Quiero que sea en mi boca
donde se derrame tu bálsamo y, desbordado tibio, de las comisuras de mis labios
sea besado por los tuyos...
Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.
El Tacto del Pecado
He aquí el Pecado, enarbolado en el Ser y en el Sentir, encumbrado en su gloria y en ella, sacralizado.
domingo, 24 de enero de 2016
martes, 5 de enero de 2016
Un buen polvo... Puro polvo...
Habíamos decidido jugar a encontrarnos, a ser dos desconocidos perdidos
en la gran ciudad, sin saber muy bien a dónde íbamos pero seguro de que
acabaríamos encontrando. Te subiste en la misma parada que yo, separados por
unas cuantas personas. Podía percibir tu mirada siguiendo cada uno de mis
pasos. Autobús urbano en hora punta. Ibas detrás de mí, sujetándote a la barra
de mano. Un pequeño frenazo y un poco de dejarse llevar. Movimiento hacia
delante y movimiento hacia atrás. Mi cuerpo quedó pegado contra el tuyo. Me
sujetaste por la cintura y pude sentir en mi cuello cómo olías mi perfume.
- ¿Estás bien? –me preguntaste.
- Sí. No me esperaba este frenazo.
- Ni nadie, supongo.
Todavía no me habías soltado. Un abuelo nos miraba. Una señora que
superaba los sesenta fruncía el ceño mientras clavaba su mirada en nosotros.
Tal vez más en ti. Para el resto, simplemente, éramos dos más. Pero solo yo
percibí tu sexo apretado por tus vaqueros, pegado a mi culo. Guardamos la
compostura pero me excitaba el hecho de saber que tu polla vibraba por cogerme.
Saber que con un simple roce podía conseguir despertar tus deseos y que tan
solo una de mis miradas podía encenderte, hizo que decidiera bajarme en la
siguiente parada, sin importar dónde estábamos.
Tú hiciste lo mismo. Caminamos por la calle. Sentía tu presencia
siguiendo mis pasos. Me detuve. Me giré rápidamente y te paraste en seco al
verme de cara. Unos segundos tan solo para echarme una mirada de arriba abajo.
Te fijaste en mis tetas, grandes, que se cubrían con aquel sujetador que se
medio transparentaba bajo mi camisa abierta, dejando ver algo de canalillo. Te
acercaste, casi impertérrito. Cogiste mi rostro entre tus manos y te inclinaste
a besarme. No lo hiciste con vergüenza. Para qué. Ahí estaba toda la pasión
desencadenada. Tu lengua taladrando mi boca.
- Te invito a un café –me dijiste. Acepté. Entramos en aquella
cafetería. Tenía buena pinta y había bastante gente. Casi el bullicio molestaba
pero qué más daba. Nos pusimos a charlar. Cualquier tema valdría. Nos sirvieron
las consumiciones. Tu mirada era fija en mí. A veces hasta sentía algo de pudor
y lograste ponerme nerviosa. Casi no podía pensar.
- Tengo que ir al baño –te dije.
Te
estaba invitando a que vinieras. No sé si te sorprendí pero me gusta pensar que
sí, así que me seguiste apenas un segundo después. Me alcanzaste en la puerta.
Comprobé que no había nadie y, sin tiempo a nada, me empujaste hacia adentro.
Aquella zona era amplia. Dos lavabos corridos y dos puertas de aseo. Ambas
abiertas. Estábamos, efectivamente, solos. Nos besamos pero tus manos eran
losas sobre mi cuerpo. Había prisa y ganas, más ganas que prisas. Me quitaste
la camisa y la dejaste en la encimera. Observaste mis pechos. Los cogiste. Los
acariciaste… Los sacaste de sus copas y te los metiste en la boca. Primero uno,
su pezón. Luego el otro. Jugaste con la lengua mientras una de tus manos me
presionaba el coño por encima de la ropa.
Te
pusiste de cuclillas frente a mí. Desabrochaste el pantalón. Era fácil. Un
simple nudo sin demasiadas complicaciones y la prenda cayó al suelo por su
propio peso y holgura. Mi sexo cubierto por una braguita de encaje color cava
que dejaba ver la oscuridad de mi sexo.
Apretaste tu cara contra él y lo oliste. Oliste mi perfume de mujer. El
perfume de tu hembra ansiosa de ser montada por su macho. Apartaste un poco la
braga y rozaste mis pelillos. Ya estuve a punto de correrme solo con
eso.
