Me llevó todo el día llegar hasta
ahí. Desde ese beso en el hombro cuando todavía no había amanecido hasta este
mismo instante en el que atravesé el umbral de la puerta del hotel. No vi a
Nacho en todo el día, ni siquiera a la hora de comer. Mi cumpleaños y nadie con
quién celebrarlo, salvo conmigo misma pero sabiendo, casi minuto a minuto, qué
iba a acontecer un poco más tarde. Y, eso sí, mil llamadas diciéndome lo mismo
y yo respondiendo de igual modo.
Ya estaba ahí, como él me había
indicado, cubriendo mi desnudez con el conjunto de lencería que me había
regalado: negro noche, porque le gusta, y encaje suave porque me encanta;
escote balcón para una prenda y escasa tela para la otra. Y las piernas
enfundadas en seda del mismo color; vestido corto y taconazo de impresión.
Mirándome al espejo, tenía la impresión de ver a la amante sexy de la muerte.
Odio el negro o, digamos, que no le tengo demasiada devoción pero todo sea por
la patria que lo pide.
Tomé el ascensor después de hacer
la llamada perdida exigida. La ciudad se iba quedando a mis pies y me sentía
extraña en aquella cápsula de cristal adosada a la pared. Atravesé el pasillo, flotando sobre la moqueta hasta llegar a la habitación 809. Respiré profundo e
introduje la tarjeta para entrar. Ahí, crucé un corto pasillo en penumbra hacia
una figura a contraluz que se perfilaba ante aquella cristalera tras la que se
veía un horizonte oscurecido y el tintineo reflejado de velas, en tanto sonaba
una melodía
("Skin on Sinn" de Sarah Connor) que reconocí casi al instante. Una música exquisita dedicada para
un momento como aquél y un aroma como a maderas y el reconocible perfume de mi
marido: una mezcla excitante y evocadora.
Y como si de una escena de
película se tratase, Nacho se acercó lentamente acortando mi camino. Su
presencia me impactó y mi corazón empezó a latir con fuerza mientras cientos de
mariposas revoloteaban en mi estómago y doscientas hormigas recorrían mi piel.
Y ni una palabra… porque no hacía
falta.
Mi cuerpo empezó a moverse
despacio ante el suyo. Mi mano izquierda apoyada en su hombro y la otra entrelazada a la suya, su brazo libre
abrazando mi cintura. Un vaivén suave, ligero, de cuerpo contra cuerpo, de
respiración tomando el aire del otro. Una danza de dos que jugaban a besarse,
sin rozarse, de besos extensos de cercanía. Por encima de su hombro no atisbaba
más allá. No era consciente de más.
Un beso en la mejilla, su mano
entrelazada a la mía y caminamos unos pasos dentro de aquella salita. Sobre una
mesa, delicadamente decorada, una cubitera, una botella de champán, dos copas y
unas frutas del bosque en unos bonitos boles de cristal. Y mientras Nacho
servía el champán frío, mi mirada se dirigió hacia la izquierda donde una
puerta de dos hojas permanecía cerrada. Un beso en la
sien me obligó a centrarme de nuevo en lo que estaba sucediendo.
- Hola
–musitó entregándome una copa. Le correspondí. No sé, pero tuve la sensación de
que no debía romper aquella magia con preguntas o con cualquier comentario,
sino que lo que de verdad era importante era vivir aquel silencio. Y si había
que invadir éste, no sería de otra forma que en susurros.
Volvimos
a bailar. Volvimos a besarnos, no solo en cercanía, ahora también labio con
labio, lengua con lengua. Y me volvió a enamorar, como lo hacía cada día, de
cualquier manera, a su manera, con cualquier cosa, con cualquier gesto…
Hablamos
un poco. Nada demasiado trascendente. No era el momento.
La cena
no puedo negar que fue exquisita y a mí gusto, porque me conoce, porque sabe
qué me gusta y cómo me gusta.
No solo
me comía las viandas. Me lo comía a él, con la mirada y con las ganas, con mi
sexo mojado y mi imaginación volando y puedo asegurar que casi con la timidez y
los nervios similares a los de una primera vez muy especial. Un auténtico
placer para los sentidos.

