Si el placer es Pecado, yo vivo en la Gloria del Infierno.

Pecado es todo aquello prohibidamente placentero:

El Tacto del Pecado

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Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.

viernes, 31 de julio de 2015

En tu casa... Y en la mía... (3)

Una pausa. Un ligero momento de tregua aunque su mano seguía en mi pecho anclada, presionando con sus yemas mi pezón, tirando de él
Mi boca estaba seca. Respiraba agitada.


Unas gotas frías cayeron sobre mis labios obligándome a sacar la lengua. Y luego el frío líquido prendió entre los míos, lentamente, hasta llegar a percibir el roce de los suyos como en un impasible beso en el que se dormían las bocas.
El hielo jugaba dentro de la mía, entre su lengua y mi lengua, mientras sus manos seguían jugando con mis pezones, elevándolos más, profundizando en aquellas punzadas, haciéndome gemir pero aquella sensación, al tiempo que me ponía a mil, me estrangulaba



Quitó el hielo de mi boca. Después hundió su lengua de nuevo en mí, retorciéndola en torno a la mía, succionando como si quisiera arrancármela.
Mi cuerpo se tensionó entero y mi espalda se arqueó cuando aquellas gotas, convertidas en un pequeño caudal, se derramaron sobre mi escote en busca de mi pecho Alrededor de mi pezón Suave, lentamente. Y ese vértice, torturado de aquella manera, extenuándolo tanto que hasta me dolía su erección antes de volver a ser chupados, mordidos y estirados.

 

El agua fría se escurría por mi piel en el descenso del cubito por mi cuerpo: costados y centro, deteniéndose en dibujar la aureola alrededor de mi ombligo mientras sus labios besaban mi pubis y sus dedos acariciaban mi clítoris suave, tan suave que casi no lo notaba Pero mi cuerpo reaccionó con un respingo, con un arqueamiento cuando el hielo llegó a mi sexo; cuando empezó Tristán a mover el taquito sobre mis labios depilados, separándolos con los dedos para ir, lentamente, con parsimonia, hacia los interiores, acariciando mi centro. Noté el agua escurrirse, mezclarse con mi flujo Y me lo llevó a la boca para que saciara mi sed, sorbiendo el hielo con sabor a mí.

Yo me retorcía de gusto Gemía Al tiempo que era reticente al contacto, lo buscaba. Me estaba mortificando, negándome los órganos una vez tras otra. Era un auténtico cabrón y me estaba haciendo vivir un verdadero martirio.

Frío Calor


Aquel descarado juego en mi coño, amasándolo, abriéndolo y estrujándolo sin piedad alguna, sabiendo muy bien, eso sí, qué estaba haciendo: Repartir mi flujo antes de empezar a follarme con el hielo en mis entrañas. Notaba como se metía en mí hasta que lo percibí quemándome, heléndome, completamente encajado ahí. Me apretó los labios, impidiendo que saliera Mi sexo palpitaba y él lo animaba con algún que otro manotazo que me mantenía en alerta.

Sorda, ciega y solo podía gemir porque si protestaba alguna palmada en mis carnes recibía sin esperármelo. Sé que mi cuerpo es de su propiedad y que yo soy su voluntad hecha carne. Por mí y por él. Pero también sabe que soy una serpiente que, en cuanto me soltara, la terrible venganza de mi esencia se volverá contra él y, tal vez, no en ese momento en el que podría esperarlo.

De mi garganta salió un gemido a camino de un grito cuando noté sus manos abriéndome los glúteos y, a continuación, sin más, sus dedos entrarme por detrás ¡Dios! Mi grito ensordeció la habitación y no se hizo esperar su mano en mi carne con el sonido conjugado de un ¡Plass!

Uno Dos
Círculos
Entrar Salir

Y mi cuerpo se retorcía de dolor y de placer. No podía contener los pálpitos de mi coño, la imperiosa necesidad de correrme. Y lo hice al tiempo que Tristán aceleraba sus movimientos y acrecentaba más mi delirio introduciendo sus dedos en mi coño

Dentro Fuera

Más y más La más puta en ese momento. La mujer más satisfecha del mundo. Follada por detrás y por delante, atada de pies y manos, ofrecida en sacrificio al Señor del placer, de la infinita tortura del delirio. Y mi única bendición hacia él era demostrarle el goce que me proporcionaba en gemidos, jadeos, gritos y corridas.

