No podía
creerse que se hubiera dejado atrapar de nuevo en aquel maremágnum charlatán al
que su amiga la tenía ya acostumbrada. Difícil pensar que se había dejado
engañar de nuevo. Sabía que Fede podía ser todo lo persuasiva que quisiera y
ella podía decir siempre que no, pero de nuevo, se había dejado convencer y
había admitido acompañarla. Se ponía cardíaca por ser tan débil y caer siempre
en una tentación que no era la suya. De nada le servía poner caras y echar
bufidos como una gata enfurecida.
Estaba ya en
el coche, camino de no sabía bien dónde. Le había hablado de sus nuevos amigos.
No le había gustado nada aquel repentino interés de Fede por ellos. Pero ella
era así. Era como una niña pequeña que descubría un mundo nuevo de repente y
sólo se volcaba en él. Lo había hecho siempre. Por qué iba a cambiar ahora.
El camino se
le hizo no largo, algo más que eterno. Los últimos kilómetros le parecieron fotogramas
de alguna película de terror: una estrecha carretera, lindada por árboles a
ambos lados, extraños juegos de sombras por efecto del viento sobre las ramas…
Y una impresionante luna llena al fondo, como un foco encarado sobre la
carretera y como una señal que marcaba aquella casa. Cuando descendió del
coche, la visible alegría de Fede se contrapuso a su desinterés pero tenía que
mejorar aquella cara, aunque sólo fuera por su amiga y por causar una buena
impresión a aquellos nuevos y desconocidos amigos. Había varios
coches aparcados al final de la carretera, a ambos lados de la puerta de forja
que deba paso a la propiedad. Un amplio jardín de césped, recortado por un
paseo de losas de hormigón, daba pie a aquella vivienda, de arquitectura
moderna, minimalista e impolutamente blanca, con grandes cristaleras haciendo
de paredes y rompiendo por completo aquel bucólico paisaje. No dijo nada. Se
limitó a mirar a Fede y a corresponder a su sonrisa. Marina había decidido
tomarse aquello como un juego, sacarle el máximo partido y divertirse hasta el
final. Al menos iba a intentarlo. Otra cosa sería el conseguirlo.
- ¡Va,
mujer! Lo pasaremos bien.
- Ya
–respondió Marina, siguiendo a su amiga hasta la puerta del jardín. Nada más
tocarla con la mano, del otro lado de los barrotes, surgieron como de la nada,
dos impresionantes perros: un bóxer negro y pastor alemán tan negro como una
noche sin luna. El primero dio un par de ladridos, avisando de que él mandaba,
que aquel era su espacio. El pastor, apenas dos pasos a su lado, tan sólo
miraba y aparentaba mucha más calma pero, también, mucha más autoridad y
causaba mucho más respeto.
- ¡Joder!
–exclamó Fede, llevándose la mano allí donde latía el corazón.
- ¡La madre
que lo trajo!
-
¡Tranquilas, chicas! ¡Son inofensivos! ¡Pura fachada! –observó aquel joven
delgado y de aspecto muy cuidado, acercándose a paso firme hasta ellas.
- ¡Menudo
susto!
Marina
correspondió a su sonrisa y luego miró a uno de los perros, al que parecía
haberle prestado aquella atención. El perro negro se había situado a su lado y
la había olisqueado. Por un momento se sintió incómoda. Sus pasos fueron
seguidos de cerca por el can, hasta que en un momento dado, justo antes de
entrar en la vivienda, desapareció del mismo modo que había aparecido. De la
nada y en la nada.
- No. Los
demás están en la parte de atrás, donde la piscina- respondió. Y Marina se
sintió aliviada. Tenía una extraña sensación _aunque, realmente, la tenía ya
desde que había decidido no dejar sola a su amiga en aquella aventura_. Os
enseñaré primero vuestras habitaciones y luego nos reuniremos con los demás.
