Decidí llamar a Nuria para tomar algo a media
mañana, aprovechando el tiempo que tiene para desayunar. No tenía pretensión
alguna de vez a Pablo -el trabajo de ella y los Juzgados quedan cercanos-.
Supongo que ha encontrado lo que buscaba porque no sé nada de él desde hace
tiempo. Tampoco yo he hecho por ello demasiado. Con Leo ya ni me molestaba. Pasaban
los días y eran eso, solo días, miles de excusas intercaladas con cientos de
mensajes que ya no me aportaban nada. Sí, me fastidia reconocer que aquella
efusión de los primeros días se está desvaneciendo. Los "bi" seguían
por ahí y no me apetecía un polvo de esos. Lucas, Lucas necesita tiempo aunque
sí, le gustan los aquí te pillo, aquí te follo... Y me ha pedido ya
varias veces quedar para celebrar mi cumpleaños a solas y darme la sorpresa que
me tiene reservada.
El sabor y aroma del placer reside en la variedad.
El resto de la mañana pasó con más pena que gloria y me comporté como una buena ama de casa hasta después de comer, cuando decidí que sí, que me iba con Lucas a tomar un café. Tenía más que tiempo hasta que se tuviera que regresar para arreglarme y salir con Nuria.
Supongo que a él también le vendría bien
el hablar un rato después de una reunión con Marina y los abogados, así que me
acerqué hasta el centro. Quedar fuera de casa haría que me lo tuviese que
currar un poco más. Dí por hecho que no se trataba de una fucking llamada
por su parte, aunque con lo caliente que andaba tampoco me importaba en
realidad.
La primera vez que me acosté con Lucas fue
después de un almuerzo, después de un té y la follada fue de impresión. ¿Por
qué no repetir los buenos momentos a pesar de las veces que me digo que no?
Yo iba a lo que iba: a tirármelo. Me apetecía y punto.
En la ducha que me había dado ya me había calentado lo suficiente y estaba
cardiaca perdida. Quería una polla y la de él era perfecta.
Veía que el tiempo me apremiaba conforme las ganas me
crecían. Hacía ya unas semanas que no coincidíamos y, entre unas cosas y otras,
lo estaba mirando con otros ojos. Y él se dio cuenta.
- Me estás comiendo con los ojos o son imaginaciones
mías –entonó.
- Tú qué crees.
- ¿Sinceramente? –asentí con la cabeza. Echó el cuerpo
hacia mí y su cara muy cerca de la mía para dejar su boca a la altura de mi
oído-. Te follaría ahora mismo hasta que gritarás basta.
- Eso me suena –ironicé.
Así que me levanté, segura de mi victoria. No había
que andarse con tonterías a esa altura de la película. No había que seducirle.
No era necesario así que, directos hacia su casa. Apenas entramos en el
ascensor, me abalancé sobre él. ¿Poner resistencia? Ni poca ni nada.
Mi mano fue directa a su paquete y mi boca, directa a
la suya, bien abierta, con la lengua empujando la suya; comiéndomelo,
comiéndonos con avaricia. Cogí su mano con fuerza y la llevé directamente entre
mis piernas, para que palpara, para que se diera cuenta de cuán mojada me
hallaba, y aquel miembro creciera más en mi mano a pesar de los pantalones. Me
quedaba piso y medio para que el ascensor se parara en planta. Empujé a Lucas
para coger impulso hacia atrás, tanto que casi por inercia reboté. Fui rápida y
mis bragas quedaron en la mano como una ofrenda hacia él. Las tomó y las olió.
Inspiró profundamente, quedándose con el aroma de ellas. Al pararse el ascensor
y abrirse las puertas, las guardó en un bolsillo.
- ¡Estás loca!
- Y te me voy a follar… -le dije, dándome cuenta de
que mis gestos eran, no solo provocadores sino también, embaucadores.
Cuando la puerta del piso se cerró, enfilé el pasillo
en dirección a la habitación, dejando un sendero de ropa que él complementó con
la suya. En otras situaciones, los preliminares podían ser necesarios pero no
era éste el caso. Cuando llegué a la habitación solo me quedaban las medias.
Mis manos se resbalaron por mis muslos llevándoselas consigo mientras Lucas se
terminaba de quitar los pantalones y el bóxer, dejando ante mis ojos la
maravilla de su polla en plena erección.
Desnudos los dos, dejé que se acercara hasta dónde yo
quería tenerlo. Le empujé sobre la cama y él se dejó caer a peso, boca arriba.
