Si el placer es Pecado, yo vivo en la Gloria del Infierno.

Pecado es todo aquello prohibidamente placentero:

El Tacto del Pecado

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Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.

domingo, 29 de marzo de 2015

Encumbrada en ti...


Tras mis maldiciones y mis gemidos, que no lamentos, llega mi silencio, como en oración conversa ante Mi Dios, te demando para sentirte en cada uno de los pliegues de mi piel, para agarrarte dentro de cada una de las arrugas de las sábanas que se encogen y eterizan dentro de los aprietos de mis manos, dentro de las lágrimas que se desnudan en mis ojos, fruto de la gloria y la dicha que crecen en mi cuerpo ante cada continúa acometida, ante cada golpe de tu entrega… que no es tormento, ni suplicio ni tortura  sino la grandeza de tu deseo de darme de todo más y el esplendor de tu dignidad en el amor que por mí sientes.


Y en el  hircismo que te envuelve, con el que  sin decir nada te voy vistiendo y engalanando, haces de la mujer tu hembra, la que te hace temblar, desear y amar… Y tú, en tu hombría dominante me haces más grande, más única…, en Tuya…, porque en tu “eres Mía” está mi Yo y mi Tú.


Y, al final, en ese abrazo que envuelve toda la lujuria, todo el deseo, toda la carnalidad sentida y deseada, reclamada y concedida…, derramado ya tú en toda mi piel, en todo mi “yo”, besándonos en la plenitud de nuestro encumbramiento, con tu esencia y la mía en fusión sacralizada; enclavada yo en la cruz de tus brazos y arropado tú en las cadenas de mis sentidos, de los flagelos de mis brazos y de mis piernas… Solo entonces, únicamente entonces, mi alma se libera en ti y la tuya se hunde en la mía: Únicas… Una.

sábado, 14 de marzo de 2015

... Y por dejarse llevar.

Empujadas en medio de aquella marabunta de gente que se dirigía hacia el gran salón de baile, quedamos separadas pese a mi empeño por tenerla cogida del brazo. Yo salí por un lado. Ella por el otro y un abismo entre ambas.
Por más que grité su nombre, asustada, a ella le pareció importarle muy poco aquella situación. Levanté la vista sobre la galería superior. Había una parte arqueada que servía de perfecta atalaya para ver todo lo que acontecía en la estancia. Un numeroso grupo de hombres –intuí que lo eran por el modo de vestir pero algunos iban ataviados con la maschera nobile, por lo que era complicado averiguar si lo que había debajo era un hombre o una mujer. Tuve la sensación de sentirme observada pero, por qué iba a serlo si había tantas mujeres a mi alrededor sobre todo con aquellos escotes que dejaban poco al bello arte de imaginar.

Me sentí confundida y aturdida. Aquellos segundos de oleaje humano me llevaron hasta el otro extremo de aquella parte del salón, muy alejada del  lugar por el que había entrado. Sentí que todo el mundo me observaba, que yo, obsesionada y aterrada, era el centro de atención. Pero no lo era.
Y ni rastro de Valentina que, a buen seguro no me echaba para nada de menos, mas yo temía por ella. Me quité la máscara un segundo. Me molestaba y mi agitación me hacía sudar.

- Balli? – me preguntó aquel enmascarado a mi oído. Me sobresalté. Me aparté de él en un simple movimiento y le miré. Era alto y vestía elegantemente con una casaca de tela adamascada en tonosagrisados, rematada con detalles dorados y pasamanería. La camisa  se dejaba unas chorreras por la pechera y terminaba anudada al cuello con una gran lazada que se sumaba a aquella. Me tendió su mano, que agitó para apartar las puñetas que sobresalían de la manga. Un anillo con una enorme piedra roja lucía en el dedo corazón de aquella mano. Sus ojos, al otro lado de la máscara, eran de un negro tan profundo como el ébano, como una de esas noches oscuras donde la luna no brilla. Tenía una sonrisa bonita, muy masculina, embaucadora, solemne
La capa negra y el bastón le daban un toque distinguido que se veía remarcado por aquel sombrero.

- No –balbuceé, negando también con la cabeza-. Grazie. No, non ballo –rematé, intentando alejarme pero me cogió de la mano. Lo hizo con fuerza pero, al tiempo, con delicadeza.

