Adoro tus dedos reptando sobre mi piel, hundiéndote entre mis pliegues, erizándola. Venero el calor de tu aliento acariciando la comisura de mi boca, clamando espinas que aletean sobre mis sentidos, abriéndome como un abanico a la injerencia de tus haceres. Ansío la erección de tu miembro turbando con mis pulsos y horadando el hueco que sella mi puño. Festejo el gesto descarado y las palabras embozadas que me acogen en estos arrebatos de mis manos sobre mis pechos sobreviniendo la presión de mis entrañas cuando aferro tus falanges impías.
Me rindo al golpe blando que me hace apretar los dientes y maldecir entre ellos los verbos que aniquilan las desganas mientras te hundes en mí como cuchillo entre la carne, vaciándome a la par que me llenas... y se desmenuzan mis sentidos a la oratoria de un ademán que bate mi sangre al tacto de tu aliento al proclamar mi desnudez, cruzada por ese rayo de crisoles azules que zarandean las estrellas de mi cielo cuando tu boca, entre mis labios, comulga un séquito de espumas enzarzadas. Entonces, un centelleo de finitas emociones espoliadas desde las profundidades de mi alma carnal evoca al más primitivo de mis instintos. Y, ahí, sin sepultura, como acto de fe, hace nido mi rosario de pecados no abjurados y, sin clemencia, mis devociones aclamadas.