Muy seguro de sí mismo, convencido, con ese alarde de quien lo controla todo, me llevó hasta el extremo de sacar ese lado de leona territorial y dominante. Se dejó hacer en mis manos. Cabalgué sobre él, me apropié de su cuerpo, lo mantuve a raya, incluso le estampé la palma de la mano en su rostro, en un gesto exacerbado de furia y pasión, sin resquemor, sin sentido de venganza por todos los azotes que él había proporcionado a mi trasero como si fuera una niña mala. Una niña mala llena de intenciones que se escondían en cada pensamiento, en cada sonido gutural, en cada hilo de saliva que pendía de la esfera que separaba mis labios y que él lamía como quien viene de un erial.
Un «estate quieto» mientras lo montaba como una walkiria regia en busca del héroe que debe morir, mirándole fijamente a los ojos, observando la libidinosidad en su mirada y hurgando en la mueca de su boca. Un «demuéstrame lo zorra que eres» se diluía entre sus dientes mientras yo, serena y acomodada, no dejaba de espolearlo, permitiéndole hundirse en mí, alojándolo en el abismo entre mi carne y mis humedades.
Impidiéndole cualquier otra intención que fuera más allá de tenerlo a mi antojo, entre las piernas me sobrevino una cadena de convulsiones, una explosión que me hizo temblar entera, y aquel magma límpido, parido desde la profundidad de mis entrañas, desbordó toda mesura, inundándonos a mí de placer y a él de gozo.
Mi mano cortó el aire hasta estrellarla de nuevo en su mejilla. Mi respiración agitada, mis armas desenfundadas, y, entre mi sucinta sonrisa, su «¡¡Joder!!» entrecortado. Estaba entregado pero no rendido. Su protesta se convirtió, antes de poder darme cuenta, en un brusco abrazo que me puso patas arriba. Y la reina se volvió súbdita, atrapada bajo su cuerpo, amarrada en cruz, con los brazos hundidos en las almohadas, entalladas las muñecas a las bridas de sus manos. Mis piernas, abiertas como velas de barco, expuesta como la más vulgar de las furcias follada en una oscura habitación de pensión. Embestida, una y otra vez, apuñalada, una y otra vez, por su miembro y por su mirada, sin concesión alguna... dejándome a las puertas de la gloria para alcanzarla en oración. Sentía sus acometidas abriéndose camino entre mis canales. Mis brazos erigidos como riendas. Mi rostro preñado contra el suelo. Mis pechos, de vórtices erectos, amortajados, y él, magnificado jinete, montándome sin aliento en aquel vaivén de furia donde nuestras carnes se fundían la una con la otra, donde las pulsaciones, aceleradas, repetían al unísono por alcanzar, en el mismo latido, la plenitud, la gloria, el culmen de esas llamaradas que nos hacían hoguera.
