Vi
aquella chica puesta en una especie de potro o de altar, boca abajo, con las
piernas abiertas amarradas de los tobillos y de los muslos, con todo su sexo
abierto a todas las tentaciones y perversiones consentidas, con el juego de la
cera caliente de las velas que se derramaban sobre su sexo… Cuando no caía la cera, venía el golpe de aquel artilugio parecido a
un cepillo para el pelo, que la hacía convulsionarse y moverse sobre sí misma a cada uno de los embates
recibidos.
Sus
gritos, gemidos y jadeos, difícilmente
libres bajo la mordaza que mantenía su boca abierta.
El
paso de la fusta por la erección
de sus pechos apretados entre los nudos de unas cuerdas, combinados con un
golpe de la mano y un tirón,
intenso, de sus pezones.
El
collar, como una argolla alrededor de su cuello, y una cadena asida a la anilla
que era tirada por uno de aquellos hombres que la mantenía bien cerca de su miembro mientras con él le daba en el rostro.
Aquella
otra contemplaba toda la escena, sacrificada con cuerdas a una cruz de madera
con los travesaños anclados en forma de
aspa. Sus brazos abiertos como sus piernas. Atada de los tobillos y de las muñecas, con restos de cera sobre sus pechos
y las marcas aún visibles de azotes
sobre sus muslos.
Una tercera, arrodillada ante la chimenea, con las piernas separadas e inmovilizadas a la
altura de los tobillos, mantenidas a distancia justa por una barra de madera
asida a ellos y los brazos abiertos, en cruz, encadenada a unas argollas que
salían de la pared y que tiraban de sus muñecas.
Una cuarta, tumbada
sobre una mesa vestida con un velo, sobre la que un hombre al que los reflejos
de luces me impedían ver el rostro y
ataviado con túnica negra, soportaba
la cera de vela que se vertía sobre su
pecho mientras apretaba los dientes o gritaba y se retorcía... extrañamente, de placer.
Y aquella quinta, ante el único hombre que descubrí vestido, parecía divertirse ante la
palabrería y poesía de un cuarto hombre.
Aquellas vergas erectas,
aquellos rostros cubiertos por las máscaras y las manos enguantadas. Los
utensilios de tortura sexual como alineados sobre aquella mesa: fustas, cuerdas,
cadenas, abrazaderas…;
como si fuera la mesa de un matarife o de un ebanista, de un maestro de algún
arte manual.
Y yo, escondida tras la
cortina dorada, aguantaba la respiración
y notaba palpitar el corazón bajo mis manos hasta casi dolerme por
aquella agitación.
Al tiempo que sentía
cierta repudia por aquellas escenas había algo que me hacía
permanecer a observarlas a hurtadillas.
No moví la
cortina más
de lo que con uno de mis ojos podía llegar a atisbar. En cambio, no fui
lo suficientemente cuidadosa en mis gestos.
- Credo che ci sia qualcuno lì –oí
que pronunciaba uno de ellos.
Los nervios se precipitaron
desde el estómago
hacia la garganta, intentando salir en forma de grito. Mis piernas comenzaron a
temblar y a pesar como si estuvieran enfundadas en unas altas botas de barro
seco. Las palpitaciones de mi corazón empezaron a ser más
intensas y más
agudo aquel dolor que hasta entonces había intentado controlar con mis manos
sobre el pecho.
-Dove? –preguntó el
otro
- Là…
-supongo que señaló
con algún
gesto-. Vai a vedere.
En menos de un segundo tuve
que pensar, tuve que decidir qué hacía. Me arremangué el
vestido y sin tomar aire, salí corriendo. El sonido de mis tacones se vio
amortiguado por la gran alfombra que cubría el suelo de aquella estancia de
decoración
un tanto exagerada, la cual crucé como alma perseguida por el demonio.
Abrí la
puerta y ante mí,
una nueva habitación,
muy similar a la anterior. Al fondo, otra puerta. Otra habitación…
Otra puerta…
Otra habitación.
Sin salida.
Con el miedo ahogándome.