Se oía
música procedente del otro lado de la casa y ya desde el interior, pudieron
ver, tras una de aquellas paredes de cristal, a unas cuantas personas más, al
lado de la piscina, charlando con alguna copa en la mano. A su regreso y tras
las lógicas presentaciones, Marina se fue sintiendo algo más relajada. Veía a
Fede tontear con aquel chico que se tocaba constantemente el pelo. No le había
comentado nada al respecto pero tampoco hacía falta ser demasiado lista para
darse cuenta de ello. Tenía que haber algo más que un simple motivo para acudir
a esa casa. En aquella especie de gran diván, cerca de la piscina, dos parejas
reían y tonteaban también, pero no tenía claro, por cómo lo hacían, si
realmente tenían algo que ver desde hace tiempo o no. Y de repente, cuando
estaban todos sentados alrededor de aquella gran mesa de jardín, se dio cuenta
de que eran número impar y ella estaba sentada a la cabecera de la mesa, sin
que nadie, al otro extremo, pudiera rebatirle el puesto. Le dio un pequeño
bajón y miró hacia otro lado. Su mirada dio de bruces con el perro negro. Allí
estaba él, sentado como una figura de mármol, al lado de aquel gran macetero
con alegres mimosas colgando desde él. La miraba tan fijamente que no podía
apartar la vista de él. Recordó que alguien le había dicho que nunca mirara a
los animales tan fijamente y menos a los ojos, pero le resultaba inevitable
hacerlo. Le chascó los dedos para invitarle a acercarse, pero el animal no lo
hizo. Hizo precisamente todo lo contrario. Como si le fuera indiferente, se
levantó y desapareció por detrás del macetero.

- ¡Vaya! Por
no hacerme caso, no me hace caso ni el perro –pensó para ella, mientras aquel
joven que se había acercado a apartarles los perros, la miraba de un modo entre
pícaro, tierno y expectante. Ella se limitó a sonreír y a participar de las
conversaciones que surgían en la mesa. Siguiendo con su película, se sintió
como la protagonista en la que iba a recaer toda la acción de la trama. ¿Sería
un grupo de vampiros que le chuparían la sangre en medio de una orgía? ¿Serían
unos locos que la secuestrarían y torturarían? La idea no le agradó mucho pero,
desde luego, tampoco parecía ser la protagonista de una bonita y romántica
historia de amor.
Después de medianoche,
tal vez sobre las dos, los invitados empezaron a desaparecer. Entre todos
habían recogido lo empleado y hasta ese momento habían disfrutado de algún baño
a la luz de la luna y de unas cuantas copas más. Había estado pendiente de Fede,
mientras Marcos y Yago habían intentado camelársela, sin haberlo conseguido,
pero tampoco ella pudo prestar demasiada atención a su amiga y terminó por
perderla de vista. Tampoco estaba el chaval que se tocaba el pelo, así que
intuyó que andarían juntos.
La
habitación era para ella sola. No era demasiado grande pero parecía decorada
para una mujer muy joven o aniñada, o con una idea muy romántica de la
decoración. Blancas paredes, una cama de forja también blanca con unos altos
barrotes remarcando cada esquina y grandes cojines en tonos rosados,
adornándola; una mesa escritorio con su silla junto a la ventana, un armario al
lado de la puerta y un sillón orejero en un suave rosa pastel al otro lado de
la ventana que estaba abierta y sobre la que ondeaba la cortina. Se acercó
hasta ella. Daba a una especie de saliente que, de haber llevado barandilla,
podría haber pasado por un largo balcón. El viento se había suavizado ya a
la hora de la cena, y ahora era, simplemente, como una liviana brisa que apenas
acariciaba sus cabellos y que tampoco aligeraba el calor de aquella noche de
luna llena. Abajo quedaba el jardín, iluminado por aquellas farolas que
parecían esferas y cuya luz se juzgaba inexistente por el intenso brillo de la
luna. De nuevo, sus ojos contra el can de negro pelaje. Allí volvía a estar,
observándola: rígido, atento, autoritario… Sintió un escalofrío pero, aún así,
hizo chasquear su lengua como un sonido amigo y no como algo que pudiera
contrariarla. Pero el perro ni se inmutó. Intentó bajar la persiana pero no dio
con el mecanismo automático que la bajara. Apagó la luz. Era suficiente el
reflejo de aquella luna que parecía estar literalmente sobre la casa. Se acostó
pero se sentía inquieta. En principio no se oía nada o, aparentemente, no se oía
nada, salvo el rumor del viento. Pareció percibir alguna sonrisa o carcajada
desde el fondo y lo que parecía el sonido pasional de dos amantes en pleno acto
al otro lado de la pared.
