Si el placer es Pecado, yo vivo en la Gloria del Infierno.

Pecado es todo aquello prohibidamente placentero:

El Tacto del Pecado

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Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.

lunes, 1 de junio de 2015

El influjo de la luna...

No podía creerse que se hubiera dejado atrapar de nuevo en aquel maremágnum charlatán al que su amiga la tenía ya acostumbrada. Difícil pensar que se había dejado engañar de nuevo. Sabía que Fede podía ser todo lo persuasiva que quisiera y ella podía decir siempre que no, pero de nuevo, se había dejado convencer y había admitido acompañarla. Se ponía cardíaca por ser tan débil y caer siempre en una tentación que no era la suya. De nada le servía poner caras y echar bufidos como una gata enfurecida.

Estaba ya en el coche, camino de no sabía bien dónde. Le había hablado de sus nuevos amigos. No le había gustado nada aquel repentino interés de Fede por ellos. Pero ella era así. Era como una niña pequeña que descubría un mundo nuevo de repente y sólo se volcaba en él. Lo había hecho siempre. Por qué iba a cambiar ahora.

El camino se le hizo no largo, algo más que eterno. Los últimos kilómetros le parecieron  fotogramas de alguna película de terror: una estrecha carretera, lindada por árboles a ambos lados, extraños juegos de sombras por efecto del viento sobre las ramas… Y una impresionante luna llena al fondo, como un foco encarado sobre la carretera y como una señal que marcaba aquella casa. Cuando descendió del coche, la visible alegría de Fede se contrapuso a su desinterés pero tenía que mejorar aquella cara, aunque sólo fuera por su amiga y por causar una buena impresión a aquellos nuevos y  desconocidos amigos. Había varios coches aparcados al final de la carretera, a ambos lados de la puerta de forja que deba paso a la propiedad. Un amplio jardín de césped, recortado por un paseo de losas de hormigón, daba pie a aquella vivienda, de arquitectura moderna, minimalista e impolutamente blanca, con grandes cristaleras haciendo de paredes y rompiendo por completo aquel bucólico paisaje. No dijo nada. Se limitó a mirar a Fede y a corresponder a su sonrisa. Marina había decidido tomarse aquello como un juego, sacarle el máximo partido y divertirse hasta el final. Al menos iba a intentarlo. Otra cosa sería el conseguirlo.
- ¡Va, mujer! Lo pasaremos bien.
- Ya –respondió Marina, siguiendo a su amiga hasta la puerta del jardín. Nada más tocarla con la mano, del otro lado de los barrotes, surgieron como de la nada, dos impresionantes perros: un bóxer negro y pastor alemán tan negro como una noche sin luna. El primero dio un par de ladridos, avisando de que él mandaba, que aquel era su espacio. El pastor, apenas dos pasos a su lado, tan sólo miraba y aparentaba mucha más calma pero, también, mucha más autoridad y causaba mucho más respeto.
- ¡Joder! –exclamó Fede, llevándose la mano allí donde latía el corazón.
- ¡La madre que lo trajo!
- ¡Tranquilas, chicas! ¡Son inofensivos! ¡Pura fachada! –observó aquel joven delgado y de aspecto muy cuidado, acercándose a paso firme hasta ellas.
- ¡Menudo susto!
Marina correspondió a su sonrisa y luego miró a uno de los perros, al que parecía haberle prestado aquella atención. El perro negro se había situado a su lado y la había olisqueado. Por un momento se sintió incómoda. Sus pasos fueron seguidos de cerca por el can, hasta que en un momento dado, justo antes de entrar en la vivienda, desapareció del mismo modo que había aparecido. De la nada y en la nada.
- ¿Somos las primeras? –preguntó Fede no viendo a nadie más.
- No. Los demás están en la parte de atrás, donde la piscina- respondió. Y Marina se sintió aliviada. Tenía una extraña sensación _aunque, realmente, la tenía ya desde que había decidido no dejar sola a su amiga en aquella aventura_. Os enseñaré primero vuestras habitaciones y luego nos reuniremos con los demás.

