Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.

El Tacto del Pecado

He aquí el Pecado, enarbolado en el Ser y en el Sentir, encumbrado en su gloria y en ella, sacralizado.


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miércoles, 10 de mayo de 2017

No solo Tú...

Me gustan los pequeños detalles que pueden hacer un momento eterno. Además, Él sabe que me gusta tener iniciativa. Por lo que preparé minuciosamente todo el ritual para agasajarlo. Me incliné por lo más sencillo: Una cena en su restaurante favorito: Discreto, elegante, de diseño minimalista y donde Él está bien “considerado”.
Recuerdo una de nuestras primeras veces y la complicidad entre Él y el maître. Aquellas miradas y gestos eran de dos personas que se conocían bien por lo que deduje que aquello había sucedido alguna otra vez.

Me encargué de elegirLe la ropa que más acorde iba a la ocasión y la que más Le gustaba: Su camisa blanca, impecable e inmaculada; su pantalón de raya diplomática; sus calcetines y sus zapatos brillantes, colocados a los pies de la cama; su cinturón, enrollado, y, de igual modo, su foulard. Me encanta cómo se maneja con los pañuelos. Le da un toque informal que me vuelve loca. Y la americana y el chaleco, prenda imprescindible en Él, colgados de una percha en la manilla del armario ropero.

Tenía tiempo y necesitaba relajarme. Llené la bañera y me sumergí.  Enseguida me vino a la mente una visión de Él. PensarLe y relajarme son dos acciones contrapuestas. No puedo evitar tener la sensación de que me toca o me susurra, o que el agua es Sus Manos Maestras. Siempre que me acaricio en su ausencia, logre o no llegar al clímax, recuerdo aquella ocasión, ingenua yo, en la que se me ocurrió hacerlo y contárselo después, como algo gracioso, como algo que le podría gustar. Sí, le gustó pero “no puedes hacerlo sin Mi permiso”, me dijo. Aquello me cabreó muchísimo pero no tanto como me excitó.

Me gusta estar perfecta para Él. Por dentro y por fuera.

Desnuda, caminé hasta el dormitorio. Me senté sobre la cama donde estaba mi ropa interior –negra porque Le gusta- extendida junto a la Suya. Me pasé mi braguita y escuché la llave. Se aceleró mi pecho. Me alcé sobre los zapatos y fui a recibirLe.


Mi sonrisa ocultaba no solo mi inquietud por la sorpresa sino, también, mis ganas continuas de Él. Me quedé de pie. Manos a la espalda y esa mirada complaciente fija en Él.

Sentí Su Mano en mi mejilla y luego en mi mentón, elevando mi rostro para poder asentar Su Mirada en la mía.
Me traspasa su intensidad, ese matiz verdusco del marrón de Sus Ojos. Unió Sus Labios a los míos y penetró mi boca con Su Lengua, recorriéndola en su totalidad. Me muero cuando me besa así, con esa violencia que casi me adormece la boca. Hace que tiemble entera, que desee que no termine jamás. Y cuando me abraza utilizando ese gesto casi seco, de un “ven aquí” pegándome a Su Cuerpo para sentirLe, me derrito. Es mi vicio. Es algo casi delirante.

- Mi gata…Mi leona… -musitó, pasando Su Brazo alrededor de mi cintura, aupándome y así pude susurrarLe mi ronroneo, mi maullido. Sé que eso Le pone a mil. Y es lo que yo necesitaba de Él.
- Tengo una sorpresa para Ti –le dije.
- ¿Sí? ¿De qué se trata? –me preguntó mientras Le ayudaba a quitarse la americana.
- Ven –Le tomé de la mano para llegar hasta la habitación- He pensado que podríamos salir a cenar, si a Ti te parece bien.
- Me parece una idea estupenda.
- Gracias –le sonreí.
-¿Me ayudas? –Parecía una pregunta pero no lo era. Hizo ademán de desabotonarse la camisa. Y así procedí mientras quería saber más de mi idea. Le conté todo menos mi sorpresa.

Cuando tuve que deshacerme de su ropa interior empecé a estremecerme más. Sé que Su Sexo es mi locura. No estaba erguido del todo pero se notaba cierta excitación. Le miré, buscando su consentimiento. Afirmó con un gesto y me situé a sus pies, dejando mi cara a la altura de Sus Caderas. Comencé a acariciárselo, despacio, sin dejar de mirarLe, como sé que Le gusta; hasta que logré poner Su Miembro erecto y firme. Lo percibí creciendo entre mis manos mientras ya salivaba para recibirlo en mi boca. Lo elevé entre besos y lamidas… Cada lengüetazo iba rítmico a su respiración, al movimiento leve de Su Cuerpo sin llegar a embestirme pero apurando la entrada, induciéndome.

 Y era así cómo yo alcanzaría mi premio de aquella tarde.




Me mantuvo la cara sujetándome la barbilla mientras calentaba su pene. Hizo ramal de mi melena y me aproximó a Él con fuerza. Su Balano se hizo sitio entre mis labios hasta que todo el tronco tomó la profundidad de mi garganta. Es repentinamente agónica esa sensación de arcada que me suele costar controlar cuando Su Gesto es tan directo. Afiancé mis manos en Su Trasero y empezó a bombear en el interior de la boca mientras me decía esas palabras que venidas de Él suenan excitantes, deliciosas…, como un rugido.
Mi boca exudaba una densa saliva. Notaba el lagrimeo de mis ojos mezclándose con mi saliva. Su Carne se hacía invasora de mi cavidad sin piedad alguna. La mantenía dentro, ahogándome el aire, soltando suave para volver a irrumpir.
Arreciaba su movimiento y el sentimiento reflejado en Su Cara, el placer que emergía en jadeos, el apretar de Sus Dientes en cada embate, la fuerza de Su amarre… y yo, entregada, de rodillas ante Él, entre sus piernas, disfrutando de la profanación de mi boca, del gusto de Él como la mansa hembra que se Le da plenamente a la que no da tiempo a pensar, solo a actuar de forma instintiva, primitiva.