Sonrió. Si estaba pensando que me iba a convertir en esa sensual serpiente que
reptaría húmeda sobre su piel hasta enroscarse en su cuerpo, estaba muy
equivocado. Tal vez luego, sí. De entrada, no. Me convertí en una amazona que
saltó sobre él, trincándole las muñecas para dejarle los brazos como arcos
escoltando su cabeza. Meneé mi cabeza para retirar un poco mi melena y me
incliné sobre él. Me humedecí los labios y le lamí los suyos, sin detenerme
demasiado. Fue un lametazo lo suficientemente rápido como para que a él no le
diera tiempo de rozar la suya con la mía. Su rostro se convirtió en el lienzo
que humedecer antes de la gran obra: desde la nariz, pasando por las mejillas,
los lóbulos de las orejas… la frente. Luego me deshice en esos besos quedos,
secos, como que pellizcan la piel, mientras levantaba sus caderas y me llevaba
en ese subir y bajar, impedido de cualquier otro gesto en el que no tuviera que
rebelarse mientras, agradecido, mi clítoris se frotaba sobre su pene.
Me gusta cuando controlo el medio. También disfruto
cuando me dominan pero en ese dominio en el que todavía puedo revolverme.
Apoyaba los talones en el colchón y levantaba las
caderas, intentado meterse en mí, pero su lucha era en vano.
- ¡Clávatela! –mascullaba jadeante. Sonreí-. ¡No seas
tan puta como para mortificarme así! ¡Sabes que te tengo ganas! ¡No me jodas
tanto y fóllame de una vez o…!
- O, ¿qué? –le interrumpí-. ¿Sabré lo que es bueno?
–continué para cogerle los pezones y pellizcárselos. Fue mi desliz y su
castigo, y el preámbulo del mío. Agarró mis tetas y las estrujó. Me trabó las
muñecas y me retiró los brazos sobre la espalda. Me miró. Inclinó la cabeza y
volvió en busca de una de mis mamas. Su lengua se reveló contra mi pezón,
mojándolo, azotándolo, atontándolo para después morderlo, para hacerme gemir,
para dejarle vencido mi cuerpo, para entregarme y para dejar que siguiera en
aquella cruzada en la que ambos mostrábamos nuestras armas.
Él buscando la entrada y yo impidiéndoselo a pesar de
que mis fluidos favorecían todo lo contrario.
Mis manos se clavaron en sus hombros y las suyas recorrieron
mi cuerpo hasta sujetar mis caderas y guiarme en esos movimientos en busca de
la penetración. Por un momento lo logró. Sentí todo el empuje de su polla
clavándose, abriéndose paso en mi lubricado sexo. Estaba mojadísima,
pringadísima... Sé que podía sentir todo su pubis mojado por mí. Sonrió
victorioso pero hay victorias que duran y otras que se desvanecen pronto. Dos
clavadas, tres… e hice que su polla se saliera.
- ¡Joder! –exclamó y se contrarió cuando al intentar
meterla de nuevo, no le dejé.
Y cuando mis gestos apoyaban su desencanto, empezó su
despecho, su venganza. Tomó las riendas de la situación. Me apartó de él y me
volteó sobre la cama, dejándome boca abajo; sentándose a horcajadas sobre mi
cuerpo. Apretó mis muñecas contra el colchón, medio apoyó el resto de su cuerpo
sobre mí y me susurró al oído:
- ¿Dónde has dejado tu jodida chulería?
Luego, mordisqueó mi oreja. Después, la lamió.
Me apartó el pelo del cuello, dejando libre mi nuca y pasó
su lengua. Lo hizo como si fuera uno de esos psicópatas de las películas,
deleitándose en el gesto, infligiendo escarmiento ante quien no puede del todo
moverse aunque yo tenía seguridad y tranquilidad. Pero no por ello dejé de
sentir aquel latigazo que conmocionó mi cuerpo de pies a cabeza. Continuó su
juego a lo largo de mi piel. Descendió por el cuello: lamiendo, mordiendo,
besando; continuando por el centro de la espalda en esa misma deletérea
combinación de gestos, llegando hasta el nacimiento de mi culo. Oprimió con
cierta fuerza, como quien estruja una naranja para sacarle todo su jugo. Me
separó las nalgas y sentí una ligera acometida de dolor cuando tensó aquella
parte de mi piel tan cercana a mi ano. Gemí en protesta y apuré los sonidos
cuando sus dedos, sin clemencia, palmotearon sobre mi mojado coño, como
poniéndome en alerta.