Sus dedos dejaron paso a su miembro. Jugó antes de entrar. Ya sabe lo que me gusta, y me provoca con ello. Primero la punta, mientras presionaba mi clítoris Un mete-saca en el que yo apretaba para retenerlo y corresponderle en el placer mientras aquellos dedos que me habían penetrado antes, ahora usurpaban el espacio de mi boca

Dentro Fuera

Embestida tras embestida. Un volcán en plena erupción animado por mis gemidos, por el tragar de mi saliva escurriéndose por sus dedos mientras me convertía en marea
Hacia arriba Hacia abajo
Aquella sensación del hielo deshaciéndose dentro de mí y el empuje de su miembro era algo indescriptible, una sensación desconocida que me hacía emitir gemidos, alaridos de placer, en cada uno de aquellos vaivenes Me agarraba tan fuerte que ya me daba igual estar atada o no. Yo solo quería gozar, disfrutar de aquellas sensaciones que me hacían sentir una reina, una reina muy puta, sí, pero una reina a la que tenía tomada por abajo y por arriba
Sus manos en mis tetas, apretándolas, estrujándolas, fustigando y acosando a mis pezones O, pellizcando mi clítoris mientras su pene entraba con fuerza en mi interior.

Soltó las ligaduras y me sentí aliviada. Tenía los brazos ligeramente entumecidos y las ingles parecían haberse anquilosado Un suave masaje con tacto de aquellas manos maestras Un beso La profundidad de aquella mirada clavada en mis ojos. No me había fijado tanto. Era como la mirada de un felino a punto de comerse a su presa. Me entró un escalofrío por todo el cuerpo que se sumó a algún resto de mi última corrida
Me quitó los cascos Me besó. Lamió mi boca de una sola pasada. Me besé el pecho, los pezones y tiró de mí y me puso a cuatro patas sobe la cama. Antes de darme cuenta, ya me había dado un par de azotes en mis nalgas y dejado de nuevo a su merced. Ese gesto me hizo emitir un sonido de queja que no me sirvió de nada pese a intentar revolverme:

- No te quejes Eres una buena puta Tendrás tu premio Pero antes, haré que te lo ganes con creces

Tuve la sensación de que lo decía apretando los dientes, como con rabia contenida o, más bien, con todo el deseo acumulado, con todas las ganas de follarme

Me acomodó con fuerza. Me puso en posición y empezó a follarme con fuerza con sus dedos, sin contemplaciones, sin dejar de decirme cosas que me ponían a mil y me provocaban para sentirle más, para conjurarle mis entrañas, mi fuego, mis ganas de ser la puta que él buscaba, deseaba, preparaba


Me sentí como una muñeca en sus manos. Enredó mis brazos a los suyos y me dejo inmóvil. La tirantez de los músculos era constante y el empuje de su polla entre mis nalgas avisaba de lo que me esperaba
Deseaba que me follara una vez más... o veinte..., que hiciera correrme, sentir ese miembro erecto, firme, grande en mi coño y en mi ano porque sabía que lo había estado preparando para eso para metérmela una y otra vez.

Y se frotaba, paseaba su miembro entre la humedad de mi coño y la preparación de mi retaguardia, empujando mi clítoris. Introducía la punta y se retiraba, provocando más mis ganas al tiempo que masajeaba mis glúteos, los palmoteaba, los apretaba, abría
Y cuando lo estuve, su polla entró en mi ano con tal fuerza que me hizo gritar a pesar de lo dilatado que lo tenía. Empezó con sus envites sin parar, como si quisiera meterme hasta los huevos. Podía escuchar el sonido de su carne chocando contra la mía, y cuando más intentaba zafarme, más fuerte me la clavaba; amén de cómo estrujaba mis tetas con la mano libre o cómo la colaba entre mis piernas para introducir los dedos o pellizcarme el clítoris y obligarme a levantar el culo; a hundir la cara en la sábana, apresada yo bajo su fuerza, y golpear una y otra vez con las manos el colchón en busca de clemencia.