Me apretó contra su pecho. Le sentí a mi espalda. La respiración se me cortó y me quedé estoica. Percibí su aliento, quemándome el cuello. A nadie llamaba la atención. Tenía ganas de gritar, ganas de salir corriendo de ahí pero tenía los pies clavados al suelo y el resto del cuerpo agarrotado. 
- Qualcuna di così incantevole come te non può stare da sola stanotte -su mano pasó desde mi espalda hasta un costado mientras él giraba a mi alrededor, como observándome, como un zorro estudiando el gallinero. Luego se detuvo sobre mi vientre hasta llegar al otro costado y, entonces, percibí el sonido de la música que hasta entonces parecía haber cesado.

Solo podía ver su sonrisa y el embrujo de aquellos ojos negros. Giré y giré, pasos hacia adelante; pasos hacia atrás, a su merced, envuelta en una especie de trance en el que las lámparas de araña del techo parecían ser mi única referencia.
Y sobre el fondo de los clavicordios, de los violonchelos de los violines y demás instrumentos, le oí pronunciar su nombre: Davide.

Davide, Davide, Davide, Davide, Davide, Davide, Davide, Davide, Davide, Davide, Davide, Davide

Replicó una y otra vez como una campana en mi cabeza.
Las voces altas, las risas escandalosas Nada me parecía normal. Seguramente porque jamás antes había estado en una situación ni lugar semejantes.

Y bebí.
Y no debí hacerlo.
Y comí.
Y tampoco debí hacerlo.
Y me dejé besar.
Y no debí dejarme.
Me dejé llevar fuera del salón.
Y no debí abandonarlo.

Me quitó despacio la máscara y el collar que yo me había colgando sobre la frente a modo de corona, me tocó la piel.  Creo que podía escuchar los latidos de mi corazón y la respiración cortándome las vías respiratorias.

Con el reverso de los dedos de su mano derecha me acarició el rostro, mientras con la otra hacía repicar los dedos en la puerta con un ritmo similar al trote de los caballos. Con las yemas rozó mis labios, suavemente al principio; apretando después, viéndome en la necesidad de separarlos. Estaba realmente asustada y, en cambio, era imposible abandonar aquella sensación. Era como si el riesgo, como si el peligro, como si el mismo miedo que estaba sintiendo me hicieran permanecer quieta, a la merced de aquel desconocido.

Su boca se posó sobre la mía. Aquel roce, aquella forma de pasarla sobre mis labios; el tacto húmedo de su lengua me hicieron flaquear y él me cogió para llevarme en brazos hasta aquella enorme cama de la que no me había percatado hasta que me depositó sobre ella. Quedé tumbada a lo ancho.
Permanecí inmóvil, observando cómo se desprendía de la casaca y la dejaba colgada del palo de la esquina de la cama; cómo se quitaba despacio, sin dejar de mirarme desde el otro lado de la máscara, la camisa: botón a botón; como hacía lo mismo con los zapatos y luego con el pantalón Y fue la primera vez que vi a un hombre desnudo tan cerca de mí.

No sabía dónde mirar pero los ojos se me iban a lo que tenía entre las piernas. Aquel trozo de carne, de músculo, erecto y grueso, que apuntaba hacia mí y me pareció enorme.

Se tumbó a mi lado, despacio y calmado, como disfrutando de aquella experiencia. Estaba claro que andábamos en gran desventaja. Él, maestro, diestro y seguro. Yo, virginal e ingenua, inexperta y asustada.
Perfiló mi cuerpo con una mano; desde mi rostro hasta donde ya no le daba la largura de su brazo, pasando por mi pecho, por mi vientre, por encima de mi sexo Y me giró, dejándome boca abajo. Y yo, obedecía. Obedecía como si tuviera que hacerlo, como si mi papel fuera ese: el de dejarme hacer para descubrir.
Desabotonó la parte posterior de mi vestido y acarició la piel que quedaba al descubierto. Volvió a girarme para quedar boca arriba y me lo fue quitando: Primero, las mangas, luego el resto. Me quedé con mi ropa interior, con aquella tela ajustada sobre el pecho por medio de una cinta que se anudaba al frente.
Un movimiento rápido y cambié de postura para poder apoyar mi cabeza en los almohadones. Reptó sobre mi cuerpo. Podía percibir el calor de su aliento aún por encima de la tela y sentí un extraño cosquilleo en todo mi cuerpo y, lo que más me sorprendió, un pálpito en mi sexo, la sensación de sentirme mojada.
Me quitó los zapatos, con delicadeza, dejándolos caer al suelo. Siguió con mis medias. Deshizo la lazada que sujetaba la primera a mi muslo y la fue retirando muy despacio, besando mi carne: Besos cortos, con sonido Y cayó al suelo. Hizo lo mismo con la otra y asió mi pie, obligándome a levantar un poco la pierna izquierda. Su ascenso, igual que el descenso: un continuo listado de besos que se alargó hasta el hueco de mis piernas. Dí un respingo e intenté apartarlo.