Se oía música procedente del otro lado de la casa y ya desde el interior, pudieron ver, tras una de aquellas paredes de cristal, a unas cuantas personas más, al lado de la piscina, charlando con alguna copa en la mano. A su regreso y tras las lógicas presentaciones, Marina se fue sintiendo algo más relajada. Veía a Fede tontear con aquel chico que se tocaba constantemente el pelo. No le había comentado nada al respecto pero tampoco hacía falta ser demasiado lista para darse cuenta de ello. Tenía que haber algo más que un simple motivo para acudir a esa casa. En aquella especie de gran diván, cerca de la piscina, dos parejas reían y tonteaban también, pero no tenía claro, por cómo lo hacían, si realmente tenían algo que ver desde hace tiempo o no. Y de repente, cuando estaban todos sentados alrededor de aquella gran mesa de jardín, se dio cuenta de que eran número impar y ella estaba sentada a la cabecera de la mesa, sin que nadie, al otro extremo, pudiera rebatirle el puesto. Le dio un pequeño bajón y miró hacia otro lado. Su mirada dio de bruces con el perro negro. Allí estaba él, sentado como una figura de mármol, al lado de aquel gran macetero con alegres mimosas colgando desde él. La miraba tan fijamente que no podía apartar la vista de él. Recordó que alguien le había dicho que nunca mirara a los animales tan fijamente y menos a los ojos, pero le resultaba inevitable hacerlo. Le chascó los dedos para invitarle a acercarse, pero el animal no lo hizo. Hizo precisamente todo lo contrario. Como si le fuera indiferente, se levantó y desapareció por detrás del macetero.
- ¡Vaya! Por no hacerme caso, no me hace caso ni el perro –pensó para ella, mientras aquel joven que se había acercado a apartarles los perros, la miraba de un modo entre pícaro, tierno y expectante. Ella se limitó a sonreír y a participar de las conversaciones que surgían en la mesa. Siguiendo con su película, se sintió como la protagonista en la que iba a recaer toda la acción de la trama. ¿Sería un grupo de vampiros que le chuparían la sangre en medio de una orgía? ¿Serían unos locos que la secuestrarían y torturarían? La idea no le agradó mucho pero, desde luego, tampoco parecía ser la protagonista de una bonita y romántica historia de amor.
Después de medianoche, tal vez sobre las dos, los invitados empezaron a desaparecer. Entre todos habían recogido lo empleado y hasta ese momento habían disfrutado de algún baño a la luz de la luna y de unas cuantas copas más. Había estado pendiente de Fede, mientras Marcos y Yago habían intentado camelársela, sin haberlo conseguido, pero tampoco ella pudo prestar demasiada atención a su amiga y terminó por perderla de vista. Tampoco estaba el chaval que se tocaba el pelo, así que intuyó que andarían juntos.
La habitación era para ella sola. No era demasiado grande pero parecía decorada para una mujer muy joven o aniñada, o con una idea muy romántica de la decoración. Blancas paredes, una cama de forja también blanca con unos altos barrotes remarcando cada esquina y grandes cojines en tonos rosados, adornándola; una mesa escritorio con su silla junto a la ventana, un armario al lado de la puerta y un sillón orejero en un suave rosa pastel al otro lado de la ventana que estaba abierta y sobre la que ondeaba la cortina. Se acercó hasta ella. Daba a una especie de saliente que, de haber llevado barandilla, podría haber pasado por un largo balcón. El viento se había suavizado ya  a la hora de la cena, y ahora era, simplemente, como una liviana brisa que apenas acariciaba sus cabellos y que tampoco aligeraba el calor de aquella noche de luna llena. Abajo quedaba el jardín, iluminado por aquellas farolas que parecían esferas y cuya luz se juzgaba inexistente por el intenso brillo de la luna. De nuevo, sus ojos contra el can de negro pelaje. Allí volvía a estar, observándola: rígido, atento, autoritario… Sintió un escalofrío pero, aún así, hizo chasquear su lengua como un sonido amigo y no como algo que pudiera contrariarla. Pero el perro ni se inmutó. Intentó bajar la persiana pero no dio con el mecanismo automático que la bajara. Apagó la luz. Era suficiente el reflejo de aquella luna que parecía estar literalmente sobre la casa. Se acostó pero se sentía inquieta. En principio no se oía nada o, aparentemente, no se oía nada, salvo el rumor del viento. Pareció percibir alguna sonrisa o carcajada desde el fondo y lo que parecía el sonido pasional de dos amantes en pleno acto al otro lado de la pared.
Sí el fin de semana iba a ser así, éste se iba a convertir en largo, largo, muy largo…
Se dio media vuelta, dejando la ventana a su espalda pero aquella posición la hacía imaginarse cosas no demasiado realistas: fantasmas, manos que la podían coger, sombras… La ventana abierta la inquietaba. Su mente maquinaba siempre situaciones que igual tenían un sentido positivo como negativo o tremendista o exacerbadamente fantasioso. Tenía demasiada imaginación. Un pecado muy grave en determinados contextos. Al final se durmió.
Hacía tanto calor a pesar de quedar sobre la cama, que le estorbaba hasta el camisón. Había dejado la almohada mojada a la altura de la nuca y sentía el cuello y la parte inferior de sus pechos, mojados. Se pasó la mano inconscientemente. Abrió ligeramente los ojos y la luz de la luna se filtraba en un juego rosa a través de las cortinas. Le pareció, o tal vez lo vio, la sombra estirada del perro negro. Se sobresaltó pero como sabía que era imposible, se dio media vuelta. No era la primera vez que veía clara y nítidamente una imagen a su lado. Real o no, pese al sobresalto inicial, le encontraba una explicación medianamente lógica. El sueño podía con ella pero el calor, también.
Decidió darse una ducha rápida. Un poco de agua tibia tal vez refrescara la calentura de su piel. El cuarto de baño estaba allí mismo. Justo en la puerta de enfrente a la habitación. Con los pies en sus zapatillas, su toalla y el camisón de tirantes hasta encima de la rodilla, cruzó el pasillo casi en carrera. Se aseguró de la cerraba bien la puerta y pasaba el pestillo.