Me hacía gritar en cada embate, cada vez que su polla entraba directa en mí, en mi más profunda oscuridad, abriendo canales Y empezó a moverse con fuerza, con ritmo, agarrándose a mis tetas, a mis pezones, cogiendo mi pelo como si fuera el ramal de un animal, haciéndome gritar, maldecirle Y cuanto más lo hacía, más fuerte eran sus golpes dentro de mí, más acusadas sus palabras hacia mí, volviéndome loca, sacando de mí la puta que llevo dentro Hasta que me fui..., hasta que aquella corrida nos mojó a los dos
Pero continuó…
Fuerte Duro Salvaje Hasta que se vino en mí. Hasta que llenó con su lefa todo mi interior Me dejó vencerme sobre la cama y él se venció sobre mí: 

- Buena puta –me susurró al oído antes de besarme, de acomodarse, de protegerme en sus brazos, de soltar ahora toda la ternura que antes le había convertido en un salvaje-. Mi reina...


lunes, 27 de julio de 2015

Sobre tus piernas...

Te oí abrir la puerta de casa. Silbaste como de costumbre esa canción que anuncia tu llegada. Llegaste al salón y yo estaba en el sofá, con mi té en la mano y el libro abierto boca abajo sobre el asiento que quedaba libre a mi lado.
Dejaste tus cosas en la silla y en la mesa, y te acercaste hasta mí. Apoyaste una mano en el respaldo del sofá y la otra en una de mis piernas. Tu boca se estrelló contra mis labios y el perfume de tu piel se coló hasta mis pulmones. La sensación de ese beso me supo a poco y quise más. Alargué ese beso cuando querías alejarte. Tu lengua se prendió entre mis labios y empezó a jugar con la mía.

Te sentaste a mi lado. Me abrazaste. Tus manos se aliaron con mi cuello y mis mejillas. Mis brazos se cruzaron sobre tu espalda, aferrándome a tu cuerpo cuando te inclinaste sobre mí, quedando sobre mi cuerpo: Tu pecho pegado el mío. Y ese beso en la frente, que me vuelve loca. Y luego, tu boca clavada sobre mis labios. Mis piernas se abrieron para acogerte en el hueco que dejaron hasta que tus caderas se apoyaron en las mías.


Sentí como crecía tu deseo bajo tu pantalón, sobre mi ropa. Tus manos me recorrieron, desde la garganta, con tu boca entreabierta; hasta mis pechos, donde tus manos los coparon; donde tus dedos desabotonaron mi camisa y dejaron mi piel al descubierto. Sin trabas, sin telas que la escondieran.
Tu respiración se aceleró. Tu voz se perdió en un gemido. Tu saliva se revolcó con la mía en aquel beso denso, profundo, que parecía querer atravesar el hueco de mi garganta.

Te ayudé a abrirte la camisa y, mientras yo tiraba de mi pantalón, tú, de pie al lado del sofá, te quitabas el tuyo. Tu sexo emergió con fuerza tras retirar tu bóxer. Te acercaste hasta mí. Me tendiste la mano para levantarme. Te sentaste y me invitaste a hacerlo sobre ti… A horcajadas me coloqué sobre ti, percibiendo la erección de tu miembro rozando mi sexo, sin dejarlo entrar.