Aquella
mirada oscura y penetrante, aquella piel eterna y suavemente bronceada; la
camisa blanca, ya sin corbata, sus pantalones claros…
Su
sonrisa, a medio camino entre la mueca y la carcajada. Me preguntaba qué estaría
pensando y estaba segura de que nada bueno. Y cuando digo bueno, me refiero a
alguna de esas ideas suyas que me dejan sorprendida.
Apenas
habíamos terminado los postres. Tampoco me importó. Me quedé de pie. Me dio
tiempo de contar hasta tres mientras su mirada se clavaba en la mía al tiempo
que acortaba la distancia que nos separaba. Cuando llegó a mí, simplemente me
abrazó. Pero no lo hizo para besarme, para sentirme cerca, no. Lo hizo para
bajarme la cremallera del vestido y pedirme que bailara para él mientras me
deshacía de la ropa y él disfrutaba de un whisky. Me quedé perpleja mientras se
alejaba hacia aquella base donde tenía el móvil, para poner nuevamente música y
dejarla sonar. Luego, sencillamente, se sentó a observarme mientras mantenía su
vaso en la mano.

Pensé
en que era mi cumpleaños y resulta que la fiesta parecía solo para él pero, en
realidad, estaba disfrutando yo tanto o más que él. Mi cuerpo empezó
contonearse al ritmo de la música. Mis manos a acariciarlo. A volverme de
espalda, luego de cara… ¡Nunca había tardado tanto en quitarme un simple
vestido!
- Ven
–reclamó. Y me acerqué despacio, con la mirada entornada y esa media sonrisa en
mis labios.
Comenzó
a desnudarme… pausadamente, como recreándose en cada gesto, recorriendo los bordes de
mi ropa interior y despertando mi piel. Soltó el sujetador y mis pechos
quedaron prestos a sus manos y a sus deseos. Rozó el centro de ellos,
suavemente, hacia el ombligo, hasta llegar donde mi piel volvía a quedarse bajo
el encaje. Lentamente, descendió la prenda por mis muslos. Casi podía percibir
la quemazón de su aliento. Levantó su mirada, buscando la mía, y tocó con sus
dedos la entrada de mi vagina. Sonrió. Guiñó un ojo y, aquellos dedos
que me habían rozado, los introdujo en mi boca. Primero fue mansamente;
después, ligeramente más violento en un juego de dedos y de bocas.
Solo dejó mis medias y mis
tacones.
Cogió una de las sillas y la
colocó justo frente a la puerta cerrada. Hizo que me sentara y me selló los
labios con los dedos antes de que yo me atreviera a decir nada. Caminó hasta
ella y la abrió de par en par. Mis ojos se clavaron
en aquella impresionante cama con dosel desde el que descolgaban largas y
sedosas telas blancas hasta rozar casi el techo. Se situó tras de mí. Se apoyó en mis hombros
y se inclinó para hablarme al oído.
- ¿La ves?
- Sí… -musité. Sabía que no la había elegido por
casualidad o porque me volvieran locas las camas con dosel-. Las telas…
- No son simples telas que hacen
más bonita la cama, te lo aseguro. –Y en ese preciso momento se me erizó toda
la piel. Sentí una corriente eléctrica que me sacudió por completo-. Piensa en todo cuánto puedo hacerte ahí. -Acepté su mano y caminamos hacia
los pies de la cama. No sé para qué me había hecho sentar. Supongo que para enervarme en pensamientos lascivos..- Ven, sube y colócate de rodillas.
¿Por qué iba a
protestarle si estaba jugando conmigo como me gustaba que lo hiciera? ¿Cómo iba
a contrariarle o refutar en sus intenciones si estaba exultante de morbo? Así
que acaté sus “órdenes”. Allí, entregada y dispuesta a esa experiencia, colocó
mis brazos en cruz y ató mis muñecas con las telas que pendían sobre la cama.
Levantó mi rostro, con un gesto de esos de “ordeno y mando”, con esa seguridad
que da saber que se tiene el mando, y me besó antes de empezar a desnudarse
ante mí.
No sé quién de los dos podía deleitar más en aquellos hechos: Si yo
recreándome solamente con la vista, sin poder tocarlo, o, él regocijándose al
tenerme a su merced. Lo que sí era evidente era la latente erección de su
miembro.