El agua empezó a recorrer su cuerpo desnudo. Agradeció el contacto y evitó que se le mojara el pelo, aunque no pudo evitar que algunos mechones se desprendieran y quedasen pegados a su espalda. Mientras pasaba sus manos por los hombros y el pecho, recordó una situación similar. Recordó a Juan, su último novio o noviete o rollito _no estaba claro_ y las sesiones en la ducha. Echaba de menos aquellos encuentros esporádicos, tan llenos de pasión… Era un buen amante o, al menos, a ella se lo parecía. Al menos no había encontrado a uno como él en su corta pero intensa experiencia. Recordaba con excitación aquellas caricias que apenas la rozaban pero que erizaban su piel y la consumían en una especie de sensual y erótica tortura. 


Con la esponja rebosante de jabón, como a ella le gustaba, recorrió sus piernas, desde los muslos hasta los pies. Primero lo hizo sin ninguna intención  pero la abundante espuma sobre la piel y aquel aroma que desprendía, le hicieron dejar la esponja para que sus manos ocuparan su sitio. Comenzó a acariciarse el cuello, despacio, descendiendo hacia sus pechos, tomándolos con sus manos, alzándolos y apretándolos hasta juntarlos. Sus pezones erectos notaban el roce de los anillos de sus manos. Cerró los ojos un instante y los acarició. Dibujó círculos entorno a ellos, siguiendo su aureola, hasta pellizcarlos y estirarlos, produciéndose a sí misma una sensación excitante que le obligó a abrir los ojos y sujetarse a la pared. Siguió acariciando su vientre y llegó a su pubis, aquel triángulo venusiano entre sus piernas al abrigo de un suave vello en el que enredó sus dedos, mientras el agua transitaba libre por las sinuosidades de su cuerpo… Las caricias se hicieron más íntimas, sus dedos se impregnaron del calor y humedad de su cuerpo; la respiración se aceleraba rítmicamente; se mordía suavemente los labios y aquellas caricias íntimas se volvieron más salvajes hasta que una oleada de placer se derramó entre sus piernas y aquel grito se ahogó en su garganta...


