Si el placer es Pecado, yo vivo en la Gloria del Infierno.

Pecado es todo aquello prohibidamente placentero:

El Tacto del Pecado

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Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.

viernes, 21 de abril de 2017

ExactiTúd...

Respiré tan hondo que quedé expuesta. 
Abierta en carne. 
Rendida a Sus Deseos, 
a la acción de Sus Rictus. 

Mi mirada se elevó hacia Sus Ojos. 
Su Cielo. 
Mi Credo. 
Volé.
Libre.

Sus Palabras quedas se destilaron en Su Boca. 
Pendieron en ríos de Gloria al cauce de la mía. 
Silencios golpearon mi mente. 
Azotaron mi piel resquicios de Voluntad. 
Y en la cima de la cruz, 
Su Exactitud. 
Mi entrega. 
Mi concesión.


martes, 18 de abril de 2017

Felina Azul...



Me había adormilado en el sofá y, al despertar, mi corazón latía a mil. Aquella taquicardia me alertó. Miré a mi alrededor y no Le vi. El silencio reinaba en la casa. Afuera, la nieve no dejaba de caer. Los cristales estaban casi totalmente empañados.
Me acerqué hasta la ventana. Contemplé el paisaje y recordé que, en esa misma posición en la que ahora me encontraba, la noche anterior, Él me abrazaba y podía ver nuestros cuerpos reflejados en el cristal. Me estremecí al sentir la realidad de ese momento.

Su respiración pegada a mi cuello. El perfume de su piel embriagándome entera. Sus manos, desde las mías, despacio, ascendiendo por mis brazos hasta el cuello; cruzando sus brazos por debajo de mi pecho, diciéndome cosas bonitas que me erizaban la piel… Mi cuerpo temblaba entre sus brazos como en este mismo instante. Podría pegarme el día entero pensando en Él, recreando cada una de sus palabras, la emoción que me produce su presencia, la sensibilidad con la que me habla… Y ese “eres Mía” cuando se convierte en quién lo controla todo. Y, entonces, yo, mujer tan fuerte como sensible, me convierto en ese ser que se deshace en sus manos, que adquiere el papel de su deseo en carne y hueso… Y de mi aliento surgen, irremediablemente, suspiros de hembra felina: “Mmmmiauuuuuu!
Maullido de leona azul. Su leona. Mansa unas veces. Salvaje, las otras.

Y mi ser, convencido como mi mente, de a quién pertenezco, se curva: los brazos delante, apoyándome en las palmas de las manos; mis piernas, apoyadas sobre las rodillas… Mis pasos, taimados, y mi mirada fija en los ojos de quien domina mi mente en esos momentos. Mi cuerpo entero contoneándose como hembra mimosa, sedienta de caricias, se encamina hacia Él, quien me aguarda, me espera, tan deseoso o más que yo, seguro de Sí Mismo, con el arte del imperio en su mirada. No es necesario que diga nada. Sé lo que tengo qué hacer. Sé lo que espera de mí.

Un escalofrío recorrió mi piel. Me dolían los pechos y la erección de mis pezones producían una sensación placentera. Mi sexo se contraía. Podía notar cierta humedad palpitando entre mis labios y unas tremendas ganas de sentirme poseída y consentida, en esa mortificación y desesperación a la que es capaz de llevarme el hombre al que amo. Sí, reconozco que me hace grande, más de lo que soy ya por mí misma.
Me siento libre en toda la extensión de la palabra, con la capacidad de ser y sentir, de estar y en mi "despertenencia" soy más yo y más Él.


Retrocedí sobre mis pasos. Mis pies descalzos percibían la tibieza del suelo de madera. La falda de mi vestido azul se agitaba sobre mis muslos. Mis brazos y mis hombros quedaban cubiertos por aquella chaquetilla de angora de suave tono azulado. Le busqué. Busqué al hombre que me protegía y Le hallé en el estudio. Estaba ensimismado en sus cosas, repasando documentación relativa a su trabajo. Estaba tranquilo. Me gusta. Le amo. Le deseo. Le observé desde el quicio de la puerta, sonriendo.
Mi Señor levantó la vista. Me sonrió y le correspondí. Comencé a caminar hacia Él, bordeando la mesa. Apoyé mis manos sobre sus hombros. Respiré profundamente, para emborracharme de Él. Bajé mis manos sobre su pecho, por encima de su impecable camisa blanca.

