Si el placer es Pecado, yo vivo en la Gloria del Infierno.

Pecado es todo aquello prohibidamente placentero:

El Tacto del Pecado

.

.

Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.

jueves, 25 de junio de 2015

Tu Diosa...

Esta noche yo seré tu Diosa, la Diosa a la que invoques, ores e implores para hacer que tus deseos se hagan realidad. Ponme en el altar que merezco, inclínate ante mí, a mis pies. Seré yo quien decida qué apetitos se cumplen. Tu voluntad es mía. Mía es la decisión. Tú serás el mar en el que me haga espuma, y yo, a todo caso, seré el agua que te purifique.

Sabes que soy tu Diosa, la de las horas que no te pertenecen. Que sean tus manos, temblorosas, las que dibujen el perfil de mi cuerpo, como si fueran el fuego que me consagra; que sea tu boca, plena, la que me purifique también con su saliva.

Sé tú hoy mi penitente, el que me besé los pies, me mire, y vuelva a implorarme sus deseos. Sé tú, solo tú, quien brinde a su Diosa los placeres carnales… Húndete en mí, en tu plenitud, para que yo te otorgue la eternidad de tus delirios…

jueves, 18 de junio de 2015

En mi casa... y en la tuya... (1)

Recibí una llamada al móvil de un número desconocido. No suelo coger ese tipo de llamadas, así que esta vez no iba a ser diferente. Pero quien llamaba siguió insistiendo unas tres veces más, pero seguí sin responder. De ese modo, recibí un mensaje.

- "¡Hola, preciosa! Soy Tristán. Te estoy llamando. El número es nuevo. Perdí el móvil en las  maniobras, como sabes… -Recuerdo que recibí un mensaje de él desde el móvil de un compañero- y tuve que cancelar todo. Han sido unos días muy raros... ¿Te viene bien que te llame? Así puedo contártelo todo con pelos y señales..."

Ni qué decir tiene que le hice una llamada perdida para que me la devolviera.. Me daba igual qué me contará. Simplemente me apetecía oírle. Me acomodé en el sofá. Estaba sola y no había riesgo alguno. No tardé en ver ese número nuevamente reflejado en la pantalla. 

- Hola, preciosidad... ¿Cómo estás?
- Bien. ¿Tú?
- Perfecto. Perdona que no te llamara estos tres últimos días. He llegado a casa esta madrugada. Estuve a punto de llamar a tu puerta –sonrió- pero no podía ni con el petate. He ido con el tiempo pisándome los talones. Además, a primera hora he tenido que ir a buscarme otro móvil pues no sé ni dónde lo perdí… ¡Menudo lío! -Noté que hablaba como nervioso, como precipitado, como que quería contármelo todo para disculparse por su ausencia.
- Calma... No corras. Te escucho.
- Perdón.  -Y percibí su sonrisa. Estuvimos un rato hablando trivialmente. Sus maniobras militares, mi día a día... Sus pensamientos... Los míos... Y, enseguida, surgieron arrumacos y ganas... Los besos se sucedían de forma espontánea, resonando los míos en el salón. Y sentía que mi cuerpo se estremecía, que tenía ganas de esos besos y esos abrazos que me llegaban desde el otro lado de la línea.
Luego, su voz me llegaba como la voz de un poema: calmado, tranquilo, sintiendo cada palabra... Y yo, yo sentía flotar... Perderme en cada una de esas palabras, en el sonido de cada beso volado... En cada uno de sus "ven, quiero abrazarte, sentirte en mi pecho...". Pensé, ¿qué está ocurriendo? Sentí emoción, chispa dentro de mi cuerpo, ganas de gritar, de salir corriendo para ir a su encuentro...

Parecíamos dos adolescentes jugando a conquistarse pero ninguno de los dos somos unos niños.

