Recorro el silencio que se impone desde tus pies hasta mis ojos. Arranco un suspiro que es como el aliento del Diablo calmando en el hueco de mi pensamiento la lascivia que nace de tu provocación. Y sonrío sobre tu desnudez con la picardía de mis intenciones ya consensuadas.
Me arrodillo sobre el colchón y repto despacio desde tus tobillos, dibujando con mi aliento una caricia mientras notas mi presencia que se desvirga sobre tu carne en espuma y río, insinuando con denuedo la bizarría de mi Pecado.
No dices nada pero puedo escucharte, más cuando mis labios llegan al centro de tus caderas donde, erguido, erecto, aguarda tu blasón; mi tesoro palpitante… que venero con calma y con el fuego derribando todos nuestros límites.
Es una tentación que se desvela ante mí, una insignia que me reclama y pronuncia mi nombre. Mi lengua es plegaría, un susurro húmedo que lo recorre entero, despacio, degustándolo e incitando a que despierte del todo…, a que ondee cual estandarte de guerra en medio de la batalla; a hacer, de mi boca, una sepultura... O su altar.
Lo acuno entre mis latidos, entre mi pecho, perfilándolo entre mi canal, cuando mi boca alcanza la cruz de tu pecho. Tu mano, ola sobre la piel, abre sus dedos peinando mis cabellos, ensortijándose en un laberinto de caricias que guían y pretenden gobernar en rectitud. Se acerca a mi hálito, como una seda de viento que se columpia entre mis labios y profana su oquedad, reventando la dulce escarpadura entre mis dientes, avanzada hacia el abismo profundo de mi garganta donde sé que me espera la emboscada de tus aristas.
Respiro, profundo, con tus dedos inundando mis salivas, mis mares sublevados, horadando entre mis dientes. tal que álabes combados sobre tu falo para que mi lengua sea una pequeña serpiente del paraíso que hipnotice con sus movimientos…, los tuyos.
Mi mirada se encuentra con la tuya, en la horizontal de nuestros cuerpos, mientras mis entrañas laten sobre las tuyas, sintiendo la agudeza de tu arma, la que me marca; la señal de los demonios de tus perversiones, las mías… Un sentido movimiento, otro trote suave sobre tu piel, simbiosis de la mía, y mi boca se vuelve sendero sobre la tuya en ese sabor de sabores, de blanco entre claroscuros de nácar, concúbito de nuestra carne entregada en ese deseo que arden en los más profundos de los infiernos, donde los demonios danzan en perspiraciones que los vuelve efluvios.