 

Nuestras bocas jugaban a ser una. Yo me movía encima de ti, dejando que tu pene profundizara en la línea que forman mis labios henchidos de deseo, mientras el vértice de mi sexo, la femineidad hecha perla, crecía con mi excitación, al roce de tu piel hecha músculo…
Sentía tus manos agarrando mis nalgas, oprimiéndolas, juntándolas y también separándolas, aupándome sobre tu sexo, intentando clavarlo en mi carne. Esa altura, favorecida por mi impulso, permitía a tu dedo buscar el anclaje al final de mi espalda y  tener mis pechos al alcance de la boca.
Erectos mis pezones, llamativos timbres en alerta, se hundieron entre tus labios. Primero uno. Luego, se vencería el otro. Tus dientes los aturdían. Los labios los consolaban. La lengua los bendecía… Y tu boca entera, los enterraba.
Pero mi excitación provocaba que mi sexo se llenara de esencia, que mis efluvios exudaran de mis carnes, mojándote, confundiéndose con tu borrachera de sensaciones, hasta que en ese grito vestido de gemido, con la garganta seca pese a la saliva de tu boca, fuera la llamada de guerra en la que tu cuerpo y el mío se fundieran por completo.

Mis alzadas sobre tu sexo. Las clavadas del tuyo en el mío. Tus líquidos. Mis fluidos. Mis pechos arrugados bajo tus manos, presas hinchadas de deseo. El retorcimiento de mis pezones bajo las yemas de tus dedos.
Y las miradas perdidas y al mismo tiempo, fijas la una en la otra, como mareadas, como incandescentes… Vibrando de deseo, de entrega, de calor, de fuego…, de esencia tuya… y mía.
Tus gemidos… Mi respiración entrecortada.
Tu respiración ronca y mis jadeos.
Y mi sexo inundado del tuyo. El tuyo impregnado de mis jugos, de la esencia de tu vida y de la resurrección de la mía.
Y en ese abrazo, ese que nos separaba apenas un pálpito, te derramaste en mí, escupiendo esa savia blanca que se fundió entre mis paredes calientes, oscuras y mojadas, lavadas tras un instante con ese río de lava transparente que nació de mí…
Y en ese orgasmo compartido, en ese cúmulo de espasmos, de sacudidas inflamadas de sonidos parpadeantes, tu cuerpo exhalado y el mío padecido, perecieron juntos en resurrección postrera.

Sí, ese fue mi recibimiento… Un momento de arrebato que tenía que estallar entre mis piernas sobre las tuyas.

lunes, 20 de julio de 2015

¡Vamos, demuéstrame cómo es mi putita…!

Despierto. Siento tu respiración a mi lado y la cercanía de tu cuerpo. Te miro. Estás dormido, bocarriba. Un brazo se arquea con tu cabeza. El otro, el izquierdo, descansa paralelo a tu cuerpo.
Me provocas una sonrisa… Ganas de reírme. Da gusto verte dormir.
Despiertas mi líbido, mis ganas por ti… Ternura y pasión.
Me acerco con cuidado.
Mi lengua busca tu pezón. Lo lame como a un helado. Una sola pasada. Espero tu reacción. Sé que te has despertado pero andas somnoliento. Vuelvo a lamerte mientras mi mano baja por tu pecho en dirección a tu sexo. Despacio. Está adormilado, como tú.
Mi boca dibuja una línea de pequeños besos, como ligeros mordisquitos, intentando avivarte.
Acaricio suavemente tu vientre, tu pubis…, pasando de tu miembro que empieza a reaccionar tímidamente.


Noto tu mano en mi espalda, cayendo casi pesada, adormilada, y el sonido de tu respiración cambia, hasta sueltas un ligero quejido… cuando lamo tu polla por la cara interna, levantándolo, jugando con tus huevos.
Un nuevo quejido, y tu mano libre se posa sobre tu pecho, acariciándote. Momento en el que yo introduzco tu pene en mi boca, directamente, llenándome de él, salivándolo, lamiéndolo sin sacarlos, presionándolo con la lengua…, mientras mi mano se queda con tus testículos, masajeándolos, apretándolos con suavidad, acogiéndolos en la pequeñez de mi mano…

Siento crecer tu polla en mi boca, reaccionar a cada uno de mis movimientos… Arriba, abajo…, desde la base hasta la punta…
Más…
Más…
Tu cuerpo reacciona entero. Tus manos se apoyan en mi cabeza, empujando hacia abajo, para que me trague tu sexo… Y lo hago, entero, hasta la garganta… Y no paro…
Hoy, nene, me voy a saciar de ti…
Te estremeces. Levantas las caderas. Gimes… Hablas jadeos… Me animas a seguir…

¡Vamos, demuéstrame cómo es mi putita…!