- Preciosa... He de dejarte pero antes te quiero invitar a cenar... Si puedes.
- ¿Esta noche?
- No sé, si estás sola... Si te puedes escapar...
- Me parece perfecto. Ningún problema... -acepté. Nacho se había ido la tarde anterior de viaje y estaría fuera un mínimo de dos días.
- Entonces, sube cuando quieras pero hasta eso de las siete no llegaré a casa.
- ¿Las ocho y media?
- Te daré un toque en cuando entré por la puerta...
- Puedes pararte en la mía si quieres... Estaré sola.

¡Cómo sonó aquéllo! Nada subliminal la invitación.

- Siempre puedo hacer un alto para descansar. Un beso, preciosa.
- Otro para ti.

Me puse muy tonta, la verdad. Un tipo así era lo que yo necesitaba y dejarme de tonterías de con unos y con otros. ¿Por qué no decidirme a estar con uno solo? ¿Repartirme entre mi marido y Tristán si él estaba de acuerdo? ¿Si quería algo conmigo?

Me estuvo mandando mensajes toda la tarde. Entre los que me enviaba y yo le remitía, las ganas por vernos no hacían más que incrementarse por momentos. Aprovechaba cualquier momento para decirme cualquier cosa, para hacerme saber que pensaba en mío o, bien, que me quería a tono para la cena. Pero es que me daba igual. Me hacía sentir. Me hace sentir bien.

Siete y media de la tarde. Estaba a medio arreglar: Duchada, cuerpo perfectamente depilado, maquillada a medias. Solo me faltaban los últimos retoques…
Y desnuda, dado el calor que hacía aunque tenía a mano una bata de esas asedadas en color berenjena oscura que me cubría entera, hasta los pies…
Más de tres horas sin saber de Tristán. Pero yo tampoco le dije nada. Lo que tenía claro es que no estaba en casa.

Sonaron unos nuditos en la puerta del piso. Me pasé la bata y me dirigí a abrir, mirando antes por la mirilla. Sonreí y mi corazón empezó a bombear fuerte.

- Hola –musitó con una amplia sonrisa dibujada en su boca. Me sentí tímida y tonta pero mi cuerpo reaccionaba al verlo. Ya lo hacía solo con imaginarlo… Le respondí con mucha alegría, como si hubiera visto la luz por primera vez en mi vida. Instintivamente, me hice a un lado y él pasó sin más. Él mismo cerró la puerta tras de sí y vino directamente a por mí, salvando aquellos dos pasos que le separaban de mí.

Colocó ambas manos en mi cuello, tocando parte de mi rostro, y elevó éste. Nuestras miradas se cruzaron y se mantuvieron. Respiré nerviosa. Él parecía calmado.


- Hola… -musitó justo antes de unir sus labios a los míos. Un beso suave, atrapando con los suyos cada uno de los míos, por separados para, después, apretarlos y hundir su lengua en mi boca, buscando la mía. Me agarré con todas mis fuerzas a su cintura, subiendo mis manos por su espalda, pegándome a él, sintiendo la dureza de aquel cuerpo bien trabajado.

Me pegó contra la pared. Me separó las piernas con una suya, clavándola, haciendo que notara su muslo en mi sexo. Levantó mis manos por encima de mi cabeza, sujetando ambas con una sola de sus manos. En ningún momento dejó de besarme. Era como si no quisiera que yo pudiera pensar cualquier movimiento que siguiera.

Mi bata se abrió por los movimientos. Tampoco había hecho muy bien el nudo. Mi cuerpo quedó desnudo ante el suyo. Sentí su mano libre en mi muslo, subiendo por mi cadera, perderse en mi espalda, cruzar por debajo de mi axila y llegar hasta uno de mis pechos… Lo atrapó por completo con su mano, buscando mi pezón ya erecto, atrapando éste entre  sus dedos índice y anular, oprimiéndolo entre ellos.

Sus manos son grandes. Todo él es grande hasta el más pequeño de los detalles…

Sentí que entre mis piernas resbalaba toda mi excitación....

- ¿Estás caliente?- susurró a mi oído.

