No hay tregua para los callados de mi boca,
donde liba Su Lengua como un dios preñado de gloria.
Tampoco ahí,
engalanadas de mil silencios los rosarios de Sus Dedos
haciendo cauce a la liviandad de mi carne
y al aura henchida de mi alma.
Oro a la cumbre de Mi Señor.
Y, aun así, blasfemo Su Nombre
atrapado entre mis dientes
cuando horada en Su Condición
cada ápice de mi ser.
Tibia de cerúleos mis pensamientos,
gozando en arreboles mi piel,
para que sean convulsas parcas las que trepitan mi Esencia
en conjuras que me envuelven como racimos de uva
las marcas de Su Vuelo.
Hace en mí,
en sacro silencio,
tomarlas como bendición.
Y en oración
repliego mi permuta de sangre y savia
por la Entrega de serLe.