- Ssshhh- siseó, mirándome. Me apartó las manos, dejándolas paralelas a mi cuerpo.

Me besó la frente y mis párpados cerrados; el perfil de mi nariz, la barbilla; mi cuello, con los labios separados y húmedos; la garganta y el nacimiento de mis pechos. Desarmó la lazada que cerraba aquella abertura de botones pequeños: Estos, uno a uno.
Pasó, ligera, la palma de una mano sobre uno de mis pechos, como si no quisiera tocarlo del todo, como el suave aleteo de una mariposa sobre una flor; luego, un par de dedos, dibujando la aureola que se abría alrededor de la cumbre erecta. Después, con la yema de uno de ellos, tentó la pequeña cima que tembló tímida cuando fue sacudida
A continuación, le sucedió lo mismo al otro.
Y mis ojos observaban aquel rostro enmascarado, los gestos de la mano, la erección de su miembro: El primer miembro desnudo que veía al natural.

No acertaba a articular palabra. No sé por qué mi reacción era tan silenciosa y sumisa. Nunca un hombre me había tocado y mucho menos cómo lo estaba haciendo Davide.
Sus dedos palpaban mi piel, erizándola, despertado en mí sensaciones que jamás hubiera imaginado. Sentí mi cuerpo temblar. Sentí ganas de gritar Y un gemido se escapó de mi boca cuando su mano se abrigó entre los labios de mi sexo. Su movimiento era lento, de abajo hacia arriba, rozando a milímetros mi piel, percibiendo mi vello como una capa protectora.

Tumbado a mi lado, no dejaba de besarme: suave, despacio. Con los labios, con el roce de su lengua, con su nariz, con su aliento.
Mi boca se entreabría y pasaba la lengua por mis labios. Lamía el aire y respiraba agitadamente. Dí un sobresalto cuando sus dedos, después de abrir mis labios y rozar largamente aquel botón vibrante y virgen, se introdujeron en el sepulcro que era el canal casto de mi sexo.

- Ssshhh –volvió a sisearme, posando un dedo de su mano libre sobre mis labios.

Seguía sintiendo ganas de gritar y las lágrimas empezaron a discurrir por mi rostro mientras el vaivén de aquellos dedos jugando en mi interior me hacía elevar las caderas y prensar las telas de la cama con mis manos.

Al quitar la mano sentí alivio y falta al mismo tiempo. Davide ascendió sobre mi cuerpo hasta que su pecho quedó sobre el mío. Me secó las lágrimas con sus dedos, con una ternura similar a la de una madre con su hijo. Me calmó con palabras, con siseos mientras su sexo, aquella empuñadura recia y potente, la sentía rozarse entre mis muslos, y aquel contacto duro y persistente chocando contra mi perla, la que él había dejado sensible y receptiva. Y de pronto, sentí como la pared en la que habían vagados sus dedos se abría a su sexo. La sensación no era la misma.Los dedos parecían fluir a pesar de la resistencia primera. Ahora, el calado era más hondo y más rasgado, incluso incómodo a pesar de la lentitud de la arremetida. 
Su pecho sobre el mío, subiendo y bajando. Mis piernas, abiertas, acogiendo un cuerpo desconocido, el primer cuerpo. Su rostro, tan cerca del mío que podía percibir el aliento atosigado de aquella posesión.
Me aferraba a sus brazos con fuerza, estirándolos. Intentaba controlar mi respiración insistida, percibir aquella sensación desconocida para mí: Aquella pléyade de emociones, de estremecimientos, de espasmos que me hacían convulsionar de pies a cabeza.
Mi cuerpo se entregaba, sin reservas, en un fuego que me quemaba las entrañas.

Y cuando se detuvo pensé que todo había acabado, que el fluido que corría entre mis piernas era el fruto de su pasión. Era mi pasión: el efecto de aquellas sacudidas que me habían confundido por segundos y avergonzado por minutos.

