Teníamos poco tiempo, así que había que aprovechar cada segundo. Llegué con la hora casi dada. En el último momento siempre puede surgir un imprevisto. Esta ocasión no fue diferente pero, resuelta la cuestión, seguí mis planes.
Pasé directamente desde la calle, por recepción, hasta el garaje y de ahí, a la habitación. Máxima discreción. No cabía la menor duda. Y, efectivamente, la habitación era azul: azul en las paredes, azul en los detalles, azul la lámpara de cristal... Sí, todo era azul... Azul con blanco, azul con plata, azul con cristal... Detalles, al máximo... Cava en la habitación... Unas frutas... ¡Increíble! No me dio tiempo de mucho más antes de estar lista.
Miré el reloj y me despojé del vestido. Tenía unos minutos antes de que Pablo llegara. Me miré en el espejo del baño. Estaba como él me había indicado. Había aceptado el juego. Me había sido fácil. El fular en el cuello, anudado como él me había indicado y con los extremos hacia atrás... Imagino que quería el nudo cerca de la garganta pero, como no me había especificado, yo cogí mi propia iniciativa y dejé un nudo flojo que caía sobre la espalda.
El móvil sonó. Pablo me anunciaba que estaba en la puerta. Abrí, dejándola simplemente así, sin tornarla por completo, como indicó. Me retiré sobre mis pasos hasta los pies de la cama. Una cama con postes en las cuatro esquinas alzándose hacia el techo. Tenían casi el mismo dibujo que mi "alfil". Eché mis brazos hacia atrás, sujetándome las muñecas sobre el culo, y quedé de pie mirando hacia la puerta, muy erguida, con la barbilla arriba, con la mirada clavada en el frente...
Me sentí especialmente inquieta. Y la verdad, también algo ridícula. Me cuesta tanto... Y pensar que en su día supe hacerlo tan bien... Supongo que el Macho Alfa me cogió desprevenida y menos sabia.
Hacía tiempo que no veía a Pablo tan de cerca. Las fotos de su polla o las palabras que me iba enviando nada tenían que ver con lo que podía ver ahora. Eso, en una relación como la nuestra, no es ni un aperitivo.
Vaqueros, camisa de rayas, zapatos cerrados... Repeinado con esos pelos cayéndole sobre la frente. Llaves y móvil en las manos...
Y, ahora, qué.
Ni un hola, ni un qué tal... Nada de nada. Su mirada clavándose en la mía. La mía, impertérrita. Él, distante. Yo más.
Como acusada de algo, me señaló con su dedo índice derecho. Me indicó que me acercara. Solté mis manos y me moví sobre mis tacones hasta él. Puso la mano abierta para marcar la distancia. Nos separaban dos pasos, tal vez un poco menos de medio metro. Me hizo dar la vuelta para darle la espalda. Sentí sus manos recorrerla despacio. Sus manos son suaves, muy suaves y muy, muy masculinas. Noté desanudar la tela y como la tensó alrededor de mi cuello. Venció aquella distancia y percibí su aliento en mi oreja mientras mi cabeza era reclinada hacia atrás, sintiendo la presión de la tela en mi garganta. Intenté respirar profundamente para controlar mi tensión.
- Nunca haces las cosas como se supone que deberías hacerlas... -susurró a mi oído-, mi fierecilla indomable.
- Es día que lo haga, dejaré de interesarte.
- Sabes que el tren tiene muchas paradas...
- Si, pero duerme en las mismas estaciones...
Sé que le saca de quicio que le proteste y le replique todo cuanto dice. Soy yo quién tiene siempre que decir la última palabra pero creo que suele ser él quien hace el último gesto.
Su lengua rozó mi lóbulo. Sus dientes lo mordisquearon y la tela cubrió mis ojos. La luz se hizo oscuridad. Sus dedos se enredaron entre mis cabellos..., se apoyaron en mis sienes y mis labios se entreabrieron para recibir nada, salvo una bocanada de aire que llenó mis pulmones. Mi lengua humedeció mis labios.
- Hola -musitó. Le respondí en un tono similar. Estaba algo agitada para hacerlo con tanta parsimonia. Su presencia me pone nerviosa. Sus dedos se convirtieron como las patas de una araña avanzando sobre mi cabeza, presionando con las yemas..., intentando relajarme; mas solo consiguió acelerar mi pulso. Estaba claro que con los ojos vendados podía sentir la libertad de mi cuerpo rezumando por mis poros y dejar que mi piel fuera marcada por la pasión, la lujuria, el deseo... Era eso lo que nos había llevado hasta ahí.
