Inmersos en este vendaval de sensaciones, envueltos entre piel y sábanas, entre gemidos y sudor, entre salivas intercambiadas y jadeos, entre miradas que no ven nada pero lo dicen todo y bocas que mascullan cosas que no se entienden pero se comprenden… nos volvemos dos fieras salvajes, concienciadas en el con sentido de posesión, en la conversión de la carne como símbolo de pasión, usurpado el espacio del otro, maldiciendo ese que no se puede alcanzar…
Nos arañamos la piel en busca de la esencia que se esconde bajo ella. Temblamos en el deseo de arrebatarnos hasta la vida consentida en cada aliento que nos devoramos con el ansia de dos salvajes… hambrientos, sedientos… egoístas hasta un punto irreconocible en el que nos olvidamos de nosotros, tú de ti, yo de mí… para tomar todo del otro.
Y así, casi a punto de desfallecer, en ese momento donde se suplica un último hálito y se aprovecha el postrero arrebato de fuerza, la que precisas para follarme hasta el alma y dejarme sin sentido dentro de un sendero de mil emociones que parecen romperme por dentro, eclosionando en mi mente donde te metes con la intensidad de un volcán que despierta y revienta…; con el ímpeto arremolinado en el arco de mi espalda y se pierde entre mis piernas, mi cuerpo, como plañidera, estalla en mil lágrimas inundándote como si cayera sobre ti el diluvio, diluvio de mujer, de hembra… que te ofrece la rendición como prenda de entrega, como simiente compartida en el campo de mi mar donde tú plantas tus odiseas blancas y reverberan sobre cuero de tambor.







