Desde que saliera de casa había recibido tres mensajes suyos y un par de llamadas. Sí, me estaba retrasando pero podía esperar. ¿Qué prisa tenía? Al último mensaje no respondí y a su última llamada, tampoco.
Cuando aparqué el coche el parquing de aquel hotel que casi se había convertido en nuestro lugar de Pecado, el móvil volvió a sonar y, por descontado, no respondí. Entré, tomé el ascensor y subí hasta la segunda planta. Era un hotelito pequeño, con cierto encanto y, sobre todo, muy, muy discreto.
Lucas debió verme desde la ventana puesto que la puerta de la habitación estaba entornada. Me aguardaba. Entré. Estaba al otro lado de la cama, de pie, con las manos en los bolsillos... No parecía enfadado pero no me dijo nada. Su mirada se clavó en mí de forma incisiva, como cuando un depredador está estudiando a su presa. Yo solo tenía un par de opciones aparentes: comportarme como si nada estuviera pasando o ponerme a su altura; guardar silencio y clavar mi mirada como lo hacía él, demostrándole que fácilmente no iba a ser su presa...
Sobre la cama observé que había dejado un pañuelo grande de seda. Mi mirada fue todavía más inquisitiva, más punzante... Y recordé lo que me dijo: "...la próxima vez te ataré de pies y manos...".
Al final, decidí hablar:
- ¿Hemos venido a mirarnos o a alguna otra cosa?
Yo siempre tan correcta, siempre poniendo del dedo en la llaga, echando sal a la herida... Se acercó despacio, sin sacar las manos de los bolsillos y sin cambiar la intensidad de su mirada. Se situó frente a mí. Podía percibir el calor de su aliento en mi rostro y el perfume de su cuerpo me envolvió. El roce de sus labios sobre los míos fue superficial, un suave mimo intencionado, mientras nuestros pechos podían sentir sus movimientos casi concordados y percibir el calor del otro. Pero ni sus manos ni sus brazos se movieron. El resto de su cuerpo permanecía inmóvil. Y el mío parecía reaccionar de la misma forma.
- Hoy vamos a jugar a algo... -pronunció de pronto, tras una larga pausa de silencio. Se alejó de mí hasta quedar al otro lado de la amplia cama. Se desabotonó la camisa despacio sin dejar de mirarme-. ¡Desnúdate! -pidió suavemente en tanto se desabrochaba el pantalón.
Le hice caso. Estaba curiosa por saber hasta dónde iba a llegar...y, sobre todo, hasta dónde le iba a permitir llegar. De entrada, ya había llegado hasta allí portando aquel conjunto de lencería que me había encargado en aquella tienda y que tuve personalmente que ir a recoger. Me había parecido un juego divertido incluso el hecho de tener que probármelo, aunque reconozco que algo de vergüenza sentí, y mucha más cuando aquel tipo decidió dar su visto bueno. Él, evidentemente, estaría acostumbrado a eso y a mucho más pero no así yo. Era perfecto, según me dijo. Pechos casi fuera, elevándolos de un modo más que sugerente. La braga, de caderas altas, dándoles forma, y se encajaba perfectamente a mi cuerpo, dejando los glúteos a la vista... mis ligas negras con su liguero correspondiente. Aquellos lacitos al final de los tirantes y aquellos encajes le daban un encanto y coquetería especial.
He de reconocer que tiene muy buen gusto y un ojo excelente. Parecía una muñeca con tacones altos.
Se acercó hasta mí cuando ya estuve completamente vestida con mi sexy ropa interior. Me observó detenidamente, haciendo una especie de radiografía, de abajo arriba y de arriba abajo, deteniéndose en mis pechos y en mis ingles. Me preguntaba, ante aquella tentativa, si realmente existía, y existe, placer en saberse que una no es dueña de sí misma, sino que deja en otro toda su voluntad, perderla de modo simulado, para hacer disfrutar al compañero; y me pregunto, del mismo modo, si bajo ese juego y ese cúmulo de fantasías de sumisión y dominación, se encuentran la vergüenza de pedir y la virtud de no dar, o la iniciativa con algunas prácticas sexuales que de otro modo no se permitirían.
Demasiado perdida entre mis pensamientos me mantuve poco atenta a los gestos de Lucas y reaccioné más por instinto que por haberlo oído, cuando me pidió que me detuviera, que me quedara como estaba, con la ropa interior puesta. Sus manos me recorrieron despacio, empezando en las mejillas, descendiendo por el cuello, los hombros, el borde de mis pechos, el centro de mi vientre, las extremos de mis caderas, los exteriores de mis muslos..., para subir desde su centro hasta el de mis pechos. Sus manos eran como mariposas que aleteaban tímidas sobre una piel que se encendía inevitablemente. Cuando regresó de nuevo a mis pechos, acarició con el reverso de sus dedos la línea de carne que el borde del encaje iba perfilando. No dejaba de mirarle mientras intuía que podía ser capaz de sentir los latidos de mi corazón. Lo que sí era evidente era el estado de excitación que aquella escena estaba produciendo y que se transcribía en aquel erizamiento de mi piel y en una respiración más acelerada que hacía que mi pecho subiera y bajara a un ritmo más acelerado de lo habitual. Fue entonces cuando cogió la seda y cubrió con ella mis ojos.
