Si el placer es Pecado, yo vivo en la Gloria del Infierno.

Pecado es todo aquello prohibidamente placentero:

El Tacto del Pecado

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Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.

sábado, 7 de marzo de 2015

Por ilusa...

Apenas llegué a mi cuarto, Valentina entró en él, estrepitosamente, pronunciando mi nombre infinidad de veces hasta que la hice callar.

- Per piacere Per piacere Per piacere -replicó como una campana, arrodilla encima de mi cama y poniendo las manos en posición de oración.
- Non insistere, Valentina. Non andrò… E neanche tu.
- Ma perché? E’ qua stesso ed è una notte per divertirsi.
- Sei una bambina ed io ho appena la maggior età… Non ci facciamo niente in una di quelle feste!

Lo que yo no quería era ir al palazzo D’Albertti después del susto que me había llevado. Yo no me sentía capaz de poder defenderme en situaciones como las que había visto. Ni sabía el por qué, ni el cómo

Nunca nadie me había besado. Soy una jovencita de cara agradable, piel blanca y melena clara. Soy educada y sé tratar con las personas pero jamás nadie ha intentado conquistarme, salvo el hijo de la cocinera y por intentarlo se llevó sus buenos azotes que le quitaron las ganas de volver a intentarlo. Pero, ni siquiera supo llevarse un beso de mis labios.

- Per piacere, Magdalia Fallo per me -Y negué, haciéndola llorar. Me conmovió, es cierto, pero yo no quería verme envuelta en nada de lo que luego pudiera lamentarme.
- Che andremo a fare lì? A chi conosci? E se ti confondi e ti perdi dal mio fianco? Se non posso proteggerti?
- E che ci succederà?
- Qualsiasi cosa. In più, sei sicura che tuo padre ci lascerà andare?
- So come convincerlo –respondió, mostrándome una sonrisa pícara.- Domani gli dirò che ci accompagni alla Festa delle Marie E come so che non può…
- Tu ne hai qualcosa in mente. Ti conosco.

Y sí, no me equivocaba ni poco ni mucho: Nada. Al día siguiente fuimos a la celebración donde las mujeres mostraban sus mejores galas previas al gran acontecimiento. Me puse mi maschera nobile: la careta blanca, el sombrero de tres puntas y mis ropas negras. Estaba lejos de ponerme uno de esos suntuosos vestidos que se habían puesto de moda en los últimos tiempos, esas pelucas tan exageradas y esos maquillajes tan extremos Resultaban fascinante, eso sí, pero pesaban demasiado. Tenía uno de esos y era precioso pero no me atrevía a llevarlo.

El día había sido agotador y me sentía realmente cansada. Valentina me agotó mucho más que todo el ajetreo, pero por fin me quedé a solas en mi dormitorio. Más allá de la ventana, podía oírse la algarabía de quienes seguían la fiesta para no perder detalle de la madrugada. A pesar de ser febrero, no hacía demasiado frío y la chimenea estaba encendida. Me acerqué hasta la ventana cuyo alfeizar quedaba a la altura del pecho. Al otro lado de los cristales vi los fuegos artificiales más allá dal campanile di Piazza San Marco, visible desde cualquier parte. Un marco incomparable bajo la luz de la primera luna nueva del mes. Abrí la ventana y percibí mejor el ruido.

En mi recogimiento pensé en lo que me había sucedido en el palazzo D’Albertti: El correr por aquellos pasillos sin hallar una salida, el encuentro con el desconocido como salvación a mi simulada cacería... y aquellas mujeres. Jamás había visto algo así. Aquel dolor... Aquel placer. Aquellas mujeres entregadas al goce y la lujuria, al deseo más desenfrenado. Aquellos hombres, dispuestos a satisfacer sus más pecaminosas intenciones: las propias y las ajenas.
No me podía imaginar en aquella situación, soportando aquello. ¿Y en manos de un hombre? ¿De un hombre diestro y sabio, maestro en las artes amatorias? ¿De un hombre capaz de producir en mí sensaciones que jamás he conocido?
Había escuchado todas esas historias en las que hombres y mujeres se entregaban al más grande de los Pecados carnales. Yo, en cambio, no había pasado de las escenas de los cuadros de los cuartos secretos de los mecenas, de los museos, de los textos ancestrales de los eruditos... Y nunca antes se me había despertado la curiosidad. Supongo que porque jamás antes pude verlo en carne y hueso.
Me imaginé atrapada en esa quimera... Mi deseo, inocente y virginal, se desató.

