Si el placer es Pecado, yo vivo en la Gloria del Infierno.

Pecado es todo aquello prohibidamente placentero:

El Tacto del Pecado

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Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.

martes, 18 de abril de 2017

Felina Azul...



Me había adormilado en el sofá y, al despertar, mi corazón latía a mil. Aquella taquicardia me alertó. Miré a mi alrededor y no Le vi. El silencio reinaba en la casa. Afuera, la nieve no dejaba de caer. Los cristales estaban casi totalmente empañados.
Me acerqué hasta la ventana. Contemplé el paisaje y recordé que, en esa misma posición en la que ahora me encontraba, la noche anterior, Él me abrazaba y podía ver nuestros cuerpos reflejados en el cristal. Me estremecí al sentir la realidad de ese momento.

Su respiración pegada a mi cuello. El perfume de su piel embriagándome entera. Sus manos, desde las mías, despacio, ascendiendo por mis brazos hasta el cuello; cruzando sus brazos por debajo de mi pecho, diciéndome cosas bonitas que me erizaban la piel… Mi cuerpo temblaba entre sus brazos como en este mismo instante. Podría pegarme el día entero pensando en Él, recreando cada una de sus palabras, la emoción que me produce su presencia, la sensibilidad con la que me habla… Y ese “eres Mía” cuando se convierte en quién lo controla todo. Y, entonces, yo, mujer tan fuerte como sensible, me convierto en ese ser que se deshace en sus manos, que adquiere el papel de su deseo en carne y hueso… Y de mi aliento surgen, irremediablemente, suspiros de hembra felina: “Mmmmiauuuuuu!
Maullido de leona azul. Su leona. Mansa unas veces. Salvaje, las otras.

Y mi ser, convencido como mi mente, de a quién pertenezco, se curva: los brazos delante, apoyándome en las palmas de las manos; mis piernas, apoyadas sobre las rodillas… Mis pasos, taimados, y mi mirada fija en los ojos de quien domina mi mente en esos momentos. Mi cuerpo entero contoneándose como hembra mimosa, sedienta de caricias, se encamina hacia Él, quien me aguarda, me espera, tan deseoso o más que yo, seguro de Sí Mismo, con el arte del imperio en su mirada. No es necesario que diga nada. Sé lo que tengo qué hacer. Sé lo que espera de mí.

Un escalofrío recorrió mi piel. Me dolían los pechos y la erección de mis pezones producían una sensación placentera. Mi sexo se contraía. Podía notar cierta humedad palpitando entre mis labios y unas tremendas ganas de sentirme poseída y consentida, en esa mortificación y desesperación a la que es capaz de llevarme el hombre al que amo. Sí, reconozco que me hace grande, más de lo que soy ya por mí misma.
Me siento libre en toda la extensión de la palabra, con la capacidad de ser y sentir, de estar y en mi "despertenencia" soy más yo y más Él.


Retrocedí sobre mis pasos. Mis pies descalzos percibían la tibieza del suelo de madera. La falda de mi vestido azul se agitaba sobre mis muslos. Mis brazos y mis hombros quedaban cubiertos por aquella chaquetilla de angora de suave tono azulado. Le busqué. Busqué al hombre que me protegía y Le hallé en el estudio. Estaba ensimismado en sus cosas, repasando documentación relativa a su trabajo. Estaba tranquilo. Me gusta. Le amo. Le deseo. Le observé desde el quicio de la puerta, sonriendo.
Mi Señor levantó la vista. Me sonrió y le correspondí. Comencé a caminar hacia Él, bordeando la mesa. Apoyé mis manos sobre sus hombros. Respiré profundamente, para emborracharme de Él. Bajé mis manos sobre su pecho, por encima de su impecable camisa blanca.

Él siempre es elegante e impecable en gestos y en percha. Me gusta acercarme a su vestidor y pasar la mano por sus camisas perfectamente colgadas por colores: blanco, rosado, azul, morados… Rayas, cuadros. Sus cinturones: enrollados en el cajón. Sus corbatas. Sus fulares. Sus trajes de corte italiano: de rayas diplomáticas, en negro, en gris marengo…, de ojo de perdiz, de cuadritos Vichy... Y al otro lado, la ropa de verano.
Todo huele a Él.
Todo es Él.

No hubo palabras entre nosotros. Besé su mejilla, busqué el lóbulo de su oreja derecha… Le musité Su Nombre y le rugí suave, lánguida pero crecida, insinuante pero tímida… Y Él, aparentemente, impasible, Dueño de la situación.
Me separé. Lo justo para poder girar la silla y quedar frente a frente. No dejé de mirarLe y no dejé de ser correspondida con la profundidad de su mirada. Su rostro serio, marcando una distancia ficticia pero necesaria. Mi corazón latía fuerte y mi respiración parecía entrecortarse. Sus ojos me inquietaban y el dibujo de su boca me daba la calma que necesitaba.


