Nos percibimos desnudos, contacto de piel y piel, de gemido y gemido, exudando deseo en la penumbra de nuestro cuarto, centro de nuestros juegos, pecados y libertades, de la esencia de sernos carne y de la entrega de sentirnos almas soberanas de nuestro libre albedrío.
Yo me hago agua en Ti, por Ti... Y Tú navegas en mí siendo horizonte de mi vertical, subido a las cubres de mis valles inundados, hundido en las dunas cabalgadas y erigido como un Neptuno, clavando Tus Dedos como tridentes, orgulloso de las marcas que dejas a Tu paso sobre la Hembra que amas, deseas y sometes a voluntad, entregada y dispuesta, sabiéndoTe digno de mí, sintiendo la honra de tenerme.
Yo, regia y enervada, vencida al tiempo, cedo mi carne abierta a los designios de mis lujurias, cumplidos Tus anhelos, que son míos, florecidos entre mis pliegues irrigados por la emergencia y desbordados en el saliente de su floema, pues enredadera es al ocaso de mi cuerpo.
Y nos enraizamos cual sierpes que se descaman en el trébol sagrado de estas cuatro esquinas donde los ángeles simulan taparse los ojos pero miran por el rabillo mientras los demonios se acarician penitentes. Nos abrimos como vainas al estímulo que nos abriga las entrañas, al ósculo que nos embebe y consagra en el delito de pieles sublevadas al tino y sino de ser en este juego, flamas.