Seguramente, no encontraría la sensualidad y ternura habituales de Lucas y sí recordar, tal vez, la "dominación" del Macho Alfa de antaño... No sé. Podría dejarme llevar. Sería lo mejor. Luego podría decidir sin obligación alguna, como siempre. Pero yo no tengo ese sentimiento implícito en mi esencia de mujer mas sí me gusta regalar placer. No pertenezco a nadie pero todos tienen un poquito de mí.
Apoyó sus manos en mis hombros y me hundió contra el suelo. Parecía una orden sin orden. Mis rodillas fueron el tope que me permitió mantenerme erguida. Y así me quedé, como María Magdalena en ansias del sagrado cáliz. Sin rechistar y sin protestar; en silente llamada del antojo. Entregada y redimida, sin consentimiento. Y mis manos pasaron del suelo a mi espalda. Y sentí la presión de la cinta y el tirón hacia atrás. Y el corazón bombeando con tanta fuerza que irguieron la cumbre de mis pechos. Y el silencio roto por el roce de sus ropas al desprenderlas de su cuerpo y los pasos seguros de sus pies alrededor de mí.
Y como un lobo, olisqueando mi piel... Profunda respiración...
Podía oír los latidos de mi propio corazón.
Confianza. Seguridad. Incertidumbre. Nunca me he sentido tan como me sentía en ese momento. Al menos no lo recuerdo. Me ponía en sus manos. Sé que puedo confiar en él pero esa interrogante de lo que puede venir a continuación... No sé si me gusta o me deja de gustar... Es como sentirme suya sin serlo. Mejor dicho, es jugar a sentirme suya.
- Me encanta olerte... Me vuelve loco tu perfume. En ninguna huele como en ti.
Le percibí frente a mí, tal vez en la misma posición. Todas mis alertas se activaron y mis pechos sucumbieron a sus gestos. Una fugaz caricia desde uno de mis pezones, subiendo por mi escote, llegando a mi cuello y desbordándose en mi boca.... Esa boca con la que succioné el dedo que la empezó a follar. No era capaz de reternerlo. Por alguna razón, mis piernas temblaban.
Tampoco sé de dónde lo sacó pero sí sé cómo ató mis manos a la espalda: una vuelta, dos... tres... No sé si cuatro... y tampoco sé por qué no me opuse: Ciega y quieta y, pese a no estar muda, tampoco decía nada. Él tampoco hablaba. Su lenguaje era hacer. Me separó ligeramente las piernas. Me sentí tambalear antes de recuperar el equilibrio. Las ataduras, ¡a saber qué malabares había hecho!, cuando no tiraban por un lado, tiraban por el otro. La sensación de percibirlo tan cerca, de poder oler su perfume, de escuchar su respiración, de intuir que en un segundo, tal vez dos, algo de mi cuerpo llamaría su atención. Estaba expuesto a sus deseos.
Sé que en esos momentos yo no era otra cosa que su
juguete y, pese a sentirme tan indefensa y vulnerable, aquella sensación era intensa. Un cosquilleó recorrió mis piernas y se estrelló en el centro de mi sexo. Mis pezones empezaron a ser un pequeño juego entre las yemas de sus dedos: caricias suaves, pellizcos suaves... caricias rudas, caricias maestras... que erizaron mis pezones hasta dolerme. Pulgares e índices tensaron sin piedad. Y, de repente, se hizo la pausa. Y tras la pausa, el tintineo de unas campanillas que me desorientaron.
- ¿Qué es eso? -pregunté ciega ante lo que oía.
- Ssshh.... Te he comprado una cosilla... Sé que te gustará... Confía en mí.
Sentí como sostenía uno de mis pechos sobre la palma de su mano. Lo hizo con sutileza y sentí el beso y la húmeda caricia de su lengua en el pezón antes de ser apretado entre los labios y un poco antes de sentir una presión de algo que lo pellizcaba y no eran dedos... Sé que había preparado mis pezones para aquella prueba. Al dejar caer mi pecho... el tintineo de la campanilla...
Después hizo lo mismo con el otro.
Nada tenía que ver aquella sensación con aquella otra cuando Nacho me regaló
aquella joya para mis pezones click y que yo confundí con otra cosa.
No dije nada. Si me hubiera preguntado qué pensaba, me hubiera sumido en el más absoluto de los silencios. No tenía una respuesta clara. Era una sensación nueva y no me pareció tan dolorosa como para no poderla soportar. Ahora, toda mi atención parecía centrarse en aquel retintín..., ignorando por completo los planes de Pablo. tal vez había salido con la suya. Mi cuerpo se arqueó más. El tener las manos atadas me creaba cierta rigidez. Era como sentirme desvalida.