No sé si lo preguntó o lo afirmo. En todo caso, pregunta más que evidente, sobre todo si estaba atento al ritmo de mi respiración, al gesto de mi boca abriéndose para comerle la suya con desesperación y más, cuando después de pasar dos dedos por la cara interna de uno de mis muslos, los empapó de mí antes de llevarlos sobre mis labios…
Los acarició, dejando mi jugo en ellos, y los introdujo en mi boca, profanándola una y otra vez, juntando nuestras bocas, degustando y mezclado ese sabor con nuestras salivas. Ese gesto… ¡Ufff…!, provocó que mi coño palpitara más… Se mojara de tal forma que llegué a pensar que me vendría un orgasmo en ese momento…

- ¡Me vuelves loco! Te voy a follar ahora mismo… No voy a frenarme… -dijo, apretando los dientes por la excitación que le embriagaba.

Se apartó. Se quitó la camiseta que dejó caer al suelo, y siguió con el pantalón y la ropa interior. Su sexo apareció tremendamente erguido, apuntándome.
Se lo acarició unos segundos antes de abalanzarse sobre mis pechos, con mis pezones tan erectos como su miembro. Sentí sus labios apretando uno de ellos, lamiéndolos, arañándolo con los dientes, en tanto una mano se recreaba en el otro pecho, y la otra jugaba con mi mojado coño, separando los labios en busca de mi clítoris.
Hurgó dentro de mí sacándome gemidos que ahogaba en su boca. Su lengua era como un látigo azotando la mía. Notaba su polla tocando mi carne, humedeciéndose, y yo solo tenía ganas de que me follara ya.

Mis manos se perdían en su espalda, en su nuca. Lo arañaba con mis uñas, le clavaba los dedos, reclamando…

Llevó sus manos a mi culo, apretó las nalgas; les dio un par de palmadas, me elevó en sus brazos para apoyarme contra la pared y anclarme en sus caderas… Sentí su miembro buscando mi sexo, rozándolo… y entró casi de golpe, haciéndome exhalar un grito de gusto.
Me solté de Tristán, llevando las manos a la pared, deshaciéndome de aquellas ganas, de los embates de sus caderas, perforándome una y otra vez con fuerza, diciéndome palabras que lejos de ser obscenas me ponían más a mil.


Y esa barba, deslizándose en mi suave piel… hacía que sus besos fueran más intensos. Imaginármelo entre mis piernas, degustando mi sexo húmedo, visco y totalmente erizado  mientras me saboreara, y percibir el roce de su barba… excitándome más…

Sí, este hombre me pone muy perra. Me hace ser más puta. Siempre me han dicho lo soy y mucho. No lo puedo evitar. Ha entrado en mi vida como un huracán, no sé sin proponérselo, y lo cierto es que creo que yo he entrado en él de un modo muy similar, pero todavía tengo que confirmarlo.

Nuestros encuentros han sido escasos pero intensos hasta decir basta. En cada uno de ellos han saltado chispas. En una atracción sexual que creo que va a ir un poco más allá. Espero que siga así durante mucho tiempo y sea él quien haga que pierda interés en otros hombres.

Me mantenía bien agarrada. Mi espalda daba una y otra vez contra la pared pero me sentía segura en sus brazos. Me agarraba a él y era como tocar una roca.
Sus embestidas me elevaban en mil gemido que me hacía clavarle las uñas. Y cuando más clavaba, cuando más gemía, más fuerte eran sus acometidas. Más fuerte la aplicación de su boca en alguna de mis tetas, la fuerza del mordisco en el pezón… Y yo me volvía loca…
Más loca aún cuando me bajó. Cuando en medio del pasillo me dio la vuelta, me cogió las manos a la espalda y las agarró fuerte, obligándome a inclinar. Separó mis piernas con rapidez. Me dio un par de azotes con la mano. Me tibió y yo, lejos de protestar, deseaba más… Más… Más…
Tanto que cuando sentí su polla penetrarme con tanta fuerza me corrí sin más…
Los brazos parecían que se me iban a desencajar de los hombros. Las muñecas se montaban la una sobre la otra. Mis tetas, una de ellas, era dominio de su mano libre. La tortura de mi pezón, tirando de él, retorciéndolo al tiempo que entraba y salía una y otra vez. Conforme más me inclinaba, más profunda era la acometida..., más abierto mi coño para él.