Sí, soy Su gata, Su puta leona… Y me encanta serlo. Me hace digna de ese apelativo. Me hace Única pues a nadie llamó así. Gata cuando quiere jugar. Leona cuando somos dos titanes en plena lucha de deseo. La misma hembra en Sus Manos. La misma mujer. La misma esencia que se moldea a Su Voluntad sin dejar de ser propia.

Mi premio ya es Él pero siempre hay un aliciente más.
Se apartó de golpe. Se inclinó y me besó a boca abierta, dándome el aire que me faltaba, compartiendo nuestras salivas. Me levantó con energía y me inclinó sobre la cama. Unas palmadas sonoras en mi trasero. Alerta, mujer.

- Te voy a follar como me gusta –roncó a mi oído mientras tiraba de mí, obligándome a arquear la espalda. Prendió de mi braga, metiéndomela como una correa entre mis labios mojados. Me echó lo brazos hacia la espalda y me sujetó fuerte de la muñecas.  Un par de palmadas más-. ¡Levanta el culo, joder!



Me penetró decididamente, empezando a moverse sobre mi cuerpo entregado, agitándolo el son de Sus embates. Podía escuchar el sonido de las pieles en fricción, sus quejidos de empuje, ese eco de mi trasero recibiendo su acometida. Estaba salvaje, rudo, egoísta, y lo deseaba así en esta ocasión. Me sentía usada y eso provocaba en mí una excitación extra.
Mi interior parecía explotar.  Sabía que Él aún aguantaría un poco pero yo estaba ya al límite.

- ¡Córrete, vamos, hazlo! –reclamó sin dejar de taladrarme. Me había soltado las manos. Notaba las Suyas apretando mis nalgas, cacheteándolas… Amasando, tomando fuerza de combate hasta que me vertí. No por eso amainó su gesto. Empezó a bombear todavía más, mientras yo pensaba que no terminaría de correrme.
Volvió a sorprenderme. De nuevo se apartó. Me cogió con nervio y me postró de rodillas en el suelo. Tomó Su Polla entre las manos, y sabía que se venía.

Su bálsamo derramado sobre mí, en cada parte de mi cuerpo, a modo de bautizo, de bendición. Rellenar mi boca hasta explosionar… Intentar no perder ni una gota. Relamerme de gusto y rugir sin dejar de mirarLe. ArañarLe la piel y saber que Su Mano se estamparía en la  mía.

El carmín de mis labios se perdió en Su Miembro, dejándolo marcado. Y Su Simiente se convirtió en el manjar más delicado del día. Nada mejor que oírLe gemir guturalmente mientras pronuncia mi nombre. Nada más agradable que compartir un beso blanco, fruto del deseo de ambos. O sentir la usurpación de Su Lengua en cada recoveco de mi boca, reventando en mis dientes mientras su germen se diluye entre nuestras lenguas.

Se arrodilló frente a mí y me abrazó con la misma ternura que rudeza había empleado en follarme. Me sentí tranquila, agotada y reventada, pero cuidada. Él es así. Los dos jadeantes, con Su Sabor en la boca, con Su Semen escurriéndome, tocándonos a los dos… pero qué importaba. Era, es, algo nuestro.
Sentir su calor, sentirme entre sus brazos, acunada en ellos mientras mi aliento se recupera, mientras la fiebre de mi sexo y de mi piel se calma, mientras mi temple se recompone… Esa sensación es maravillosa. No puedo menos que darle las Gracias.

- Vamos a ducharnos, cielo… Y luego a cenar.

Aproveché que seguía en la ducha y me contaba no sé qué para regresar al dormitorio.
Había comprado un vibrador de esos de control remoto inalámbrico. Le entregaría este en el momento de subirnos al coche. Pasaría inadvertido entre las llaves... Aunque eso, a Él, sé que le daría igual. Es un canalla y lo sabe. Aquella vez que me dijo que si no sabía que era un Dominante iba a comprobarlo…
Metido en mis entrañas y con el mando en su poder, podría delirar en cualquier momento, ponerme a maullar como una felina en celo. Arañar la mesa como una leona rabiosa. ¡Diez velocidades! ¡Qué locura! Y seguro que  Él sabría regocijarse en ello.
Me puse el huevo vibrador. Respiré hondo y me sentí muy nerviosa. Antes y después de la follada.

Le ayudé a vestirse. Después, simplemente, Él observó cómo lo hice yo, paso a paso… Sin perder detalle sobre mí. Sabiéndolo, me recreé en cada movimiento. Sé que Le excita, que disfruta... Y le doy lo que quiere... y quiero.



Me tomó de la mano y no me soltó ni cuando salimos de casa. En el ascensor fue tierno. Jugaba con mis dedos entre los suyos. Se acercaba, me besaba en la mejilla. Tiraba de mí y llevaba mi brazo sobre mi espalda para pegarme contra su pecho. Besaba mis labios con su sonrisa... y dibujaba la mía.

Cuando llegamos al coche, antes de entrar, mientras Él me mantenía la puerta del vehículo abierta para que yo me metiera, le entregué el mando.

- ¿Qué es?
- Una pequeña sorpresa. Ábrelo y lo sabrás- sonreí. Quería ver su cara y esperar su aceptación.
- Mi puta leona –dijo suave pero al tiempo con tono profundo. Tomó mi rostro entre Sus Manos y me besó. Primero en la frente. Luego en la mejilla y, sin despegar sus labios de mi piel, llegó a mi boca-. Gracias, cielo... Tenemos toda la noche. Primero un cóctel, luego la cena… No solo tú tienes planes... 

Le delataba aquella media sonrisa.
Temblé...

Atrás...


martes, 18 de abril de 2017

Felina Azul...