Él siempre es elegante e impecable en gestos y en percha. Me gusta acercarme a su vestidor y pasar la mano por sus camisas perfectamente colgadas por colores: blanco, rosado, azul, morados… Rayas, cuadros. Sus cinturones: enrollados en el cajón. Sus corbatas. Sus fulares. Sus trajes de corte italiano: de rayas diplomáticas, en negro, en gris marengo…, de ojo de perdiz, de cuadritos Vichy... Y al otro lado, la ropa de verano.
Todo huele a Él.
Todo es Él.

No hubo palabras entre nosotros. Besé su mejilla, busqué el lóbulo de su oreja derecha… Le musité Su Nombre y le rugí suave, lánguida pero crecida, insinuante pero tímida… Y Él, aparentemente, impasible, Dueño de la situación.
Me separé. Lo justo para poder girar la silla y quedar frente a frente. No dejé de mirarLe y no dejé de ser correspondida con la profundidad de su mirada. Su rostro serio, marcando una distancia ficticia pero necesaria. Mi corazón latía fuerte y mi respiración parecía entrecortarse. Sus ojos me inquietaban y el dibujo de su boca me daba la calma que necesitaba.


Me apartó, y tomándome de la mano llegamos hasta el sofá. Ahí se se sentó con las manos apoyadas en Sus Piernas; y yo, delante de Él. Sabía que tenía que desnudarme y hacerlo despacio mientras me observaba, en silencio, sin dejar de mirarnos. Me arrodillé a Sus Pies. Lo hice despacio como si mis movimientos estuvieran estudiados. Más bien innatos. Seguía manteniendo mi mirada en Él aunque, en ocasiones, era una lucha por conservar la compostura. Sentada sobre mis pantorrillas, coloqué mis manos sobre mis muslos. Mi Señor extendió el brazo y con Su Mano acarició mi mejilla. Primero con la palma hasta el mentón. Luego, con el reverso de sus dedos hasta mis labios, separándolos suavemente. Instintivamente, ellos correspondieron a su contacto, y besaron Su Piel. Me incliné protegiéndome en su cuerpo pero como si me diera paz.

Al retirar el gesto, pasaron los segundos necesarios para que tomara mi propia iniciativa. Pasé mis manos por sus piernas, lentamente, hasta llegar a los pies. Deshice la lazada de los cordones de uno de sus zapatos. Despacio, pausadamente…, dejando el accesorio a mi derecha. Hice lo mismo con el otro, con el mismo ritmo. Después los calcetines, negros como los zapatos. Masajeé Sus Pies, dedo por dedo, subiendo por el empeine hasta los tobillos. En realidad, no eran masajes, eran sencillas caricias.

Le volví a mirar y Él me esperaba. Me estiré, permaneciendo con las rodillas clavadas al suelo. Botón a botón, descubrí la piel de su pecho: suave, tibia, sin apenas vello… Sobre su pecho mis dedos parpadeaban. Arriba…, Abajo… Como de norte a sur y de este a oeste, en cruz conversa e inversa.
El cinturón: Una pequeña traba de la que me deshice. El botón del pantalón y la cremallera.

Volví a mirarLe. Busqué Su Sexo bajo la ropa que le quedaba. Lo palpé, lo excite y lo besé... Y emergió erguido, erecto… Un manjar para mis manos, para mis labios y boca, para cada trinchera de mi (su) cuerpo. Con mi mirada le pedí ayuda para poder desnudarLe. Levantó las caderas y le quité la ropa, dejándolo solo con la camisa. Mis uñas, dócilmente, rasparon su piel desde los muslos hasta debajo de las rodillas y retrocediendo sobre su camino hasta que mis manos se encontraron con su miembro. Lo atrapé entre ellas, delicadamente, como si tuviera entre mis dedos la flor más delicada. Ascendí sobre su tronco… Descendí de retorno hasta que mis labios se vencieron sobre Él, como un manantial para calmar mi sed.