Sentía su respiración fuerte entre mis gemidos… Sentía el sonido de hacer fuerza, incluso apretando los dientes. Sus huevos chocaban contra mi carne, como queriéndose meter y ese chapoteo de mis líquidos lo excitaba más…

Golpes secos… Hasta el fondo. Y todo mi cuerpo se meneaba al mismo ritmo. Mis tetas pendían al vacío en ese movimiento de ida y venida.
Tomaba mi pelo, tiraba de él como si fuera yo una yegua a la que había que dominar o controlar… Y yo, relinchaba de gusto, de placer, de sentir aquellas atacadas...


- No te duches ni te laves… -inquirió-. Quiero que huelas a mí y me pongas tan perro que vuelva a follarte como un loco… Ni te vistas, tampoco, hasta que vayas a subir a casa… Túmbate en la cama y piensa en mí. En tres cuartos de hora sube. Es el tiempo que necesito para tener todo preparado –concluyó mientras se acercaba hasta la puerta. Antes de cerrarla, ya fuera, y yo desnuda en medio del pasillo, me dijo: -Me gusta que seas tan puta… No sabes lo que aprecio eso en una mujer…

Me mandó un beso volado y cerró la puerta. Me miré en el espejo del baño. ¡Dios! ¡Qué cara! ¡Qué pelo! Y ese olor a sexo brotando de todos y cada uno de los poros de mi piel…
Y me pregunté que por qué le iba a hacer caso. ¿Quién era para ordenarme? Era el hombre que había estado soñando durante mucho tiempo… Así que si quería hacer de mí SU PUTA, estaba dispuesta a jugar. Esta vez sí.

Evidentemente, lo de tumbarme en la cama lo hice y lo de pensar en él, inevitable… Era algo ante lo que no podía luchar. Seguía teniendo ganas de él. Imaginármelo, sentirlo, vivirlo…


jueves, 11 de junio de 2015

Fiesta Inesperada (2)...

La mañana era calurosa. Ella aún estaba enrollada entre sábanas. Yo me levanté después del desayuno. Llevaba la camisa abierta y sé que ella me miraba. Lo hacía con ojos insinuantes. Yo sabía y notaba esas miradas en mi piel pero intentaba controlarme ya que ella estaba como una reina entre las sábanas. Pelo recogido hacia su cuello, muy apetecible. Me alejé de ella, mirando por la ventana, dándole la espalda, mostrando mi buen culo bajo los pantalones. Sé que suspiró. Me giré, y nuestras miradas se encontraron, saliendo fuego de ellas.


Sin más, sin decir nada, sin mediar palabra, empecé a desabrochar el cinturón mientras ella, expectante por lo que pudiera suceder, me miraba sin perderse un detalle. Me desabroché el botón del pantalón y me acerqué a ella de modo que mi miembro quedó a la altura de su boca. Me miró y, sin más, me bajó la cremallera y el pantalón cayó a los pies. Ella, cuyo nombre seguía desconociendo, abrió las sábanas dejando su cuerpo a la vista.
Me recreé en aquellos pechos firmes y justos en su medida, en sus pezones mirando al cielo, deseando ser mordidos.
Se acercó más a mi miembro y lo empezó a lamer despacio, de abajo arriba y de arriba abajo, sin dejar de mirarme, lo que hacía de ese momento algo muy excitante, más intenso.

Ella sentía y venía como mi miembro era cada vez más grande, se ponía cada vez más duro en su boca. Lo lamía una y otra vez, chupándolo como el mejor de los manjares.
Yo estaba tan excitado… Pero no quería que eso acabara ahí, así que la cogí y la saqué de la cama, llevándola hasta la mesa  para ponerla boca abajo sobre el mueble. Con las telas le até los pies a las patas, abriéndola bien de piernas; y con el cinturón y un girón, las manos a las otras patas. Así la dejé inmóvil. No protestó. No dijo nada.