Me apartó, y tomándome de la mano llegamos hasta el sofá. Ahí se se sentó con las manos apoyadas en Sus Piernas; y yo, delante de Él. Sabía que tenía que desnudarme y hacerlo despacio mientras me observaba, en silencio, sin dejar de mirarnos. Me arrodillé a Sus Pies. Lo hice despacio como si mis movimientos estuvieran estudiados. Más bien innatos. Seguía manteniendo mi mirada en Él aunque, en ocasiones, era una lucha por conservar la compostura. Sentada sobre mis pantorrillas, coloqué mis manos sobre mis muslos. Mi Señor extendió el brazo y con Su Mano acarició mi mejilla. Primero con la palma hasta el mentón. Luego, con el reverso de sus dedos hasta mis labios, separándolos suavemente. Instintivamente, ellos correspondieron a su contacto, y besaron Su Piel. Me incliné protegiéndome en su cuerpo pero como si me diera paz.

Al retirar el gesto, pasaron los segundos necesarios para que tomara mi propia iniciativa. Pasé mis manos por sus piernas, lentamente, hasta llegar a los pies. Deshice la lazada de los cordones de uno de sus zapatos. Despacio, pausadamente…, dejando el accesorio a mi derecha. Hice lo mismo con el otro, con el mismo ritmo. Después los calcetines, negros como los zapatos. Masajeé Sus Pies, dedo por dedo, subiendo por el empeine hasta los tobillos. En realidad, no eran masajes, eran sencillas caricias.

Le volví a mirar y Él me esperaba. Me estiré, permaneciendo con las rodillas clavadas al suelo. Botón a botón, descubrí la piel de su pecho: suave, tibia, sin apenas vello… Sobre su pecho mis dedos parpadeaban. Arriba…, Abajo… Como de norte a sur y de este a oeste, en cruz conversa e inversa.
El cinturón: Una pequeña traba de la que me deshice. El botón del pantalón y la cremallera.

Volví a mirarLe. Busqué Su Sexo bajo la ropa que le quedaba. Lo palpé, lo excite y lo besé... Y emergió erguido, erecto… Un manjar para mis manos, para mis labios y boca, para cada trinchera de mi (su) cuerpo. Con mi mirada le pedí ayuda para poder desnudarLe. Levantó las caderas y le quité la ropa, dejándolo solo con la camisa. Mis uñas, dócilmente, rasparon su piel desde los muslos hasta debajo de las rodillas y retrocediendo sobre su camino hasta que mis manos se encontraron con su miembro. Lo atrapé entre ellas, delicadamente, como si tuviera entre mis dedos la flor más delicada. Ascendí sobre su tronco… Descendí de retorno hasta que mis labios se vencieron sobre Él, como un manantial para calmar mi sed.

Me tomó fuerte del pelo, dejando mi rostro a la altura del suyo. Se acercó a mi labios. Noté la punta de su lengua abriendo mi boca... Su saliva entrar en ella, invadiéndome, haciéndome tragar. Su mano libre sujetando el cuello. Una ligera presión notando mis músculos. Me apartó en un gesto rápido, enérgico, llevando mi cabeza a su entrepierna. Se clavó en mí, atravesando mi garganta, provocando un momentáneo ahogamiento. Él medía el tiempo y mi aire. Mi lagrimeo se contundió con mi saliva aya el roce regio de su mano libre contra mi mejilla me puso en alerta, como el azote a una montura para que arreara más.

  

Mis labios entre abiertos, reverberados sobre el bálano caliente, descendían por el tronco hasta la base, sintiéndolo palpitar y crecer en mi boca mientras mi sexo se cristalizaba de fluidos. Camino de descenso complementado con el de ascenso. Repetido en pautas fielmente aprendidas hasta mi desesperación, hasta que mis ansias se edificaban en gemidos, susurros y respiración inconexa. Y es así como a Él le gusta tenerme: A sus expensas, bajo su control… Mojada, suplicante…

Sus palabras, aún sin decirlas, repicaban en mi mente como en mi sexo, incitándome a entregarme todavía más, a implorar, a ser solícita a sus peticiones y reclamos silentes. A horcajadas sobre sus caderas, me balanceaba sobre la cumbre de su sexo, rozando el mío, abriendo mis labios bañados de la esencia que afloraba de mis adentros. Movimientos lentos y consentidos, golpes densos en el vértice de mis ingles. Empuñadura de Su Hombría buscando mi placer antes que el mío, envainada en mis entrañas, ardientes como las brasas de un infierno, el infierno en el que me consumía, que me exasperaba, luchando con uñas y dientes ante su bravura: la que me golpeaba y aceleraba, la que me renunciaba…

