Mi quietud,
mi paz infinita de un anhelo sostenido,
gana inmaculada bajo los auspicios de Mi Señor
que me ve coronada de verdes espinas y misericorde grana.
El silencio tiembla
entre el encaje de pliegues que escoltan mi plegaria
mientras, Gloria Viva, Mi Señor, mi Dueño y Amante,derrama sus acólitos deseos
embalsamados en las letanías de mi piel trémula.
Mi hálito,
majestad que libra mis ojos de la esclavitud impía,
se hace suspiro de mi alma y vela de mi cuerpo
despojado, entre amaneceres oscuros, de mi inocente desnudez.
Y se enroca mi destino en los mansos de Sus Manos,
desde los espliegos abiertos sobre los que mi carne cabalga,
indómita y sometida,
reinante del ósculo sagrado que marca mi zenit
y me encumbra, profanada, Ramera de Mi Señor
cual ofrenda hinojada
besando con la frente el altar de Sus Huellas.