Aquellas pinzas le permitían recrearse en otras zonas. Me imaginaba la sonrisa que mostraba en su rostro. La sonrisa de quien cree ganada la batalla por haber vencido las primeras líneas del frente. Tal vez quien calla otorga. Quien calla piensa. Quien piensa... diseña... Quien diseña, crea...
Y antes de bajar la cabeza, cogió mi cabello, sujetándolo y tirando de él hacia atrás. Me resultó un gesto brusco pero es que en esos momentos, creo que todo me podía sorprender.
- Dime qué piensas...
- ¿Yo? ¿De qué? Me haces daño...
- ¡Eres algo quejica, la verdad! Tan dura y segura y te quejas de nada...
- Y qué quieres que te diga...
Un pequeño tirón... Yo no sé lo que sentía. Tampoco sabía cómo explicarle nada, ni siquiera qué inventarme. Había una mezcla de dolor, de rabia, de dejarme llevar... De todo... pero no de nada. Yo quería follar. Para eso había ido hasta allí pero también sabía, también sé, que con Pablo todo está por ver, que siempre hay algo nuevo... Con él todo es expectación... Un estar alerta continuo. A mí, el dolor no me va pero se supone que eso producía cierto placer. Supongo que debo aprender a controlar esas sensaciones. Ahora lo pienso. En ese momento no me salía ni una palabra... Quizá hasta pudiera hacer cualquier cosa que me pidiera pero, por si acaso, me guardo el secreto para mí.
Y bajé mi cuerpo. Y quedé en perfecta posición de oración: mis muñecas unidas por una cinta, mis pechos caídos sobre el vacío en un tintineante juego de campanillas al son del movimiento ellos, de mis pezones; la garganta seca, mis piernas casi adormecidas -supongo que la falta de costumbre-, mi sexo completamente empapado, mi conciencia, desconchada; mi pasión, desbordada... mi elemento, perdido... En rendición, totalmente agazapada pero siendo la presa y no la cazadora.
Ni tan siquiera sentía deseos por tocarle. Lo único que yo quería es que aquello desembocara en algo. El pequeño dolor que sentía en mis pezones había menguado hasta convertirse en una adormecida y ciertamente placentera tensión. Pero aquel pequeño toque en ellos, al cambiar la intensidad de la fuerza con la que prensaban, me dolió... Y protesté y un ¡zass! resonó en la estancia. Respingué... y volví a protestar. Y un nuevo ¡zass! con la palma abierta en mi trasero. Sentí como si la sangre fuera a fluir por mis pezones. No podía verlos pero me los imaginé enrojecidos.
Y, entonces, sus labios en los míos. Un beso denso, profundo, con la lengua perdida entre mis labios, violando el interior de mi boca mientras sentía como me rozaba la entrepierna y como la garganta parecía hundirse hacia dentro.
Comprobó que lo estaba empapando todo.
- Te vas a poner más perra que nunca porque voy a jugar un poquito contigo. Hoy me centraré en tus tetas... ¡Tremendas tetas, niña...! Te las voy a dejar de tal manera que te vas a acordar de mí durante una temporada.
Su voz me sonó autoritaria y segura. Pude intuir, sin miedo a equivocarme, cierto sadismo en su mirada, excitado por el sufrimiento que me estaba causando, por la incertidumbre que estaba proporcionándome y creo que, también, por el miedo, ligero, que mi cuerpo rezumó.
Y como si un ángel pasara, como si el demonio se hubiera apiadado de mí, soltó las pinzas que prensaban mis pezones. La sensación de libertad que sentí fue indescriptible. Creo que me henchí de alivio. Besó mis tetas, despacio, dejando el pezón alrededor de aquellos besos, para lamerlos luego. La saliva calmó mis maltratados vértices.. y ¡zass! un mordisco en uno de ellos y un pellizco en el otro... Todo mi gozo en un pozo. Grité. Maldijé... ¿De qué sirvió?
- Voy a ver como te corres para mí... Es tu premio por llevarlo tan bien.
¡Qué canalla! ¡Qué cabrón! Siguió torturando, sí, puedo decir que torturando con todas las letras, con cierta suavidad mis doloridos pezones, mientras una de sus manos, colada entre mis piernas adormecidas, me tocaba.... Y me moría de gusto...