Me tomó fuerte del pelo, dejando mi rostro a la altura del suyo. Se acercó a mi labios. Noté la punta de su lengua abriendo mi boca... Su saliva entrar en ella, invadiéndome, haciéndome tragar. Su mano libre sujetando el cuello. Una ligera presión notando mis músculos. Me apartó en un gesto rápido, enérgico, llevando mi cabeza a su entrepierna. Se clavó en mí, atravesando mi garganta, provocando un momentáneo ahogamiento. Él medía el tiempo y mi aire. Mi lagrimeo se contundió con mi saliva aya el roce regio de su mano libre contra mi mejilla me puso en alerta, como el azote a una montura para que arreara más.

  

Mis labios entre abiertos, reverberados sobre el bálano caliente, descendían por el tronco hasta la base, sintiéndolo palpitar y crecer en mi boca mientras mi sexo se cristalizaba de fluidos. Camino de descenso complementado con el de ascenso. Repetido en pautas fielmente aprendidas hasta mi desesperación, hasta que mis ansias se edificaban en gemidos, susurros y respiración inconexa. Y es así como a Él le gusta tenerme: A sus expensas, bajo su control… Mojada, suplicante…

Sus palabras, aún sin decirlas, repicaban en mi mente como en mi sexo, incitándome a entregarme todavía más, a implorar, a ser solícita a sus peticiones y reclamos silentes. A horcajadas sobre sus caderas, me balanceaba sobre la cumbre de su sexo, rozando el mío, abriendo mis labios bañados de la esencia que afloraba de mis adentros. Movimientos lentos y consentidos, golpes densos en el vértice de mis ingles. Empuñadura de Su Hombría buscando mi placer antes que el mío, envainada en mis entrañas, ardientes como las brasas de un infierno, el infierno en el que me consumía, que me exasperaba, luchando con uñas y dientes ante su bravura: la que me golpeaba y aceleraba, la que me renunciaba…

- ¡Vamos, mi reina, vamos! Demuéstrame que tú sí sabes… Demuéstrame quién eres…


Sus Manos apretando mis nalgas, elevándolas, clavando los dedos, buscando el centro, mientras como cuchillo en membrillo, me invadía, izando las caderas ante mis hincadas. Mi cuerpo temblaba cual el de yegua desbocada, asida de los pechos hinchados por el deseo y sublimados mis pezones en las yemas maestras de Sus Dedos. Mi boca seca, su respiración entregada, Su Cuerpo entero… Mi razón perdida.

El éxtasis llegaba y me pedía más y más.
Sus palmadas en mis piernas, su incursión en mi ano…
La mujer saltando sobre sus piernas, atrapada en esa codicia, en esa voracidad y en ese egoísmo de ser tan Suya como mío es Él.
Me hallaba perdida en esa hecatombe de sensaciones que me llevan a ser solo de Él, a cumplir Sus Deseos sin que sea necesario que los revele… porque yo soy Su Hembra, la hembra que Él ha elegido, a la que enseña y engrandece, a la que se entrega, a la que mima, a la que cuida, a la que salvaguarda y protege… A la que respeta, por la que muere en su falta de proclama…
Sí, esa soy yo, la única para Mi Señor.
Él es Mi Dueño. Es Él mi sustento, el aire que respiro...

Vencida en mis espasmos, llena de Él, sobrepasada de Su Esencia en los poros de mi piel, en el centro de mis entrañas y “contraentrañas“; plena de Él en cuerpo y alma, fui mujer derribada en el suelo pero protegida en el calor de Su Cuerpo, sosegada en y con el tacto de Sus Besos; con y en la ternura de Su Mirada; en y con la calma de Sus Palabras…

- Y eres Mía… Me perteneces. Soy Tu Dueño… pero tú lo eres todo para Mí.