Sí el fin de
semana iba a ser así, éste se iba a convertir en largo, largo, muy largo…
Se dio media
vuelta, dejando la ventana a su espalda pero aquella posición la hacía
imaginarse cosas no demasiado realistas: fantasmas, manos que la podían coger,
sombras… La ventana abierta la inquietaba. Su mente maquinaba siempre situaciones
que igual tenían un sentido positivo como negativo o tremendista o
exacerbadamente fantasioso. Tenía demasiada imaginación. Un pecado muy grave en
determinados contextos. Al final se durmió.
Hacía tanto
calor a pesar de quedar sobre la cama, que le estorbaba hasta el camisón. Había
dejado la almohada mojada a la altura de la nuca y sentía el cuello y la parte
inferior de sus pechos, mojados. Se pasó la mano inconscientemente. Abrió
ligeramente los ojos y la luz de la luna se filtraba en un juego rosa a través
de las cortinas. Le pareció, o tal vez lo vio, la sombra estirada del perro
negro. Se sobresaltó pero como sabía que era imposible, se dio media vuelta. No
era la primera vez que veía clara y nítidamente una imagen a su lado. Real o
no, pese al sobresalto inicial, le encontraba una explicación medianamente
lógica. El sueño podía con ella pero el calor, también.
Decidió
darse una ducha rápida. Un poco de agua tibia tal vez refrescara la calentura
de su piel. El cuarto de baño estaba allí mismo. Justo en la puerta de enfrente
a la habitación. Con los pies en sus zapatillas, su toalla y el camisón de
tirantes hasta encima de la rodilla, cruzó el pasillo casi en carrera. Se
aseguró de la cerraba bien la puerta y pasaba el pestillo.
El agua
empezó a recorrer su cuerpo desnudo. Agradeció el contacto y evitó que se le
mojara el pelo, aunque no pudo evitar que algunos mechones se desprendieran y
quedasen pegados a su espalda. Mientras pasaba sus manos por los hombros y el
pecho, recordó una situación similar. Recordó a Juan, su último novio o noviete
o rollito _no estaba claro_ y las sesiones en la ducha. Echaba de menos
aquellos encuentros esporádicos, tan llenos de pasión… Era un buen amante o, al
menos, a ella se lo parecía. Al menos no había encontrado a uno como él en su
corta pero intensa experiencia. Recordaba con excitación aquellas caricias que
apenas la rozaban pero que erizaban su piel y la consumían en una especie de
sensual y erótica tortura.
Con la
esponja rebosante de jabón, como a ella le gustaba, recorrió sus piernas, desde
los muslos hasta los pies. Primero lo hizo sin ninguna intención pero
la abundante espuma sobre la piel y aquel aroma que desprendía, le hicieron
dejar la esponja para que sus manos ocuparan su sitio. Comenzó a acariciarse el
cuello, despacio, descendiendo hacia sus pechos, tomándolos con sus manos,
alzándolos y apretándolos hasta juntarlos. Sus pezones erectos notaban el roce
de los anillos de sus manos. Cerró los ojos un instante y los acarició. Dibujó
círculos entorno a ellos, siguiendo su aureola, hasta pellizcarlos y
estirarlos, produciéndose a sí misma una sensación excitante que le obligó a
abrir los ojos y sujetarse a la pared. Siguió acariciando su vientre y llegó a
su pubis, aquel triángulo venusiano entre sus piernas al abrigo de un suave
vello en el que enredó sus dedos, mientras el agua transitaba libre por las
sinuosidades de su cuerpo… Las caricias se hicieron más íntimas, sus dedos se
impregnaron del calor y humedad de su cuerpo; la respiración se aceleraba
rítmicamente; se mordía suavemente los labios y aquellas caricias íntimas se
volvieron más salvajes hasta que una oleada de placer se derramó entre sus
piernas y aquel grito se ahogó en su garganta...