Me había adormilado en el sofá y, al despertar, mi corazón latía a mil. Aquella taquicardia me alertó. Miré a mi alrededor y no Le vi. El silencio reinaba en la casa. Afuera, la nieve no dejaba de caer. Los cristales estaban casi totalmente empañados.
Me acerqué hasta la ventana. Contemplé el paisaje y recordé que, en esa misma posición en la que ahora me encontraba, la noche anterior, Él me abrazaba y podía ver nuestros cuerpos reflejados en el cristal. Me estremecí al sentir la realidad de ese momento.

Su respiración pegada a mi cuello. El perfume de su piel embriagándome entera. Sus manos, desde las mías, despacio, ascendiendo por mis brazos hasta el cuello; cruzando sus brazos por debajo de mi pecho, diciéndome cosas bonitas que me erizaban la piel… Mi cuerpo temblaba entre sus brazos como en este mismo instante. Podría pegarme el día entero pensando en Él, recreando cada una de sus palabras, la emoción que me produce su presencia, la sensibilidad con la que me habla… Y ese “eres Mía” cuando se convierte en quién lo controla todo. Y, entonces, yo, mujer tan fuerte como sensible, me convierto en ese ser que se deshace en sus manos, que adquiere el papel de su deseo en carne y hueso… Y de mi aliento surgen, irremediablemente, suspiros de hembra felina: “Mmmmiauuuuuu!
Maullido de leona azul. Su leona. Mansa unas veces. Salvaje, las otras.

Y mi ser, convencido como mi mente, de a quién pertenezco, se curva: los brazos delante, apoyándome en las palmas de las manos; mis piernas, apoyadas sobre las rodillas… Mis pasos, taimados, y mi mirada fija en los ojos de quien domina mi mente en esos momentos. Mi cuerpo entero contoneándose como hembra mimosa, sedienta de caricias, se encamina hacia Él, quien me aguarda, me espera, tan deseoso o más que yo, seguro de Sí Mismo, con el arte del imperio en su mirada. No es necesario que diga nada. Sé lo que tengo qué hacer. Sé lo que espera de mí.

Un escalofrío recorrió mi piel. Me dolían los pechos y la erección de mis pezones producían una sensación placentera. Mi sexo se contraía. Podía notar cierta humedad palpitando entre mis labios y unas tremendas ganas de sentirme poseída y consentida, en esa mortificación y desesperación a la que es capaz de llevarme el hombre al que amo. Sí, reconozco que me hace grande, más de lo que soy ya por mí misma.
Me siento libre en toda la extensión de la palabra, con la capacidad de ser y sentir, de estar y en mi "despertenencia" soy más yo y más Él.


Retrocedí sobre mis pasos. Mis pies descalzos percibían la tibieza del suelo de madera. La falda de mi vestido azul se agitaba sobre mis muslos. Mis brazos y mis hombros quedaban cubiertos por aquella chaquetilla de angora de suave tono azulado. Le busqué. Busqué al hombre que me protegía y Le hallé en el estudio. Estaba ensimismado en sus cosas, repasando documentación relativa a su trabajo. Estaba tranquilo. Me gusta. Le amo. Le deseo. Le observé desde el quicio de la puerta, sonriendo.
Mi Señor levantó la vista. Me sonrió y le correspondí. Comencé a caminar hacia Él, bordeando la mesa. Apoyé mis manos sobre sus hombros. Respiré profundamente, para emborracharme de Él. Bajé mis manos sobre su pecho, por encima de su impecable camisa blanca.

Él siempre es elegante e impecable en gestos y en percha. Me gusta acercarme a su vestidor y pasar la mano por sus camisas perfectamente colgadas por colores: blanco, rosado, azul, morados… Rayas, cuadros. Sus cinturones: enrollados en el cajón. Sus corbatas. Sus fulares. Sus trajes de corte italiano: de rayas diplomáticas, en negro, en gris marengo…, de ojo de perdiz, de cuadritos Vichy... Y al otro lado, la ropa de verano.
Todo huele a Él.
Todo es Él.

No hubo palabras entre nosotros. Besé su mejilla, busqué el lóbulo de su oreja derecha… Le musité Su Nombre y le rugí suave, lánguida pero crecida, insinuante pero tímida… Y Él, aparentemente, impasible, Dueño de la situación.
Me separé. Lo justo para poder girar la silla y quedar frente a frente. No dejé de mirarLe y no dejé de ser correspondida con la profundidad de su mirada. Su rostro serio, marcando una distancia ficticia pero necesaria. Mi corazón latía fuerte y mi respiración parecía entrecortarse. Sus ojos me inquietaban y el dibujo de su boca me daba la calma que necesitaba.


Me apartó, y tomándome de la mano llegamos hasta el sofá. Ahí se se sentó con las manos apoyadas en Sus Piernas; y yo, delante de Él. Sabía que tenía que desnudarme y hacerlo despacio mientras me observaba, en silencio, sin dejar de mirarnos. Me arrodillé a Sus Pies. Lo hice despacio como si mis movimientos estuvieran estudiados. Más bien innatos. Seguía manteniendo mi mirada en Él aunque, en ocasiones, era una lucha por conservar la compostura. Sentada sobre mis pantorrillas, coloqué mis manos sobre mis muslos. Mi Señor extendió el brazo y con Su Mano acarició mi mejilla. Primero con la palma hasta el mentón. Luego, con el reverso de sus dedos hasta mis labios, separándolos suavemente. Instintivamente, ellos correspondieron a su contacto, y besaron Su Piel. Me incliné protegiéndome en su cuerpo pero como si me diera paz.

Al retirar el gesto, pasaron los segundos necesarios para que tomara mi propia iniciativa. Pasé mis manos por sus piernas, lentamente, hasta llegar a los pies. Deshice la lazada de los cordones de uno de sus zapatos. Despacio, pausadamente…, dejando el accesorio a mi derecha. Hice lo mismo con el otro, con el mismo ritmo. Después los calcetines, negros como los zapatos. Masajeé Sus Pies, dedo por dedo, subiendo por el empeine hasta los tobillos. En realidad, no eran masajes, eran sencillas caricias.