En mi boca el estallido de Su Beso: Denso y profundo, delicado y entregado… hasta el final.


domingo, 9 de abril de 2017

Mi rezo, mi plegaria...




De mis rosas, mil espinas
dibujadas en el cielo de Tu Hambre.
Deseo ensalzado desde las cumbres de mis gozos.
Viento dorado de espigas agrías.
Hiel abisal en lo velos de mis aristas
concome la carne de mi duelo.
Soliloquio entre mis lágrimas.
Versos en Verbo.
María Magdalena
Hembra entregada.
Mujer blasfema me llamarán.



Abro mis brazos.
Alas redimidas a la luz de las sombras.
Elevo mis palmas.
Me acojo a Tu Luz
como Peregrina de Tus Anhelos,
consentida de Tus Deseos.
Sierva y Ánima de Tus Voluntades.

Y rezo
Plena de Ti:

Señor, moldéame con Tu criterio,
a Tu Condición,
respetando en mí la Esencia de serme,
la Natura de serTe.

Enséñame a dar los frutos que Tú prefieres
y no los que a mí me apetecen
mas en Ti confío y de Ti aprendo.

Hazme crecer en tu Amor
y en este sentimiento de humildad
pues mi vida es un destino irremediable.
De Tus Pasos.
De los míos.
Engendra en mí
la Plétora de Tu Sabiduría,
del atino de Tu Dominio(s).
Hazme Tierra fecunda de Tus Haceres,
del  Sentir Postrado de tu Benevolencia,
de la Lujuria delicada de Tu Ternura,
de la salvaje penitencia de mi cuerpo
en la clemencia de Tus Actos.



Emerges ante mí
como Único entre los únicos,
Digno entre los dignos.
Paradigma elevado desde los ósculos tallados
en saliva y sangre,
en el dilacerar de Tu Sentido
en la constancia libre
de mi carne,
de mi mente,
de mi alma.

A Ti mi voz alzo,
tenue en mi plegaria,
canto agradecido a Mi Señor,
porque gozo y soy
en Tu Carne,
en Tu Mente,
en Tu Alma…

Señor.



miércoles, 22 de marzo de 2017

Lo que tú quieres... (Lo que yo deseo)

Percibí su mirada atravesando la mía. La sentí como si fuera un puñal narcotizado clavándose en mis adentros. Mi piel comenzó a arder. Una sensación incómoda me asaltó. Por un momento mi cuerpo empezó a temblar, mi respiración se acentuó. La notaba subir desde mi pecho. Más aún cuando avanzó aquellos dos o tres pasos que nos separaban. En cambio, no dejé de mirarle a los ojos. No le retaba pero no iba a bajar la mirada aunque me invadieran la cobardía y las ganas de salir huyendo de allí. 


Podía sentir su respiración acariciando mi boca. Su pecho estaba casi pegado al mío. Una fina hoja de papel tal vez pasara entre ambos. No me tocaba. Mis brazos permanecían paralelos a mi cuerpo, pegados a él. 

- Eres aun reto para mí… Y lo sabes demasiado bien. 

Tenía razón. Lo sé, del mismo modo que sé el efecto que produce en mí su presencia. Y eso, él lo sabe también como yo. 
Sus labios se aproximaron más a los míos pero siguió sin tocarme. En cambio, alzada sobre mis tacones, casi pierdo el equilibrio cuando una de sus manos se posó sobre mis nalgas para halarme hacia él. Mi pecho golpeó su cuerpo y sentí la dureza de su sexo pero no moví un ápice de mi cuerpo. Me mostré regia y erguida aunque me faltaba el aire y seguía temblando de excitación. Ya no podía ver su mirada pero podía percibirla. Su respiración era fuerte. Aseguraba su excitación y los efectos que yo producía en él. 


