Daba igual dónde me rozase, con qué me rozase… Mi piel recibía sacudidas como las que produce una descarga eléctrica. Eran tantas las sensaciones que se iban acumulando que cuando explotaran sería como un volcán dormido durante siglos que acaba de despertar. Sí, he sentido sensaciones parecidas pero cada una de ellas es diferente a cualquier otra. Supongo que fue cada uno de los pasos ocurridos desde la mañana hasta ese mismo instante. Fue como una historia de amor predestinada. Una de esas historias dulces e ingenuas que empiezan con una mirada y acaban con un polvo. Sí, polvo y de los buenos. De los que te mojan hasta el alma. Y es que él es uno de esos hombres que cuando te follan te abren en canal la mente, la carne y, sí, el alma. Inevitablemente. Uno de esos pocos que te hacen sentir tan Puta que te santifican.

Me apoyé en las plantas de los pies y separé mis piernas para parir todas aquellas sensaciones que descontrolaban mis sentidos, todas aquellas que sus dedos, su boca y su lengua cosquilleaban, mordían y rastreaban dentro, fuera y alrededor… Hasta que el deleite me consumió y el vivo manantial de mis entrañas afloró sobre su mano, impregnando y mojando no solo a ella si no, también, la tela que cubría el sofá…
Él sonrió y se inclinó para empezar a beber del fruto de sus actos, volviéndome a encender con aquellos gestos.
Se acomodó. Sujetó y tomó una de mis piernas, elevándola y abriéndome, al tiempo que me hacía presa entre su abrazo y del peso de su cuerpo, ejerciendo toda la fuera de su rostro contra mi boca mientras con movimientos enérgicos, entraba y salía de mí, haciendo chocar sus huevos en la abertura de mis piernas. Mis fluidos hacían su papel y la penetración era tan fácil como ágil hasta que me corrí de nuevo. Fue tan abundante que temí que su verga saliera de mí con la misma embestida… pero no: acentuó sus envites, presionó su boca contra la mía hasta casi dolerme, y percibí aquellos espasmos que me aseguraban su corrida.
Exhaustos, dejó bajar mi pierna. Estaba tan entumecida como extremadamente excitada. Hubiera querido que me follara de nuevo y, de hecho, alcancé a coger su todavía erecto miembro y sacudirlo en mi mano. Estaba recubierto de la textura de nuestras corridas. Desde la base hasta la punta, no dejé de agitar…
—Baja… —me dijo. No tenía que esperar demasiado. A pesar del entumecimiento provocado por tanta presión sobre el cuerpo, me acoplé y comencé a devorarla con tanta ansía que tuvo que frenarme— Calma… Despacio…

Me empapé de él, absorbí hasta la última gota y me comporté como la Zorra, cortesana, hetera, o cómo deseara llamarme, que yo sentía y él deseaba, la mayor de todas, sin importarme otra cosa que no fuera el gozo de sentirme viva y matarlo de gusto.
Las gotas se resbalaban entre las comisuras de mis labios y me deleite de uno de los sabores que menos gracia me hace, verdaderamente. No deje de mirarle a los ojos y podía ver la expresión de disfrute en ellos y la expresión desencajada de su rostro cuando se desbocó en mi boca, cuando me salpicó de su blanca esencia y cuando, en aquel beso, la compartimos.