Y sigo. Y no paro… Y me reviento la boca en tu polla… hasta que ya no puedes más… Hasta que tu leche invade mi boca.  La sobrepasa. Cae sobre tu piel…
Me relamo. Degusto tu sabor en mi paladar. Dulce sabor el tuyo. Extiendo el semen que queda. Tu piel lo absorbe…
Dejando que tu polla se cuele entre mis pechos, besándola, todavía húmeda, reptando por tu cuerpo, acariciándote con mi piel desnuda, hasta que mi boca llega a la altura de tu boca…

viernes, 10 de julio de 2015

Me regaló una puta...

Observaba desde aquel ángulo a los invitados a la fiesta.
Mi mirada se detuvo durante largos minutos en aquella mujer. Sé muy bien cuando una mujer es bella. No me importa reconocerlo.
Y ella lo era.
Tenía muy buen tipo y una larga cabellera dorada. Todo lo contrario a mí, es cierto, pero no sentí que tuviera nada que envidiarle.
Estaba ensimismada en pensamientos tontos. Nada del otro mundo, cuando Él llegó por detrás de mí y me susurró algo al oído. Es como un gato muchas veces y cuando me abstraigo de todo, siempre me pone en alerta.

- ¿Qué ven los ojos de Mi Putita?
- ¿Eh? –pregunté, girándome.- ¿Qué dices?
- ¿Te gusta? –me preguntó mientras me rodeaba la cintura con sus brazos y  me hablaba al oído.
- ¡Déjate de tonterías! Hay que atender a los invitados…

Su mano, nada disimulada, se perdió en mis nalgas, apretando una de ellas.

- Todavía no te he dado mi regalo de cumpleaños pero espero que te guste…

Le vi hablar con esa mujer durante mucho rato, pero no le dí mayor importancia. Yo seguí atendiendo a mis invitados hasta que al cabo de unas cuatro interminables horas, se retiraron los últimos invitados.

Cuando ya iba a retirarme, vi a mi Dueño que estaba hablando con la empresa encargada del catering, por lo que yo decidí subir a la habitación a darme una ducha. Estaba realmente agotada.

Dejé que el agua cayera sobre ni cuerpo. Apoyé las manos en la pared y el agua golpeó mi espalda… No quise pensar en nada, pero sentía curiosidad por saber cuál sería Su regalo de cumpleaños. Es muy suyo, muy a su manera y, aunque ya  poco debiera sorprenderme sobre El, siempre, siempre consigue hacerlo.


Estaba ensimismada en esos pensamientos cuando, de pronto, se abrió la puerta de la ducha… ¡Me asusté!

- ¡Me has asustado!

- Lo siento…, no te inquietes. Ya está todo solucionado. Ven…- me pidió, tendiéndome una toalla.
- Pero… ¡Si estoy duchándome!
- No repliques tanto…Te pasas media vida protestando… Ven…

Me lo ordenó con tanta suavidad como autoridad. Me envolví en aquella toalla y Él me ayudó a secarme un poco el pelo…

-¡Cálzate!  -me dijo.

Me tomó de la mano y cruzamos el vestidor hasta llegar a mi amplia habitación. Me quedé helada. A los pies de la cama, desnuda, se hallaba la mujer rubia del jardín.

- ¿Qué significa esto? -pregunté a mi Amo.
- Es tu cumpleaños y si me apetece regalarte una puta, te la regalo… Y la vas a disfrutar. Pide que haga todo lo que tú desees. Hoy mandas tú. Su cuerpo y su mente se someten a tu voluntad… Haz disfrutar a Tu Señor… con el regalo que te ha dado.