Envuelta en
aquella toalla, con el cabello suelto y ligeramente mojado en las puntas, pasó
a su dormitorio. No recordaba haber dejado la puerta abierta. Sí, en cambio, la
luz tenue de la lámpara de la mesita de noche. Se secó bien y se tumbó desnuda
sobre la cama.
- Ahora sí
que dormiré –se dijo, apagando la luz y quedando boca arriba-. Esto ya es otra
cosa.
Miró hacia
la ventana. El viento parecía haberse detenido pues las cortinas ya no se
movían. Ahora el silencio se había intensificado. La luna parecía más intensa y
tal vez el viento hubiera abierto más las cortinas. Una sombra se dibujó entre
ellas, en el centro de la ventana. Se sobrecogió. Se puso las gafas. Tal vez la
falta de visión le estuviera jugando una mala pasada. Allí, erguido, tieso,
esbelto, seguro, autoritario… Pero envuelto en aquel halo de saber estar, de
eterna calma se encontraba el gran pastor alemán negro. Su corazón empezó a
latir con tanta fuerza que tuvo que poner la mano en el pecho para calmarlo y
de la impresión, intentó controlarse para no gritar. Como si fueran sus ojos
una cámara con zoom, pareció poder adivinar aquellos impresionantes ojos color
miel.
- ¡Hola!
-musitó en un intencionado tono cantarín para aparentar una calma que no
tenía-. ¿Qué haces tú aquí?
Qué
respuesta podía recibir. A lo más un pequeño gruñido, un ladrido o un
movimiento de cabeza. La luz de la luna reflejaba un tono entre plata y azulado
sobre la testuz del bicho. Marina no se movió de la cama. Se sintió tímida y
pasó la sábana por delante de su cuerpo y permaneció ligeramente incorporada y
apoyándose sobre el lado izquierdo de su cuerpo, mientras el pastor hacía un
ademán para entrar. Fue un instante o unos momentos incontrolables en el tiempo
los que trascurrieron mientras sucedía aquello. Conforme el animal cruzaba el
umbral de la ventana, su cuerpo se iba ensanchando. Lo que era su lomo negro
iba perdiendo pelaje dando paso a una piel brillante que, sin ser negra, tomaba
un tono oscuro. Y el que cubría la cabeza se fue convirtiendo en una melena
negra y ligeramente ondulada que por la inercia del movimiento, cubrió la cara.
Las patas delanteras se fueron convirtiendo en unos brazos fuertes y las
garras, en la ligereza de unos dedos. La figura se fue enderezando. La melena
seguía cubriendo un rostro perfectamente indefinido. Las patas traseras se
fueron estirando, partiendo de unas zarpas que se convirtieron en unos pies
grandes, y terminaron perfilándose , dando paso a unas piernas fuerte sobre las
que se apoyaba un tronco que se iba ensanchando y perdiendo el pelaje que
quedaba, para remarcar unos músculos desarrollados por el ejercicio físico.
- ¡Estoy
soñando! –masculló sin dar crédito a lo que sus ojos estaban viendo. Se tumbó y
cerró los ojos, intentado que el ritmo de su respiración tomara una apariencia
más tranquila. Volvió a abrirlos y la figura que de perro se había convertido
en hombre había desaparecido. Sonrió aliviada e intentó dormir. Sabía que con
lo nerviosa que estaba eso iba a ser complicado pero percibió una extraña
sensación. Una especie de súbito sueño que la narcotizaba al instante. Percibió
una presencia detrás de ella. Un cuerpo tibio pegado al suyo y una caricia
húmeda, como el de una lengua, lamiendo su espalda. El aliento le quemaba la
piel y una mano dibujaba el perfil de su cuerpo desde debajo de la
rodilla hasta la cadera. Las caricias y los lametones se fueron intensificando
sobre su cuerpo completamente entelerido. Incapaz de moverse aunque durante un
momento dudó de esa imposibilidad porque no tuvo problema alguno en quedar boca
arriba y sentir su peso más ligero.