Envuelta en aquella toalla, con el cabello suelto y ligeramente mojado en las puntas, pasó a su dormitorio. No recordaba haber dejado la puerta abierta. Sí, en cambio, la luz tenue de la lámpara de la mesita de noche. Se secó bien y se tumbó desnuda sobre la cama.

- Ahora sí que dormiré –se dijo, apagando la luz y quedando boca arriba-. Esto ya es otra cosa.


Miró hacia la ventana. El viento parecía haberse detenido pues las cortinas ya no se movían. Ahora el silencio se había intensificado. La luna parecía más intensa y tal vez el viento hubiera abierto más las cortinas. Una sombra se dibujó entre ellas, en el centro de la ventana. Se sobrecogió. Se puso las gafas. Tal vez la falta de visión le estuviera jugando una mala pasada. Allí, erguido, tieso, esbelto, seguro, autoritario… Pero envuelto en aquel halo de saber estar, de eterna calma se encontraba el gran pastor alemán negro. Su corazón empezó a latir con tanta fuerza que tuvo que poner la mano en el pecho para calmarlo y de la impresión, intentó controlarse para no gritar. Como si fueran sus ojos una cámara con zoom, pareció poder adivinar aquellos impresionantes ojos color miel.

- ¡Hola! -musitó en un intencionado tono cantarín para aparentar una calma que no tenía-. ¿Qué haces tú aquí?

Qué respuesta podía recibir. A lo más un pequeño gruñido, un ladrido o un movimiento de cabeza. La luz de la luna reflejaba un tono entre plata y azulado sobre la testuz del bicho. Marina no se movió de la cama. Se sintió tímida y pasó la sábana por delante de su cuerpo y permaneció ligeramente incorporada y apoyándose sobre el lado izquierdo de su cuerpo, mientras el pastor hacía un ademán para entrar. Fue un instante o unos momentos incontrolables en el tiempo los que trascurrieron mientras sucedía aquello. Conforme el animal cruzaba el umbral de la ventana, su cuerpo se iba ensanchando. Lo que era su lomo negro iba perdiendo pelaje dando paso a una piel brillante que, sin ser negra, tomaba un tono oscuro. Y el que cubría la cabeza se fue convirtiendo en una melena negra y ligeramente ondulada que por la inercia del movimiento, cubrió la cara. Las patas delanteras se fueron convirtiendo en unos brazos fuertes y las garras, en la ligereza de unos dedos. La figura se fue enderezando. La melena seguía cubriendo un rostro perfectamente indefinido. Las patas traseras se fueron estirando, partiendo de unas zarpas que se convirtieron en unos pies grandes, y terminaron perfilándose , dando paso a unas piernas fuerte sobre las que se apoyaba un tronco que se iba ensanchando y perdiendo el pelaje que quedaba, para remarcar unos músculos desarrollados por el ejercicio físico.

- ¡Estoy soñando! –masculló sin dar crédito a lo que sus ojos estaban viendo. Se tumbó y cerró los ojos, intentado que el ritmo de su respiración tomara una apariencia más tranquila. Volvió a abrirlos y la figura que de perro se había convertido en hombre había desaparecido. Sonrió aliviada e intentó dormir. Sabía que con lo nerviosa que estaba eso iba a ser complicado pero percibió una extraña sensación. Una especie de súbito sueño que la narcotizaba al instante. Percibió una presencia detrás de ella. Un cuerpo tibio pegado al suyo y una caricia húmeda, como el de una lengua, lamiendo su espalda. El aliento le quemaba la piel y una mano dibujaba el perfil de su cuerpo desde  debajo de la rodilla hasta la cadera. Las caricias y los lametones se fueron intensificando sobre su cuerpo completamente entelerido. Incapaz de moverse aunque durante un momento dudó de esa imposibilidad porque no tuvo problema alguno en quedar boca arriba y sentir su peso más ligero.

