Si el placer es Pecado, yo vivo en la Gloria del Infierno.

Pecado es todo aquello prohibidamente placentero:

El Tacto del Pecado

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Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.

martes, 11 de julio de 2017

Piel del diablo... (II)

Antes...

Te doblo ligeramente sobre la butaca, con las manos en la misma posición que antes, pero ahora tu culo, delicioso y expuesto. 

- Quiero que mires en el espejo lo que voy a hacer… 

Te aparto delicadamente el pelo para que puedas ver, no solo mis intenciones, que las intuyes y sabes, si no cada dulce tortura para disfrute de ambos.

- Las manos en su sitio, querida…

Saco del cajón aún abierto una navaja. Sé cuánto te imponen estas cosas así que sabes que lo hago con mucho cuidado. Te noto esa ligera tensión pero mis caricias sobre el interior de tus muslos, apaciguan junto al tono de mi voz. Voy cortando la tela de las braguitas. Es una pena. Tan transparentes, tan rojas, tan bonitas… Tan delicadas pero es parte del juego, rudo pero muy efectista. Percibes el frío acero contra tu nalga y oyes el rasgarse de la tela. Se te corta el aire pero una nalgada te alerta e indica. Ambos glúteos los quiero al descubierto. Respetaré el corpiño y tus medias…


Me dirijo a tu oído de nuevo. 

- Ahora, cariño quiero que pienses en cuanta humedad hará falta para mis juegos… 

Empapada. Esa es la meta. 
Pero antes una ayuda que quizá venga bien. Oyes la cremallera de mi pantalón junto a tu oreja y saco mi verga expectante. Las primeras gotas de humedad ya están lubricando bien el glande. Te ordeno que saques la punta de la lengua. Vas a pasearla justo por ahí. Pero quiero que huelas cómo el semen de tu animal favorito está esperándote. 
Polla adentro. 

Mientras lo haces, un manotazo en la nalga te aguijonea. No lo has visto venir y te hace abrir la boca un poco. 
Te volteo para dejarte caer sobre la butaca. Ahora es el turno de las abrazaderas en tus muñecas. Te amarraré a la butaca. Tu pecho sigue con un ritmo de respiración alto. Eso me gusta. Atenta siempre a los pasos de tu Lobo. 

Coloco un cojín sobre tus riñones y una cuerda alrededor de la argolla del separador. Eso me permite levantare las piernas sobre tu cabeza con tu culo casi fuera del asiento, expuesta y deseosa. 
El cajón tiene más cosas dentro, entre ellas, un bote de aceite con el que voy untando poco a poco tus muslos y tus nalgas. Me incorporo. Puedes verlo todo en el espejo. Te muestro la ristra de bolas. Sabes que tendrá su premio… Y tú, también. El mío habrá que posponerlo hasta que acabemos. Puedes ver cómo se endurece más mi verga con estos pensamientos...


Te abro las piernas, acaricio tu abierta hendidura rosada y carnosa con mis dedos, separando cada una de sus piezas. Arrimo mi nariz para oler el perfume de hembra. Mi Hembra. 
Eres manjar de dioses, querida. 
Y te doy la primera lamida larga de adelante a atrás. De nuevo los gemidos. Esa música de sinfonía "heroica" que enaltece mis ganas. Mi erección duele, cariño, en cuerpo y alma. Saboreo todo lo que me vas regalando a cada paso de mi lengua y tus manos intentan escapar de los amarres. 
Mala fortuna que uno de ellos cede. Quizá no estuviera lo suficientemente ajustado. Escapa esa mano y aprietas mi cabeza pidiendo que me deshaga en ti. En ese momento arañas de nuevo mi cara. Será una cicatriz de la batalla que llevaré a gala. Pero sé lo que te gusta. Meto tu clítoris entre mis dientes y mi lengua. Lo succiono con fuerza. Comienzan tus espasmos de locura transitoria. 

