías, con los brazos abiertos por encima de mi cabeza; olisqueándome como si él fuera el perro que busca el rastro.

Al llegar a su casa, ya no había tino. Mi braga estaba lo suficientemente mojada como para desear quitármela. Y él estaba tan cachondo como que el bulto entre sus piernas, pareciera el asta de un toro haciéndose sitio.
Y el chico de la eterna sonrisa me mostraba su faceta más erótica, más sensual y más sexual; pasando la lengua por sus labios mientras se inclinaba hacia adelante. En mi boca, su lengua se hizo hueco hacia mi garganta, con un control descontrolado., y sus manos ascendían desde mis muslos hacia mis pechos...
Camisa abierta... pechos fuera... Boca encendida, con ganas de comer, de chupar, de lamer...
Mis anhelos, consentidos... Mi pecho, entregado. Mis brazos, atrapados entre las mangas de mi blusa.
Ambos a pecho descubierto.
Pantalones fuera.
Su sexo empalmado, vigoroso, erguido... El mío, húmedo, empapando mi ropa interior.
De golpe sobre la cama. Su boca subiendo por la cara interna de mis muslos. Los dedos de sus manos separando mi braga y se deleitaron entre los húmedos labios de mi sexo.

- Mmmmm -murmuró, mordiendo uno de mis pezones. 

Mi jadeo se convirtió en un grito y mis manos se convirtieron en las armas que me defendieron. Mis uñas, como agujas, se clavaron en sus hombros. Y, entonces, su aliento se convirtió en una protesta que me hizo sonreír al tiempo que sus dedos atravesaban mis entrañas y comenzaban a moverse despacio, pinzando cerca de la entrada, abriéndose...
Su sexo, dibujado en su punta por gotitas brillantes, se rozaba contra mi pierna, encendiéndome, ansiando que subiera y me follara. En ese momento, el muy cabrón, se estaba regocijando en mi propia desesperación y en su continencia.
Sus dedos eran como fósforos que prendían mi piel, erizando cada vello, abriendo cada poro… Y desde su distancia, me observó. De sus ojos saltaba el brillo de la lujuria y de los míos, las ganas de dominarla.
Mis pechos, endurecidos, parecían a punto de estallar. Primero sus dedos, luego su boca, fueron surcados por las yemas, rodeando y bordeando mis pezones excitados, erguidos como picos sonrosados, duros como dos diamantes rosas y encendidos como tea.
Sus ojos, contaminados por aquella lujuria, por aquel deseo de pecado encendido, dibujaban el camino que luego seguirían, acólitos, sus labios, aquéllos que se mordió como si la rabia y las ganas pudieran ser controladas así. Su mirada fue directa, autoritaria, un “aquí estoy yo, para darte lo que es bueno”, “lo que te mereces y lo que quiero”. Mucho más directa que doscientas mil palabras. Mucho más efectivas que cualquier otro argumento. Con ella, me desarmó y, al tiempo, me enalteció, como mujer y como hembra.
Me gusta saber y sentir que un hombre es capaz de perderse por mí, que olvide todo para recuperar el instinto más primitivo que tiene: aparejarse.

- ¿Sabes qué les pasa a las niñas malas como tú? -me soltó de pronto.
- ¿Cómo?
- ¿No eres una niña mala?
- Puedo ser lo peor que te eches a la cara -le respondí, inquisitivamente. Al menos, lo hice para poder recomponerme ante la sensación que aquella pregunta me hacía provocado-. ¿Crees que soy mala?
- Me gustaría que lo fueras... -musitó mientras se acomodaba sobre mí, dejando caer su polla sobre mis pezones, torturando éstos con sus dedos índices y pulgares, retorciendo, tirando... Mordiéndome yo los labios, clavando las uñas en sus muslos...

