Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.

El Tacto del Pecado

He aquí el Pecado, enarbolado en el Ser y en el Sentir, encumbrado en su gloria y en ella, sacralizado.


martes, 28 de julio de 2020

Zalema...


Se (des)prenden los silencios como brotes de espuma al aliento quedo de una tibia caricia.
Los testamentos, oscuros e infinitos, desvelan los misterios de la piel y mis pasos,
introvertidos sobre la tarima de mi deseo,
vuelan fugaces sobre Mi Instinto
y sobre el plácido desierto de esta mi alma
que, serena, percibe Su Entrega entre las mariposas que me elevan.

Mis manos se tienden al Olimpo anhelado,
a la pausa cometida,
al infierno devorado de mil besos escaldados.
Indómita Mi Esencia,
perenne.
Mi mirada, acuosa al placer, destella el coraje de Sentir
y el orgullo de Servir.


Desciendo, solemne y vertical,
sobre el pliegue de mis rodillas
y dedico oratoria mientras mis ojos se embelesan en el velo que me arropa.

Es mi zalema orgullo de Tu Orgullo
e izo mi pensamiento como relicario de pecados comulgados
al delirio de Tu mano reposada sobre ellos.
La caricia se entorna calma
y el cuerpo se hace rosa.

martes, 21 de julio de 2020

Benedicĭte...


Escucho Tu silencio a mi espalda. Bajo la mirada. Respiro hondo. Cierro los ojos y presiono ligeramente los labios mientras mi quietud se insinúa rebelde en Tus Pensamientos. Una oración que colma los deseos de esta mi carne pendiente para Ti. 
Y Te reto.
Mis manos empiezan a ser un tímido abanico que se abre a Tu antojo, callado de momento, sabiéndome vulnerable y que, como hoja mecida al viento, soy capricho de Tus intenciones. 

Mi cuerpo es presa de Tus Ojos y Te enorgullece la piel que se muestra ante Ti, mas Te halaga el saber que soy dueña de Tu Instinto aun siendo mi ser de Tu Voluntad... Como me enseñasTe, con la licencia que me permite seguir siendo.
Disfrutar de mí, para Ti y para mí; a jugar en las lindes del deseo, a zafarme de los miedos y las vergüenzas, a serme bajo esta corteza tibia, a invadir los espacios de Tu Nombre, a devorar los alientos de mi boca, a gemir mientras me hago arco de cuerpo entero, venido a mis impulsos que, impíos, me derrumban desde el mitrado de mis piernas.  Benedicĭte para el culmen de Tu Boca y mi alma, encomendada, se abre para recibirTe.




miércoles, 15 de julio de 2020

Ceremonial...

Aguardé en silencio. Ofrecida. Te miré con calma aunque la excitación ha dejado marcas en mí. Requiebra todavía mi piel, mi carne. Las entrañas intentaban respirar. Aún sentía el fuego de Tu Verga reventándome. Me quedaba el resto de la profanación, el sentimiento de uso, la satisfacción del trabajo hecho, de la Entrega consentida. Venerada también.


Tu Sexo palpitaba ante mi mirada. Mis manos, nido que Lo acogieron y acunaron. Mi boca exudó un suspiro que erizó Tu Piel. Preludio de la delicadeza y dedicación de mis gestos. Ahogaste el aire justo después de concederme el permiso solicitado: Pido permiso, Mon Monsieur, para asear Tu Verga”. Desde un principio hasta un sin final.
Ecos de deseo retumbando en mi mente y en mi cuerpo.

Me observabas con atención. Complacido, percibiendo la humedad de mis caricias y la satisfacción de verme a Tus Pies, entregada con humildad y respeto, obrando mi tarea debida. Mi sabor mezclado con el Tuyo, dos esencias conjugadas en perfecta exaltación, subyugado con mi saliva sin demora. Me apliqué al gozo de mi obra para resurrección de mis actos.  Y Tú, solemne y ceremonial de mí, de la Hembra que cede a Tu Doma, a Tus Dominios, a Tu quehacer…, a la Mujer que se siente Tu Ramera, Tu Puta, única y consciente, consecuente de lo que entrega y por qué lo hace… Tu Mujer.

Y luego, la espera. El renacer. La vuelta.
Sabes que he esperado pacientemente Tu llegada enmarcada en el rito que nos une: De pie, con mis manos a la espalda y la cabeza con la mirada baja, en espera y en silencio, desnuda de carne y alma, abierta de mente… Solo vestida por la altura de unos tacones y la transparencia de unas medias que se ajustaban a mis muslos sin la premura de un cilicio.

Respiré Tu Presencia al otro lado de la puerta y Tus Pasos, acercándoTe, Te delataron.  Ni un paso de más. Tú ante ante mí. Un sencillo gesto y las miradas se encontraron. Mi piel se encendió por cada uno de sus poros. Cada uno de ellos tembló con el roce de Tu aliento en la curva de mi boca. Un beso denso, profundo, en el que Tu Lengua usurpó por completo mi oquedad, y permanecí inmóvil mientras todo mi ser era un hervidero de deseo que me puso en carne viva cuando Te separasTe, dejándome con ganas de más, las mismas que habías ido alimentado desde el último final.