Confieso que me cuesta. Está muy húmedo pero cuando ya está como yo quiero, dejo tu vulva preparada para el fin del castigo. Hay una intensa mancha de humedad sobre la butaca. Ha resbalado por tu estrecho culito también. Para eso están las piernas en alto, pequeña. Te miro. Me relamo y me laten las entrañas al sentir tu sabor en mi boca. Reclamo estas ganas locas e inacabables de ti.

Confieso también que a veces me gusta apartarte los labios y dejar el clítoris más expuesto. Lo miro como si se tratase de una pequeña polla y dejo mis fantasías correr en él, imaginando cómo sería la comida perfecta sobre mi propio glande. Mis manos rebuscan furiosas por el suelo. En el fragor de la batalla, la ristra de bolas se me ha caído y no puede ser que deje la "opera viri" a medias. 
Un caballero no puede hacer esperar a una dama. Lo contrario si es lícito. 

Bajo con mi lengua hacia tu ano, introduciendo la punta un poco. Tus gemidos ya se han convertido en algo muy rítmico y reconocible. Se acerca el momento. Sigo empotrando la lengua y la saco rápido para ver cómo tu estrecho músculo se cierra de nuevo. No tiene memoria pero haré que no me olvide fácilmente. 
Trabajo me cuesta mis sudores pero estás en el punto en que deseo y es ahí cuando introduzco las bolas, contando de nuevo mentalmente hacia atrás, acompañando el hacer de mi lengua sobre tu clítoris. 

8…,7…, 6..., 5… 
Poco a poco van entrando dilatando tu aceitado y ensalivado agujero. Soy cuidadoso… Sé cómo hacer. Al acabar de entrar una, paro un poco hasta que se vuelve a cerrar. 
Mmmm... Esto es ya imparable. Mi mente descarga todas las endorfinas posibles, deparándome un chute impresionante. 


Tu mano libre aprieta mi cabeza, agarra mi pelo, tira de mi oreja y, finalmente, me clavas de nuevo las uñas en la espalda, provocándome un placer desmedido… Sabes qué es lo que me vuelve loco y te gusta hacerme incluso daño. Luego me escocerá pero es divina la sensación de sentirte la furia. 

4…,3...,2…,1. 
Con la última esfera entrando tu jadeo es continuo y temo que hiperventiles. He de controlarte esto. Estás dando el pistoletazo de salida a tu orgasmo con una intensa convulsión entre tus piernas. 

Ya sabes lo oral que soy, cariño. Lo quiero todo en mi boca: Tus estertores, tu palpitante e hinchado clítoris, tus jugos desatados… y las esferas llenando tu otro orificio alarga el delicioso orgasmo en mis fauces. Tu Lobo está herido de muerte en este momento, víctima de una “petite mort” que ya no tiene vuelta atrás. 

Mi mano no tiembla ni un ápice aunque mi cuerpo está estremecido de sensaciones. Saco una de las esferas para ver dilatarse tu ano de nuevo. Deseo, quiero, preciso prolongar el orgasmo. 
Me incorporo y coloco mi glande sobre tu vulva aún convulsionante. Coincide con el instante en que tu mano de rojas uñas va a posarse en mi escroto, clavando de nuevo tus garras de fiera vengativa. 

- Lo estaba deseando, cariño. 

Ahora sí. Es mi momento. No cabe más y dejo una abundante y espesa corrida encajada entre tus piernas. Busco tu boca para que tu lengua acaricie la mía. 
Los besos post coitales son una de mis debilidades, corazón… Y tuya. Sé cuándo deseas la plenitud de gestos dulces después de los violentos y desencadenar aquellos en otros más rudos. Los suspiros alargados van saliendo uno a uno de mi boca trémula. 
Mi corazón se pega al tuyo, aún con lo incómodo de tu postura me acaricias la cara. 