- ¡Córrete, fiera! Me encanta ver cómo lo haces... cómo me empapas, cómo gimes y cómo gritas... ¡Grita para mí...!
Sus dedos se abrían y cerraban en mi interior, provocando que sí, efectivamente, gimiera. Y aquellos otros dedos, aquella boca no dejaban de atormentar de modo implacable mis pezones. Ya ni los sentía pero notaba las palpitaciones de mi coño, como todas las terminaciones nerviosas se contraían, como estaban a punto de reventar. Mi padecer era su placer... y la llegada de mi orgasmo. Me derramé entera. Una corrida impresionante que mojó el suelo y a Pablo. Me retorcía de placer. Mi garganta era como un volcán seco. Mi coño como uno en plena erupción, soltando lava a diestro y siniestro.
Sus manos cogieron mis nalgas. Clavó los dedos, las masajeó con fuerza, como abriéndolas..., abriéndolas...
¡Zass! Uno...
¡Zass! Dos...
Me indicó que me moviera. Empecé a mover mis caderas como si estuviera bailando en medio de un desfile del carnaval brasileño...: arriba, abajo, círculos... La tela no cedía en la misma manera que mis movimientos. Movía las caderas, tiraban las manos... Tiraban éstas... y me obligaba a echar el cuello hacia atrás para evitar aquella angustia de sentirme estrangulada.
Y oí el rasgar de algo y dejó de rozarme unos segundos... Los justos para ponerse un condón.
Cuando su miembro se metió entre mis nalgas, buscando penetrar en mi oscuridad más estrecha, no pensé que fuera capaz de hacerlo así: miró, halló y se metió... casi de golpe, abriéndome en medio de un dolor que me obligó a gritar. Su mano tapaba mi boca y el borde de los dedos casi taponaba mis fosas nasales. Era un necesitar aire y no poderlo coger. La metió entera y la sacó entera...
Y su polla entrando con toda la fuerza animal con mi chorreante coño implorando... Y en dos segundos, me sobrevino un segundo orgasmo... Ligeramente más suave que el anterior pero tan húmedo e intenso. Y no dejó de entrar y salir, de embestirme con rabia, con ritmo fuerte, como si fuera a reventarme de gusto... Pensé que se correría... pero me equivoqué...
Realmente, sí, me sentía bastante perra pero también algo vendida.
Sus dedos, impregnados de mis aguas, llegaron hasta mi boca... Me deleité en su sabor, en mamarlos y devorarlos como si fuera su polla.
Y sin llenarme de leche, se apartó de mí. Se frotó, lavándose con mis fluidos, frotándose contra mi sexo, entre mis nalgas, entre mis labios...
Se puso en pie, me bordeó y se colocó ante mí. Me puso la polla delante, a la altura de mis labios, haciendo que se la dejara limpia. Estaba suave, con el aroma del preservativo pero también, con el profundo olor a hembra que yo desbordaba por todos los poros de mi piel...
Y mi libertad, perdida entre mis orgasmos.
Me ayudó a ponerme en pie. Me costó porque mis piernas se habían entumecido.
Luego, sus movimientos me venían ligeramente lejanos, como desde la cama. Oí el sonido que hacen las sábanas al deshacerla. Yo me mantuve de pie, atada de manos y ciega. ¿Cuándo acabaría aquello? Al menos me dio un masaje en las piernas y algo de alivió sentí.
Las almohadas bajo mi cuerpo me permitían estar recta, lo que me ayudaba a no sentir tanta tirantez en mis brazos. Y, aún así, los pezones me dolían al mínimo roce. Los brazos ya no eran míos pero me había dado cuenta que pedir era no recibir. Así que decidí esperar a que me leyera el pensamiento.
A pesar de mi ceguera, sentí su miembro muy cerca de mí. Su aroma me llegó a lo más hondo. Era un aroma dulce, de buen sexo; y sabía qué debía hacer sin necesidad de preguntar. A estas horas de mi vida, algo he aprendido de sexo. Abrí la boca y su glande acarició mis labios, los bordeó por fuera, luego por dentro, penetrando ligeramente... hasta que se introdujo más. Mis lamidas avivaron la punta y mis labios la apretaron, mis dientes también, sin morderlo..., sintiendo como la boca se me iba llenando de jugosa carne. Sus respiración se incrementaba de ritmo, casi o más de lo que iba aumentando el tamaño de su polla y se endurecía, bombardeando mi boca. Sus manos se centraron en sujetarme la cabeza. Agarraron mi cabello y me inmovilizaron para imprimir el ritmo de aquella felación...