Entre las sombras, aquel rayo de luz de luna, le permitió ver con claridad el rostro que se situaba sobre el suyo. El cabello seguía cayendo hacia delante pero ahora ya podía ver y definir aquel semblante. Primero aquellos ojos tremendamente grandes, de aquel intenso y claro tono miel… Parecían brillar más que la propia luna. Luego la nariz, recta, perfectamente definida, como si un pintor o un escultor la hubiera calibrado. Ni el mismísimo Da Vinci se hubiera tomado tantas molestias para lograrlo. La boca era pura  provocación y definía una sonrisa que se antojaba  insurgente. Los pómulos quedaban marcados y armonizaban una línea desde las sienes hasta la barbilla, perfilándolos con una barba que parecía de unos pocos días. Dejó de ver aquella imagen cuando cerró los ojos y sintió aquel intenso lametón desde la base de la garganta, pasando por la barbilla hasta sus labios, que se separaron al roce de los masculinos, entregándose a aquel juego de lenguas. Porque aquella presencia era un hombre… ¡Y qué hombre!

No rechazó su boca, ni sus caricias, ni el calor y el peso de su cuerpo sobre su piel. Irremediablemente estaba entregada a aquel desconocido, sin querer preguntarse si era un sueño o alguna especie de hechizo lunar. Quedó inmóvil, dejándose hacer, notando la caricia húmeda descender, liberándola de aquella presión. Sus manos se aferraban con fuerza a la sábana, retorciéndola, arrugándola; siendo el símil que ahogara sus gemidos. El cabello masculino parecía rozarle como una cortina que secaba las caricias: húmedas de su lengua; secas de las yemas de sus dedos.



Cuando sintió aquellos dedos maestros, debatirse en pequeña lucha, entre los labios de su sexo, su espalda se arqueó y sus piernas se abrieron más, apoyando las plantas de los pies sobre los hombros masculinos. Aquella lengua, como una especie de cola de lagartija moviéndose, introduciéndose en ella o recreándose en aquel excitante paisaje, le produjo unas sensaciones diferentes a las conocidas hasta ahora. Aquel dios llamado Deseo había despertado de su largo letargo. Y lo había hecho con una fuerza y un hambre descomunales. A pesar de que su cuerpo se tensara, a pesar de las súplicas contradictorias por parar y seguir, a pesar de sentirse tan mojada, temiendo que la miel entre sus labios se derramara sin pausa entre los muslos; él no cejó en su empeño. Era un delicioso manjar del que él parecía querer saciarse… Más tarde.
Su trabajo consistía en desesperarla y en despertar en ella un instinto animal del que pudiera sorprenderse.
Marina apoyó las palmas de la mano sobre el colchón, las rodillas también. Levantó la cabeza y meneó la melena, incitándole. Él sonreía arrodillado a sus pies pero sus manos llegaban a rozarle los glúteos y la espalda. Lo estaba llamando, como una gata en celo; mejor dicho, como una perra en celo… Pero él permanecía quieto, mirándola fijamente, como esperando más…