Le volví a mirar y Él me esperaba. Me estiré, permaneciendo con las rodillas clavadas al suelo. Botón a botón, descubrí la piel de su pecho: suave, tibia, sin apenas vello… Sobre su pecho mis dedos parpadeaban. Arriba…, Abajo… Como de norte a sur y de este a oeste, en cruz conversa e inversa.
El cinturón: Una pequeña traba de la que me deshice. El botón del pantalón y la cremallera.

Volví a mirarLe. Busqué Su Sexo bajo la ropa que le quedaba. Lo palpé, lo excite y lo besé... Y emergió erguido, erecto… Un manjar para mis manos, para mis labios y boca, para cada trinchera de mi (su) cuerpo. Con mi mirada le pedí ayuda para poder desnudarLe. Levantó las caderas y le quité la ropa, dejándolo solo con la camisa. Mis uñas, dócilmente, rasparon su piel desde los muslos hasta debajo de las rodillas y retrocediendo sobre su camino hasta que mis manos se encontraron con su miembro. Lo atrapé entre ellas, delicadamente, como si tuviera entre mis dedos la flor más delicada. Ascendí sobre su tronco… Descendí de retorno hasta que mis labios se vencieron sobre Él, como un manantial para calmar mi sed.

Me tomó fuerte del pelo, dejando mi rostro a la altura del suyo. Se acercó a mi labios. Noté la punta de su lengua abriendo mi boca... Su saliva entrar en ella, invadiéndome, haciéndome tragar. Su mano libre sujetando el cuello. Una ligera presión notando mis músculos. Me apartó en un gesto rápido, enérgico, llevando mi cabeza a su entrepierna. Se clavó en mí, atravesando mi garganta, provocando un momentáneo ahogamiento. Él medía el tiempo y mi aire. Mi lagrimeo se contundió con mi saliva aya el roce regio de su mano libre contra mi mejilla me puso en alerta, como el azote a una montura para que arreara más.

  

Mis labios entre abiertos, reverberados sobre el bálano caliente, descendían por el tronco hasta la base, sintiéndolo palpitar y crecer en mi boca mientras mi sexo se cristalizaba de fluidos. Camino de descenso complementado con el de ascenso. Repetido en pautas fielmente aprendidas hasta mi desesperación, hasta que mis ansias se edificaban en gemidos, susurros y respiración inconexa. Y es así como a Él le gusta tenerme: A sus expensas, bajo su control… Mojada, suplicante…

Sus palabras, aún sin decirlas, repicaban en mi mente como en mi sexo, incitándome a entregarme todavía más, a implorar, a ser solícita a sus peticiones y reclamos silentes. A horcajadas sobre sus caderas, me balanceaba sobre la cumbre de su sexo, rozando el mío, abriendo mis labios bañados de la esencia que afloraba de mis adentros. Movimientos lentos y consentidos, golpes densos en el vértice de mis ingles. Empuñadura de Su Hombría buscando mi placer antes que el mío, envainada en mis entrañas, ardientes como las brasas de un infierno, el infierno en el que me consumía, que me exasperaba, luchando con uñas y dientes ante su bravura: la que me golpeaba y aceleraba, la que me renunciaba…

- ¡Vamos, mi reina, vamos! Demuéstrame que tú sí sabes… Demuéstrame quién eres…


Sus Manos apretando mis nalgas, elevándolas, clavando los dedos, buscando el centro, mientras como cuchillo en membrillo, me invadía, izando las caderas ante mis hincadas. Mi cuerpo temblaba cual el de yegua desbocada, asida de los pechos hinchados por el deseo y sublimados mis pezones en las yemas maestras de Sus Dedos. Mi boca seca, su respiración entregada, Su Cuerpo entero… Mi razón perdida.

El éxtasis llegaba y me pedía más y más.
Sus palmadas en mis piernas, su incursión en mi ano…
La mujer saltando sobre sus piernas, atrapada en esa codicia, en esa voracidad y en ese egoísmo de ser tan Suya como mío es Él.
Me hallaba perdida en esa hecatombe de sensaciones que me llevan a ser solo de Él, a cumplir Sus Deseos sin que sea necesario que los revele… porque yo soy Su Hembra, la hembra que Él ha elegido, a la que enseña y engrandece, a la que se entrega, a la que mima, a la que cuida, a la que salvaguarda y protege… A la que respeta, por la que muere en su falta de proclama…
Sí, esa soy yo, la única para Mi Señor.
Él es Mi Dueño. Es Él mi sustento, el aire que respiro...

Vencida en mis espasmos, llena de Él, sobrepasada de Su Esencia en los poros de mi piel, en el centro de mis entrañas y “contraentrañas“; plena de Él en cuerpo y alma, fui mujer derribada en el suelo pero protegida en el calor de Su Cuerpo, sosegada en y con el tacto de Sus Besos; con y en la ternura de Su Mirada; en y con la calma de Sus Palabras…

- Y eres Mía… Me perteneces. Soy Tu Dueño… pero tú lo eres todo para Mí.

En mi boca el estallido de Su Beso: Denso y profundo, delicado y entregado… hasta el final.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Lo que tú quieres... (Lo que yo deseo)

Percibí su mirada atravesando la mía. La sentí como si fuera un puñal narcotizado clavándose en mis adentros. Mi piel comenzó a arder. Una sensación incómoda me asaltó. Por un momento mi cuerpo empezó a temblar, mi respiración se acentuó. La notaba subir desde mi pecho. Más aún cuando avanzó aquellos dos o tres pasos que nos separaban. En cambio, no dejé de mirarle a los ojos. No le retaba pero no iba a bajar la mirada aunque me invadieran la cobardía y las ganas de salir huyendo de allí. 