Hizo una leve pausa y continuó:

- Ahí tienes todo cuanto puedes emplear… para ti o para ella… Como dispongas… Tú pones el límite…


Vi sobre el banco, a los pies de la cama, toda esa serie de artilugios con los que mi Amo solía jugar conmigo…, y algunos más que nunca había visto hasta ese instante.
Me besó en la mejilla y se separó. Fue a sentarse al butacón que había en un lado de la cama y allí se acomodó. Le observé. Tan digno, tan Señor, tan... Él.
Miré a la chica y ella me sonrió. Obviamente sabía para lo que estaba allí y me estaba esperando. Observé su cuerpo desnudo, la redondez exuberante de sus pechos operados…, el vicio en su cara…, las ganas de todo…, de no sé qué…

Y en ese instante me sentí perdida.

Una sola vez antes había estado con una mujer, y me costó muchísimo soltarme… Y ahora, sin previo aviso, mi Amo me volvía a poner en bandeja un nuevo juego, al que no sabía si sabría jugar o si sería capaz de estar a la altura de las circunstancias. Mil y un pensamientos se amontonaron de forma inconexa en mi excitada mente.

Dejé caer la toalla al suelo y me mostré desnuda, con el pelo mojando cubriéndome la espalda, y aun escurriendo brillantes gotas hasta el suelo.
Le indiqué a la puta con la mano que se acercará hasta a mí.
No sé por qué, de pronto, me entraron unas terribles ganas de abofetear a aquella mujer. No tenía ningún sentido, pero ella obedeció, y mansamente se acercó hasta mí. La miré, pero ella dirigía su mirada hacia el suelo. Le obligué a subir la cara, colocando mis dedos en su mentón. Su mirada se cruzó con la mía…, y le estampé una sonora bofetada en su mejilla. El chasquido resonó en toda la habitación. Le miré a Él, y mi Dueño permaneció impasible, con una pierna sobre de la otra, el brazo apoyado en el reposabrazos de la butaca y la mano contraria sujetándose el mentón. Mi Amo sabe que yo no tolero los golpes en la cara, y sin embargo, sin ningún motivo, yo le había propinado uno bien sonoro con la palma de la mano abierta a aquella mujer a la que no conocía de nada y contra la que nada tenía.

Ella me escupió.
La verdad, no me lo esperaba. Así que volví a cruzarle la cara.
A mí no me escupe nadie y menos a la cara.
Esta vez la bofetada fue más fuerte.

La cogí del pelo con toda mi fuerza y la obligué a arrodillarse ante mí, pero no le hablé, no le dije nada. Ni una palabra, ni un reproche.
El silencio, como me dice mi Amo, es lo mejor para alguien que no entiende.

Ya en el suelo, y de rodillas ante mí, la solté de mala manera, con rabia, y caminé hasta donde estaban los artilugios.
No sabía qué hacer, no sabía cuál coger…
No  estoy acostumbrada a ser yo la que los use, y por eso no sé usarlos adecuadamente. Tenía cierto temor y que se me fuera la mano, que le pudiera causar algún mal a aquella putilla que estaba allí mismo, desnuda, a mis pies…

¿Qué debía hacer? ¿Humillarla? ¿Provocarle dolor? ¿Placer?

Tal vez debería usarla como un saco en el que vaciar todas mis rabias y tensiones de las últimas semanas. Sé que no es justo, pero… ella era mi puta y podía hacer con ella lo que quisiera. Eso me había dicho mi Amo.
Así que, sin pensarlo mucho…
Cogí la fusta…

Como estaba de rodillas aún, hice que  abriera sus  piernas y que colocara sus manos en la espalda.

Le acaricié con la palma de la fusta la comisura de su boca, sus labios entreabiertos y sus sonrosadas mejillas, haciendo que la besara…
Llegué a continuación hasta uno de sus pechos, de erectos pezones, a los que rocé con la fusta, antes de darle pequeños y suaves toques con ella.
Por la cara que ponía, parecía gustarle,  pero yo ya pensaba en el siguiente movimiento, porque ella estaba allí para que yo disfrutara, no para su propio disfrute.


Si, algo había que cambiar.