Sonrió ante mi perplejidad, sin explicaciones, sin objeciones. Y me invitó a colocarme boca abajo, con mi pecho pegado al colchón, sin protestas.

Sus manos empezaron a dibujar arabescos sobre mi piel, desde la nuca hasta el final de la espalda donde las curvas de mis posaderas, blancas y suaves, fueron deleite para hombre de amante virgen. Las tomó de abajo hacia arriba, elevándolas, y llevando su sexo henchido, grueso y erecto, entre las brevas, hundiéndolo sin penetrar del todo, acariciándose, frotándose Recorriendo desde los belfos, labios hinchados de mi sexo, hasta esa parte de mi cuerpo que no sabía también pudiera dar placer para, al final, clavarse en mí, venciendo sus caderas sobre las mías, escuchando el chapoteo de los dos cuerpos al rozarse. 
Aquella posición me gustó. Me recordaba a la de copulación de los animales. Me sentía especialmente sensible y aquellos embates que me obligaban a sujetarme con las manos, a clavar las rodillas en la cama, a morder las sábanas porque no quería gritar. Aquella excitación provocaba en mí unas infinitas ganas de jadear, como si me falta el aire
Y sentí el calor de algo quemándome la piel de mi espalda mientras oía como Davide gemía y respiraba fuerte, desbocado para dejarse caer a mi lado un rato después.
Y yo me dejé caer también, con las rodillas entumecidas, con las entrañas ardiendo, con el aire agotado, con la confusión de aquel maravilloso momento donde había entregado mi pureza a un desconocido.

- Dobbiamo rivestirci, mia dolce e virginale donzella.
- Ti rivedrò?
- Tutto è possibile –dijo, puesto en pie mientras se pasaba los calzones
Me vestí ante él, sin vergüenza. Creo que la había perdido para siempre. Me abotonó el vestido y me ayudó a colocarme el collar entre los mechones de mi pelo alborotado.
Se comportó como un caballero de esos de ensueño.
Me pareció maravilloso, único, distinto mientras me aguardaba delante de la puerta.
Tomados de la mano, salimos de la habitación, descendimos una escalera por la que no habíamos subido para llegar hasta ahí. Cruzamos varias salas vacías, escuchando al fondo el sonido de la fiesta.
¿Y Valentina? Me pregunté de pronto. Me había olvidado por completo de ella.

- Devo trovare a Valentina. Non mi potrei perdonare se le succedessi qualcosa.
- Se qualcosa le avessi successo, sono sicuro che non ci saranno lamenti.

Llegamos hasta el salón donde seguía el baile, las risas, el ir y venir de enmascarados y enmascaradas, de parejas abrazadas sin pudor Sentí mi mano floja, sin la sujeción de la mano masculina y me giré para buscar a su dueño.
No estaba y me sentí perdida en medio de aquella algarabía de gente. Se había ido sin despedirse. Se había llevado la flor más preciada del jardín de mi padre y no había dicho absolutamente nada.

En mi desconsuelo, en mi rabia y, en parte, en mi decepción, capté con la vista a Valentina y me dirigí hacia ella. Estaba pletórica, reía como una loca y no paraba de bailar.
- Finalmente ti trovo! –le dije, abrazándola.
- Dov’eri?
- Mi sono persa per di là… Non lo so Stai bene? –pregunté, observándola detenidamente. Todo parecía en orden.
- Sì! E tu? Sembri imbarazzata
- Ero preoccupata per te.
- Sto bene Ah, guarda! Un misterioso cavaliere mi ha dato una nota per te.
- Per me!? Chi? –Y enseguida me vino a la mente Davide, pero no creí que pudiera ser posible. Una nota en un baile Algo extraño cuando no conoces a nadie. La tomé de su mano y la abrí, leyéndola para mí.
- Di chi è? Cosa scrive? Dimmi!... Dimmi!
- Valentina! –protesté.

(3)
Y final.

Traducción de los diálogos.
Se os abrirá en otra ventana.

Y agradecerte, Almi, tu apoyo en la conversión de los textos pues sin tu ayuda me hubiera resultado complicado hacer unos diálogos reales y naturales.

sábado, 7 de marzo de 2015

Por ilusa...

Apenas llegué a mi cuarto, Valentina entró en él, estrepitosamente, pronunciando mi nombre infinidad de veces hasta que la hice callar.