Podía sentir su respiración acariciando mi boca. Su pecho estaba casi pegado al mío. Una fina hoja de papel tal vez pasara entre ambos. No me tocaba. Mis brazos permanecían paralelos a mi cuerpo, pegados a él. 

- Eres aun reto para mí… Y lo sabes demasiado bien. 

Tenía razón. Lo sé, del mismo modo que sé el efecto que produce en mí su presencia. Y eso, él lo sabe también como yo. 
Sus labios se aproximaron más a los míos pero siguió sin tocarme. En cambio, alzada sobre mis tacones, casi pierdo el equilibrio cuando una de sus manos se posó sobre mis nalgas para halarme hacia él. Mi pecho golpeó su cuerpo y sentí la dureza de su sexo pero no moví un ápice de mi cuerpo. Me mostré regia y erguida aunque me faltaba el aire y seguía temblando de excitación. Ya no podía ver su mirada pero podía percibirla. Su respiración era fuerte. Aseguraba su excitación y los efectos que yo producía en él. 


Me separó las piernas con la rodilla. La medida justa para que su mano se colara entre mis muslos sin vergüenza, con decisión, como si le diera igual pero sabía bien lo quería, cómo y cuándo: Yo. Entregada. Ahora. No creo que fuera a sorprenderse si me encontraba mojada pero tal vez sí si no encontrara traba alguna para rozar mi piel. 
Sorpréndeme, me había dicho. Y le sorprendí. 

Sus dedos rozaron la humedad de mi piel, el pliegue erizado que protegía mi bulbo erecto e introdujo dos lentamente, abriéndolos cuando ya estaban completamente empapados de mí. Respiré hondo. Gemí. Quería beber de su boca pero él puso la barbilla. Me marcó la distancia y la boca mientras un inmenso placer me invadía. 

- Sabes que te follaría aquí mismo… como a mí me gusta, como a mí  me plazca… 

Para entonces ya estaba rendida, entregada, dominada. Me tomó del pelo y tiró de él para que yo me arqueara. Besó mi cuello. Lo mordió… Suave de entrada. Un mordisco más intenso en la base. Otro en el lóbulo de la oreja, tirando de él. Se apartó y me obligó a mirarle. Su mirada parecía haber cambiado de color y su semblante era serio. Sus dedos no dejaban de usurpar mi interior y de pellizcarlo. Me sentí morir. Tan húmeda estaba que temí no poder controlar aquella conmoción. Deseaba ser suya en ese momento. Sin espera. Quería que me poseyera… 

- Dímelo… Pídelo. 

Y no iba a ser dulce la respuesta. No iba a ser un “¡Oh, sí! ¡Hazme tuya! ¡Deseo que me poseas!
¡Noooo! 
Fue un rotundo “¡Fóllame!” 

Me soltó. Se desabrochó el pantalón y su miembro surgió henchido, grueso, erguido… Me volteó, venciéndome contra la pared. Me levantó la falda y volvió a abrirme las piernas con su rodilla y su pie… Me embistió de golpe. No hubo resistencia. Se quedo quieto. Se inclinó sobre mi espalda, me tomó de la barbilla y me giró la cara para que le mirara… 

- Ahora me darás lo que quiero…


lunes, 27 de julio de 2015

Sobre tus piernas...

Te oí abrir la puerta de casa. Silbaste como de costumbre esa canción que anuncia tu llegada. Llegaste al salón y yo estaba en el sofá, con mi té en la mano y el libro abierto boca abajo sobre el asiento que quedaba libre a mi lado.
Dejaste tus cosas en la silla y en la mesa, y te acercaste hasta mí. Apoyaste una mano en el respaldo del sofá y la otra en una de mis piernas. Tu boca se estrelló contra mis labios y el perfume de tu piel se coló hasta mis pulmones. La sensación de ese beso me supo a poco y quise más. Alargué ese beso cuando querías alejarte. Tu lengua se prendió entre mis labios y empezó a jugar con la mía.

Te sentaste a mi lado. Me abrazaste. Tus manos se aliaron con mi cuello y mis mejillas. Mis brazos se cruzaron sobre tu espalda, aferrándome a tu cuerpo cuando te inclinaste sobre mí, quedando sobre mi cuerpo: Tu pecho pegado el mío. Y ese beso en la frente, que me vuelve loca. Y luego, tu boca clavada sobre mis labios. Mis piernas se abrieron para acogerte en el hueco que dejaron hasta que tus caderas se apoyaron en las mías.


Sentí como crecía tu deseo bajo tu pantalón, sobre mi ropa. Tus manos me recorrieron, desde la garganta, con tu boca entreabierta; hasta mis pechos, donde tus manos los coparon; donde tus dedos desabotonaron mi camisa y dejaron mi piel al descubierto. Sin trabas, sin telas que la escondieran.
Tu respiración se aceleró. Tu voz se perdió en un gemido. Tu saliva se revolcó con la mía en aquel beso denso, profundo, que parecía querer atravesar el hueco de mi garganta.

Te ayudé a abrirte la camisa y, mientras yo tiraba de mi pantalón, tú, de pie al lado del sofá, te quitabas el tuyo. Tu sexo emergió con fuerza tras retirar tu bóxer. Te acercaste hasta mí. Me tendiste la mano para levantarme. Te sentaste y me invitaste a hacerlo sobre ti… A horcajadas me coloqué sobre ti, percibiendo la erección de tu miembro rozando mi sexo, sin dejarlo entrar.

