He aquí,
mis pies fraguados en las cenizas que dejan Tus Huellas.
He aquí,
mi silencio balbuceando entre mis labios.
Y mis ojos, bañados de dulce sal,
solo ven esta verdad que me habla de Ti.
Tu Boca.
Tus Dedos.
Tus palabras insinuadas, retenidas, no dichas.
Respiro,
en el palpito que me mece,
en la holgura de estas hebras trenzadas que me unen a Ti.
Bailo,
en el ósculo caduco de esta efímera eternidad:
—de piel, de hueso.
Saliva y sudor.
Temblor y Placer.
Pecado.
Me llega el eco de Tus Pasos,
en una ausencia que es Presencia.
Y es el Verbo conjugado entre mis plegarias silentes,
y la letanía de mi piel clamando Tu Tacto,
quienes baten esta espera, esta Mi Entrega.
Habla cada retazo de mi Carne con sus estigmas,
cada verso roto en mi aliento,
desde el fondo de la garganta,
cada suspiro elevado sobre el Deseo
que me quema
y me hace astillas.
Heme aquí,
rendida,
(r)entregada,
santificada sobre la faz de Tu Voluntad.
Heme aquí, Mi Señor,
como llanura de Tu Lecho,
como fuego penitente de caricias
—Tuyas—
redimida desde el hervor que nace en el abismo de mis entrañas,
caudal que se vence sobre Tu Boca,
que se rinde sobre Tu propio pedestal.
Heme aquí,
como quien Soy:
La Hembra que se da,
la que se halla.
La que se Es.
Plena.
Reverente.
En la Cruz de Tu Carne.
Digna…
y tallada.



