Dejé la ventana abierta, permitiendo la entrada de un imaginario galán, de un Romeo, romántico, convertido en un Casanova, lujurioso y pecaminoso.
Una volada de aire movió cortinas y movió mi camisón, dejando que la corriente de aire erizara mi piel. Inconscientemente, mis pezones se elevaron, como en esos días de frío en los que se me hinchaban e incluso llegaban a dolerme. Y todo mi cuerpo se sumió en un gran escalofrío que me recorrió de pies a cabeza.
En ese delirio entre la realidad y la imaginación, en medio de la sugestión... situé una de mis manos entre las piernas. Primero solo la deslicé por el muslo, pasando por encima de mi ropa interior hasta el ombligo. La sensación era agradable. Cuando llegué a uno de mis pechos y la pasé entera por encima, su roce provocó otra sensación diferente sobre mi pezón. Me sobraba el camisón.

Considero que mis pechos no son muy grandes pero sí que, comparados con los de otras chicas de mi edad, son algo mayores en tamaño y son turgentes, con una aureola tono arena... Y así, sin darme cuenta, empecé a recorrer mi cuerpo con las manos, descubriéndolo de una manera que jamás me había parado a pensar que pudiera hacerlo. Descubrí que la erección de mis pechos se debía a algo más que al frío, que aquellas caricias circulares sobre cada uno de ellos producían su endurecimiento y en mí, un hormigueo que me recorría entera.
Mientras una mano acariciaba uno de ellos, bajé la otra hasta el vértice de mis piernas. Acaricié sobre la fina tela que protegía aquella parte de mi cuerpo. El vello que cubría mi sexo se percibía bajo ella. Colé la mano y deslicé mis dedos sobre él, jugando, perdiendo las yemas de mis dedos entre él, como si fuera la mano de otra persona.
Mi respiración se aceleraba por momentos. El corazón latía con fuerza... Y me sentía como si estuviera haciendo algo malo. Sobre mi cama, lo sonidos de la calle se habían disipado, me había abstraído de todo lo que me rodeaba. Solo estabábamos yo y mi secreto.

Abrí más mis piernas, apoyadas sobre mis pies, y noté que los dedos se humedecían cuando tocaron la parte interior de aquellos mis labios, que se habían separado ligeramente al hacerlo las piernas. La piel era suave y se estremeció al pasar el aire. Mi dedo pasó por encima de aquel botón vibrante y sensible. La sensación fue intensa. Empecé a frotarlo suave y repetidamente pero algo en mí me decía que acelerara el ritmo. Y así, vez tras vez, mis dedos se movían sobre mi sexo. Era una sensación tan nueva y excitante que me desconcertaba.
Y cuando dos de mis dedos se colaron sobre la entrada de mi vagina, adentrándose tímidamente, percibiendo la rugosidad interior, se impregnaron de aquella sustancia caliente y líquida. No pude dejar de palpar, de mover mis dedos, de hacerlos entrar y salir produciendo un sonido excitante. 
Mi otra mano se repartía por mi cuerpo: Mis pechos, sus pezones tan duros... Sobre mi estómago... Mi rostro... Recorrieron mis labios y mi boca se abría instintivamente a su paso. Tenía la garganta seca pero la punta de mi lengua rozó las yemas de mis dedos... y los introduje en mi boca, moviéndolos casi del mismo modo que hacía con aquellos otros entre mis piernas...
Tenía el brazo tan tenso del movimiento que me dolía pero no por ello dejaba de batirlo. Tenía una sensación extraña. Se me escaparon unos quejidos al tiempo que, no sé por qué... pellizqué un pezón y tiré de ello... La sensación que me envolvía era inegablemente placentera... y quería más... 

Mi cuerpo se retorcía... como poseído. Mi mano no podía apartarse de aquel botoncito que tanto placer me estaba dando y,en un momento inconsciente, entre mis jadeos, noté que tenía muchas ganas de hacer pis, pero no podía ser. Una legión de sensaciones, de punzadas, hacía que mis piernas temblaran. Cambié de mano y empecé un ritmo todavía más rápido. Sentí ansias. Estaba solícita en aquel Pecado al que no podía ponerle nombre pero que no podía ser tan malo cuando producía aquella conmoción, aquel estremecimiento que me sacudía por completo provocándome tal estado de placentera satisfacción.

Y ese líquido, como agua, saliendo de mi cuerpo, mojando la cama y dejándome completamente compensada a pesar de que mi cuerpo estaba totalmente alterado.
Me sentí avergonzada por mojar la cama pero seguro que al amanecer estaría seca.
Cerré la ventana y coloqué un paño sobre la mancha que había dejado aquella experiencia que tan buen sabor de boca me había dejado. 
Mis manos olían a mi sexo. Era un olor que desconocía: Dulce, ácido... Intenso.
Me acosté en el otro lado de la cama y me dormí.

Por la mañana me desperté temprano y  me aseé. Tenía una extraña impresión de que mi cuerpo olía al acto de la noche anterior. Cuando pasé la esponja por mi sexo, respiré profundamente recordando aquellas sensaciones...