 

Nuestras bocas jugaban a ser una. Yo me movía encima de ti, dejando que tu pene profundizara en la línea que forman mis labios henchidos de deseo, mientras el vértice de mi sexo, la femineidad hecha perla, crecía con mi excitación, al roce de tu piel hecha músculo…
Sentía tus manos agarrando mis nalgas, oprimiéndolas, juntándolas y también separándolas, aupándome sobre tu sexo, intentando clavarlo en mi carne. Esa altura, favorecida por mi impulso, permitía a tu dedo buscar el anclaje al final de mi espalda y  tener mis pechos al alcance de la boca.
Erectos mis pezones, llamativos timbres en alerta, se hundieron entre tus labios. Primero uno. Luego, se vencería el otro. Tus dientes los aturdían. Los labios los consolaban. La lengua los bendecía… Y tu boca entera, los enterraba.
Pero mi excitación provocaba que mi sexo se llenara de esencia, que mis efluvios exudaran de mis carnes, mojándote, confundiéndose con tu borrachera de sensaciones, hasta que en ese grito vestido de gemido, con la garganta seca pese a la saliva de tu boca, fuera la llamada de guerra en la que tu cuerpo y el mío se fundieran por completo.

Mis alzadas sobre tu sexo. Las clavadas del tuyo en el mío. Tus líquidos. Mis fluidos. Mis pechos arrugados bajo tus manos, presas hinchadas de deseo. El retorcimiento de mis pezones bajo las yemas de tus dedos.
Y las miradas perdidas y al mismo tiempo, fijas la una en la otra, como mareadas, como incandescentes… Vibrando de deseo, de entrega, de calor, de fuego…, de esencia tuya… y mía.
Tus gemidos… Mi respiración entrecortada.
Tu respiración ronca y mis jadeos.
Y mi sexo inundado del tuyo. El tuyo impregnado de mis jugos, de la esencia de tu vida y de la resurrección de la mía.
Y en ese abrazo, ese que nos separaba apenas un pálpito, te derramaste en mí, escupiendo esa savia blanca que se fundió entre mis paredes calientes, oscuras y mojadas, lavadas tras un instante con ese río de lava transparente que nació de mí…
Y en ese orgasmo compartido, en ese cúmulo de espasmos, de sacudidas inflamadas de sonidos parpadeantes, tu cuerpo exhalado y el mío padecido, perecieron juntos en resurrección postrera.

Sí, ese fue mi recibimiento… Un momento de arrebato que tenía que estallar entre mis piernas sobre las tuyas.

viernes, 10 de julio de 2015

Me regaló una puta...

Observaba desde aquel ángulo a los invitados a la fiesta.
Mi mirada se detuvo durante largos minutos en aquella mujer. Sé muy bien cuando una mujer es bella. No me importa reconocerlo.
Y ella lo era.
Tenía muy buen tipo y una larga cabellera dorada. Todo lo contrario a mí, es cierto, pero no sentí que tuviera nada que envidiarle.
Estaba ensimismada en pensamientos tontos. Nada del otro mundo, cuando Él llegó por detrás de mí y me susurró algo al oído. Es como un gato muchas veces y cuando me abstraigo de todo, siempre me pone en alerta.

- ¿Qué ven los ojos de Mi Putita?
- ¿Eh? –pregunté, girándome.- ¿Qué dices?
- ¿Te gusta? –me preguntó mientras me rodeaba la cintura con sus brazos y  me hablaba al oído.
- ¡Déjate de tonterías! Hay que atender a los invitados…

Su mano, nada disimulada, se perdió en mis nalgas, apretando una de ellas.

- Todavía no te he dado mi regalo de cumpleaños pero espero que te guste…

Le vi hablar con esa mujer durante mucho rato, pero no le dí mayor importancia. Yo seguí atendiendo a mis invitados hasta que al cabo de unas cuatro interminables horas, se retiraron los últimos invitados.

Cuando ya iba a retirarme, vi a mi Dueño que estaba hablando con la empresa encargada del catering, por lo que yo decidí subir a la habitación a darme una ducha. Estaba realmente agotada.

Dejé que el agua cayera sobre ni cuerpo. Apoyé las manos en la pared y el agua golpeó mi espalda… No quise pensar en nada, pero sentía curiosidad por saber cuál sería Su regalo de cumpleaños. Es muy suyo, muy a su manera y, aunque ya  poco debiera sorprenderme sobre El, siempre, siempre consigue hacerlo.


Estaba ensimismada en esos pensamientos cuando, de pronto, se abrió la puerta de la ducha… ¡Me asusté!

- ¡Me has asustado!

- Lo siento…, no te inquietes. Ya está todo solucionado. Ven…- me pidió, tendiéndome una toalla.
- Pero… ¡Si estoy duchándome!
- No repliques tanto…Te pasas media vida protestando… Ven…

Me lo ordenó con tanta suavidad como autoridad. Me envolví en aquella toalla y Él me ayudó a secarme un poco el pelo…

-¡Cálzate!  -me dijo.

Me tomó de la mano y cruzamos el vestidor hasta llegar a mi amplia habitación. Me quedé helada. A los pies de la cama, desnuda, se hallaba la mujer rubia del jardín.

- ¿Qué significa esto? -pregunté a mi Amo.
- Es tu cumpleaños y si me apetece regalarte una puta, te la regalo… Y la vas a disfrutar. Pide que haga todo lo que tú desees. Hoy mandas tú. Su cuerpo y su mente se someten a tu voluntad… Haz disfrutar a Tu Señor… con el regalo que te ha dado.

Hizo una leve pausa y continuó:

- Ahí tienes todo cuanto puedes emplear… para ti o para ella… Como dispongas… Tú pones el límite…


Vi sobre el banco, a los pies de la cama, toda esa serie de artilugios con los que mi Amo solía jugar conmigo…, y algunos más que nunca había visto hasta ese instante.
Me besó en la mejilla y se separó. Fue a sentarse al butacón que había en un lado de la cama y allí se acomodó. Le observé. Tan digno, tan Señor, tan... Él.
Miré a la chica y ella me sonrió. Obviamente sabía para lo que estaba allí y me estaba esperando. Observé su cuerpo desnudo, la redondez exuberante de sus pechos operados…, el vicio en su cara…, las ganas de todo…, de no sé qué…

Y en ese instante me sentí perdida.

