Si el placer es Pecado, yo vivo en la Gloria del Infierno.

Pecado es todo aquello prohibidamente placentero:

El Tacto del Pecado

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Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.

martes, 10 de febrero de 2015

Bar Nicossiah (2)

Las prisas nos apuraban pero tampoco somos dos niños tontos que se arriesgan ante un calentón. Tuve la paciencia, interesada eso sí, de mantenerle candente hasta llegar a su casa. Cuando salimos del coche, él estaba tan empalmado que le dolían los huevos. Yo estaba tan mojada, y así me sentía, que por un momento dudé si había traspasado la ropa.

Me pegó contra el coche. Sentí su sexo levantando el mío. Subí mis piernas y las enrosqué en su cuerpo. Nos comíamos la boca como si nos fuera la vida en ello: Golpeando lengua con lengua, labios con labios, arañando con los dientes aquellas, aquellos… Percibía la fuerza y dureza de su sexo y lo busqué con la mano. Le bajé la cremallera del vaquero y lo rebusqué por el hueco. Sus manos abrieron mi blusa, buscaron mis tetas y las sacó del sujetador, dejándolas al aire: hermosas, grandes… Las estrujó, las magreó cuanto quiso y chupó mis pezones, tirando de ellos con los dientes… Su lengua jugó dibujando mis aureolas…

Un ruido nos apartó de lo que estábamos centrados. Me arreglé la camisa y él, los pantalones. Solo nos besamos mientras subíamos en el ascensor. Allí quedé pegada con la espalda a una de las paredes y él se colocó enfrente, pegando sus caderas a las mías, con los brazos abiertos por encima de mi cabeza; olisqueándome como si él fuera el perro que busca el rastro.

Al llegar a su casa, ya no había tino. Mi braga estaba lo suficientemente mojada como para desear quitármela. Y él estaba tan cachondo como que el bulto entre sus piernas, pareciera el asta de un toro haciéndose sitio.
Y el chico de la eterna sonrisa me mostraba su faceta más erótica, más sensual y más sexual; pasando la lengua por sus labios mientras se inclinaba hacia adelante. En mi boca, su lengua se hizo hueco hacia mi garganta, con un control descontrolado., y sus manos ascendían desde mis muslos hacia mis pechos...
Camisa abierta... pechos fuera... Boca encendida, con ganas de comer, de chupar, de lamer...
Mis anhelos, consentidos... Mi pecho, entregado. Mis brazos, atrapados entre las mangas de mi blusa.
Ambos a pecho descubierto.
Pantalones fuera.
Su sexo empalmado, vigoroso, erguido... El mío, húmedo, empapando mi ropa interior.
De golpe sobre la cama. Su boca subiendo por la cara interna de mis muslos. Los dedos de sus manos separando mi braga y se deleitaron entre los húmedos labios de mi sexo.

- Mmmmm -murmuró, mordiendo uno de mis pezones. 

Mi jadeo se convirtió en un grito y mis manos se convirtieron en las armas que me defendieron. Mis uñas, como agujas, se clavaron en sus hombros. Y, entonces, su aliento se convirtió en una protesta que me hizo sonreír al tiempo que sus dedos atravesaban mis entrañas y comenzaban a moverse despacio, pinzando cerca de la entrada, abriéndose...
Su sexo, dibujado en su punta por gotitas brillantes, se rozaba contra mi pierna, encendiéndome, ansiando que subiera y me follara. En ese momento, el muy cabrón, se estaba regocijando en mi propia desesperación y en su continencia.
Sus dedos eran como fósforos que prendían mi piel, erizando cada vello, abriendo cada poro… Y desde su distancia, me observó. De sus ojos saltaba el brillo de la lujuria y de los míos, las ganas de dominarla.
Mis pechos, endurecidos, parecían a punto de estallar. Primero sus dedos, luego su boca, fueron surcados por las yemas, rodeando y bordeando mis pezones excitados, erguidos como picos sonrosados, duros como dos diamantes rosas y encendidos como tea.
Sus ojos, contaminados por aquella lujuria, por aquel deseo de pecado encendido, dibujaban el camino que luego seguirían, acólitos, sus labios, aquéllos que se mordió como si la rabia y las ganas pudieran ser controladas así. Su mirada fue directa, autoritaria, un “aquí estoy yo, para darte lo que es bueno”, “lo que te mereces y lo que quiero”. Mucho más directa que doscientas mil palabras. Mucho más efectivas que cualquier otro argumento. Con ella, me desarmó y, al tiempo, me enalteció, como mujer y como hembra.
Me gusta saber y sentir que un hombre es capaz de perderse por mí, que olvide todo para recuperar el instinto más primitivo que tiene: aparejarse.

- ¿Sabes qué les pasa a las niñas malas como tú? -me soltó de pronto.
- ¿Cómo?
- ¿No eres una niña mala?
- Puedo ser lo peor que te eches a la cara -le respondí, inquisitivamente. Al menos, lo hice para poder recomponerme ante la sensación que aquella pregunta me hacía provocado-. ¿Crees que soy mala?
- Me gustaría que lo fueras... -musitó mientras se acomodaba sobre mí, dejando caer su polla sobre mis pezones, torturando éstos con sus dedos índices y pulgares, retorciendo, tirando... Mordiéndome yo los labios, clavando las uñas en sus muslos...

