Hoy no necesité a nadie. Sí, tenía y tengo ganas de follar (ahora, con esto de las modernidades, resulta que ya no se llama así, que hay otros términos. ¡Ay que joerse!). Soy libre para llamar a las cosas como yo quiero y nada mejor que llamarlas por su nombre, por lo que son.
Sí: Follo y me follan, jodo y me joden...
Sí, puedo utilizar hasta doscientos sinónimos para decir lo mismo. Todo un arte de la palabrería pero lo importante siempre suelen ser los hechos. Son la evidente gracia de la realidad.
Hoy no necesité a nadie. No es que me lo repita para convencerme de ello. Y no necesitaba a nadie porque estaba sola. Nacho había salido de cena con sus amigos, con lo que no podía contar tampoco con Lucas. Y es que en realidad, hoy no me apetecía nadie que no fuera yo misma. Y me (siento) sentí única, llena, en total plenitud, con total libertad. Me mojaba con la sola sensación de saberme así, de saber que me valgo yo solita para poseerme, para absorber el olor de mi coño; excitarme con esa percepción, con el tacto único de mi piel, con el sonido rítmico dentro de la arritmia de mi respiración...
Me excita el saber que no necesito ni de él, ni del otro ni del de más allá... Me basto yo sola.
Sí: Mí, me, conmigo... Como si mi abecedario empezara en la Z y acabara en la A: Zorra de mí mismA.
Yo sola: Mis dedos, mi peón y mi alfil.

Lo hice desnuda y descalza, con las luces apagadas, con las cortinas sin correr, viendo la calle desde este lado del cristal. Apenas algún coche, alguien caminando con su mascota... Poco movimiento que no me distraía de mi faena. Pensaba en lo que me esperaba. Esa idea de sentirme
puta de mi misma me estaba poniendo muy perra, muy cachonda. Sentía aquellas corrientes de humedad resbalándose en mi interior, mojándome toda en tanto me contoneaba paseando como una
buscona para atrapar la atención de algún macho. Me apoyaba en las paredes, pegando mis tetas a ellas, invitando con mi trasero en pompa. Me cogía aquéllas, las apretaba y elevaba como si fuera a rozarlas con mi lengua, enseñándoselas a saber dios quién, a qué semental libidinoso. Ponía morritos, me chupaba y comía los dedos...
Del salón, cogí un par de velas. Las encendí en el dormitorio y las dejé sobre cada una de las mesitas de noche. Así, en penumbra, en el tintineo de las llamas, entre mis sombras y mis luces, me sentía a mis anchas, en mi lujuriosa concentración. Me apoyé en la pared y me estremecí ante la fría sensación, ante el contraste del calor de mi cuerpo contra el suave violeta.
Mis manos sobre mis muslos. Mis ojos cerrados ante su ascendente recorrido hasta mis tetas, hasta hacer martirio en mis pezones elevados, mientras mi sensación, real e imaginaria, húmeda aumentaba entre mis piernas.

Mi boca se abría y se cerraba ante la imagen de otra boca, de una lengua que se abría paso entre mis labios; ante el tacto rígido de mis dos dedos que la penetraban una y otra vez, liberándose, sin querer, sin objetar de la presión de los rebordes carnosos y mojados de mi boca.
Cuando mi otra mano buscó el camino entre mis muslos, cuando las puntas de los dedos tocaron los primeros vellos, mojados, y llegaron a tocar mi clítoris..., mi garganta farfulló un gemido que me sorprendió por su irreverencia, naturalidad y sonoridad. Me frotaba contra la pared como una gata en celo, como una puta gata que solo desea que se la follen... Y a falta de gato, yo. No hay nadie mejor que yo esta noche para acallar mi coño. Hoy no ganaría ninguna polla. Hoy el trofeo de mi orgasmo sería más mío que nunca.

Tomé el lubricante. Lo extendí primero sobre las yemas y luego impregné los dedos. Comencé a relajar mi zona postrera. Los dedos se resbalaban y uno de ellos entró sin problemas. Intenté con dos pero tuve que seguir masajeando hasta probar con mi peón e introducirlo pausadamente mientras me ayudaba de mi otra mano. Me abría la carne lentamente, haciéndose paso. Debiese haber perdido más tiempo en la recreación pero mis ansias me podían. Deseaba meterme aquello hasta el tope, disfrutar de la sensación de tenerlo dentro, de pensar en cualquiera de las pollas de mis hombres, mientras yo seguía con mi goce y disfrute particular.
Anclado el peón era hora del alfil, de empezar a formar parte de aquel juego. Pero antes, como si fuera a tomar nota de lo que debería hacer, inspiré profundamente y le enseñé la delicadeza de mi piel. Mis dedos buscaron aquella parte tan latente de mi sexo. Rodeé mi clítoris una vez tras otras, con ritmos, de lento a rápido... pero no quería irme tan rápido, así que afiné el toque. El lubricante seguía prendido en mis dedos, extendiendo y mezclándose con mis flujos, con los que brotaban y con los que se me bañaban por dentro.
Y no pensaba en nadie...
O pensaba en todos. En una orgía mental en la que solo yo domino.
Eran mis dedos... O sus dedos... Pero sí es mi coño.
Y eran los suyos, que son míos, los dedos que me penetraron, los que salían y entraban jugando al escondite y tocar "chufa por todos mis compañeros". Son esos, los que buscaban apego en mi crecido clítoris, quienes lo rodeaban y lo escoltaban, quienes lo tentaban y apuraban... Y es el momento, preciso aquél, en el que necesitaba algo más de empuje, algo más de amarre, algo más de presión porque tensión me sobraba... Un poco más fuerte, un poco más rápido y dejar que mi brazo se relajase y ganara el juego de mi muñeca. Y fue el turno de mi alfil, el que, magnánimo de cristal, atravesaría mis entrañas de principio a fin, el que se fundió frío en el tacto ardiente de mis carnes más profundas...
El sonido de mis efluvios me enervaba más la sensación de fuego. Cerré los ojos y, mientras mi lengua acariciaba mis labios y mis dientes los mordían con prudencia, entre mis piernas abiertas, mi alfil me penetró una y mil veces más. Mi coño se sentía agradecido. Es exigente pero agradecido. Sus paredes están hechas para adaptarse a todo, a su forma y a su movimiento; y él, el alfil de cristal, es capaz de aguantar todo el chaparrón que le suele sobrevenir.
Y hecho su trabajo, elevados mis efluvios y flujos, mojada la sábana, mis muslos y mi coño, inspiré y expiré, como si un último aliento fuera a darme la vida.
Y no necesito a nadie. Ya no imagino a nadie.
Y no necesitaba ni imaginaba a nadie. No más espectadores que mi mente, que mis ganas, que mi disfrute, que mi propia fantasía de ser eso: meretriz de mi misma, la más perra entre las perras, la más zorra de entre las zorras; la que mejor maneja sus dedos, la que mejor sabe satisfacerse, la que con ella no tiene tabúes, la que se extralimita, la que se queda sin aire por momentos, la que está a punto y se domina, la que aplaza su orgasmo; la que grita y estalla, la que jadea y gime; la que se llama a sí misma puta.
Yo.
La que se erige, la que se ahoga, la que se martiriza, la que se vence ante sus propias caricias, ante sus propios matices, la que se enerva y usurpa, la que en el santo sacrificio de su entrega, eleva la hostia y el cáliz de su consagración.