Me giraste. Quedé con las manos apoyadas en el lavabo y me vi reflejada en
el espejo. Desnuda a no ser por la braga que me fuiste quitando maestramente.
No veía lo que hacías. Estaba nerviosa por ello pero también por si alguien
venía. Con tanta gente fuera sería raro que no quisiera entrar alguien. Tenía
tu cara pegada a mi culo. Pude notar tus lametones y, de pronto, entre mis
piernas bien separadas, tus dedos jugando con mi coño. Estaba ya mojada.
- Mi zorrita está bien mojada…
Noté unas gotas salir de mi coño y a continuación el calor de tu lengua
bebiendo de él, para no dejar escapar ni una gota de aquel elemental mejunje.
Me estabas volviendo loca. Verme en el espejo. Mi cara contraída. Tu cabeza
entre mis piernas. Mis tetas al aire. No paraste. Seguiste lamiéndome, de
arriba abajo, despacio, profundamente, salivando. Yo jadeaba, intentaba ahogar
mis gemidos para que nadie nos oyera. Me estabas martirizando. Entre mis ganas,
mis miedos por ser pillados y tu entrega… Ufff..... Qué gusto.
Sacaste tu cara y metiste un dedo, o tal vez dos. Creo que de haber
metido más me hubieran entrado. A esas alturas estaba tan excitada, tan mojada
que la dilatación de mi coño era máxima. Sé que me hubiera entrado todo.
Empezaste a meter y sacar. No sé cuánto tiempo pero me parecía tan
corto como interminable. De repente los sacaste y me diste la vuelta
rápidamente. Ya en pie me subiste a la encimera. Me abriste bien las piernas y
te dedicaste a comerme el coño con rabia, con ganas…. Estaba tan aturdida que
me decía a mi misma que era muy hembra, con necesidad de ser cabalgada por un
hombre como tú. No parabas y me corrí. Me tapaste la boca para que no gritara.
Fue brutal. Eché la cabeza hacia atrás, intentando zafarme de tu mano. La otra
la tenías apretando mi coño, como reteniendo mi corrida.
Casi no me di cuenta
de cuándo te bajaste los pantalones.
Solo recuerdo tu enorme y dura polla a punto de estallarte. Te la cogí
entre las manos. Tenías la punta mojada. La presioné. Me encantó sentirla así y
empecé a masajearla pero entonces, tiraste de mí, asiéndome de las caderas y me
la clavaste sin piedad. Ya no eras tan tranquilo, si es que en algún momento lo
fuiste. Tu lengua había sido cruel castigo pero tu polla era la
Inquisición que me iba a hacer
arder en mi propia hoguera.
Me gusta cuando eres tierno pero me vuelve loca cuando me posees así.
Cuando no me dejas con derecho a nada, salvo el de disfrutar. Tu dominación de
macho es puro control, pura consecuencia para una buena corrida. Me mirabas a
los ojos mientras me follabas a lo bestia. Mientras metías y sacabas tu polla
de mi coño y tus huevos chocaban con mi entrada, tu lengua atravesaba mi boca y
como un tentáculo se movía en ella, sin casi dejar espacio a la mía. Agarré tu
culo, te apreté contra mí. Mis tetas saltaban al ritmo de tus clavadas…
Puro fuego… Pura rabia… Dos salvajes follando como locos.
Sin importar nada más que el goce y nosotros… Llegó tu orgasmo. Noté tu
leche pringando mi coño cuando mi corrida llegó. Salvaje... Brutal… Increíble…
Tal vez no fuera tan puta como te gusta, pero sí fui tan hembra como siempre.
Te detuviste y no dejamos de besarnos ni de abrazarnos, intentado
recuperar la calma. Unos nudillos llamaron fuerte a la puerta. Reímos. Te
subiste los pantalones y yo me vestí. Me miré en el espejo... Mis ojos
brillaban. Mi cara estaba descompuesta. No era la niña mona que había entrado
en el baño unos minutos antes. Parecía la zorra que se había tirado a un tío
que se le había puesto a tiro.
Sonreíste. Me besaste. Un único beso, lleno de
ternura y pasión al mismo tiempo. Sonoro. Me cogiste de la mano. Abriste la
puerta y muy dignos salimos del baño. La señora se quedó blanca pero nosotros
habíamos tenido un buen polvo. Regresamos a la barra. Nos tomamos el refresco
como si nada hubiera pasado. Recuperamos fuerzas y salimos de aquella
cafetería… Conociéndonos un poco más.
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