Entre las
sombras, aquel rayo de luz de luna, le permitió ver con claridad el rostro que
se situaba sobre el suyo. El cabello seguía cayendo hacia delante pero ahora ya
podía ver y definir aquel semblante. Primero aquellos ojos tremendamente
grandes, de aquel intenso y claro tono miel… Parecían brillar más que la propia
luna. Luego la nariz, recta, perfectamente definida, como si un pintor o un
escultor la hubiera calibrado. Ni el mismísimo Da Vinci se hubiera tomado
tantas molestias para lograrlo. La boca era pura provocación y
definía una sonrisa que se antojaba insurgente. Los pómulos quedaban
marcados y armonizaban una línea desde las sienes hasta la barbilla,
perfilándolos con una barba que parecía de unos pocos días. Dejó de ver aquella
imagen cuando cerró los ojos y sintió aquel intenso lametón desde la base de la
garganta, pasando por la barbilla hasta sus labios, que se separaron al roce de
los masculinos, entregándose a aquel juego de lenguas. Porque aquella presencia
era un hombre… ¡Y qué hombre!
No rechazó
su boca, ni sus caricias, ni el calor y el peso de su cuerpo sobre su piel.
Irremediablemente estaba entregada a aquel desconocido, sin querer preguntarse
si era un sueño o alguna especie de hechizo lunar. Quedó inmóvil, dejándose
hacer, notando la caricia húmeda descender, liberándola de aquella presión. Sus
manos se aferraban con fuerza a la sábana, retorciéndola, arrugándola; siendo
el símil que ahogara sus gemidos. El cabello masculino parecía rozarle como una
cortina que secaba las caricias: húmedas de su lengua; secas de las yemas de
sus dedos.
Cuando
sintió aquellos dedos maestros, debatirse en pequeña lucha, entre los labios de
su sexo, su espalda se arqueó y sus piernas se abrieron más, apoyando las
plantas de los pies sobre los hombros masculinos. Aquella lengua, como una
especie de cola de lagartija moviéndose, introduciéndose en ella o recreándose
en aquel excitante paisaje, le produjo unas sensaciones diferentes a las
conocidas hasta ahora. Aquel dios llamado Deseo había despertado de su largo
letargo. Y lo había hecho con una fuerza y un hambre descomunales. A pesar de
que su cuerpo se tensara, a pesar de las súplicas contradictorias por parar y
seguir, a pesar de sentirse tan mojada, temiendo que la miel entre sus labios
se derramara sin pausa entre los muslos; él no cejó en su empeño. Era un
delicioso manjar del que él parecía querer saciarse… Más tarde.
Su trabajo
consistía en desesperarla y en despertar en ella un instinto animal del que
pudiera sorprenderse.
Marina apoyó
las palmas de la mano sobre el colchón, las rodillas también. Levantó la cabeza
y meneó la melena, incitándole. Él sonreía arrodillado a sus pies pero sus
manos llegaban a rozarle los glúteos y la espalda. Lo estaba llamando, como una
gata en celo; mejor dicho, como una perra en celo… Pero él permanecía quieto,
mirándola fijamente, como esperando más…
Marina se
movió, dibujando una especie de ola con su cuerpo, contoneándolo como lo
haría si fuera una perra. Era un pequeño ritual pausado previo a la gran
tempestad. Se sentía vencida a pesar de su determinación, a pesar de dejarse
llevar por aquellos incesantes y mortificantes dioses menores llamados Pasión y
Gozo al que acompañaban aquellos diabólicos ángeles llenos de fuego y ansiedad.
Contrastaba con la impertérrita calma del hombre. Ella, con solo verlo a sus
pies, desnudo, con aquella mirada tan penetrante observándola, dejándola hacer,
sentía una ansiedad que le carcomía las entrañas…
Y él se
convirtió en lo que era: Un animal insaciable con la delicadeza de un amante
tierno que exploró cada centímetro de aquella piel, que succionó y saboreó toda
su intensidad, que clavó las yemas de sus dedos como las uñas de un perro
salvaje en una lucha sin cuartel en la que no estaba dispuesto ni a dejarse
ganar ni a dejarla perder. Marina estaba agotada y, sin embargo, existía en
ella cierto ápice de insatisfacción. Cuanto más le daba él, más le pedía ella.
Ni se reconocía. El hecho de hacerlo con un desconocido, tan dulce como un
sabio amante y tan salvaje como un animal, parecía acentuar su grado de entrega
y excitación.