Además, pronto llegaría Valentina nerviosa y entusiasmada por todo lo que en aquella jornada se iba a presentar. Yo preparé mi vestimenta. Tenía dentro del armario un vestido de encaje blanco, de cuello alto hecho a base de pequeños volantes y falda larga que arrastraba sobre el suelo por detrás; así como, unos zapatos preciosos de tela adamascada en gris claro, adornados en el empeine con una lazada.
Dentro de una bolsita de terciopelo, en uno de los cajones de la cómoda, unas cuantas joyas de perlas blancas: pendientes, anillos, pulseras, collares de mayor o menor largura
Aquello me serviría para la noche del Gran Baile de Carnaval al que no me quedaba otra que asistir. Valentina, a pesar de su juventud, era mucho más atrevida, inquieta y perspicaz que yo. A través de su padre había conseguido invitaciones para aquel baile. No había dejado de sermonearle hasta que él se las había entregado.

Unas horas antes del evento, salí a la calle a tomar contacto. Valentina se quedó en casa. Quería que todo estuviera perfecto para aquella noche y no dejaba de dar órdenes y contraórdenes a las jóvenes sirvientas para que sus ropas y su peinado fueran de digna admiración.
Como agazapada, desde la esquina del callejón observaba como iban entrando y saliendo personas del palazzo D’Albertti. A nadie podía reconocer, ni aún si no hubieran llevado máscara, pues no conocía a nadie en esta parte de la ciudad.

Había oído hablar de un tal Casanova. Decían de él que era un mujeriego y que no respetaba ni a solteras ni a casadas, que le daban igual con tal de divertirse y de ir sumando conquistas a su espalda pero que andaba desesperado porque había una mujer que no sucumbía a sus encantos. Me producía cierta curiosidad un personaje como él pero estaba segura de que no llegaría a encontrármelo cara a cara.
Entramos por la puerta principal y entregamos nuestra invitación a una persona ataviada con máscara y un traje de mil colores. Subimos la escalinata y seguimos la corriente de los invitados. El corazón me latía a mil pero no por el mismo motivo que le latía a Valentina. Ella estaba emocionada con asistir a un acto como aquel. Y yo  iba con los ojos bien abiertos, con mis instintos en alerta. No había sido capaz de apartar aquellas imágenes de mi mente en esos dos días anteriores. Consideraba que dos jóvenes como nosotras, ingenuas, virginales; éramos potenciales víctimas para cualquier acto malicioso y pecaminoso.

- No bere! –le dije a Valentina cuando se disponía a coger una de aquella copas de cristal y ribete dorado que un joven enmascarado nos ofrecía.
- Perché? Non essere guastafeste! –protestó, cogiendo otra copa que no dudo en ponerme delante de los morros. La tomé y volví a dejarla en la bandeja.
- Grazie. E tu –le dije, apretando los dientes al tiempo que la cogía del antebrazo- fammi il piacere di comportarti o ce ne andiamo di qui adesso!

Ella se había cortado la máscara para que le cubriera solo los ojos, así que podía ver su sonrisa irónica perfectamente dibujada en unos labios rojos. Yo había preferido cubrir todo mi rostro aunque me resultaba molesto..

Continuará...

5 comentarios:

  1. Cuanta intensidad y deseo. Me he "abrumado"
    Besos :)

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  2. Joderrrrrr... excelente combinación de excitación, ganas, imágenes y letras... y el morbo de las máscaras de por medio, que logra volverme muy loca... no digo más... porque poco más puedo añadir... me ha encantado...pura intensidad la de esta entrada...
    Un besote

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  3. Un paso a paso desde la sensualidad de la noche anterior y ese despertar inocente
    Siempre eres un encanto, niña, un placer
    Besos

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Ver y sentir siempre es pecar... Y me encanta que lo hagas.

Bajo esta serpiente que abraza hallarás todas las PECAMINOSAS IMÁGENES que nos concede el Pecado.

Bajo esta serpiente que abraza hallarás todas las PECAMINOSAS IMÁGENES que nos concede el Pecado.
Deja que su Tacto encarne las pupilas de tus ojos.

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Te acercarás despacio a mi espalda para hallarme bajo la sábana...

Te acercarás despacio a mi espalda para hallarme bajo la sábana...

En nombre de ti, de mí y del polvo que somos y en el polvo que echaremos. Amén.

En nombre de ti, de mí y del polvo que somos y en el polvo que echaremos. Amén.

Traza sobre mí arabescos con tus manos y tu lengua...

Traza sobre mí arabescos con tus manos y tu lengua...

Y marcaré sobre tu piel la señal de la putísima mujer.

Y marcaré sobre tu piel la señal de la putísima mujer.

La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.

La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.