Me mirasTe de arriba abajo como si fuera una presa a la que ibas a devorar, tanteando la fuerza que me contenía.
El reverso de Tu Mano dibujando mi perfil, dejando que oliera sin apenas poder respirar.

—Mírame.


Tu Mano en mi cuello, mi escote, uno de mis pechos…, descendiendo por el vientre hasta situarla entre mis piernas que se abrieron como abanico. Una presión ligera y respingué. Gemí, tragándome el sonido cuando Tu pie las separó todavía más.

–Buena chica –Abrías mis labios y notabas la humedad de mi sexo–. Mi Ramera –susurrasTe, hundiendo un dedo, apurando hasta el fondo y no dudando en pasar otro…y otro. Tres dedos empezaron a friccionar, a moverse en mi interior… llevándome hasta ese límite donde mi cuerpo se vence entero pero... Te detuviste. Una mirada y un gesto. Me postré a Tus Pies y, en oración, con humildad y respeto, besé Tu Mano: Mi Señor, pronuncié. –Sigue, Mi Ramera. 

Abrí tu pantalón sin dejar de mirarTe. Tu Verga abultaba por debajo de la tela. Bajé la cremallera y Tu Balano asomó. Mi boca sintió su llamada y me apliqué, despacio, despertando más Tu deseo. Primero fue un beso sobre el glande. Respiré hondo y pronuncié: Mi Demonio. Una carrera de pequeños besos me hizo llegar hasta Tu Pubis. Una nueva mirada. Seguramente la misma porque no había apartado mis ojos de Ti.
Recorrí el sendero de mi saliva para volver a empezar.
Por abajo. Por arriba.
Una ceremonia. Mon Monsieur, deseo complacerTe, pronuncié. 

–Tienes mi permiso, Mi Geisha. Compláceme cómo sabes.

Empecé a saborearTe, a introducir Tu Carne entre mis labios, ejerciendo una ligera presión ahí, acariciando con la lengua. Seguí… Cada vez avanzaba un poquito más… y volvía a retroceder con la misma presión, con mis manos sobre Tus Caderas, acariciando en arco… hasta que Tu Príapo quedó oculto dentro de mi boca, engullido y erecto. Palpitante. Aguanté a pesar de la arcada que me acechaba. Salivé tanto que brotaron algunas lágrimas fruto de todo, del deseo, de la acometida de nausea. TomasTe mi pelo, hundiendo Tus Dedos entre mis cabellos, impidiendo que me apartara, incluso me aferraste más. Pensé que no aguantaría pero aflojasTe y mi boca sirvió de vaina. Tus movimientos se condensaban en una única intención. Y yo me agarraba a Tus Piernas buscando un pilar en el que sostenerme.
Y de pronto, parasTe. Mi rostro se elevó. Esa sensación de que todo empieza y, al tiempo, acaba, de que es una continuación,  me tenía embriagada, borracha. Apenas pude percibirte entre la vidriosidad de mi mirada, entre el sobrealiento y la necesidad de querer más.

Me besasTe con pasión, casi mordiéndome. Un solo movimiento y me sentí contra la mesa. Mis pechos sobre ella. Mis caderas en jarras. Dos nalgadas retumbaron en mi trasero. GobernasTe desde mi pelo susurrándome algo al oído. Algo que me ardió por dentro. Tenías hambre de hembra, hambre de mí.


Conté cada una de las embestidas y cada una de las palmadas que retumbaban en mi carne, en mis entrañas. Con cada respiración, con cada uno de esos embates que me atravesaban me sentía más entregada, más emputecida. Te maldecía y cada una de mis maldiciones encendía a cada uno de tus demonios enardecidos en Tu Falo, abriéndome en canal, siendo follada, usada, profanada... en la más gruesa de las lujurias. Mis pliegues, prietos, vírgenes en instante, sintieron Tu caricia travesera. Escupiste. Forzaste con el pulgar e hiciste sitio hasta que sentí Tu Mástil erecto entrando en mi oscuridad. Grité. Maldije de nuevo como si eso me sirviera para sentir menos dolor, para que Te compadecieras de mí. No estabas dispuesto a ello. Querías usarme y que yo me sintiera así. Empezaste a empalarme, una y otra vez, hendiendo mi carne, quemándola con cada movimiento, sujetando mis caderas, sobándolas, calentándolas con la palma de la mano, sabiendo que mi piel se arrebolaría.
Nos gusta. Lo disfrutas.