Envuelto en sudor, te dejo con mi espeso regalo aún tibio mientras te voy desatando, acompañando el descenso de tus piernas entumecidas y masajeándolas suavemente. Toca descansar. Te miro complacido y vuelvo a besarte. Hago el beso largo. Lo necesitas. Lo deseo. 

- No tardo… Espera aquí… Relájate, vida. 

Toca el cuidado. No puedo descuidarte. Escuchas el sonido del agua cayendo en la bañera. Percibes tu aroma favorito de las sales y me sonríes al regresar. Te noto vencida. Estás agotada. 
Vuelvo a besarte. Te cojo en brazos para llevarte hasta el baño. Nos bañaremos juntos, querida, y te podré enjabonar esas tetas preciosas, con esa rosada areola, esas que tanto placer me han deparado hoy. 
Te tumbaré sobre mi pecho y quizá hablemos o, quizá, solo nos oigamos respirar entre caricias.


Gracias por la inspiración.

lunes, 10 de julio de 2017




Comulgué en la Misericordia de Tus Ojos , 
enclavada como una María Magdalena…




lunes, 3 de julio de 2017

Piel del diablo... (I)

Llego pronto a casa, sumido en mis pensamientos. El trabajo absorbe mucho tiempo pero me gusta llegar al remanso de la paz de casa. Hay algo hipnótico y sedante en los sonidos que voy haciendo al entrar: Girar la llave, dirigirme a la cocina, preparar una bebida, o, quizá dos; echar el hielo en el vaso, con ese tintineo sobre el cristal, verter el licor… Encaminarme al dormitorio, abrir el armario, todo cuidadosamente puesto, cuidadosamente estudiado. 


Me siento y me miro en el espejo del armario. Me sumo de nuevo en mis pensamientos y espero. Solo un momento después oigo tus llaves, cómo entras con parsimonia. Depositas en la entradita tus cosas, cuelgas el bolso… Con la puerta entreabierta puedo verte. Pero tú no reparas en mí… 

Harta de vestido ceñido, tacones con pateo incluido de ciudad e ir a dejar los niños al cole, te quitas el primero nada más entrar y lo dejas tirado. Te sientas en la butaca. Llevas puesto el corpiño rojo y las medias y, por supuesto, los tacones. Hay algo muy sensual en ver tu pelo rizado cayendo sobre los hombros mientras lo haces. 

Comienzas a quitarte el resto… pero oyes un tintineo en el dormitorio. De repente la piel de tu nuca se eriza. Lo sé. No contabas con eso, con esa presencia. Entrecierras los ojos y aspiras profundamente... Sí, es mi perfume. 
Con andar lento te diriges hacia la habitación en penumbra. 

- Hola… -Me dices. Y solo eso. Yo no digo nada, solo asiento con la cabeza y te muestro una leve sonrisa. Más bien una pequeña mueca.


Te diriges hacia mí. Solo con las medias, el corpiño rojo y esas braguitas de encaje totalmente transparentes. Respiro profundamente. Verte es para mí desearte. 
Te gusta ir así por la calle. El vestido muy decente, elegante y sexy si ha el caso pero debajo, la piel del diablo. Alguna vez me has confesado que te gusta sentirte puta en espera de mi regreso, o quién sabe, solo por sentirte hembra lujuriosa (y puta). Y a mí, sabes que eso me pone y mucho. Lo admiro de ti. 
Yo sigo con mi copa en la mano, tintineando el hielo... 

Te acercas sin dejar de mirarme y te sientas a horcajadas sobre una de mis piernas. Sin decir nada, desabrochas los primeros botones de mi camisa blanca y pasas tus manos por mi pecho. Tu pelo ha caído sobre la cara. Bajo tus manos hasta los brazos de la butaca. Los posas allí y empiezas a mover tu pelvis rítmicamente. 
A veces eres así. Te propones usar mi pierna y, simplemente, lo haces. 