Y él los buscaba: Con sus dedos y con su sexo. A veces me cogía la cabeza y me ayudaba a mantenerme más erguida para que su sexo entrara en mi boca... Pero en el sexo busco el placer y la comodidad y aquélla no era exactamente la más ansiada. Su pene brotaba de entre mis pechos apretados y yo alcazaba a lamerlos de pasada, como un dulce tentador que te enseñan pero no te dan.
Y yo, pellizcando sus pezones, observando su expresión de dolor y de placer. 


Y cuando me puse de rodillas, entre el hueco de sus piernas, con su sexo elevado, apuntando hacia mí... Le observé. Clave esa mirada mía que anuncia la venganza, el hacer a mí manera, a mí estilo... Y le vi observante y ansioso, con las manos apretando la sábana, sintiendo que sus talones se apoyaban con fuerza en el colchón... Y mis movimientos lentos, casi imperceptibles, desesperantes para él... Sonriendo, incitando, dejando que se perdiese, hasta que mi boca tuvo el enésimo toque de aquel sexo "latiente" de un cuerpo que se estremeció al sentir el gesto. Superado ese primer golpe se dejó hacer, pasar y pasar los minutos de recreo de mi boca sobre él, siendo yo la gatita hambrienta que pervierte su lengua sobre la punta blanda y sonrosada, gruesa, sin prepucio..., haciéndola girar alrededor de ella en tanto mis manos tanteaban el terreno se unos testículos hinchados y pletóricos, mezclándose con la saliva que rezumaba de mi boca cuando introducía su polla hasta lo profundo de mi garganta, hasta el límite máximo que evitaba la arcada final.

Sus gemidos, casi como lamentos, me indicaban su grado de excitación y la intensidad de mi castigo: liviano castigo el que podía administrarle en aquella situación; castigo bendecido y buscado, predispuesto y honrado, confesado...
Y cuando me folló...
¡Ufff...!
Me cubrió como un animal salvaje llevado solo por su deseo; atarazándome, clavando sus piernas como argollas que impedían que me moviese.
En un pis-pas me corrí... Y continuó sin dejar de follarme. Sin dejar de entrar, de salir... De recrearse a la entrada de mi sexo, de abrirlo, de taparlo... De prender sus dedos en el vértice rosado y cremoso en el que se había convertido mi clítoris...
Hasta que en su vencida él se fue sobre mí, sobre la cúspide de mi pubis, sobre la raya de mi vientre... Y en mi aliento se quemó el suyo, y en mis gemidos se ahogaron los suyos... Mientras su semen se prendía sobre mi piel, tan caliente que pude percibir su fuego.

Su rostro se contrajo. Sus músculos se tensaron.
Sus piernas clavadas sobre el colchón me mantenían las piernas bien separadas y su mano libre seguía torturando mi clítoris mientras frotaba su polla contra mi piel... Como relamiéndose de su triunfo, del triunfo de su sexo sobre el mío.
Empapado, vibrante y brillante; terebrante el mío de tanto mete-saca; palpitante el suyo de tanto latigazo...

Durante unos largos segundos que se hicieron en realidad muy breves, su cuerpo protegió el mío con caricias, besos quedos, movimientos lentos... Hasta que esos besos quedos se vuelven más acusados, más agresivos, más voraces y más ávidos... Y aquellos dedos que yo había lamido con sabor de mi sabor y de mi aroma, volvieron a palpitar en mi interior después de tantear el terreno, tan tímidamente que yo pensé que ahí acabaría aquéllo. Pero no: Después de acechar y catar los bordes de mi coño, sus dedos volvieron a taladrarme, a abrirme... Volvieron a entonarme, con un respiro subliminal... 
Me volteó suavemente, como parte del juego. Y yo me dejé llevar.
Sus manos sobre mi trasero amasaron los glúteos, rozando el fondo que los separaba, buscando también la entrada de mi coño, mojado, pringoso..., extendiendo ese gel natural hacia la entrada de mi ano... 

Le miré. No le dije nada.
No dijo nada. Siguió.

Antes...

7 comentarios:

  1. Una história que nos deja sin aire.....
    Un cuento lleno de la fuerza del sexo que hicieron....
    Mi palo se quedó duro como una piedra.....
    Al final, no hay necesidad de decir nada a nadie....
    Ufffffff..... que história!!!

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  2. :-) Gracias PDR. Me alegra tanto tenerte por aquí.
    Sí, no hace falta decir nada en ocasiones.Basta con sentirse y dejarse llevar.
    Besos de Pecado.

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  3. Riquísimo relato... chica mala jajaja

    A tus PIES

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  4. Ufffff.... y no digo más....

    Besos ...de todo tipo ;)

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  5. Ostiaaaaa....ufffffffff....ummmmm....quién me manda a mí dar este paseo por tu casa...a esta hora...sólo me queda bajar la calefacción... tremendoooooo!!!!!
    Un besote!

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  6. Que relato!!!!!!

    La pasión se saborea en cada renglón y te atrapa entre sus garras.

    Besos.

    Lunna.

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  7. Gracias a todos por vuestros comentarios. Y espero agarraros tan fuerte que no os soltéis jamás.
    Besos de Pecado para tod@s.

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Ver y sentir siempre es pecar... Y me encanta que lo hagas.

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El Beso del Pecado

El Beso del Pecado
La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.