Sentí sus piernas separando las mías, quedando en esa
posición en la que uno manda y la otra se somete. Asió mis caderas, tiró de
ellas y quedé arrodillada. Sentí sus besos, el toque suave de sus dientes
arañando mi piel, sus dedos actuando como finos garfios, arrastrándola. Y,
después, su lengua. Esa máquina de tortura que empezó a sembrar saliva buscando
mi coño desde el ano. No podía protestar porque me gustaba, porque estaba tan
caliente como una perra en celo, porque me sentía muy puta y quería que
continuase así hasta que me perdiera en el orgasmo más brutal.
Un dedo antecedió a un segundo y éste, a un tercero
dentro de mi vagina. Un cuarto se abrió paso entre mis labios y acabó haciendo
círculos sobre mi clítoris. Me estaba volviendo loca. Sujetaba mis manos a las
sábanas. Las arrugaba entre mis dedos, las mordía; escondía la cara en ellas
las veces que no echaba la cabeza hacia atrás para ver cómo me trabajaba. Sus
dedos entraban y salían de mi coño y mi
mundo, en ese instante era un caos. Un caos por no saber qué era lo que más
placer me estaba produciendo: Si aquellos lametazos en el ano, si sus caricias
en la vulva o si era el movimiento de sus dedos perforándome.
Escuchaba el chapoteo de su juego. Percibía la
sensación de contener la salida inevitable de mis efluvios, las ganas de no
quererme ir, de luchar contra la inexcusable llegada de un orgasmo… Mis dientes
chirriaban unos contra otros, aguantando, suplicando que mi suplicio finalizara
y empezara a follarme como un desalmado.
Sí. Creo que le grité que lo hiciera. Levantaba mis
caderas, le ofrecía más si cabía mi sexo; empujaba hacia él, insistentemente…
Sí, se estaba ganando mi sumisión. Se puso en pie. Sacó lubricante de un cajón y un par de
preservativos, creo. Tiró de mí para colocarme más cerca del borde de la cama.
Palmoteó mis glúteos. Pasó la mano por mi coño, y con ese mismo líquido que los
impregnaba y un chorretón de gel, empezó a masajearme mientras su polla se iba
introduciendo poco a poco, casi al tiempo que sus dedos lo hacían por mi ano.
Estaba tan mojada, tan caliente, tan cachonda que
dudé. Dudé si me estaba metiendo dedos o polla hasta que, en un momento dado,
grité. Supe que me estaba follando el culo con su verga. Su dureza, su groso…,
el movimiento de su cuerpo en las embestidas…
- ¿Estás bien?
No del todo. No estaba bien del todo. Hacía días que
no me la habían metido por detrás y parecía siempre como una primera vez, pero
yo quería que no parase así que, apreté los dientes, me clavé las uñas, dije que siguiera y empujé
fuerte hacia él. Su polla me atravesó entera. Contuve el aliento, y Lucas
empezó a retroceder y a avanzar, despacio, sin prisa, introduciendo sus dedos
en mi coño para distraerme de aquellas punzadas de dolor hasta que mi carne
cedió y, entonces, todo fue dado.
Sus clavadas parecían más ligeras y su respiración más
acelerada. Sus golpes secos al final de cada incursión me gustaban. Jadeaba,
gemía…, escondía mis gritos de complacencia entre mis dientes.
Un par de movimientos rápidos, unos segundos de vacío
y su polla suplantó a sus dedos con la fuerza de un florete… Y, sin apenas
tiempo a reaccionar, me fui en aquel orgasmo que expresé con aquella corrida y
con aquel grito que hasta a mí me sorprendió. Y siguió balanceándose hasta que
le pasó a él y, en tanto yo seguía corriéndome, noté la quemazón de su leche al
final de la espalda y luego el roce de su pene extendiéndolo.
Sí, tremendo polvazo el de esa tarde. Se había
asegurado otro, aunque no sepa cuándo va a ser. Ya le buscaré para repetir.
¿Y si sorpresa?
Una preciosa joya: Un anillo con pedrusco de forma
ovalada que no pude aceptar. Una pena porque era realmente bonito. Tal vez un
poco ostentoso. No podía presentarme en casa con un objeto como aquél, ni
poniendo la excusa de que me lo había comprado yo por gusto porque Nacho sabe
que no lo haría.
- Le diré a Nacho que lo tenía guardado desde hace
tiempo para regalárselo a Marina por si servía de algo, que dejé pasar mucho
para poder devolverlo y que es una pena que esté guardado en un cajón.
Tres días más tarde tenía el anillo en mi dedo.












