Es como mar que me atrapa, que me empuja hacia el interior, alejándome de la orilla donde pongo pie en tierra.
Anoche nos perdimos en esas conversaciones, largas y tendidas, entre sus manos y mi piel, entre su alma y mi mente, entre los cuerpos de dos amantes que repican como campanas tocando a fuego. Y esta mañana, sentía todavía ese tañer sobre mis latidos. Pendía en mí un hilo de gozo lubricando cada uno de mis pliegues y el aroma de mi piel se difuminaba prendido del suyo, animal y salvaje, dulce y maestro cuando desea en una especie de yin y yang, esa dualidad que le hace perfecto ante mi sentir, ante cada una de los deseos que me colma… y con los que me llena.
Soy quilla de barco a la merced de sus olas, las que no desfallecen, esas que parecen siempre iguales pero todas son distintas. Es fuego en sal que me atrapa de tal manera que, aun sin su presencia, puedo percibirle, sentirle…., desearle tanto que ni lo imagina, produciendo en mí esa especie de satisfacción insatisfecha donde mi carne le pretende y le demanda cada uno de sus gestos.
No puedo remediarlo. Se me eriza la piel y me enredo en la ropa de la cama, donde los pliegues conjugan los verbos a un sujeto de mil predicados. Contengo la respiración como si eso fuera a ser la paz del justo pero no… mi pensamiento se vuelve avaricioso y empieza a regocijarse en cientos de momentos que se acumulan entre mis piernas, haciendo claudicar a mis manos que se pierden entre ellas, hurgando los espacios prohibidos. Me abandono a la sensación de sentirme… sintiéndole. Soy amalgama de sensaciones fundadas al crepitar de mis dedos sobre los salientes de mis labios, inundados de un deleite que sé se derramará cuando imagine (sienta) la sal de su boca profanando mis arenas.
Mis piernas son brea que atrapa mi mano en esa procesión de jugos, fruto de la excitación. Aún ahondan en mí los suyos, pura necesidad, castigo y bálsamo de mi lujuria extenuada a golpe de caderas, de laceración de alma al amparo de sus dientes, esa mistura entre lo delicado y lo agresivo, lo racial y rudo y lo tierno. Mi aliento se evade como parece rehuir la vida cuando siento la clavada final, el golpe certero que me obliga involuntariamente a arquear mi espalda, a clavar los talones en el colchón, a retorcerme de gusto, a vomitar todo el placer contenido en mis entrañas, con daño colateral por todo mi cuerpo en un gemido final que me rememora al instante previo en el que él, encallado entre mis muslos, separando mis labios enjugados como orillas de su mar, degustándome, respirándome… ahí donde, atollado, aún queda su emboque…
. . .
Mi mirada está nublada. Me siento aturdida... Azorada. Aún me pesa el corazón. Escucho su voz envuelta en un susurro. De pronto me veo ahí: desnuda, entregada, con el delito todavía húmedo sobre la sábana. Toma mi mano. "Qué bien hueles", me dice. Huelo a mí... y a él. Pasa la lengua. Introduce lentamente en su boca uno a uno mis dedos índice y corazón. Luego ambos... mientras intento espabilarme... Su mirada me invade. Su boca me incendia de nuevo. Correspondo a sus besos y me abro como flor a la lluvia... volviendo a sentir su cuerpo en fricción con el mío, el batir de su respiración templando mi rostro, sus manos hablándome otra vez..., convenciéndome como tajamar rompiendo el mar.., mi mar.
Tajamar: Tablón curvo que está
ensamblado en la proa de una embarcación por debajo del mascarón, que sirve
para cortar o ir abriendo la superficie del agua al navegar.