- ¡Vamos, mi reina, vamos! Demuéstrame que tú sí sabes… Demuéstrame quién eres…


Sus Manos apretando mis nalgas, elevándolas, clavando los dedos, buscando el centro, mientras como cuchillo en membrillo, me invadía, izando las caderas ante mis hincadas. Mi cuerpo temblaba cual el de yegua desbocada, asida de los pechos hinchados por el deseo y sublimados mis pezones en las yemas maestras de Sus Dedos. Mi boca seca, su respiración entregada, Su Cuerpo entero… Mi razón perdida.

El éxtasis llegaba y me pedía más y más.
Sus palmadas en mis piernas, su incursión en mi ano…
La mujer saltando sobre sus piernas, atrapada en esa codicia, en esa voracidad y en ese egoísmo de ser tan Suya como mío es Él.
Me hallaba perdida en esa hecatombe de sensaciones que me llevan a ser solo de Él, a cumplir Sus Deseos sin que sea necesario que los revele… porque yo soy Su Hembra, la hembra que Él ha elegido, a la que enseña y engrandece, a la que se entrega, a la que mima, a la que cuida, a la que salvaguarda y protege… A la que respeta, por la que muere en su falta de proclama…
Sí, esa soy yo, la única para Mi Señor.
Él es Mi Dueño. Es Él mi sustento, el aire que respiro...

Vencida en mis espasmos, llena de Él, sobrepasada de Su Esencia en los poros de mi piel, en el centro de mis entrañas y “contraentrañas“; plena de Él en cuerpo y alma, fui mujer derribada en el suelo pero protegida en el calor de Su Cuerpo, sosegada en y con el tacto de Sus Besos; con y en la ternura de Su Mirada; en y con la calma de Sus Palabras…

- Y eres Mía… Me perteneces. Soy Tu Dueño… pero tú lo eres todo para Mí.

En mi boca el estallido de Su Beso: Denso y profundo, delicado y entregado… hasta el final.

7 comentarios:

  1. Y te leo, despacio… pausadamente, no se puede leer de otra manera esta sublime escena… tanto, que se visiona, se sienten, los pálpitos de ese sentir que va in crescendo entre ambos cuerpos que florecen al deseo y a la entrega, y entre tus líneas…

    Exquisito, elegante y bellísimo, mi preciosa Mag…

    Bsoss y cariños enormes 💖

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  2. Un relato suave, cadencioso, más allá del erotismo que contiene, de la posesión que denota ese Señor sobre su felina azul. Un placer de principio a fin.

    Beso dulce Magda.

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  3. Porque sólo Él puede y merece ser Dueño y Señor de una Mujer como tú, con M mayúscula, con M de Mag.
    Relato sublime como siempre.

    Besinos.

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  4. Mi querida Mag... El contenido de este relato tiene algo más que un encuentro lleno de elegante erotismo... Tiene dos almas que se complementan y pertenecen más allanamiento del cuerpo... Porque así les sentido... Pura conexión.

    Admirable y precisosa balada erótica.

    Mil besitos preciosa

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  5. Me distrajiste de los puntos de fuga en el dibujo, Y de que manera, lo cual agradezco.
    Aunque estaba también intentando dibujar a una mujer.

    Hay algo de felino en la mujer, hay similitudes en las contrucciones básicas para dibujar a una mujer y a un animal felino. Que tienen un sentido especial, para captar las feromonas, nada menos que las hormonas de la atracción.
    Claro que la mujer, que tal vez seas voz, parece no necesitar ese sentido. Con las sensaciones que siente. Y con ese encuentro sexual, tan poeticamente descripto.

    También hubo un leve alejamiento para que se despertara ese instinto felino.
    Besos con pensamientos pecaminosos

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  6. Muchísimas gracias a tod@s.
    Lo cierto es que hay que escribir de carne pero con sentimiento.
    Y hablo de complacencia, de amor, de estima y de respeto.

    Agradecida siempre, Querid@s.

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  7. Aun sin haber presionado el botón de seguir... aún con el corazón latiendo fuerte y el cuerpo en tensión por sentir en mi piel cada una de esas palabras...
    Creo que pocas personas me hacen sentir las letras como si fueran mías... y tu eres una de ellas... mi enhorabuena es poco... mi agradecimiento a cada palabra es necesario.
    Hasta la fecha me gustó...

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Ver y sentir siempre es pecar... Y me encanta que lo hagas.

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El Beso del Pecado

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La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.