De pronto, y sin previo aviso, azoté su coño rítmicamente. Ella daba pequeños grititos de dolor, y yo, de vez en cuando, le miraba a Él, y si veía que era ella la que lo hacía, yo se lo impedía cogiéndola del pelo y girándole la cabeza.
Como la muy puta seguía insistiendo en mirar a mi Amo, la volví a agarrar del pelo y la arrastré por el suelo, delante de Él,  hasta llevarla a la cama.
Al llegar al tálamo, me tumbé y le ordené que me acariciara entera, pero advirtiéndola de que no me tocara la cara por nada del mundo.

La muy perra no dijo nada, pero pronto sentí sus labios recorrerme entera, centrándose  en mis tetas, golpeando  mis pezones con la punta de su húmeda lengua y mordisqueando luego cada uno de ellos.
Mientras una de sus manos abarcaba mi pecho, la otra…, la otra seguía camino abajo, hacia mi sexo…, el cual ya se encontraba ardiente y húmedo.

La putilla se recreó con mi otro pecho, mientras sus dedos mojados en mis calientes flujos, empezaban a separar los labios de mi coño y buscaban ansiosamente mi clítoris.
Ante tal calentura, la cogí de nuevo por el pelo, y empujé su cabeza hacia mi entrepierna.
Ella entendió perfectamente lo que yo ansiaba y no tardó nada en alcanzar mi abierto sexo  con su boca.
Yo, por mi parte, le facilité la tarea, abriéndome completamente de piernas, y mostrándole  mi encharcado sexo en todo su esplendor…

- Cómemelo… -le ordené.

Ella se  acomodó mejor entre mis piernas y lamió mi sexo con su húmeda lengua.

- Despacio, zorra -le dije, mientras notaba sus dos manos aplicadas en mis tetas, pellizcando mis endurecidos pezones, tirando de ellos, de tal manera que yo apretaba los dientes de gusto y arqueaba mi espalda para lograr una mayor penetración de su lengua en mi enardecido coño.
Notaba el suave tacto de su lengua subiendo y bajando por mi depilado coño, enmarcado tan solo por unos escasos vellos en  el centro del pubis.
Ella empezó a lamerlo de un lado a otro. Luego haciendo círculos. Después de arriba abajo y vuelta a empezar, mientras mis caderas se movían al ritmo que ella marcaba…

Un instante después sentí la penetración de un dedo, pero no me incomodó dada la suavidad con la que entró…

- Más, sigue, no pares… -le decreté.

Y mi coño se fue abriendo también a sus dedos. Había observado que sus manos eran pequeñas, así que creo, aunque no podría asegurarlo,  que en un momento dado debió meter la mano entera en mi coño,  por cómo me tiraba allí abajo, pero el placer que sentía era tan supremo, que me abstuve de decirle nada…

Mi clítoris parecía querer reventar de gozo. Lo notaba henchido y tirante, y aquellos lengüetazos no eran para menos. Hundí su cara en mi coño con fuerza, presionándole la cabeza, para que me oliera, para que se ahogara en  mis jugos...
Pero yo no quería correrme aún, así que ella tenía que esforzarse en darme el máximo placer, pero de modo que llegara al umbral del éxtasis sin cruzarlo.

Presa de la pasión, me senté de rodillas, dejando que viera mi sexo en toda su grandeza. Ella respondió a mi oferta estimulándome el ano, con suaves caricias circulares empapadas de su saliva, mientras seguía acariciando mi sexo y dándole suaves golpecitos…


La muy puta sabía lo que se hacía.
Sabía mejor que yo lo que yo quería, que era, simplemente, disfrutar…
Y demostrar a Él que podía hacerlo y que podía cumplir su voluntad…, fuera la que fuese.
Aunque no sabía si era eso lo que Mi Señor esperaba de mí…

Tenía a mano varios vibradores, de diferentes tamaños y diferentes velocidades. La rubia se introdujo uno de buen tamaño en la boca para humedecerlo y templarlo, y después empezó a pasarlo por encima de mi empapada raja, terminando de lubricarlo con mis calientes y espesos fluidos, hasta que lo introdujo en mi coño y empezó a moverlo dentro y fuera, acelerando más y más,  mientras notaba su dedo entrando y saliendo de mí ya dilatado ano.
Yo me rompía de placer cuando notaba como como ambos, dedo y vibrador, se acomodaban dentro de mí  al mismo vaivén.