Marina se movió, dibujando una especie de ola con su cuerpo, contoneándolo como lo haría si fuera una perra. Era un pequeño ritual pausado previo a la gran tempestad. Se sentía vencida a pesar de su determinación, a pesar de dejarse llevar por aquellos incesantes y mortificantes dioses menores llamados Pasión y Gozo al que acompañaban aquellos diabólicos ángeles llenos de fuego y ansiedad. Contrastaba con la impertérrita calma del hombre. Ella, con solo verlo a sus pies, desnudo, con aquella mirada tan penetrante observándola, dejándola hacer, sentía una ansiedad que le carcomía las entrañas…
Y él se convirtió en lo que era: Un animal insaciable con la delicadeza de un amante tierno que exploró cada centímetro de aquella piel, que succionó y saboreó toda su intensidad, que clavó las yemas de sus dedos como las uñas de un perro salvaje en una lucha sin cuartel en la que no estaba dispuesto ni a dejarse ganar ni a dejarla perder. Marina estaba agotada y, sin embargo, existía en ella cierto ápice de insatisfacción. Cuanto más le daba él, más le pedía ella. Ni se reconocía. El hecho de hacerlo con un desconocido, tan dulce como un sabio amante y tan salvaje como un animal, parecía acentuar su grado de entrega y excitación.

sexperfected: I love this.  Su pelo en las sábanas.  Usted preparándose usted mismo.  Los sonidos que make.- hubs
De haber podido contar los orgasmos que tuvo y el tiempo transcurrido se hubiera caído desmayada. Las fuerzas le fallaban pero algo tenía aquel hombre que parecía regenerarle las fuerzas. Cayó de bruces sobre la cama, casi desmayada, mareada, con los ojos inundados de una especie de estrellitas blancas… Él la acarició despacio para calmarla, tumbado a su lado. Su respiración era fuerte, como si procediera de lo más adentro de su alma. Sus jadeos eran rápidos. Marina no se atrevió a mirarle. Prefirió seguir mirando hacia la ventana, intentando controlar su estado emocional y físico. Creyó quedarse dormida algunos minutos. Estaba más calmada pero todavía sentía arder todo su cuerpo. La cama se movió pero ella permanecía inmóvil. Una sombra se cruzó ante sus ojos. Parpadeó insistentemente, como no creyendo lo que estaba viendo. Un perro, un perro pastor alemán tan negro como la boca de un lobo, saltaba  desde el suelo a la ventana. Una vez arriba se giró. Pareció mirarla. El reflejo de la luna volvía plateado su brillante pelo… Desapareció.


Marina seguía sin poder moverse. Era como si aquel alto grado de excitación, aquel desmayo de besos y caricias, aquella intensidad en la entrega, la hubiera dejado inmóvil de nuevo. Ni siquiera podía pensar.
- Todo es un sueño –se dijo.
Los primeros rayos de sol la despertaron. Su cuerpo estaba desnudo, cruzado por la sábana de arriba sólo en torno a las caderas. Sin llamar, Fede entró en la habitación.
- ¡Chica! ¿Qué has hecho esta noche?
- ¿Qué? –preguntó, girándose.
- ¿Te has peleado con un gato?
- ¿Qué dices?
- Qué si te has peleado con un gato...
Y sí, ciertamente, le escocía la espalda. Se levantó y se acercó al espejo que había en la pared, sobre la mesa del escritorio. Tenía marcas rojas, como si alguien hubiera apretado muy fuerte sobre sus hombros. El cuello parecía señalado con puntas de algo que habían llegado a brotar una gotita de sangre. Se giró, y su espalda era un desfiladero de arañazos, algunos más gruesos que otros… Como si alguien se hubiera afilado las uñas sobre la piel… Se asustó y miró a Fede. No había sido un sueño pero no podía explicar lo que había sucedido. La sola idea de… No, aquello no entraba en su mente ni en sus capacidades explicativas ni reflexivas. Su amiga, sentada en la cama, la observó. Esperaba algún comentario por parte de Marina.
- ¿Qué te ha pasado?
- No sé.
- Pues con alguien has estado –dijo, mostrándole algunos cabellos tomados de la almohada.
- No sé –balbuceó. No llegaba a articular expresión más larga. Tomó la sábana, desprendida por completo de debajo del colchón, y se cubrió con ella. Fede cogió la nota que al moverla había aparecido. No dudó en leerla.
- “Espérame en la siguiente luna llena… O decide tú cuándo ha de volver a brillar”.
- ¡No ha sido un sueño!
- ¿El qué? ¿A quién has de esperar? ¿Con quién has estado?
- No puedo explicártelo –aseguró, cogiendo la nota de la mano de su amiga-. “Un perro no puede escribir” –opinó, asomándose a la ventana. Unos metros más allá, el perro negro estaba sentado, observándola como siempre. Un escalofrío la recorrió por completo y ciento de sensaciones acudieron a su mente. Deseaba que hubiera sido un sueño, un efecto de una copa que le hubiera sentado mal, la broma de alguien que no conocía y se hubiera tomado la libertad y osadía de jugar con ella…
- ¡Thor! –escuchó sin reconocer la voz y sin ver de quién procedía. El perro se puso a cuatro patas y empezó a mover la cola, expectante ante algo que se acercaba por su frente. Apareció por el aire una pelota de tenis que el animal atrapó en un salto. Por debajo del saliente de la ventana, aquella especie de tejadillo que cubría el porche, apareció la figura de aquel hombre al que observó de espaldas. No lo había visto en la cena. No había visto a ningún hombre de piel tostada y melena negra.