Y él los buscaba: Con sus dedos y con su sexo. A veces me cogía la cabeza y me ayudaba a mantenerme más erguida para que su sexo entrara en mi boca... Pero en el sexo busco el placer y la comodidad y aquélla no era exactamente la más ansiada. Su pene brotaba de entre mis pechos apretados y yo alcazaba a lamerlos de pasada, como un dulce tentador que te enseñan pero no te dan.
Y yo, pellizcando sus pezones, observando su expresión de dolor y de placer. 


Y cuando me puse de rodillas, entre el hueco de sus piernas, con su sexo elevado, apuntando hacia mí... Le observé. Clave esa mirada mía que anuncia la venganza, el hacer a mí manera, a mí estilo... Y le vi observante y ansioso, con las manos apretando la sábana, sintiendo que sus talones se apoyaban con fuerza en el colchón... Y mis movimientos lentos, casi imperceptibles, desesperantes para él... Sonriendo, incitando, dejando que se perdiese, hasta que mi boca tuvo el enésimo toque de aquel sexo "latiente" de un cuerpo que se estremeció al sentir el gesto. Superado ese primer golpe se dejó hacer, pasar y pasar los minutos de recreo de mi boca sobre él, siendo yo la gatita hambrienta que pervierte su lengua sobre la punta blanda y sonrosada, gruesa, sin prepucio..., haciéndola girar alrededor de ella en tanto mis manos tanteaban el terreno se unos testículos hinchados y pletóricos, mezclándose con la saliva que rezumaba de mi boca cuando introducía su polla hasta lo profundo de mi garganta, hasta el límite máximo que evitaba la arcada final.

Sus gemidos, casi como lamentos, me indicaban su grado de excitación y la intensidad de mi castigo: liviano castigo el que podía administrarle en aquella situación; castigo bendecido y buscado, predispuesto y honrado, confesado...
Y cuando me folló...
¡Ufff...!
Me cubrió como un animal salvaje llevado solo por su deseo; atarazándome, clavando sus piernas como argollas que impedían que me moviese.
En un pis-pas me corrí... Y continuó sin dejar de follarme. Sin dejar de entrar, de salir... De recrearse a la entrada de mi sexo, de abrirlo, de taparlo... De prender sus dedos en el vértice rosado y cremoso en el que se había convertido mi clítoris...
Hasta que en su vencida él se fue sobre mí, sobre la cúspide de mi pubis, sobre la raya de mi vientre... Y en mi aliento se quemó el suyo, y en mis gemidos se ahogaron los suyos... Mientras su semen se prendía sobre mi piel, tan caliente que pude percibir su fuego.

Su rostro se contrajo. Sus músculos se tensaron.
Sus piernas clavadas sobre el colchón me mantenían las piernas bien separadas y su mano libre seguía torturando mi clítoris mientras frotaba su polla contra mi piel... Como relamiéndose de su triunfo, del triunfo de su sexo sobre el mío.
Empapado, vibrante y brillante; terebrante el mío de tanto mete-saca; palpitante el suyo de tanto latigazo...

Durante unos largos segundos que se hicieron en realidad muy breves, su cuerpo protegió el mío con caricias, besos quedos, movimientos lentos... Hasta que esos besos quedos se vuelven más acusados, más agresivos, más voraces y más ávidos... Y aquellos dedos que yo había lamido con sabor de mi sabor y de mi aroma, volvieron a palpitar en mi interior después de tantear el terreno, tan tímidamente que yo pensé que ahí acabaría aquéllo. Pero no: Después de acechar y catar los bordes de mi coño, sus dedos volvieron a taladrarme, a abrirme... Volvieron a entonarme, con un respiro subliminal... 
Me volteó suavemente, como parte del juego. Y yo me dejé llevar.
Sus manos sobre mi trasero amasaron los glúteos, rozando el fondo que los separaba, buscando también la entrada de mi coño, mojado, pringoso..., extendiendo ese gel natural hacia la entrada de mi ano... 

Le miré. No le dije nada.
No dijo nada. Siguió.

Antes...

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El Beso del Pecado

El Beso del Pecado
La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.