Mientras vas haciendo esto, paso mis manos, aún frías del vaso, por tu mentón. Acaricio tu pelo y después paso el dorso de los dedos por tu pecho hasta llegar al filo de encaje del sujetador del corpiño. Dejo un pezón al descubierto, cuidando de que solo este sobresalga por encima de la blonda. Luego le toca el turno al otro. Aún no están erectos… y eso no me gusta. 
Dirijo mis dedos al vaso. 
Tú sigues con el movimiento de pelvis. 
Saco un cubito de hielo y empiezo a ponerlo sobre tu cuello. Notas el frío calarte y cómo las gotas que se forman resbalan frías por tu pecho… 
Una..., dos…, 
tres gotas van cayendo ayudadas por tu movimiento. Tus manos siguen aferradas al apoyabrazos de la butaca. Tu respiración va en aumento, y ahora le toca el turno al otro lado del cuello. Más gotas resbalan, mojando tu pecho. Voy viendo cómo poco a poco esos pezones rosados van tomando la forma deseada. Se muestran tirantes, ante mis ojos y mi tacto, con esa areola que queda por encima de tu sujetador, húmeda del agua fría.

Me incorporo para pasarte la lengua a uno de ellos. Subo un poco más hasta posarme junto a tu oído:

- Es hora de que busques algo que quieras que use… Ya sabes… Abre el cajón y puede que encuentres algo nuevo… 

Sigues con la cabeza gacha, con el pelo sobre tus ojos. Sueltas una mano y abres el cajón que siempre está bajo llave. Ahí está. Una ristra de bolas metálicas, anchas, brillantes en extremo, pulidas… Todas para ti. 

Tu corazón se acelera más. Los pezones ya quieren salir de su sitio. Te presiona el encaje que los va enervando más… y más. Coges la ristra y la depositas en mi regazo. Tus manos vuelven a donde estaban, pero dejas el cajón abierto, con el resto de los juguetes bien a la vista. 
Bajo de tu pelo rizado hay una mirada de previsión, de picardía extrema y todo eso mientras tu pecho está empapado… ante el delirio de mis ojos y las ganas de disfrutar contigo. 

Dejo caer un azote en tus tetas preciosas. Me encanta verlas cómo se mueven impertinentes, con el encaje rozando de nuevo los sensibles pezones en esa areola tan sensual. La descarga de adrenalina no se hace esperar y súbitamente echas tu cabeza hacia atrás con los ojos cerrados. Un suspiro profundo exhala de tu garganta. Me lo bebo. Es el punto justo donde te quería. 

La suave erección ya es palpable en mí. 
Vuelvo a depositar mi boca en uno de los pezones, masajeando y haciendo círculos con la lengua. Tu carne me hace sentir como un Hannibal Lecter, y al final muerdo y tiro... 
Mmmm... 
Otra descarga de adrenalina acompañada de un suspiro hondo. Y esta vez se juntan el tuyo y el mío.

Sigo el juego y la tortura, alternando un pecho y otro. Creo que al final podría quedarme aquí toda la vida, entre tus pechos, acariciando el corpiño rojo y jugando con el delicado encaje de la parte posterior de tus braguitas de encaje. 
Cuento mentalmente cada bocado, cada suspiro, mientras tus manos se están aferrando a la butaca.

En un momento, una de ellas se toma la libertad de agarrar fuertemente mi cuello y dejar las uñas clavarse sobre él.



Es el aguijonazo mortal de mi dama. Siento la descarga por detrás del cuello hasta la base de mi espalda y mi escroto. Sigo diciendo que eres la piel del diablo. Nunca sé quién juega con quién. Quién posee o es poseído. 

Al llegar al final de la cuenta atrás, te tumbo sobre mis piernas extendidas y te dejo caer ligeramente al suelo. Me incorporo y te cojo del pelo.  Es hora de levantarse.

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El Beso del Pecado

El Beso del Pecado
La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.