De haber
podido contar los orgasmos que tuvo y el tiempo transcurrido se hubiera caído
desmayada. Las fuerzas le fallaban pero algo tenía aquel hombre que parecía
regenerarle las fuerzas. Cayó de bruces sobre la cama, casi desmayada, mareada,
con los ojos inundados de una especie de estrellitas blancas… Él la acarició
despacio para calmarla, tumbado a su lado. Su respiración era fuerte, como si
procediera de lo más adentro de su alma. Sus jadeos eran rápidos. Marina no se
atrevió a mirarle. Prefirió seguir mirando hacia la ventana, intentando
controlar su estado emocional y físico. Creyó quedarse dormida algunos minutos.
Estaba más calmada pero todavía sentía arder todo su cuerpo. La cama se movió
pero ella permanecía inmóvil. Una sombra se cruzó ante sus ojos. Parpadeó
insistentemente, como no creyendo lo que estaba viendo. Un perro, un perro
pastor alemán tan negro como la boca de un lobo, saltaba desde el
suelo a la ventana. Una vez arriba se giró. Pareció mirarla. El reflejo de la
luna volvía plateado su brillante pelo… Desapareció.
Marina seguía sin poder moverse. Era como si aquel alto grado de excitación, aquel desmayo de besos y caricias, aquella intensidad en la entrega, la hubiera dejado inmóvil de nuevo. Ni siquiera podía pensar.
- Todo es un sueño –se dijo.
Los primeros rayos de sol la despertaron. Su cuerpo estaba desnudo, cruzado por la sábana de arriba sólo en torno a las caderas. Sin llamar, Fede entró en la habitación.
- ¡Chica! ¿Qué has hecho esta noche?
- ¿Qué? –preguntó, girándose.
- ¿Te has peleado con un gato?
- ¿Qué dices?
- Qué si te has peleado con un gato...
Y sí, ciertamente, le escocía la espalda. Se levantó y se acercó al espejo que había en la pared, sobre la mesa del escritorio. Tenía marcas rojas, como si alguien hubiera apretado muy fuerte sobre sus hombros. El cuello parecía señalado con puntas de algo que habían llegado a brotar una gotita de sangre. Se giró, y su espalda era un desfiladero de arañazos, algunos más gruesos que otros… Como si alguien se hubiera afilado las uñas sobre la piel… Se asustó y miró a Fede. No había sido un sueño pero no podía explicar lo que había sucedido. La sola idea de… No, aquello no entraba en su mente ni en sus capacidades explicativas ni reflexivas. Su amiga, sentada en la cama, la observó. Esperaba algún comentario por parte de Marina.
- ¿Qué te ha pasado?
- No sé.
- Pues con alguien has estado –dijo, mostrándole algunos cabellos tomados de la almohada.
- No sé –balbuceó. No llegaba a articular expresión más larga. Tomó la sábana, desprendida por completo de debajo del colchón, y se cubrió con ella. Fede cogió la nota que al moverla había aparecido. No dudó en leerla.
- “Espérame en la siguiente luna llena… O decide tú cuándo ha de volver a brillar”.
- ¡No ha sido un sueño!
- ¿El qué? ¿A quién has de esperar? ¿Con quién has estado?
- No puedo explicártelo –aseguró, cogiendo la nota de la mano de su amiga-. “Un perro no puede escribir” –opinó, asomándose a la ventana. Unos metros más allá, el perro negro estaba sentado, observándola como siempre. Un escalofrío la recorrió por completo y ciento de sensaciones acudieron a su mente. Deseaba que hubiera sido un sueño, un efecto de una copa que le hubiera sentado mal, la broma de alguien que no conocía y se hubiera tomado la libertad y osadía de jugar con ella…
- ¡Thor! –escuchó sin reconocer la voz y sin ver de quién procedía. El perro se puso a cuatro patas y empezó a mover la cola, expectante ante algo que se acercaba por su frente. Apareció por el aire una pelota de tenis que el animal atrapó en un salto. Por debajo del saliente de la ventana, aquella especie de tejadillo que cubría el porche, apareció la figura de aquel hombre al que observó de espaldas. No lo había visto en la cena. No había visto a ningún hombre de piel tostada y melena negra.