Una sola vez antes había estado con una mujer, y me costó muchísimo soltarme… Y ahora, sin previo aviso, mi Amo me volvía a poner en bandeja un nuevo juego, al que no sabía si sabría jugar o si sería capaz de estar a la altura de las circunstancias. Mil y un pensamientos se amontonaron de forma inconexa en mi excitada mente.

Dejé caer la toalla al suelo y me mostré desnuda, con el pelo mojando cubriéndome la espalda, y aun escurriendo brillantes gotas hasta el suelo.
Le indiqué a la puta con la mano que se acercará hasta a mí.
No sé por qué, de pronto, me entraron unas terribles ganas de abofetear a aquella mujer. No tenía ningún sentido, pero ella obedeció, y mansamente se acercó hasta mí. La miré, pero ella dirigía su mirada hacia el suelo. Le obligué a subir la cara, colocando mis dedos en su mentón. Su mirada se cruzó con la mía…, y le estampé una sonora bofetada en su mejilla. El chasquido resonó en toda la habitación. Le miré a Él, y mi Dueño permaneció impasible, con una pierna sobre de la otra, el brazo apoyado en el reposabrazos de la butaca y la mano contraria sujetándose el mentón. Mi Amo sabe que yo no tolero los golpes en la cara, y sin embargo, sin ningún motivo, yo le había propinado uno bien sonoro con la palma de la mano abierta a aquella mujer a la que no conocía de nada y contra la que nada tenía.

Ella me escupió.
La verdad, no me lo esperaba. Así que volví a cruzarle la cara.
A mí no me escupe nadie y menos a la cara.
Esta vez la bofetada fue más fuerte.

La cogí del pelo con toda mi fuerza y la obligué a arrodillarse ante mí, pero no le hablé, no le dije nada. Ni una palabra, ni un reproche.
El silencio, como me dice mi Amo, es lo mejor para alguien que no entiende.

Ya en el suelo, y de rodillas ante mí, la solté de mala manera, con rabia, y caminé hasta donde estaban los artilugios.
No sabía qué hacer, no sabía cuál coger…
No  estoy acostumbrada a ser yo la que los use, y por eso no sé usarlos adecuadamente. Tenía cierto temor y que se me fuera la mano, que le pudiera causar algún mal a aquella putilla que estaba allí mismo, desnuda, a mis pies…

¿Qué debía hacer? ¿Humillarla? ¿Provocarle dolor? ¿Placer?

Tal vez debería usarla como un saco en el que vaciar todas mis rabias y tensiones de las últimas semanas. Sé que no es justo, pero… ella era mi puta y podía hacer con ella lo que quisiera. Eso me había dicho mi Amo.
Así que, sin pensarlo mucho…
Cogí la fusta…

Como estaba de rodillas aún, hice que  abriera sus  piernas y que colocara sus manos en la espalda.

Le acaricié con la palma de la fusta la comisura de su boca, sus labios entreabiertos y sus sonrosadas mejillas, haciendo que la besara…
Llegué a continuación hasta uno de sus pechos, de erectos pezones, a los que rocé con la fusta, antes de darle pequeños y suaves toques con ella.
Por la cara que ponía, parecía gustarle,  pero yo ya pensaba en el siguiente movimiento, porque ella estaba allí para que yo disfrutara, no para su propio disfrute.


Si, algo había que cambiar.

De pronto, y sin previo aviso, azoté su coño rítmicamente. Ella daba pequeños grititos de dolor, y yo, de vez en cuando, le miraba a Él, y si veía que era ella la que lo hacía, yo se lo impedía cogiéndola del pelo y girándole la cabeza.
Como la muy puta seguía insistiendo en mirar a mi Amo, la volví a agarrar del pelo y la arrastré por el suelo, delante de Él,  hasta llevarla a la cama.
Al llegar al tálamo, me tumbé y le ordené que me acariciara entera, pero advirtiéndola de que no me tocara la cara por nada del mundo.

La muy perra no dijo nada, pero pronto sentí sus labios recorrerme entera, centrándose  en mis tetas, golpeando  mis pezones con la punta de su húmeda lengua y mordisqueando luego cada uno de ellos.
Mientras una de sus manos abarcaba mi pecho, la otra…, la otra seguía camino abajo, hacia mi sexo…, el cual ya se encontraba ardiente y húmedo.

La putilla se recreó con mi otro pecho, mientras sus dedos mojados en mis calientes flujos, empezaban a separar los labios de mi coño y buscaban ansiosamente mi clítoris.
Ante tal calentura, la cogí de nuevo por el pelo, y empujé su cabeza hacia mi entrepierna.
Ella entendió perfectamente lo que yo ansiaba y no tardó nada en alcanzar mi abierto sexo  con su boca.
Yo, por mi parte, le facilité la tarea, abriéndome completamente de piernas, y mostrándole  mi encharcado sexo en todo su esplendor…

- Cómemelo… -le ordené.

Ella se  acomodó mejor entre mis piernas y lamió mi sexo con su húmeda lengua.

- Despacio, zorra -le dije, mientras notaba sus dos manos aplicadas en mis tetas, pellizcando mis endurecidos pezones, tirando de ellos, de tal manera que yo apretaba los dientes de gusto y arqueaba mi espalda para lograr una mayor penetración de su lengua en mi enardecido coño.
Notaba el suave tacto de su lengua subiendo y bajando por mi depilado coño, enmarcado tan solo por unos escasos vellos en  el centro del pubis.
Ella empezó a lamerlo de un lado a otro. Luego haciendo círculos. Después de arriba abajo y vuelta a empezar, mientras mis caderas se movían al ritmo que ella marcaba…

Un instante después sentí la penetración de un dedo, pero no me incomodó dada la suavidad con la que entró…

- Más, sigue, no pares… -le decreté.