Sus movimientos se recrearon dentro de mi boca. Yo los intuía y los adivinaba.
Mi cuerpo sentía un fuego interno que mojaba mi coño pero necesitaba soltarme... Los brazos hacia atrás agarrotaban mis músculos y lo que al principio parecía bueno, ahora ya no lo era tanto...
- ¡Desátame!... Me duelen los brazos...
- Espera un poco... Puedes aguantar todavía un poco más...
- ¡Me duelen los brazos! -insistí.
- Un poco más, fiera... Puedes soportarlo. -Su calma me irritaba.
- ¡Joder! ¿Qué más quieres? -Sentía unas tremendas ganas de llorar pero mi dignidad me lo impedía. Era una desazón aquello. No era lo que estaba haciendo. Era la sensación que yo tenía de no poder hacer nada. Mi impotencia ante el placer, ante mis deseos... La rabia medio contenida de no poder controlar.
- Ya sabes lo que quiero... -Y me hizo callar metiéndome su pene de nuevo en mi boca hasta casi sentir una arcada me que encogió el corazón. ¡Dios! Le hubiera clavado las uñas y le hubiera rasgado la piel de arriba hacia abajo y, sin embargo, tenía que tragar.
Qué alivió cuando me desató, cuando mis brazos recobraron la libertad. Me dolían más de lo que me habían dolido las piernas. Los friccionó con suavidad y con energía, entremezclando los ritmos. Los beso y lamió mis muñecas antes de estamparme un beso en la boca. Y mientras mi cuerpo iba recuperando cierta paz, mi rabia iba aumentando pero todavía era incapaz de controlar los movimientos sin sentir la pesadez de mis músculos.

Seguí con los ojos tapados pero mi cuerpo descansó sobre las sábanas. Separó mis piernas y las flexionó ligeramente, antes de encajarse entre ellas. Recorrió cada una de ellas con lengua y labios antes de perderse entre los de mi sexo. Parecía virginal. Percibí su boca completamente abierta y su lengua se resbaló entera sobre mi coño, cerrando los labios para apresar mi clítoris... Notaba como su saliva... o mi humedad, patinaba hacia mi ano, como sus dedos irrumpían en él..., como mis ganas aumentaban de nuevo por momentos... Y luego sus manos, maestras castigadoras, que no cejaron en su empeño hasta que mi clítoris se quejó en mis gemidos y en mis gritos, y lloró en aquella corrida que salpicó sobre todo lo que estaba a su alcance...
La jugosidad de mi coño fue un grito de llamada, un paso para su polla, para sus envites, para sus empujones...
Y libre de cualquier atadura, con la fuerza recobrada y mis manos aplicadas en su espalda..., mis dedos se fueron clavando en ella marcando el camino para mis uñas... y entonces, fue mi !ZASS!... Diez líneas curvas abriendo su carne hacia los costados... Y quién gritó fue él. Con furia me desprendió la venda. Mis ojos tardaron en acostumbrarse a la luz después de tanta oscuridad pero pude ver la rabia y la sorpresa en su rostro y en su mirada...
Apartó mis manos y las elevó por encima de mi cabeza... Bombeó con toda su fuerza. Pensé que iba a romperse la polla dentro de mí pero sé que tuvo el orgasmo que le llevó a la muerte súbita. Y mi gozo fue llanto... Y su rabia fue el beso más intenso que había recibido últimamente. Recuperado, me estrechó entre sus brazos, bebió mis lágrimas, besó mis labios con suavidad; me apartó el pelo de la cara, acarició mis mejillas... Y hundió su mirada en la mía...
Creo que estaba satisfecho.
Miró su espalda en el espejo. Rabiaba de escozor. Sería peor cuando se duchase. La piel se había levantado, dejando las diez marcas como un tatuaje con relieve sobre su cuerpo: Dos estelas con cinco colas. En unos días le desaparecerían pero, hasta entonces, se acordaría de mí mucho más que yo de él.
Y antes de irnos...
- La próxima vez, tráelas -indicó tendiéndome las pinzas que metí en mi bolso-. Te has portado muy bien... Pero estos arañazos traerán sus consecuencias para ti.
Tuve que irme directamente a casa. Imposible volver a la oficina. Necesitaba un baño y un reconstituyente.
Cuando me tumbé sobre la cama, todavía tenía la sensación de presión en mis pezones. Llevé mis manos sobre mis pechos, por encima de mi ropa... Y me sobrecogí... Todavía estaban sensibles al tacto.
Y ahora, suplicar que Nacho no quisiera juerga en un par de días.