- Per piacere Per piacere Per piacere -replicó como una campana, arrodilla encima de mi cama y poniendo las manos en posición de oración.
- Non insistere, Valentina. Non andrò… E neanche tu.
- Ma perché? E’ qua stesso ed è una notte per divertirsi.
- Sei una bambina ed io ho appena la maggior età… Non ci facciamo niente in una di quelle feste!

Lo que yo no quería era ir al palazzo D’Albertti después del susto que me había llevado. Yo no me sentía capaz de poder defenderme en situaciones como las que había visto. Ni sabía el por qué, ni el cómo

Nunca nadie me había besado. Soy una jovencita de cara agradable, piel blanca y melena clara. Soy educada y sé tratar con las personas pero jamás nadie ha intentado conquistarme, salvo el hijo de la cocinera y por intentarlo se llevó sus buenos azotes que le quitaron las ganas de volver a intentarlo. Pero, ni siquiera supo llevarse un beso de mis labios.

- Per piacere, Magdalia Fallo per me -Y negué, haciéndola llorar. Me conmovió, es cierto, pero yo no quería verme envuelta en nada de lo que luego pudiera lamentarme.
- Che andremo a fare lì? A chi conosci? E se ti confondi e ti perdi dal mio fianco? Se non posso proteggerti?
- E che ci succederà?
- Qualsiasi cosa. In più, sei sicura che tuo padre ci lascerà andare?
- So come convincerlo –respondió, mostrándome una sonrisa pícara.- Domani gli dirò che ci accompagni alla Festa delle Marie E come so che non può…
- Tu ne hai qualcosa in mente. Ti conosco.

Y sí, no me equivocaba ni poco ni mucho: Nada. Al día siguiente fuimos a la celebración donde las mujeres mostraban sus mejores galas previas al gran acontecimiento. Me puse mi maschera nobile: la careta blanca, el sombrero de tres puntas y mis ropas negras. Estaba lejos de ponerme uno de esos suntuosos vestidos que se habían puesto de moda en los últimos tiempos, esas pelucas tan exageradas y esos maquillajes tan extremos Resultaban fascinante, eso sí, pero pesaban demasiado. Tenía uno de esos y era precioso pero no me atrevía a llevarlo.

El día había sido agotador y me sentía realmente cansada. Valentina me agotó mucho más que todo el ajetreo, pero por fin me quedé a solas en mi dormitorio. Más allá de la ventana, podía oírse la algarabía de quienes seguían la fiesta para no perder detalle de la madrugada. A pesar de ser febrero, no hacía demasiado frío y la chimenea estaba encendida. Me acerqué hasta la ventana cuyo alfeizar quedaba a la altura del pecho. Al otro lado de los cristales vi los fuegos artificiales más allá dal campanile di Piazza San Marco, visible desde cualquier parte. Un marco incomparable bajo la luz de la primera luna nueva del mes. Abrí la ventana y percibí mejor el ruido.

En mi recogimiento pensé en lo que me había sucedido en el palazzo D’Albertti: El correr por aquellos pasillos sin hallar una salida, el encuentro con el desconocido como salvación a mi simulada cacería... y aquellas mujeres. Jamás había visto algo así. Aquel dolor... Aquel placer. Aquellas mujeres entregadas al goce y la lujuria, al deseo más desenfrenado. Aquellos hombres, dispuestos a satisfacer sus más pecaminosas intenciones: las propias y las ajenas.
No me podía imaginar en aquella situación, soportando aquello. ¿Y en manos de un hombre? ¿De un hombre diestro y sabio, maestro en las artes amatorias? ¿De un hombre capaz de producir en mí sensaciones que jamás he conocido?
Había escuchado todas esas historias en las que hombres y mujeres se entregaban al más grande de los Pecados carnales. Yo, en cambio, no había pasado de las escenas de los cuadros de los cuartos secretos de los mecenas, de los museos, de los textos ancestrales de los eruditos... Y nunca antes se me había despertado la curiosidad. Supongo que porque jamás antes pude verlo en carne y hueso.
Me imaginé atrapada en esa quimera... Mi deseo, inocente y virginal, se desató.