8 comentarios:

  1. Ufffff.... he siempre oido decir que el perro es el mejor amigo del hombre; luego de tus letras, estoy convencida que lo es aún más de la mujer!

    Besotes.

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    1. El más fiel de todos, Alma. El que no te deja, como ves, ni a sol ni a sombra...
      Y en la noche se viste de hombre... Y menudo hombre.
      Besos de Pecado.

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  2. Un relato abrumador... ¡Quién sintiera "el influjo de la luna" así! Tan sexy y tan oscuro que puedo palparlo a través de tus magníficas palabras.

    Besos de Pecado.

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    1. Pecado de Pecado, el influjo de la luna es mayor de lo que nos imaginamos. Mueve las mareas y nos mueve a nosotr@s por dentro. Y eso es lo que quiero con mis escritos: Mover por dentro y que cada uno se sienta el protagonista de cada historia.
      Besos de Pecado a Pecado.

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  3. Celebro tu maestría con los relatos de este tipo, que conllevan ese extra para imaginar más allá.

    Besos de dulce.

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  4. Me agrada saber que has ido un poquito más allá. A veces estos relatos tan extraños no son fáciles de conjugar pero, bueno, se hace lo que se puede.
    Gracias por tus palabras. Un auténtico placer contar contigo.
    Besos de Pecado.

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  5. A mi me influye muchísimo la luna... extraordinario relato

    A tus PIES

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    1. Yo soy de secano pero la luna hace en mí todos los efectos que provoca en las mareas, pero también me hace ser mística, reflexiva, callada o voraz...
      Y es que la luna es mujer y yo soy mujer que se viste de luna...
      Besos de Pecado.

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Ver y sentir siempre es pecar... Y me encanta que lo hagas.

Bajo esta serpiente que abraza hallarás todas las PECAMINOSAS IMÁGENES que nos concede el Pecado.

Bajo esta serpiente que abraza hallarás todas las PECAMINOSAS IMÁGENES que nos concede el Pecado.
Deja que su Tacto encarne las pupilas de tus ojos.

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Te acercarás despacio a mi espalda para hallarme bajo la sábana...

Te acercarás despacio a mi espalda para hallarme bajo la sábana...

En nombre de ti, de mí y del polvo que somos y en el polvo que echaremos. Amén.

En nombre de ti, de mí y del polvo que somos y en el polvo que echaremos. Amén.

Traza sobre mí arabescos con tus manos y tu lengua...

Traza sobre mí arabescos con tus manos y tu lengua...

Y marcaré sobre tu piel la señal de la putísima mujer.

Y marcaré sobre tu piel la señal de la putísima mujer.

La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.

La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.