Subió a la cama
y se situó en mi retaguardia. Separó ligeramente mis piernas y agarró mi pelo; tiró
suavemente de él, forzándome a levantar la cabeza y mirar al frente. Recorrió
mi espalda con la mano libre hasta llegar a mis nalgas. Un masaje suave. Otro
más marcado y una palmada de abajo hacia arriba que me hizo protestar sin más.
Y de pronto, sin esperarlo, me mordió. Me mordió como un niño en una rabieta,
sabiendo lo que hacía, con alevosía y, casi seguro, con premeditación,
asegurándose de besar el mordisco antes de que empezara a sentir algún tipo de
dolor o le reprochara el gesto en mi trasero.
Lo cierto es que
me sentí como una yegua a la que estaban a punto de marcar y a la que solo le
habían dado un aviso. Sentí la fuerza de su brazo tirando de nuevo de mi pelo
y, al tiempo, el roce de su polla dura, de su glande, en mi coño, buscando mi
clítoris entre los labios e introduciendo, intencionadamente, la punta en mi
sexo, estimulándome, lubricándose de mí y conmigo.
No había
reparado en el pedazo espejo que había frente a la cama. Podía observarnos por
completo. Podía verme en posición de alabanza, como quien ora en exaltación del
alma. Bendita condena en tan codiciada penitencia.
Sus movimientos
comenzaron a intensificarse. Empecé a sentir más adentro su polla pero sin
llegar a penetrarme del todo. Su única intención era llevarme un poco más allá,
solo un poco más allá. Desesperarme, oírme suplicar, gemir y gritar de gusto. Y
cuando ya estaba plenamente convencida de que iba a correrme, cuando ya sentía
temblar todo mi cuerpo y me costaba mantener las rodillas en tensión, cuando ya
me aferraba a las telas que me retenían por las muñecas, cuando ya venía
cambiando la expresión de mi rostro… ¡Zass! Una palmada y se apartó de mí.
¡Canalla!
Le observé
regresar a la sala contigua, retornar casi al instante con aquel bol de frutas
rojas que él mismo había dejado en la nevera. Se acomodó a mi lado. Tomó
aquella fruta que se había revestido de vaho por el cambio de temperatura.
- ¿Quieres?
- Sí –respondí
al tiempo que pensaba en la siguiente de sus jugadas. El movimiento siguiente
fue separarme más las piernas y pasar aquella gélida fresa desde mi ombligo
hasta el nacimiento de mi coño. Se me erizaron los pezones. Se me enervó la
piel. De mi boca salieron varios quejidos. Me mordí los labios y apreté los
dientes. Y al mantener los ojos cerrados no le vi situar su cabeza entre mis
piernas pero sí sentí su lengua en mi clítoris y la fría sensación de la fruta
y de sus dedos usurpando el vació bajo aquél. El aliento salió de mi boca en
forma de exhalación, como si me fuera la vida en aquello. El frío pronto dejó
de serlo y se convirtió en una sensación muy placentera. Aquella lengua
castigaba el botón escondido con repasos de oscilaciones tan pronto rápidas
como lentas, provocando en mí aquel cúmulo de sensaciones casi extremas en las
que apretaba mis puños como si eso fuera a contenerme. Veía su polla erguida,
llamándome, pero poco o nada podía hacer desde aquella posición.
Y la fruta,
embadurna de mis jugos, acabó rozando mis labios. Le miré a los ojos y me
encontré con aquella mirada que, igual que me traspasaba, me incitaba a
continuar.
- Abre la boca
–y así lo hice- y prueba. Degústate como nunca lo has hecho- indicó. Al
principio fue extraño pero solo era la primera. Llegó la segunda fruta. Y la
tercera… Hasta…, no sé… Aquella experiencia de disfrutar de mi sabor,
compartirlo con él, saber que me comía mientras me saboreaba… Era de un
morboso… Sí, de un morbo afrutado.
Me desató un
segundo para dar un poco de rienda a las telas, para que éstas quedasen más
largas, y relajé mis brazos. No me gusta la sensación esa de después de la
crucifixión. Sientes que te duele algo que casi no aciertas a percibir. Rodó
sobre la cama y de debajo de la almohada sacó la pequeña cámara de video. No la
había extrañado pues es algo que solo usamos cuando salimos de excursión o de
vacaciones.
- ¿Vas a
grabarnos? _Y negó con la
cabeza.
- ¿Qué tal tu
masaje de esta tarde?