Dejé la ventana abierta, permitiendo la entrada de un imaginario galán, de un Romeo, romántico, convertido en un Casanova, lujurioso y pecaminoso.
Una volada de aire movió cortinas y movió mi camisón, dejando que la corriente de aire erizara mi piel. Inconscientemente, mis pezones se elevaron, como en esos días de frío en los que se me hinchaban e incluso llegaban a dolerme. Y todo mi cuerpo se sumió en un gran escalofrío que me recorrió de pies a cabeza.
En ese delirio entre la realidad y la imaginación, en medio de la sugestión... situé una de mis manos entre las piernas. Primero solo la deslicé por el muslo, pasando por encima de mi ropa interior hasta el ombligo. La sensación era agradable. Cuando llegué a uno de mis pechos y la pasé entera por encima, su roce provocó otra sensación diferente sobre mi pezón. Me sobraba el camisón.

Considero que mis pechos no son muy grandes pero sí que, comparados con los de otras chicas de mi edad, son algo mayores en tamaño y son turgentes, con una aureola tono arena... Y así, sin darme cuenta, empecé a recorrer mi cuerpo con las manos, descubriéndolo de una manera que jamás me había parado a pensar que pudiera hacerlo. Descubrí que la erección de mis pechos se debía a algo más que al frío, que aquellas caricias circulares sobre cada uno de ellos producían su endurecimiento y en mí, un hormigueo que me recorría entera.
Mientras una mano acariciaba uno de ellos, bajé la otra hasta el vértice de mis piernas. Acaricié sobre la fina tela que protegía aquella parte de mi cuerpo. El vello que cubría mi sexo se percibía bajo ella. Colé la mano y deslicé mis dedos sobre él, jugando, perdiendo las yemas de mis dedos entre él, como si fuera la mano de otra persona.
Mi respiración se aceleraba por momentos. El corazón latía con fuerza... Y me sentía como si estuviera haciendo algo malo. Sobre mi cama, lo sonidos de la calle se habían disipado, me había abstraído de todo lo que me rodeaba. Solo estabábamos yo y mi secreto.

Abrí más mis piernas, apoyadas sobre mis pies, y noté que los dedos se humedecían cuando tocaron la parte interior de aquellos mis labios, que se habían separado ligeramente al hacerlo las piernas. La piel era suave y se estremeció al pasar el aire. Mi dedo pasó por encima de aquel botón vibrante y sensible. La sensación fue intensa. Empecé a frotarlo suave y repetidamente pero algo en mí me decía que acelerara el ritmo. Y así, vez tras vez, mis dedos se movían sobre mi sexo. Era una sensación tan nueva y excitante que me desconcertaba.
Y cuando dos de mis dedos se colaron sobre la entrada de mi vagina, adentrándose tímidamente, percibiendo la rugosidad interior, se impregnaron de aquella sustancia caliente y líquida. No pude dejar de palpar, de mover mis dedos, de hacerlos entrar y salir produciendo un sonido excitante. 
Mi otra mano se repartía por mi cuerpo: Mis pechos, sus pezones tan duros... Sobre mi estómago... Mi rostro... Recorrieron mis labios y mi boca se abría instintivamente a su paso. Tenía la garganta seca pero la punta de mi lengua rozó las yemas de mis dedos... y los introduje en mi boca, moviéndolos casi del mismo modo que hacía con aquellos otros entre mis piernas...
Tenía el brazo tan tenso del movimiento que me dolía pero no por ello dejaba de batirlo. Tenía una sensación extraña. Se me escaparon unos quejidos al tiempo que, no sé por qué... pellizqué un pezón y tiré de ello... La sensación que me envolvía era inegablemente placentera... y quería más... 

Mi cuerpo se retorcía... como poseído. Mi mano no podía apartarse de aquel botoncito que tanto placer me estaba dando y,en un momento inconsciente, entre mis jadeos, noté que tenía muchas ganas de hacer pis, pero no podía ser. Una legión de sensaciones, de punzadas, hacía que mis piernas temblaran. Cambié de mano y empecé un ritmo todavía más rápido. Sentí ansias. Estaba solícita en aquel Pecado al que no podía ponerle nombre pero que no podía ser tan malo cuando producía aquella conmoción, aquel estremecimiento que me sacudía por completo provocándome tal estado de placentera satisfacción.

Y ese líquido, como agua, saliendo de mi cuerpo, mojando la cama y dejándome completamente compensada a pesar de que mi cuerpo estaba totalmente alterado.
Me sentí avergonzada por mojar la cama pero seguro que al amanecer estaría seca.
Cerré la ventana y coloqué un paño sobre la mancha que había dejado aquella experiencia que tan buen sabor de boca me había dejado. 
Mis manos olían a mi sexo. Era un olor que desconocía: Dulce, ácido... Intenso.
Me acosté en el otro lado de la cama y me dormí.