En la mesa quedaba algo de mermelada de fresas. Cogí un poco entre los dedos y la puse directamente en su vagina para, a continuación, lamérsela hasta que el sabor se mezcló con el néctar de ella. Y en ese momento, empecé a mordisquear lentamente su clítoris al tiempo que mis dedos iban entrando en su coño sin dejar de hacerla gemir de gusto.


No dejé de lamer, de chupar, de dejar mi saliva en su exquisito coño. Sé que le gustaba tanto que se apretaba contra la mesa y sus pechos hacían fuerza sobre ella. Las migas de pan hacían su trabajo, clavándose en ellos.

Me incorporé. Mi miembro estaba tan duro, excitado y húmedo que decidí jugar dando golpecitos en su culo y bajarlo hasta su coño para frotarlo contra él, sin llegar a penetrarla. Oía como gemía y cómo, ahora sí, luchaba por zafarse de sus ataduras para tocarme, pero sé cómo hacer los nudos y sé que esa lucha entre el querer y el poder la excitaban todavía más.

Me alejé de ella y terminé de desnudarme. Sin decir nada, me fui de la habitación, dejándola ahí: Atada, excitada, húmeda… Y yo me iba. Sé que no entendía nada.
A los cinco minutos decidí regresar.

- ¿Qué te pasa, gatita? ¿Tienes hambre?

Me maldijo mil veces y volvió a hacerlo más fuerte.

- ¡Eres un cabrón!
 - Sí, lo soy, pero este cabrón te va a dar lo que quieres… Pero antes, deberás pedirlo…
- ¿Eso es lo que quieres? ¿Qué pida? Pues no pienso hacerlo –respondió para yo carcajearme de modo muy irónico.
- De acuerdo… Como quieras –dije mientras me ponía a su retaguardia, impidiéndole ver la fusta que me había traído desde el cuarto contiguo. Acaricié sus nalgas, suave pero intencionadamente.- Tienes un bonito culo.- Y sin esperarlo le dí.

¡Zasss!
Ella soltó un pequeño grito dada la sorpresa y su cuerpo respingó entero.
¡Zasss!
En la otra nalga.

- ¡Cabrón!

Al oírlo, mi mano se alzó.

¡Zasss!
¡Zasss!
¡Zasss!
¡Zasss!

- ¡Maldíceme! ¿No lo haces ahora?

¡Zasss!
¡Zasss!
¡Zasss!
¡Zasss!

Mi fusta iba enrojeciendo su piel. Ese picor, ese calor en sus nalgas… le gustaba tanto que lo pidió.

- ¡Dame más! ¡Me gusta ese picor! ¡Dame más! –inquirió.
- Veo que le has cogido cariño a la fusta…
- ¡Sí…! ¡Dame más!
- Ahora será mi polla la que será tu desear ya que te penetraré tantas veces que dirás que pare. Te poseeré por todo tu cuerpo: Por delante…, por detrás… Hasta hacer de ti esa mujer llena de placer…

Me fui más atrás, hasta colocarme bien detrás de su culo. La penetré y empecé a moverme, entrando y sacando mi miembro de ella, despacio, solo la punta, frotándolo entre los labios de su sexo y empujando su clítoris.

Ella, apoyada sobre los dedos de sus pies, estaba tan excitada que quería ser penetrada toda y cuanto más mejor. Lo sabía. Pero yo iba despacio, haciendo que me rogara en cada roce, en cada pequeño envite de mi miembro.
Estaba muy húmeda. Yo extendía mi miembro entre sus nalgas, en su coño, en su clítoris…
Quería verla relamerse de ganas, de gusto y deseo por ser penetrada.
De golpe, se la metí entera. Sin contemplación alguna. Ella abrió la boca en aquel grito cuando me sintió por completo en su interior, abriéndola la carne hasta el fondo. Seguía queriendo soltarse pero sé que jamás había experimentado algo como lo que estaba viviendo.
Sé que le gustaba esa sensación de ser poseída por alguien sin poder hacer nada por evitarlo, salvo sentir más placer y cada vez más intensamente.

