He estado extrañamente tranquila hasta hace unos minutos pero el sonido de la llave al abrir la puerta, el tintineo de todas acompasado a la asonancia de los pasos de Él, produce en mí un efecto de acción-reacción.
Hoy no toca esperarLe de otra forma que no sea semidesnuda sobre la cama. Solo las medias a medio muslo: negras, con encaje. Las que me regaló ayer.
Su silencio es sepulcral pero el deseo que hay en él desentraña el mío. Sé qué debo hacer ante Su presencia. Ya no solo por indicación si no, también, por instinto. Se acomoda en el butacón, y clava Su mirada en mí. Intuyo, incluso que, en Su profundo respirar, Se yergue con templanza y autoridad.
Mi piel se eriza. Mis manos, lentamente, discurren sobre mi cuerpo, dibujando caricias que abren mis pliegues, que se humedecen a su paso, volando entre gemidos que arremeten en mi garganta, que provocan esos pequeños quejidos acompasados al arqueo de mi espalda.
—Niña, abre bien tus piernas —me dice. Le oigo casi a lo lejos pero su voz ronca retumba en mi mente. Obedezco… u obedecen mi mente, mi cuerpo…
Se inclina hacia adelante, apoyando Sus brazos sobre las piernas, dejando en su hueco las manos entrelazadas. Su atisbo, imagino, intuyo, es un radial de fuego y picardía.
Hundo mis talones entre las sábanas. Me dejo mover sobre la cama. Mis piernas se convierten en un arco lanzadera del paisaje más húmedo, provocador e incisivo. Mis dedos, guadañas en mis entrañas. Al tiempo, clementes. Mi boca, un hilo de saliva que conjuga deseo y placer. Mi mirada Le busca por encima del horizonte de mis pechos y Su rictus se deleita ante lo que ve, ante la hembra entregada, complaciendo Su Voluntad. Pero pide más. Pide que me abra no solo en carne, también en alma, que la desnude, que la haga brincar en un infierno de lujuria. Redoblo mis esfuerzos. Mi semblante se vuelve marco de gozo. Pensar en Él. Pensar en Todo lo que Él desea de mí. Todo cuando yo agradezco.
Me vence la sensación. Noto en mis dedos el sudor de mi sexo, el hilo de espuma que revienta desde mis entrañas, el pequeño caudal que me atraviesa, me rompe y me clama… Pido permiso. Mi límite está cercano. Su respuesta tarda en llegar y, de pronto, Le veo de pie, inclinado sobre mí. El corazón me golpea con fuerza. Sus dedos se insertan en mi boca y Se place de mi saliva en el instante preciso en que los de la otra mano se enclavan entre los labios henchidos de mi sur, ataviándose del manantial eufórico de este deleite de percibirLo dentro.
Cierro las piernas como trampa mortal. Nuestras miradas se encuentran en medio de esa sensación de infinitos. Chistea como advertencia. Retrocedo en mi gesto e insisto en mi suplica. Asiente levemente…Tiemblo…en un juego de espasmos, sintiendo entre mi carne la lanza de Sus dedos bañados de Esencia de Fuego, de ese cuyas brasas me transmutan y me elevan… y que tan de Él, me hacen.
De entre mis labios, como un sonido agónico y, al tiempo, liberatorio, resuenan en eco dormido dos únicas palabras que expresan mi devoción: Mon Monsieur...