Con los ojos enrasados de lágrimas. Con los nervios a flor de piel; tanto,
que me costaba acertar a mover la manilla para abrir las puertas que estaban
cerradas a mi paso.
En mi huida ni siquiera miré
atrás.
A lo mejor no era necesaria y, en cambio, no podía dejar de correr. Y, por
fin, una salida: La luz del día, el sol, la esperanza de mi ansiada
conquista de libertad, mi salvación.
Un pasillo abierto formando
un cuadrado. A mi izquierda, puerta tras puerta. A mi derecha, una continua
arcada que daba a un patio interior al que no vi medio por el que poder llegar.
No había
escalera o, de existir, mi azoramiento me impedía reconocerla.
No fui consciente de que mi
carrera ya era innecesaria pero seguía ofuscada en alejarme de ahí.
En mi empecinamiento seguí
empujando puertas. No todas estaban abiertas y en una de las que sí lo
estaban, era tanta la energía que puse en el gesto y tanta la inercia que
llevaba mi cuerpo que me vi vencida hacia adelante y a punto estuve de caer al
suelo.
Me quedé
sin respiración
cuando noté
que alguien me cogía
del brazo para ayudarme a ponerme en pie. No me atrevía
ni a mirar. Vi los zapatos negros con una hebilla plateada. Vi los pantalones: blancos
y partiendo desde la rodilla dejando ver unas calzas blancas. Vi una casaca,
una guerrera: como la de un ejército: roja y con cierres dorados. Y vi el
rostro de aquel hombre que me sonreía y a quien no había
visto antes.
- Non temere... Stai bene?
- Sì, grazie. –Pero
no confiaba en él. ¿Y
si era un secuaz de aquellos otros hombres? ¿Si era uno de ellos y me atrapaba,
amablemente, para llevarme a una sala y hacerme lo mismo que a aquellas
chicas?- Devo andare. Devo uscire di qui
–exclamé, dando
vueltas como una leona enjaulada, sin tino.
- Seguimi. Ti porterò via di qui.
–Me quedé
quieta y vio la desconfianza en mi rostro y el miedo en mi mirada-. Hai due opzioni: Seguirmi e arrivare sulla
strada per dimenticarti di ciò che hai visto, o bene, provare ad
uscire per conto tuo senza sapere quando ci riuscirai sappendo che ti possono
prendere.
Ante aquello no me quedaba
otra que aceptar su propuesta. Le seguí por aquella galería corrida de arcos de medio punto soportados por columnas abalaustadas y que estaban ornamentadas con figuras humanas a modo de cariátides o estípites.
Él era un desconocido y
era uno. Los otros eran también desconocidos pero eran varios. Caminamos
por ella siguiendo la dirección de la derecha hasta llegar a una puerta.
Tras ella, una escalinata de mármol, con hermoso barandado, al final de la
que había
una puerta de madera labrada.
- Lì c’è la strada
–me indicó.
No dije nada. Le miré y
descendí
escalón a
escalón
evitando una carrera. Abrí la
puerta y ahí
estaba, efectivamente, la calle.
- Grazie –le sonreí, aliviada. Hizo un gesto con la cabeza y cerré la
puerta tras de mí.
Quería
apartarme de ahí
cuanto más
mejor y cuando antes, mucho mejor.
Me fui alejando de aquel palacete
en el que me había
adentrado por curiosidad. Esos días previos al Gran Carnaval muchos nobles solían
dejar ciertas puertas abiertas. Solo había que ser valiente o descarado. Yo era
más
descarada que valiente.
No estaba lejos del aquel otro
en el que mi padre me había
dejado al cuidado de su gran amigo, el duque Albertti, mientras permanecía
alejado de Venezia para resolver unas cuestiones.
Crucé el
puente de piedra que unía ambos lados del estrecho canal y me metí por el Vialetto delle Anime, donde mis pasos llegaron en un determinado
momento a no parecer míos.
Un ir y venir de callejuelas para llegar al palazzo y las voces de las gentes
iban quedando como un murmuro al fondo.
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