- ¡Vamos, dame fuerte! –reclamaba-. ¡No pares!
- Tranquila, gatita, te daré todo para saciar tu sed – de aseguré sin dejar de taladrarla una y otra vez por su vagina, por su estrecho esfínter…

Los gritos de ella eran fuertes. Gemía como nunca lo había hecho. Y entre sus gemidos, gritos y jadeos sentía como su coño se llenaba de ese orgasmo una y otra vez sin que yo dejara de follarla sin parar.

- Te gusta, ¿verdad? Me gusta cómo gimes… Te haré mía hasta que no puedas más…


Entonces, saqué mi miembro y me fui delante de ella.


- ¡Abre la boca! –inquirí-. Quiero que te quede mi sabor para siempre en tu boca, para que no me olvides nunca… ¡Así que vamos! ¡Cómela! ¡Trágala! Y haz tuyo lo que quieres…


Empecé metiéndosela despacio hasta que, a la mitad, se la metí de golpe. Se la trago entera. ¡Menuda garganta!
No dejé de moverme. Me excitaba ver su cara, su ahogo… Y dejé que se me bebiera entero, que no dejara nada de ese extraordinario fluido del hombre, su hombre, su señor que desde ese momento yo me había convertido.
Seguía sin importarme su nombre porque a partir de ahora yo le daba otro.

Atrás...

Ese Lado  Secreto del Placer

sábado, 6 de junio de 2015

Fiesta inesperada (1)...


La fiesta se prolongó más de lo que pensaba. Era casi madrugada. Iba algo cargado por la bebida. Me metí en el ascensor y pulse el número 4 –o eso pensé-. Los pasillos eran todos iguales y, la verdad, no estaba como para buscar diferencias. Mi cabeza algo pesada, y mi mano derecha buscó la llave de mi habitación en el bolsillo del pantalón. Saqué la llave, de esas que son tarjeta. Me costó un poco encontrar la ranura hasta que me di cuenta de que no era mi habitación, que estaba en otro piso. Busqué el ascensor pero vi una puerta entreabierta. Miré. No había nadie. No oí ruido… Lo que me pareció extraño.


Despacio, en puntillas para que nadie se diera cuenta de mi presencia, fui entrando. Todas las puertas estaban entreabiertas, como invitando a entrar. Fui mirando una a una las estancias. Había ropa en el suelo. Ropa femenina: medias, los zapatos, un vestido de noche… Un sujetador… Era tentador ir descubriendo cada prenda. La última habitación era la del dormitorio. A través de un gran espejo, vi un cuerpo que parecía que estaba peleando solo. Al fijarme más, vi que se trataba de un cuerpo de chica, la cual intentaba quitarse el tanga.




Mi cuerpo, en ese momento, se estremeció. Ese cuerpo... Tan bella. Ese culo, tan apetecible… Mi dolor de cabeza desapareció de golpe. Ahora era otra cosa de mi cuerpo la que empezaba a doler… Un dolor suave que hacía que mi cuerpo buscara más sensaciones en ese otro cuerpo desnudo que no paraba de moverse.
Instintivamente, mi mano se dirigió a mi pene pero, como un acto reflejo, lo solté, apoyándome en el marco de la puerta, suspirando por lo que veía, por lo que sentía… Pero no quería ser como un ladrón en la noche. Me llevé la mano a la cabeza, negándome. Giré de golpe mi cuerpo con intención de marcharme, sin darme cuenta de que había una cómoda, y en ésta, un jarrón. Tropecé con ella y el jarrón cayó al suelo, haciéndose añicos en el suelo.

Ella lo oyó. Se incorporó en la cama. Salió hasta el vestíbulo y se cortó con uno de los trozos, dando un gran grito de dolor. Vi cómo empezó a sangrar por el pie y, sin pensarlo, me abalancé sobre ella intentando tapar aquella herida con mi pañuelo.
Ella se asustó al verme. Dio un grito y le intenté tapar la boca con mi mano:

- Por favor, no grites. No pasa nada. Me equivoqué de habitación y cuando me dí cuenta, quise salir; pero soy un torpe y tiré el jarrón… Y, ahora, te hice esa herida… Perdona, pero no grites por favor… Soy médico... Te curaré esa herida. No es grave pero hay que desinfectarla bien y poner un apósito o algo.