Me separó las piernas con la rodilla. La medida justa para que su mano se colara entre mis muslos sin vergüenza, con decisión, como si le diera igual pero sabía bien lo quería, cómo y cuándo: Yo. Entregada. Ahora. No creo que fuera a sorprenderse si me encontraba mojada pero tal vez sí si no encontrara traba alguna para rozar mi piel. 
Sorpréndeme, me había dicho. Y le sorprendí. 

Sus dedos rozaron la humedad de mi piel, el pliegue erizado que protegía mi bulbo erecto e introdujo dos lentamente, abriéndolos cuando ya estaban completamente empapados de mí. Respiré hondo. Gemí. Quería beber de su boca pero él puso la barbilla. Me marcó la distancia y la boca mientras un inmenso placer me invadía. 

- Sabes que te follaría aquí mismo… como a mí me gusta, como a mí  me plazca… 

Para entonces ya estaba rendida, entregada, dominada. Me tomó del pelo y tiró de él para que yo me arqueara. Besó mi cuello. Lo mordió… Suave de entrada. Un mordisco más intenso en la base. Otro en el lóbulo de la oreja, tirando de él. Se apartó y me obligó a mirarle. Su mirada parecía haber cambiado de color y su semblante era serio. Sus dedos no dejaban de usurpar mi interior y de pellizcarlo. Me sentí morir. Tan húmeda estaba que temí no poder controlar aquella conmoción. Deseaba ser suya en ese momento. Sin espera. Quería que me poseyera… 

- Dímelo… Pídelo. 

Y no iba a ser dulce la respuesta. No iba a ser un “¡Oh, sí! ¡Hazme tuya! ¡Deseo que me poseas!
¡Noooo! 
Fue un rotundo “¡Fóllame!” 

Me soltó. Se desabrochó el pantalón y su miembro surgió henchido, grueso, erguido… Me volteó, venciéndome contra la pared. Me levantó la falda y volvió a abrirme las piernas con su rodilla y su pie… Me embistió de golpe. No hubo resistencia. Se quedo quieto. Se inclinó sobre mi espalda, me tomó de la barbilla y me giró la cara para que le mirara… 

- Ahora me darás lo que quiero…


sábado, 11 de marzo de 2017

Veneno Sacro...


Pecado ensalzado son las mieles de este Averno en llamas 
que afloran entre tus muros y mis hiedras. 
Se derrama de tu copa la ebria esencia de mi Templo 
ante el que blasfemas postrado, 
ávido de ansias y celo.

Y revierte en Ti mi veneno, 
loado en los caldos de Tu Abismo, 
fuego que escupo con el salmo de Tu Fiebre nívea, 
bendecido en la savia eterna de Tu Muerte.



30-septiembre-2016

martes, 28 de febrero de 2017

Mi cáliz en Tu Diestra...




Señor, siembra en mí la dicha de serTe
en este plenilunio de condenas de mi carne,
donde me siento tan Tuya 
que mis pensamientos Te nombran 
y mis manos Te describen; 
donde mis silencios son entrega absoluta a Tu Diestra. 

Hazme llegar hasta donde los deseos manen, 
hasta donde la carne vuele 
y las lágrimas de placer resbalen como sudor sagrado; 
donde los suspiros sean preces de mis entrañas 
por la Voluntad de tus designios. 

Copula salvaje que aclama adagios desde lo más oculto.
Intimidad de este sentimiento 
que no reniega del sagrado ósculo 
que bendice mi piel con el aroma de tu blanca sangre. 

De Ti, 
a Tu Amparo,
mi cáliz se llena y mi vida germina...




jueves, 2 de febrero de 2017

Herejía...

Quiero Tu Quietud
cabalgando densa entre mi norte y mi sur,
profanando los silencios de mi boca
con las hebras de Tu Lengua.

Quiero Tu Bravura
enaltecida en mi gozo,
mojada de exorcismos.