Por la mañana me desperté temprano y  me aseé. Tenía una extraña impresión de que mi cuerpo olía al acto de la noche anterior. Cuando pasé la esponja por mi sexo, respiré profundamente recordando aquellas sensaciones...

Además, pronto llegaría Valentina nerviosa y entusiasmada por todo lo que en aquella jornada se iba a presentar. Yo preparé mi vestimenta. Tenía dentro del armario un vestido de encaje blanco, de cuello alto hecho a base de pequeños volantes y falda larga que arrastraba sobre el suelo por detrás; así como, unos zapatos preciosos de tela adamascada en gris claro, adornados en el empeine con una lazada.
Dentro de una bolsita de terciopelo, en uno de los cajones de la cómoda, unas cuantas joyas de perlas blancas: pendientes, anillos, pulseras, collares de mayor o menor largura
Aquello me serviría para la noche del Gran Baile de Carnaval al que no me quedaba otra que asistir. Valentina, a pesar de su juventud, era mucho más atrevida, inquieta y perspicaz que yo. A través de su padre había conseguido invitaciones para aquel baile. No había dejado de sermonearle hasta que él se las había entregado.

Unas horas antes del evento, salí a la calle a tomar contacto. Valentina se quedó en casa. Quería que todo estuviera perfecto para aquella noche y no dejaba de dar órdenes y contraórdenes a las jóvenes sirvientas para que sus ropas y su peinado fueran de digna admiración.
Como agazapada, desde la esquina del callejón observaba como iban entrando y saliendo personas del palazzo D’Albertti. A nadie podía reconocer, ni aún si no hubieran llevado máscara, pues no conocía a nadie en esta parte de la ciudad.

Había oído hablar de un tal Casanova. Decían de él que era un mujeriego y que no respetaba ni a solteras ni a casadas, que le daban igual con tal de divertirse y de ir sumando conquistas a su espalda pero que andaba desesperado porque había una mujer que no sucumbía a sus encantos. Me producía cierta curiosidad un personaje como él pero estaba segura de que no llegaría a encontrármelo cara a cara.
Entramos por la puerta principal y entregamos nuestra invitación a una persona ataviada con máscara y un traje de mil colores. Subimos la escalinata y seguimos la corriente de los invitados. El corazón me latía a mil pero no por el mismo motivo que le latía a Valentina. Ella estaba emocionada con asistir a un acto como aquel. Y yo  iba con los ojos bien abiertos, con mis instintos en alerta. No había sido capaz de apartar aquellas imágenes de mi mente en esos dos días anteriores. Consideraba que dos jóvenes como nosotras, ingenuas, virginales; éramos potenciales víctimas para cualquier acto malicioso y pecaminoso.

- No bere! –le dije a Valentina cuando se disponía a coger una de aquella copas de cristal y ribete dorado que un joven enmascarado nos ofrecía.
- Perché? Non essere guastafeste! –protestó, cogiendo otra copa que no dudo en ponerme delante de los morros. La tomé y volví a dejarla en la bandeja.
- Grazie. E tu –le dije, apretando los dientes al tiempo que la cogía del antebrazo- fammi il piacere di comportarti o ce ne andiamo di qui adesso!

Ella se había cortado la máscara para que le cubriera solo los ojos, así que podía ver su sonrisa irónica perfectamente dibujada en unos labios rojos. Yo había preferido cubrir todo mi rostro aunque me resultaba molesto..

Continuará...

Bajo esta serpiente que abraza hallarás todas las PECAMINOSAS IMÁGENES que nos concede el Pecado.

Bajo esta serpiente que abraza hallarás todas las PECAMINOSAS IMÁGENES que nos concede el Pecado.
Deja que su Tacto encarne las pupilas de tus ojos.

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Te acercarás despacio a mi espalda para hallarme bajo la sábana...

Te acercarás despacio a mi espalda para hallarme bajo la sábana...

En nombre de ti, de mí y del polvo que somos y en el polvo que echaremos. Amén.

En nombre de ti, de mí y del polvo que somos y en el polvo que echaremos. Amén.

Traza sobre mí arabescos con tus manos y tu lengua...

Traza sobre mí arabescos con tus manos y tu lengua...

Y marcaré sobre tu piel la señal de la putísima mujer.

Y marcaré sobre tu piel la señal de la putísima mujer.

La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.

La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.