No dejaba de mirar ese cuerpo desnudo, tan perfecto: Pechos duros, caderas suaves. Justo en medidas y unas largas piernas que hacían pensar en los placeres al final de ellas.
La cubrí con una de las sábanas y la tomé en brazos. La llevé hasta mi habitación donde tengo un pequeño botiquín con el que nunca dejo de viajar.

Me incliné hacia ella. Cogí el pie herido y le fui limpiando el corte con sumo cuidado. Ella me miraba como yo lo hacía y me sonrió.


-¿Te hace gracia?
- No –me respondió-. Pienso.
- Me alegro de ello. Eso quiere decir que no te duele, con lo que me quitas una gran presión de encima ya que en ningún momento pensé en hacerte daño.
- No esperaba a nadie. El fallo fue mío por no cerrar la puerta… Cosa que, ahora… viendo el resultado casi que me alegro acertó a decirme.
-¡Pubbbb! suspiré-. No suelo entrar en las casas o habitaciones ajenas si no soy invitado pero he bebido demasiado y me confundí de piso. No sé por qué, al ver esa puerta abierta, sentí curiosidad. Algo me hizo entrar y, ahora sonreí-, viendo el motivo, te tengo que decir que lo volvería a hacer.  -Una carcajada sonó por parte de ambos. Pero, ya está la herida desinfectada y te he puesto esto para que si sangra un poco no manches nada pero en un par de días ya te puedes quitar es apósito.
- Muchas gracias. Tienes buenas manos.
- Soy cirujano así que tengo que tener buen pulso. A veces, hay operaciones complicadas y eso es importante. El bisturí es muy afilado y hay que estar seguro y templado.
- Estoy segura de tu seguridad, valga la redundancia. Creo que sabes lo que quieres y haces.
- Es hora de desayunar –comenté puesto en pie.- ¿Te importa si desayunamos juntos?
- Me gustaría asintió.
-¡Perfecto! Dime, ¿café o zumo? pregunté mientras me acercaba hasta el teléfono para ponerme en contacto con recepción.
- Café y muy cargado me respondió con una pequeña sonrisa.
- Bien… A mí también me gusta así. ¿Tostadas?
- Sí. Hoy tengo hambre.
- De acuerdo -sonreí irónicamente, dedicándole una mirad entornada-. Café y tostadas. Yo pediré lo mismo.

Parecía ingenua pero tenía todos los peligros del mundo. Era como un demonio disfrazado de ángel y, aquí, el único diablo soy yo... Y yo soy quien domina a cualquier demonio y, por tanto, a cualquier ángel que se me antoje o se me cruce en el camino.
Y, a este ángel endemoniado sé cómo tratarlo.

Sigue...
Ese Lado  Secreto del Placer...


Bajo esta serpiente que abraza hallarás todas las PECAMINOSAS IMÁGENES que nos concede el Pecado.

Bajo esta serpiente que abraza hallarás todas las PECAMINOSAS IMÁGENES que nos concede el Pecado.
Deja que su Tacto encarne las pupilas de tus ojos.

.

.

Te acercarás despacio a mi espalda para hallarme bajo la sábana...

Te acercarás despacio a mi espalda para hallarme bajo la sábana...

En nombre de ti, de mí y del polvo que somos y en el polvo que echaremos. Amén.

En nombre de ti, de mí y del polvo que somos y en el polvo que echaremos. Amén.

Traza sobre mí arabescos con tus manos y tu lengua...

Traza sobre mí arabescos con tus manos y tu lengua...

Y marcaré sobre tu piel la señal de la putísima mujer.

Y marcaré sobre tu piel la señal de la putísima mujer.

La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.

La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.