Y mi coño se fue abriendo también a sus dedos. Había observado que sus manos eran pequeñas, así que creo, aunque no podría asegurarlo,  que en un momento dado debió meter la mano entera en mi coño,  por cómo me tiraba allí abajo, pero el placer que sentía era tan supremo, que me abstuve de decirle nada…

Mi clítoris parecía querer reventar de gozo. Lo notaba henchido y tirante, y aquellos lengüetazos no eran para menos. Hundí su cara en mi coño con fuerza, presionándole la cabeza, para que me oliera, para que se ahogara en  mis jugos...
Pero yo no quería correrme aún, así que ella tenía que esforzarse en darme el máximo placer, pero de modo que llegara al umbral del éxtasis sin cruzarlo.

Presa de la pasión, me senté de rodillas, dejando que viera mi sexo en toda su grandeza. Ella respondió a mi oferta estimulándome el ano, con suaves caricias circulares empapadas de su saliva, mientras seguía acariciando mi sexo y dándole suaves golpecitos…


La muy puta sabía lo que se hacía.
Sabía mejor que yo lo que yo quería, que era, simplemente, disfrutar…
Y demostrar a Él que podía hacerlo y que podía cumplir su voluntad…, fuera la que fuese.
Aunque no sabía si era eso lo que Mi Señor esperaba de mí…

Tenía a mano varios vibradores, de diferentes tamaños y diferentes velocidades. La rubia se introdujo uno de buen tamaño en la boca para humedecerlo y templarlo, y después empezó a pasarlo por encima de mi empapada raja, terminando de lubricarlo con mis calientes y espesos fluidos, hasta que lo introdujo en mi coño y empezó a moverlo dentro y fuera, acelerando más y más,  mientras notaba su dedo entrando y saliendo de mí ya dilatado ano.
Yo me rompía de placer cuando notaba como como ambos, dedo y vibrador, se acomodaban dentro de mí  al mismo vaivén.

Mi respiración era cada vez más fuerte y los gemidos retumbaban en la habitación,  aun cuando yo intentaba ahogarlos sobre la almohada…

Dos dedos torturando mi ano…, entrando y saliendo de él sin compasión, mientras el vibrador traqueteaba en mi coño mojado y, al mismo tiempo,  gozaba con  aquellas palmadas en mis glúteos.

Como pude, le indiqué a la puta que sacara sus dedos de mi extendido culo y que usara su lengua, que me penetrara con ella, que me lamiera y que me mojara tanto que pareciera que me hubiera corrido. Ella obedeció sin rechistar. Le miré a Él y me guiñó un ojo.
Lo estaba haciendo bien, según parecía.

Como aún quería algo más, tumbé a la perra de espalda sobre la cama. Cogí aquellas esposas y la aprehendí de las muñecas para atarla al cabecero del mueble. Después me senté sobre su cara, con las piernas bien abiertas, y dejé que me lamiera de nuevo mi encharcado sexo, mientras yo me movía de adelante hacia atrás, o bajaba y subía….

Apretaba tanto que sentía como la ahogaba con el peso de mi cuerpo, y notaba como su rostro se clavaba en mi coño.
Quería correrme sobre su cara y que se bebiera toda mi corrida…

Le tapé la boca, dejándole sólo un pequeño resquicio para poder respirar por la nariz.
Percibía esa sensación de agonía en sus ojos, pero ni aun así me detuve.
Sabía que podía respirar.
Le pellizcaba sus pezones y tiraba de ellos con fuerza, retorciéndolos…
Me excitaba oyendo sus gritos y usaba  la fusta sobre su cuerpo para que  se retorciera de dolor…
No me importaba su sufrimiento.
Sólo me importaba el placer que pudiera proporcionarla a Él, a mi Dueño, mi Amo, mi Señor,  y el mío propio.

Tuve que agarrarme fuerte a los barrotes del cabecero cuando empecé a sentir aquellas acometidas eléctricas recorriendo todo mi cuerpo.
Estaba a punto de estallar.

- ¡¡¡Abre la boca, puta!!!

¡Cuántas veces me había dicho eso Mi Señor a mí! Y ahora comprobaba por mí misma el placer que decirlo implicaba.

Se lo dije mientras metía mis dedos en su boca y abría la mano para abrírsela  al máximo.
Le di varias bofetadas hasta que consideré que ya no la podía abrir más…

Y en aquel espasmo en el que mis piernas perdían fuerza, en el que se me iba el alma en cada gemido y en cada grito, me desbordé encima de su rostro.
La corrida fue tremenda.
Ella luchaba por bebérsela toda.
Se le salía de la boca y se ahogaba con ella.

Escurría por mis muslos y me mojaba el pubis, así que cuando dejé de correrme le obligué a lamer todo lo que quedaba, toda mi corrida extendida sobre mi piel…
Mientras, de tanto  en tanto, estrellaba mi mano contra su cara, insultándola…, porque no era como cuando Él me dice a mi “puta”, “zorra” o “putita”…
Él lo dice cariñosamente, pues yo soy Su Puta, Su Zorra, Su Perra…
Yo le decía “puta”, “cerda”, “guarra”, con rabia, con sentido despectivo, como si sus sensaciones y sentimientos me importaran muy poco;  con el pleno convencimiento de que la estaba usando, en el peor de los sentidos…

Cuando acabé, cuando la laxitud se apoderó de todo mi cuerpo y el placer ya me iba abandonando, me dejé caer en la cama, agotada y exhausta, al lado de la puta.
Desde allí alcé la vista hacía Mi Señor y pude ver ese brillo animal que a veces aparece en sus ojos. El brillo del cazador que ya sabe suya a la presa. Y supe que la noche no había acabado, porque ahora le tocada disfrutar a Él…





La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.

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Llegar al final tiene su interés. Puedes sorprenderte con sus pasos.