En un momento dado, me giraste y me senté en la mesa. Mis piernas bien abiertas. Expuesta. Cogiste mi sexo con la mano, estrujándolo, tirando de él, asegurándote de que lo sentía. Pellizcaste mi clítoris. Me mordí los labios y no dejaba de mirarTe. Tu Rostro se contraía. Apretabas también los dientes, hacías fuerza. Me pediste que me tocara, que me masturbara para Ti mientras me follabas abriendo mis espirales, la entrada oscura a la perversión… Lo hice. Me separé los labios y Te mostré mi perla enrojecida... Mis dedos sobre ella.


Mis piernas temblaban sobre Tus Hombros, mis caderas danzaban por Tus asaltos, mis dedos circulaban sobre mi clítoris… sintiendo esas acometidas de placer que prologan el orgasmo, un orgasmo para el que debía pedirte permiso. Así lo hice: Mon Monsieur, permiso para correrme. Me lo negaste. Tampoco me dejaste parar. Apretaba mi culo, apretaba mi vagina… en agónico deseo… y solo oía “Aún no, Perra, aún no”. Pero yo también notaba Tu necesidad, Tus convulsiones y la inminente llegada de Tu Orgasmo… 

–Ahora –me dijiste apurando el último ataque. Mi corrida fue salvaje. Un chorro caliente, lúcido, fuerte Te empapó entero. Aún no había terminado que sacaste Tu Polla de mí y la pusiste sobre mi chorro. Llegó Tu Corrida y se mezcló Tu Leche con mis jugos, en un orgasmo intenso, compartido… mientras mis tetas estaban en Tus Manos, estrujadas y me alimentabas la piel de Ti…
Bendecidos con la Esencia del otro, con la entrega lenta pero inmediata.

Mi cuerpo se venció. El Tuyo sobre el mío…, ahogados en esa pasión que nos había hecho encabritar la piel, alterar la conciencia en una pléyade de sacudidas donde Tú me subyugabas, donde me llevabas a ese infinito de brasas donde emerger como llama… Ahí, vencida en mi placer, siendo Tuya, Te enervaste e hiciste en mí… porque estoy hecha para el Placer de Tus Pecados y la Resurrección de Tu Carne. Porque soy de Ti el deseo que Te colma, la raíz de Tu Orgullo.

martes, 7 de julio de 2020

Sánscrito...


Tus besos, palabras en mi cuerpo, 
tatuados hasta la umbra de mi esencia. 
La historia más preciada entre las curvas de mis bocas, 
aprehendidas al deseo, 
mientras rubricas en blanco el final de tu anverso.

Magia vítrea cada uno de tus grafemas,
caricias húmedas de tu lengua en los renglones
que hilvanas con cuerdas de seda sacra
y amarras táctil al sufragio de mi aliento.

Un solo sonido
palpita como puntos suspensivos.
cardinales marcando el ritmo de este recital
de piel de piel.
Y entre dos,
los arabescos que nos sortilegan
que nos cosen la carne
cual trepadora errante que nos enreda
y se hace autarquía
en la Palabra, el Sentido y el Silencio
para perderme en el sánscrito verso que evoca tu boca
y, así, de tu gloria, renacer lienzo.



miércoles, 1 de julio de 2020

ImPulso...



Mía, me dice mientras me corta el aliento en el callado de su mano, bajo la que vibra mi pulso y no le tiembla a él cuando de hacer se trata. Siento sus latidos en mi nuca y la presión en los míos. Las entrañas se condensan en ese impulso que las henchía como sismos a punto de quebrar la tierra y elevar las aguas hasta cubrirla. 
Se erecta la piel y se descubre a la irreductible pasión por la que su fuerza me mantiene en el aire, en vilo, subyugado mi deseo al momento en que él lo decida. Y yo, arrebolada en un enjambre infinito de placer, suplique.

Trepa sobre mis costados. Rompe la tela y la cordura se vuelve locura al son de una boca perdida en el tormento de la otra, sin remordimiento y con hambre. De la comunión de salivas y  la conjunción de los alientos nace la esencia que vibra, que ensalza la piel que tiembla sin resquebrajarse  hasta que su forma se adapta a la mía, su carne abre la mía.

Sus clavadas parecen reventarme por dentro sin concesión alguna, abalanzándose sobre mi pecho, lamiéndolo, hincando sus dientes con mesura precavida sobre el vértice sonrosado… Siento que vuelo en ese gemido, contorsionándome como alma poseída mientras sus dedos son ganzúas en mi boca, arracándome quejidos que inundan sus ganas y atraviesan las mías en ese último sentido vestal, cuando el orgasmo sobreviene sin que él deje de balancearse, de embestirme como quien pone bandera y se convierte en la bestia que expira guturalmente el pecado que la consume... o la bendice.


Y reina la paz que con orgullo se cuida y se deleita. 
Entre su boca y la mía. 
Renace el suspiro clamando el último gemido que germina. 
Entre su piel y la mía. 
Y la carne se vuelve mansa y se enreda en el círculo sagrado que loó el Pecado.




La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.

La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.
Llegar al final tiene su interés. Puedes sorprenderte con sus pasos.