Mi respiración era cada vez más fuerte y los gemidos retumbaban en la habitación,  aun cuando yo intentaba ahogarlos sobre la almohada…

Dos dedos torturando mi ano…, entrando y saliendo de él sin compasión, mientras el vibrador traqueteaba en mi coño mojado y, al mismo tiempo,  gozaba con  aquellas palmadas en mis glúteos.

Como pude, le indiqué a la puta que sacara sus dedos de mi extendido culo y que usara su lengua, que me penetrara con ella, que me lamiera y que me mojara tanto que pareciera que me hubiera corrido. Ella obedeció sin rechistar. Le miré a Él y me guiñó un ojo.
Lo estaba haciendo bien, según parecía.

Como aún quería algo más, tumbé a la perra de espalda sobre la cama. Cogí aquellas esposas y la aprehendí de las muñecas para atarla al cabecero del mueble. Después me senté sobre su cara, con las piernas bien abiertas, y dejé que me lamiera de nuevo mi encharcado sexo, mientras yo me movía de adelante hacia atrás, o bajaba y subía….

Apretaba tanto que sentía como la ahogaba con el peso de mi cuerpo, y notaba como su rostro se clavaba en mi coño.
Quería correrme sobre su cara y que se bebiera toda mi corrida…

Le tapé la boca, dejándole sólo un pequeño resquicio para poder respirar por la nariz.
Percibía esa sensación de agonía en sus ojos, pero ni aun así me detuve.
Sabía que podía respirar.
Le pellizcaba sus pezones y tiraba de ellos con fuerza, retorciéndolos…
Me excitaba oyendo sus gritos y usaba  la fusta sobre su cuerpo para que  se retorciera de dolor…
No me importaba su sufrimiento.
Sólo me importaba el placer que pudiera proporcionarla a Él, a mi Dueño, mi Amo, mi Señor,  y el mío propio.

Tuve que agarrarme fuerte a los barrotes del cabecero cuando empecé a sentir aquellas acometidas eléctricas recorriendo todo mi cuerpo.
Estaba a punto de estallar.

- ¡¡¡Abre la boca, puta!!!

¡Cuántas veces me había dicho eso Mi Señor a mí! Y ahora comprobaba por mí misma el placer que decirlo implicaba.

Se lo dije mientras metía mis dedos en su boca y abría la mano para abrírsela  al máximo.
Le di varias bofetadas hasta que consideré que ya no la podía abrir más…

Y en aquel espasmo en el que mis piernas perdían fuerza, en el que se me iba el alma en cada gemido y en cada grito, me desbordé encima de su rostro.
La corrida fue tremenda.
Ella luchaba por bebérsela toda.
Se le salía de la boca y se ahogaba con ella.

Escurría por mis muslos y me mojaba el pubis, así que cuando dejé de correrme le obligué a lamer todo lo que quedaba, toda mi corrida extendida sobre mi piel…
Mientras, de tanto  en tanto, estrellaba mi mano contra su cara, insultándola…, porque no era como cuando Él me dice a mi “puta”, “zorra” o “putita”…
Él lo dice cariñosamente, pues yo soy Su Puta, Su Zorra, Su Perra…
Yo le decía “puta”, “cerda”, “guarra”, con rabia, con sentido despectivo, como si sus sensaciones y sentimientos me importaran muy poco;  con el pleno convencimiento de que la estaba usando, en el peor de los sentidos…

Cuando acabé, cuando la laxitud se apoderó de todo mi cuerpo y el placer ya me iba abandonando, me dejé caer en la cama, agotada y exhausta, al lado de la puta.
Desde allí alcé la vista hacía Mi Señor y pude ver ese brillo animal que a veces aparece en sus ojos. El brillo del cazador que ya sabe suya a la presa. Y supe que la noche no había acabado, porque ahora le tocada disfrutar a Él…



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El Beso del Pecado

El Beso del Pecado
La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.