- Bien. Una
experiencia muy positiva –respondí confusa, preguntándome por qué me
cuestionaba ese tema. Sí, él mismo me había reservado hora en un salón de (*)
masajes. No había sido el de Isaac pero la experiencia de aquel sexo “tántrico”
me había llevado casi al culmen. El muy capullo había grabado toda la sesión y
me vi ahí, en la pantalla del televisor, mientras aquella mujer masajeaba mi
cuerpo y mi clítoris-. ¡Eres un cabrón! –exclamé. Supongo que mi cara le
provocó aquella carcajada. No me dio tiempo a enfadarme pero me hizo pensar
mucho, casi en exceso. Estuve a punto de perder en un segundo toda la fogosidad
que me encendía.
- ¡Calma,
princesa, porque te voy a follar mientras te miras al espejo y mientras ves
cómo te han calentado para mí!
Se situó a los
pies de la cama y tiró de mí, cogiéndome primero de las nalgas, apretándolas,
antes de cogerme para subirme sobre sus caderas. No tenía dónde ampararme Solo
podía aferrarme a su cuerpo con mis piernas. No se hizo esperar la promesa. Su
polla entró en mí con tanta intensidad, con tanta fuerza que llegué a sentir
dolor.
Yo una mujer
rendida a su macho, suspendida sobre su cuerpo, con las muñecas anudadas; una
amazona a la que sacudían con fuerza, a quien estrujaban las ancas mientras,
consentidamente, la profanaban una y otra vez, en tanto los ramales que la
sujetaban se tensaban con cada embestida.
En cada descenso, su polla entraba en mí
hasta lo más profundo. Mis fluidos se acrecentaban y yo, ante aquella situación
en la que me veía a tres bandas: en el vídeo, en el espejo y cabalgando,
empezaba a perder la razón bajo la banda sonara de mis gemidos en 3D.
Nacho se presentaba ante mí de un modo desconocido,
como si hubiera sido capaz de estudiarme, de averiguar, de llevar a cabo
cualquier otra forma de follarme. Su fuerza me mantenía en el aire. Sus
clavadas parecían reventarme por dentro sin concesión alguna y cuando su boca
se abalanzó sobre una de mis tetas, su lengua la lamió y sus dientes mordían mi
pezón…, el orgasmo que me vino en ese momento fue como la posesión del diablo
disfrutando del más grande de los Pecados, y mi grito se convirtió en un
aullido vestal que envolvió todo la habitación. Por unos instantes expiré de
aquel lugar, perdí toda conciencia de mi situación… Y lo sé porque cuando
recobré la realidad, cuando asentí mis sentidos, cuando vislumbré el espacio
que me rodeaba, ya no me encontraba alzada en el aire, ni me era insertada
aquella espada de carne pero sí seguía asida a las telas.

Y él estaba frente a mí, arrodillado, con el
cuerpo ligeramente echado hacia atrás, mientras con una mano se apoyaba sobre
la cama con la otra se masturbaba, mientras jadeaba, mientras su rostro se
contraía y clavaba su mirada en mí. Observé tan paciente como excitada, sin
perder detalle de su polla, de él, de los gestos que me avanzaban el desafío
final. Y no se hizo esperar. Aquel seminal manantial blanco y caliente se
derramó sobre mi vientre dejando que pudiera respirar profundamente. Y sonreí.
Sonreí al verle tan lujuriosamente entregado y desatado. Exhausto él y
reventada yo.
Me desató definitivamente. Masajeó mis muñecas y mis brazos
y recobré cierta compostura. Nos tumbamos uno al lado del otro, abrazados. Me
sonrió y apartó el pelo que cubría mi rostro.
- Feliz cumpleaños, princesa.
Y parecía que el día iba a acabar con las mismas palabras
con las que había comenzado. Las tres mismas palabras. Las mismas que leí en la
tarjeta que había dejado encima de la cajita de regalo donde le habían envuelto
la lencería. Las tres mismas palabras
que había escritas en la nota del ramo de tantas rosas rojas como años yo
cumplía que me había llegado a la hora de comer y en la que me mencionaba las
citas en la sala de masajes y en el hotel. La misma palabra cariñosa con la que se despidió de mí en aquella
primera cita a solas. Y la misma que empleaba cada mañana de los últimos once
años para darme los buenos días.
Y hoy, su puta princesa. Princesa atada y desatada.