- Ssshhh... -bisbiseó-. Tranquila -musitó mientras yo notaba la presión de la cinta. Respiré profundamente y, a continuación, sentí como me desnudaba, como las prendas dejaban de cubrir mi piel muy, muy despacio, muy sensualmente, y como me cubría, a cambio, de besos, centrándose en mis pechos, en su cima, con los labios, con la lengua y con los dientes... maestramente. En mi boca, un par de sus dedos se introdujeron. Me limité a mantenerlos húmedos y calientes.


Me guió hasta la cama donde me dejo caer suavemente. Sus caricias se siguieron prodigando sobre mi cuerpo, despertándome, exultándome de ganas, hasta llegar al centro de mi sexo donde su lengua se dio de bruces con aquel tacto cremoso que mi excitación producía. No me dejo tocarle. Cada vez que yo, instintivamente, buscaba su contacto, él se encargaba de apartar mis manos o de frenar los impulsos de mi cuerpo. De fondo no se oía nada, salvo nuestras respiraciones, el roce de nuestros cuerpos sobre las sábanas... Jugó conmigo y se detuvo, cuando yo estaba ya en una situación algo delicada en la que lo último que necesitaba era que parase... Pero lo hizo. No supe qué estaba haciendo apartado de mí. A los pocos segundos oí música. No la reconocí pero tenía cierto toque místico.
- Ahora has de acariciarte, sin tocarme... Yo haré lo mismo -dijo tumbado a mi lado-. Sigue el ritmo de la
música(click) déjate llevar... No hables. No me digas nada...
Y así lo hice. Los compases empezaban llevándome a tierras de arena y desierto, a paisajes secos pero enigmáticos, y la serpiente de mis manos dibujaban las ondas sobre la arena caliente de mi piel... Mi respiración se aceleró. A mi lado podía sentir la de Lucas. Podía percibir la vibración de la cama respondiendo a nuestros movimientos, sobre todo al suyo. La música nos llevaba a subir y a bajar el ritmo de nuestras caricias mientras la respiración seguía su propio cauce. Entre mis piernas, mi mano jugaba a ser esa serpiente. Mis dedos eran la lengua bífida que tanteaba y olisqueaba la punta erecta de mi clítoris. Sabía que en cualquier momento podía correrme pero tampoco sabía en qué momento acabaría aquella pieza instrumental. El viento que movía la arena la hacía salpicar sobre mis pechos en forma de pellizcos que bordeaban su aureola y los hundían presionándolos.

La combinación de instrumentos provocaba una orgía se sensaciones y, en aquel punto exacto de la melodía, mi cuerpo experimento una sacudida que se sumó a aquel gemido, casi alarido, que secó mi boca, que extenuó mi garganta y que se conjugó con el riachuelo que se deslizó entre los palmares de mi vulva, como en un húmedo y frondoso valle que se abría entre las montañas, duras y tensas como las rocas, de mis muslos.
Lucas no me dio tiempo a recuperarme. Sentí el calor de sus manos en mi sexo, frotándolo, extendiendo mis fluidos como quien quiere que empape la tierra. Apenas fui consciente de que la música empezaba de nuevo. Me quitó la venda que cubría mis ojos. Mis ojos tardaron unos segundos en adaptarse a la luz. El rostro de Lucas estaba sobre el mío. Su mirada me decía que el juego seguía. La presión de su pene sobre mi sexo, mojándose, desplazándose en lentos movimientos sin querer entrar en la oscuridad del valle, me lo confirmó. Y su instinto de macho depredador hizo que sintiera sus fauces en mis henchidos pechos y en mis endurecidos pezones. Mis brazos rodearon su cuerpo, las yemas de mis dedos serpentearon a lo largo y ancho de su espalda, anclándose ahí donde los músculos eran más protuberantes, descendiendo hasta la altura de sus glúteos. Mis dedos dejaron de ser lenguas bífidas, convirtiéndose en las garras afiladas de una gata enfurecida peleando panza arriba, enredando mis piernas en torno a las suyas y a sus caderas, asegurándome de que mi presa tampoco escapaba a pesar de la constante lucha ascendente y descendente de aquel macho sobre mí.
Aquella contienda no quería tener fin y la prolongábamos enredándonos sobre nosotros mismos, como vuelta y vuelta sobre las arrugas de aquellas sábanas, intercambiando nuestros papeles, siendo al mismo tiempo presas que depredadores; jugando con nuestros sexos, aplicando en ellos el aliento de nuestras manos, el empuje de nuestras húmedas caricias o el vigor de nuestras lenguas... y las prendidas de su sexo dentro del mío, la envergadura de su pene rebozada de la lubricidad de mi coño... Y el éxtasis final, la glorificación del deseo, la extenuación de los cuerpos, el empecinamiento de los sentidos... La sublimidad del Pecado con sentimientos encontrados.
Recomendación: Escuchar con la música puesta.
Peter Gabriel, "the
feeling begins".