Maldiciones exacerbadas
las lujurias de Tu Carne.
penitenciada de rodillas
entre todos estos demonios
amovidos desde sus infiernos.

Quiero la cruz de Tus Brazos.
Clavarme 
santificada, beata y flagelada
en este deseo de ser carne y
herejía de Tu Sangre.
Estigmas carmesíes bajo Tu Manos
hiñen mi piel
sometida.

Impía mi voluntad entre mis traviesas.
Mancillada en la saña de Tu Bao...
hierve el fuego en las entrañas
y
clama el Verbo su presencia
horadando en mi plegaria.




martes, 24 de enero de 2017

En Nombre del Señor...


Mil cadenas son flores sin espinas. 
Mil velos, 
única seda que abre mis ojos. 
Mi boca, 
susurro de Tu Nombre, Señor. 

En Él vibro. 
Y en Él tengo el mío. 
Soy de Tu Nombre. 

Fortifico el desdén de esta impudicia 
en la materia que me honra. 
Frágiles, 
el suspiro y el llanto derramado. 

Luz en la que me derivas 
con esta plegaria silente a Vos, 
a quien con anhelo sirvo. 

Sois Vos, Mi Señor, 
quien engendró en mí 
Deseos de Obediencia, 
Entrega sin reservas, 
Autenticidad preñada.


Es a Vos, Mi Señor, 
a quien me otorgo 
con el silencio de mis ojos 
y las lágrimas de mi boca. 
A quien entrego, sin más, 
las esencias de mi ser 
en esta correcta locura 
de saberme de Vos. 

 Me consumo, como cirio ante su Señor, 
en el fuego de Vuestro Deseo,
y renazco, 
cual flor emérita,
de pétalos tallados,
con la enjundia de Vuestra Carne.

martes, 10 de enero de 2017

... Te deseo...



 ... Te siento...


Y los gemidos irrumpieron entre tú y yo dejando que el deseo jugara sus bazas entre tus cartas y las mías, entre tus dedos y los míos, entre tu ruegos y mis plegarias...
Y nos hicimos agua... 

Blanca tu savia.
Cristal mi lujuria.

jueves, 5 de enero de 2017

Sagrada Forma...



Desvirgaré Tu Alma de las lujurias de Tu Carne…
Seré estigma en los márgenes de Tu Piel,
en las jarcias sueltas que dejan tus tusas.

Hollaré  Tu Boca con brea de mi lengua.
Coseré caricias con las hebras de mi saliva
con el impulso de mi aliento.

Prenderé de Tus Aspas los falsos abacás
que a Ti me unan…
que a mí Te ensamblen.
Y cerraré mis estribos en los nervios de tus piernas
ungiendo tu Llaga con las lágrimas de mi libídine
proclamando Tu Nombre.

Abrazaré tu firmeza en el fuego de mis esencias
hasta que…,
alzándome en gloria,
 mi boca honrará Tu Falo
enardecido en el cáliz de mis manos.
Beberé sus mieles cual Sagrada Forma
nimbada en mi dulce agonía
mientras Tú, en Mi Nombre, jures tu Pecado.

Bajo esta serpiente que abraza hallarás todas las PECAMINOSAS IMÁGENES que nos concede el Pecado.

Bajo esta serpiente que abraza hallarás todas las PECAMINOSAS IMÁGENES que nos concede el Pecado.
Deja que su Tacto encarne las pupilas de tus ojos.

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Te acercarás despacio a mi espalda para hallarme bajo la sábana...

Te acercarás despacio a mi espalda para hallarme bajo la sábana...

En nombre de ti, de mí y del polvo que somos y en el polvo que echaremos. Amén.

En nombre de ti, de mí y del polvo que somos y en el polvo que echaremos. Amén.

Traza sobre mí arabescos con tus manos y tu lengua...

Traza sobre mí arabescos con tus manos y tu lengua...

Y marcaré sobre tu piel la señal de la putísima mujer.

Y marcaré sobre tu piel la señal de la putísima mujer.

La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.

La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.