Te observo, ahí, relajado, con tu sonrisa de canalla dibujada en el quicio de tu boca, mirándome y diciéndome con la mirada que estás para otra batalla. Y yo, lejos de reblar, te tiento desde mi burladero, al lado de la puerta. No dejo de mirarte y contoneo mi cuerpo como quien no quiere la cosa.
Juego con tu camisa y doy varias vueltas… bailando por bulerías. En un desaire, la despliego como un capote y me doy la buena suerte echando la montera hacia atrás. Me muestro torera, sacando pecho, induciéndote, con arrojo y de frente, esperando que arranques y hacerte el pase de chicuelinas con el que me gane las orejas y el rabo por la mejor de las faenas entre tu carne y la mía, entre mi boca y la tuya, embistiendo tú con la furia salvaje de un pura raza, con la sangre cargada y sin miedo a morir entre mis piernas mientras en un renuncio te me clavas hasta el alma, dejándome follada de muerte sobre la arena de nuestra cama. Triunfante, con el mejor par de banderillas, escupes tu victoria y, agarrado a mis caderas, te marcas el paseíllo coronando mi nombre.




